Un sillón verde

Andrea R. Calderón

El otro día soñé que las ex novias de mi ex novio llenábamos los asientos de un teatro antiguo. Nos veíamos unas a otras con expectativa. A lo lejos reconocía a una y me volteaba muy rápido porque me sentía incómoda. Yo estaba en la primera fila, claro, pero no entendía qué pasaba. Cuando por fin se abrió el telón, alguien aventó al escenario al hombre que todas ansiábamos ver: era él, con su look de siempre, unos pantalones rotos, playera delgadita y despintada. De repente, de algún lugar de mi bolsillo, saqué un mueble de madera gigante y se lo aventé. Otras hacían lo mismo. Le llovieron celulares, sillones, mesas de madera y otras cosas grandes. Esa era la obra. Cada vez me sentía más enojada. Y la reacción que él tenía no ayudaba: se enojaba, se agachaba por las cosas y las aventaba de regreso, pero ya no lastimaba a nadie porque las luces del escenario lo cegaban. Se veía muy solo. 

Cuando desperté, me estiré y sonreí. ¿De dónde saqué eso?, pensé. Qué sueño tan loco. Además, como si tuviera tantas ex novias para llenar un teatro. Todo el día me quedé pensando en eso. En la tarde, el algoritmo de mi cabeza me puso a buscar muebles usados en internet. Tenía la imagen de un sillón de terciopelo verde que volaba desde las filas traseras del teatro hasta golpear la cara del hombre en el escenario, quien no parecía sentir dolor sino una profunda rabia.

Encontré el mueble en Mercado Libre y me di cuenta de lo inalcanzable que era. Quince mil pesos por un sillón de dos plazas, por el que además te cobraban el envío. Ahí recordé uno parecido, pero color crema, que me regalaron mis papás cuando me mudé en pareja. Les emocionaba muchísimo que estuviera “por fin” haciendo mi vida, como si todo lo anterior hubiera sido picarme la nariz. Mi hermana incluso lloró una vez, mientras me daba un ride a casa de mis papás, de “lo hermoso” que le parecía que él y yo estuviéramos viviendo juntos. En un alto me volteó a ver, limpiándose las lagrimitas. Ni en mi examen profesional la vi tan conmovida, creo. 

Ese sillón color crema se quedó en casa de él cuando literalmente tuve que huir. Mi mamá me preguntaba por qué me tenía que ir de esa manera si él nunca se había portado violento conmigo, por qué tenía que irme tan rápido. La respuesta era: porque dolía. Y dolía mucho. Y porque la violencia también es violencia cuando en lugar de golpes hay invisibilización. 

Hice entonces una calculadora mental de todas las cosas que había tenido que dejar en casas de ex parejas por salir huyendo y eran bastantes. Y las dejé, porque en mi mente circulaba ese mantra de “las cosas son solo cosas, déjalas ir”. Lo más importante es que te vayas bien, tranquila, me repetía a mí misma una y otra vez. O sea sí, pero qué pinche trabajo cuesta volver a tener un sillón cómodo, una tetera bonita y una mesita de centro. Cuántas mujeres han salido de sus casas sólo con lo que llevaban puesto para nunca más regresar. Cuántas hemos salido huyendo sin nuestras cosas preciadas que además, pienso ahora, no son sólo cosas. Son dinero, son trabajo y son cariño.

En aquel sueño estaba enojada, muy enojada, así que haber encontrado el sillón de terciopelo verde en Mercado Libre me hizo sentir un poco más cerca de la reparación del daño. Por mí. Por  todas las que asistimos a ese teatro antiguo, en busca de restitución. Y por las que no pudieron asistir. 


LA AUTORA

Andrea R. Calderón. Pensadora de la Casa Cáncer. Es ecofeminista y profesora de tiempo completo. Le gusta viajar, rodar en bicicleta y dibujar toda clase de hierbas. Los círculos de cuidado entre mujeres le han cambiado la vida. Cree firmemente que lo espiritual es político y que los rituales cotidianos ayudan a sanar viejas heridas. Participa en el club de lectura “La Jardinera” donde comparte con sus amigas lecturas de autoras de todo el mundo y una tacita de té. En su cama también duermen Baku y Ramona.

Descarga el libro: Epístola de una madre que escribe

Conocí la escritura de Adriana Ventura por medio de su voz misma en un ciclo de Pensar lo doméstico. Recuerdo un fragmento: “Juego con algunas palabras como si fueran un collar tendido en el cuello de mis recuerdos porque me gusta escribir y creo que al hacerlo también tiendo un lazo desde mi boca hacia quienes me leerán”. Recuerdo que cuando Tender se publicó en este blog yo lo leí mil veces y en todas las veces lloré.

En ese momento no lo entendía pero estaba en contacto directo ante una autora viva cuya escritura me atravesó. No sé si esto que escribo es un prólogo o una carta o una declaración lectora, lo que sé es que me encorazona decir que Adriana Ventura forma parte de mi tradición como escritora porque quiero hablar sobre cosas de casas, sobre el ser madre, hija, abuela y en la escritura de Adriana Ventura encuentro no sólo un precedente sino también un camino. Nuestra querida Pensadora de la Casa de Virgo es una autora a la cual volver para pensar en el lugar de la escritura, en cómo la habitamos, en la tristeza pero también en la dulzura. 


Abigaíl Cortés,
Pensadora de la Casa de Escorpio

 

Vengan a descargar y a leer Epístola de una madre que escribe

hand-down

 


Taller Casa y literatura con Adriana Ventura Pérez

Presentación

El objetivo de este taller es escribir, a partir de la reflexión, sobre los espacios que habitamos real o simbólicamente. Muchos autores han tomado el tema de la casa como uno de los ejes principales al escribir. Pensemos en ese estilo tan estudiado en las academias de literatura: el Realismo, donde los narradores orientaron sus esfuerzos hacia la descripción minuciosa de los espacios y con ello las casas fueron cobrando interés. Los espacios en general también se fueron convirtieron en protagonistas, pensemos por ejemplo en la novela gótica: El castillo de Otranto. Un poco más cercano a nuestro tiempo es el cuento “Casa tomada” de Julio Cortázar, quien probablemente fue inspirado por el relato “La caída de la casa Usher” de Edgar Allan Poe.

En la actualidad, las casas han retomado su protagonismo, pues debido a la pandemia por la que atraviesa el mundo, es en estos sitios donde debemos resguardarnos. Es en las casas donde todo sucede ya sea porque se tiene o porque se carece de ella. La casa puede representar el abrigo que nos resguarda del mundo o puede convertirse en un espacio desagradable que nos condena. Hoy me parece urgente repensar el espacio, pero esta vez, acompañadas por miradas de mujeres. Amparo Dávila, Sandra Cisneros, Blanca Varela, Pita Amor, Louise Bourgeois y otras autoras serán quienes nos guirán por este recorrido doméstico.

Objetivos

  1. Detonar la escritura a partir de las experiencias personales en relación con el espacio, concretamente con la casa.
  2. Promover la lectura de mujeres que han trabajado el tema de la casa.
  3. Abordar el tema de la casa desde la visión de las mujeres.

Descripción

Este taller está pensado para desarrollarse de manera virtual. Cada participante tendrá acceso a las lecturas que serán compartidas en PDF. Se propondrán ejercicios para detonar la escritura. En cada sesión, a través de Zoom, habrá espacio para comentar las lecturas, realizar actividades y compartir los ejercicios realizados.

Temario

  1. ¿Qué es una casa?
  2. Casa personaje
  3. Cuerpo casa
  4. Casa y memoria
  5. Casa y futuro

Fechas: 5 de febrero a 5 de marzo

Horario: viernes de 7 a 9 p.m.

Costo: $600

Cupo limitado

Informes e inscripciones: lenguaraje@gmail.com

Espacios que nos cuiden

Brenda Isabel Pérez

¿Qué espacios tenemos y cuáles necesitamos?

Este libro es una compilación de collages realizados durante el cuarto módulo del ciclo colectivo de Pensar lo doméstico, en el que leímos fragmentos de “Ciudad sin cocina” de la arquitecta Anna Puigjaner para cuestionar e imaginar diferentes formas de habitar el espacio doméstico.
Algunos cuestionamientos detonadores fueron: ¿Cómo te imaginarías un espacio doméstico que pudiera cuidarte? ¿Qué materiales imaginas que tendrían que arropar este espacio utópico? ¿Qué amplitud y formas tendría ese espacio?

Para muchas de nosotras ha sido difícil intentar seguir con nuestras actividades “normales” mientras habitábamos 24/7 un espacio que no nos hacía felices o nos incomodaba, ¿Cómo continuar con las actividades normales cuando no se tiene un cuarto propio? ¿Cómo se puede pensar sin condiciones materiales dignas?

Esta colección me provoca desear que algún día pueda existir una ciudad con todos estos espacios reunidos, que existan espacios que nos nombren, que nos cuiden, que nos apapachen, que existan espacios donde nuestra energía y deseo se encuentre en el centro.
Agradezco de corazón a todas las pensadoras de lo doméstico por este regalo que ha sido conocerlas desde sus espacios.

Gracias por esta guía.
Nos deseo más encuentros espaciales y afectivos.

Brenda Isabel Pérez, tallerista del ciclo colectivo de Pensar lo doméstico.


Descarga Espacios que nos cuiden en formato .epub


Autoras:

Alejandra Mariscal, Ana Cordelia Aldama, Carol Chávez, Dairee Ramírez, Dan Hernández, Georgina Rivera, Laura Celina Martínez Carreño, Maili Rodríguez, Pamela Ballesteros, Rebeca Lorea, Vania Macías Osorno, Verónica Díaz.

Escribir(nos)

Esta carta colectiva viene formándose desde el 29 de agosto de 2020 como parte de las actividades del Sexto ciclo de Pensar lo doméstico. Este texto fue hilado a partir de la escritura individual de misivas por parte de las participantas de la actividad Escribir-nos. Las escritoras dieron su autorización expresa para que se seleccionaran fragmentos de sus cartas, se hilaran en una voz colectiva y se publicaran en esta espacia.

 

I

20 de diciembre de 2020

Querida niña:

He tenido que tomarme mucho tiempo antes de empezar a escribirte porque casi no te recordaba, aunque me duela aceptarlo, te pienso cada vez menos. Lo siento. 

Cierro los ojos y recuerdo

Trato de imaginar, traer tus recuerdos, olores, reflejos, compañeras, emociones para sentir los momentos que te permitieron empezar a escribir, pero la verdad en realidad creo que aprendiste en casa –por las noches– cuando te ayudaba tu prima Érika mientras te cuidaba, porque mamá y papá siempre tenían que salir a trabajar. Sospecho que por ella escribes con la mano izquierda, porque es zurda; sin querer se sentaba detrás de ti, te tomaba de la mano para que trazaras sobre el papel con el lado que ella siempre usaba.  Tu abuelo también era zurdo, me gusta recordarlo así, tocando la guitarra y comiendo dulces.

Alguna vez leímos que quién sabe dónde o cómo es que una aprende a hacer cartas, no importa mucho en este momento, el chiste es que aprendimos a hacer cartas y a través de ellas (re)aprendimos a hablar. Digamos que si hay una constante en nuestra escritura, esa constante son las cartas. De hecho, esta carta para ti, para nosotras, es una muestra de que debemos escribir por las posibilidades que abre, por lo que nos ayuda a entender, porque es como un viaje.  Ya no te digas que no, mi niña, no te frenes. Hay lugares donde sí y, sin duda, la escritura es uno de ellos. Escribe con cuidado. Di: no vas sola porque las cartas siempre están y, de los textos que hacemos, las cartas son las que, hasta ahora, sí han llegado a puerto. 

Antes que nada quiero decirte que lamento mucho esta mala memoria. Muchas veces me ayuda a dejar ir y continuar, pero también me ha dejado muchísimos huecos entre la persona que soy y entre todas las que he sido. Entre las dos. También me gustaría que supieras que, a diferencia de lo que te han dicho, no pasa nada si este escrito te aburre y lo dejas pendiente por un tiempecito. Después vas a entender lo divertido y valiente que puede ser el seguir más a tu corazón, y menos a las reglas inventadas por los adultos de este mundo. O quizá ya lo sabes. Tal vez lo has pensado, y es por eso que yo lo entiendo ahora.

Te escribo desde el futuro

No me acuerdo de cómo aprendiste a leer y a escribir. A veces no me da la vida para perderme en las maravillosas dudas e incertidumbres; por el contrario, la incertidumbre me pone muy nerviosa. Después de todo, en este futuro no has perdido la manía de lanzar preguntas al aire e incluso ser un poco imprudente. Abandoné la danza, pero nunca pierdo la oportunidad de bailar una buena cumbia. No seguí el camino de la filosofía, de la astronomía, ni de la arqueología, como soñabas en aquel tiempo, aunque mucho de eso hay en mi hacer actual. Vago por el pensamiento, las experiencias, los objetos y las prácticas de las personas, intentando entender por qué somos como somos. 

Vendrán épocas más desordenadas en el futuro,
pero que después te empujarán a volver a colocar

¿Quién querías ser? Estoy segura de que esa pregunta la hicimos muchas veces, pero no encuentro una respuesta. Te puedo contar un poco de quiénes somos hoy, a ver si refresca nuestra memoria. Escribo esta carta porque me decidí a utilizar las letras para contar historias vivas, crear mundos nuevos, construir un hogar. Estamos acompañadas en este proceso por mujeres increíbles.

Ahora estoy segura de que te preguntarás por qué te estoy contando todas estas cosas tan extrañas, seguro pensarás que sí te acuerdas de cómo pasó todo eso y que, de ser cierto que nos estamos escribiendo desde el futuro, por qué perder el tiempo recordándolo. Hoy no quiero contarte demasiado sobre qué va a ser de ti tantos años después –concuerdo con las sabias palabras que Doc le dice a Marty en Volver al futuro: “nadie debe saber demasiado sobre su propio futuro”–, pero lo que sí quiero es hacerte saber que todo va a estar bien. Y que leer y escribir –y quizá escribir sobre leer– van a una gran parte de la razón de que así sea.

Había muchas cosas que nosotras no entendíamos por qué eran así

Hago el esfuerzo de acordarme para contarte de la a, de la b, de la c y de cómo comenzaste a juntar las letras para formar con ellas palabras y, de verdad, no me acuerdo. Lo curioso es que en el futuro amarás las palabras y la magia que es para tu yo adulta leer una frase y sentir muchas cosas a partir de ella. Una sola palabra puede encerrar un gran significado

g-r-a-c-i-a-s, m-a-m-á, e-s-c-u-e-l-a

Lo que sí recuerdo es que papá no era amoroso y mamá, para equilibrar la balanza,  era como un vasito de agua en el desierto.

Una vez te expulsaron por tres días. Tuviste una única buena amiga.
No hay dos historias iguales. Todo tiene que ver con todo.

No entendíamos por qué teníamos que usar estos zapatos molestos y gigantes que harían que camináramos mejor y que no son para nada bonitos como los de tus otras compañeras o por qué los demás niños podían correr tan rápido y nosotras no, o por qué teníamos que pasar tanto tiempo haciendo esas terapias que nos chocaban hacer porque a veces el cuerpo se nos ponía rígido y dolía mucho. Por eso la escuela fue nuestro refugio, porque ahí sí entendíamos qué era lo que pasaba, las maestras nos explicaban y nosotras les entendíamos y creo que nuestra mente, a diferencia de nuestro cuerpo, trabajaba muy bien. Ahí no teníamos que quedarnos sentadas en la banca preguntando qué se sentirá ser tan libre. No, en las clases éramos libres, lo entendíamos todo y por primera vez creíamos tener un superpoder y eso nos ayudó a defendernos, a cubrirnos de lo demás.

Tú llorabas y llorabas mientras te frotabas un pie con otro. Por algún motivo,
cuando eras niña, siempre te dio mucha pena que te vieran los pies en público.
Te quiero infinito

Un cuadernillo muy completo con muchas listas de cotejo y rúbricas y comentarios pone en evidencia el mismo problema: trabaja sucio, descuido en los trabajos, bajas notas en matemáticas y otros aspectos (tenía varios loritos en mis libros y cochinitos en mis cuadernos). En la boleta, pedía a mis padres, la maestra (una monja josefina), que me pusieran más atención en lo escolar.

Ese año, recordarás que mamá hablaba sola sin darse cuenta

Me encantaría encontrar mis trazos y mis primeras historias. Creo que esa es la razón principal por la que guardo estos tesoros, para que cuando miren atrás tengan físicamente un trocito de su historia. Mis trazos iniciales fueron duros, como una carrera de obstáculos. Coger mal el lápiz no estaba bien visto. Folios y más folios de trazos que Manoli, mi primera profesora de primaria, me ponía de tareas entre semana, fines de semana y vacaciones.

Sigo cogiendo mal el lápiz. O no. Simplemente lo cojo como me gusta. Como nos gusta. Escribo como me gusta. El lápiz se apoya en mi dedo como yo me apoyo en él. Ayer por la tarde fuimos a pasear Carlos, Alex y yo. Mochila, agua, hidrogel, mascarilla y skate. De camino a nuestro destino me encontré a Manoli, nuestra profesora.

Con la mascarilla no me conocía, pero el brillo de mis ojos (de tus ojos) le dio una pista. A ambas nos alegra mucho encontrarnos. Me gusta ver que sigue bien y a ella le gusta ver que sigo bien. A sus amigas les dijo: “una alumna de las que dejan huella”. No hay rencor por los trazos, porque los trazos me llevaron a descubrir otros caminos.

Y yo pensé, huella dejaste tú
y fue una huella bonita

La escritura que llegó tras la lectura de Ana Frank fue la del alma. La de querer decir. La de poder decir: expresar lo propio y no sólo repetir o copiar lo impuesto por otros. Así que llenaste un cuaderno y luego otro, con tu propio diario. Y seguiste leyendo lo que te daba la gana y por eso todo –lo de tu mundo no escolar– se relaciona con todo: lo que vivías y lo que escribías.

Estabas en tercero de secundaria. La maestra de matemáticas, una mujer alta, flaca y apretada, súper peinada y súper cabrona, quiso saber qué querían ser (hacer) en la vida los alumnos, a qué se querían dedicar cuando fueran mayores. Cada uno se fue poniendo de pie y diciendo lo que se le ocurría o lo que de veras pensaba. Cuando te tocó a ti, ni abriste la boca, ni tiempo de levantarte tuviste; ella respondió por ti: “¡Ya sé, tú vas a ser mamá!… ¡A ver, el que sigue!”

Ta-qui-me-ca-no-gra-fí-a
Si eso tenía algo que ver con la escritura,
nunca lo entendiste ni lo entiendes ahora

Sabes escribir desde tan chiquita que ni te acuerdas de cómo aprendiste, pero sí recuerdas aquel día en que entraste a la primaria. Te hicieron muchos exámenes porque eras lista y parecía que no necesitabas hacer los seis años de la primaria. Así te saltaste primero. Y entonces, de ser la más lista fuiste, por un breve tiempo, la más burra del salón ¿Quién tenía tanta prisa de que terminaras más rápido la primaria cuando ni siquiera la habías comenzado?

Lo siento mucho

Problema de matemáticas: no tenías ni la más remota idea de qué hacer; el amable niño con quien compartías la banca te dijo quedito: “Tienes que poner: Datos, Operaciones y Resultado”, y tú así lo escribiste, porque eso lo sabes hacer bien. Y sacaste cero, porque resulta que había que hacer más que escribir esas tres palabras.

Nadie se da cuenta, pero yo sé también que estás muy cansada

Te cansa más otra parte de ti que te hace sentir profundamente insegura en cualquier cosa que hagas en el día a día. Sé que te agobia no poder decir todo lo que sientes y lo que piensas, porque tu lengua se atora entre tus dientes, se pega en tu paladar, o es jalada por unos duendes diminutos que viven en tu campanilla y que les gusta molestarte cada vez que quieres decir algo que es importante para ti.

Sé que has preferido vivir callada, quedarte con conversaciones imaginarias en tu cabeza. Sé la humillación que sientes cuando no puedes hablar y sólo te queda escuchar las risas de tu hermana, o cuando te das cuenta de las expresiones en las caras de las personas que se quedan esperando a que termines una frase o hasta una palabra. Sé que tienes muchas cosas guardadas que están a punto de desbordarse, como agua en una cubeta, que puede parecer no ser mucha, hasta que metes un trapeador y se eleva y encharca todo a su alrededor. Tú eres capaz de transmitir tus ideas hablando, de tener una conversación larga, de hablar en público, ¡hasta de hacerlo con micrófono!

 

II

Pienso en ella, y pienso en mariposas,
en alas de muchos colores revoloteando a tu alrededor.
Y pienso en las galaxias y en los planetas que se veían
en el techo-cielo del observatorio del planetario

Estás recostada en el sillón de la casa que todavía habitamos. Te escondes entre los cojines, llevas puesto un peto azul, a papá le encantaba vestirnos así. Tus pequeñas manos sostienen una revista doblada. Sonríes, la complicidad se asoma en tus ojos cafés. Siempre intentando comprender el mundo.

Mamá te leía a veces, si no estaba muy ocupada y cansada como siempre, tenía una hermosa voz ¿recuerdas el Libro mágico?, cómo te gustaba, el papel para calcar era lo máximo. Mirabas al cielo y a las montañas, te perdías en su inmensidad y ninguna palabra era suficiente para comprender el mundo.

¿Qué hay afuera de la Tierra?,
¿a dónde vamos cuando morimos?,
¿se puede viajar en el tiempo?

Dejaron de sobrarte las palabras porque encontraste dónde colocarlas para no olvidarlas. Aunque quizá también fue tu manera de protegerte, de encerrar tus pensamientos en las letras y no exponerlas a los juicios de los demás. 

Ahora que te pienso me explico tantas cosas, como el amor por las letras en su forma y valor propio, y en las palabras como conceptos y significados. La pasión por el poder de nombrar para hacer realidad. Hoy tienes una pequeña libreta en la que anotas el glosario de tus días.

“Las Flores de los sentimientos. Para: Mi abuelita”
dice en la verde portada decorada con lentejuelas

En sus amarillas páginas pegaste recortes de sus flores favoritas, hay tulipanes, rosas, girasoles, margaritas, nochebuenas y peonias; y junto a ellas, una cualidad de aquella mujer a la que amaste tanto: cariñosa, risueña, amorosa, tierna, mejor amiga

Mamá nos compró Escalofríos. Abuelita nos regaló los primeros cinco libros de Harry Potter. Empezamos por el tercero, porque habíamos visto las primeras dos películas. Pero cuando acabamos el quinto, regresamos al primero y al segundo. Juntando lo de cuatro domingos, adquirimos la Historia Interminable. Después un amigo nos prestó los de Narnia y papá nos compró Moby Dick porque teníamos que leer los “clásicos”. Terminamos el quinto capítulo y cerramos el libro. No lo hemos vuelto a abrir desde entonces.

hay palabras que nos escogen y hay otras que no quieren quedarse

 Pero aún bajo esa advertencia, no hemos parado de leer. Descubrimos que hay mundos fantásticos con reglas, y ordinarios sin ellas, que viajar en el tiempo es solo cuestión de decisión, que vivir en las estrellas es estar atenta, no distraída, que la princesa puede ser rescatada por ella misma, que no siempre los dragones son despiadados; que a veces no hay finales felices, que el amor romántico no es lo único que rompe corazones.

Descubrir la FILIJ fue una aventura como pocas. Después te avergonzaste o te hicieron sentir avergonzada porque a tus 12 años aún leías algunos libros de “la sección infantil”. Este futuro desde el que te hablo se construyó gracias a todas esas cosas que hiciste para hacer lo que te gusta y te divierte. Eso incluye los libros infantiles, los trucos en patines y los bailes raros.

El cuento que escribiste de “Don Pepino” es muy bello, disculpa si lo dejé botado por ahí. Disculpa si desconfié de tu talento y de ese espíritu florido. Prometo tenerlo muy cerca y releerlo cada vez que una duda se me cruce por la cabeza.

qué mejor que en un cartel grande para que nos lean todas,
para que compartamos con ellas

Mis abuelos en ese entonces vivían enseguida de nuestra casa, las casas conectadas por el jardín permitían que nos visitara a cualquier hora, cualquier día. Me acuerdo que mi abuelito llegaba a la sala directo y agarraba un tomo de la enciclopedia británica y se sentaba a leer horas. Otras veces agarraba cuentos y se los leía a Elena y a ti. Leía cuentos de princesas que se escapaban en la noche a bailar hasta que se les destruían los zapatos, de reyes tercos que caminaban en las calles en calzones e historias de mitología griega.

Mi abuelo con su letra no muy común, la G la hacía como caracol y parecía como si estuviera dibujando en lugar de estar escribiendo. Como tú, era zurdo y  por esto te hacía sentir muy especial. Fuiste su primera nieta y la única zurda de todxs.

Mi abuelo sembró las palmeras que están en el jardín,
sembró los mangos, los limones, el árbol de guayaba arrayán y el de lichis

Desafortunadamente conforme fuiste creciendo se empezaron a burlar de ti por escribir cuentos y poemas y dejaste de imaginar otros mundos. Sé que estás ahí, en algún lado, lista para poder sanar eso que te alejó de mí tantos años. Pero quiero que sepas que no te he olvidado, tu partida dejó un hueco en esta casa de piel y huesos que yo he tenido que habitar sola, consolándome con tus libros y tus palabras. Mucho tiempo escribí, preguntándome para quién lo hacía. Ahora sé que te escribía todo el tiempo a ti, con la esperanza de encontrarte. Creo que lo he hecho.

¿Recuerdas cuando memorizabas libros enteros porque todavía no aprendías a leer? ¿Te acuerdas de las ganas que tenías de tomar esos libros coloridos de la casa de tus abuelos, de descubrir si los rojos eran diferentes de los azules o los verdes? ¿Te acuerdas de que aprendiste a leer viendo a tus hermanas hacerlo? Porque la última de cinco hijos ya “aprende como por osmosis”, diría alguien en alguna de esas casas llenas de gente ¿Te acuerdas que cuando aprendiste a escribir tu letra nunca fue tan bonita como deseabas, como la de nuestra hermana? Pero de todos modos seguías escribiendo. Y tomabas dictado para las cartas de tu abuelo y escribías tus propias cartas y tus propios mundos y canciones y diarios y cosas. Porque decías que querías ser escritora.

Gracias por no temer a este eterno descubrimiento

Para escribirte esta carta tuve que recurrir a la memoria de mamá y papá. En mi cabeza armé mil historias, imaginaba cuentos y aventuras que podría contarte, pero cual castillo de arena, todo se vino abajo. Bastaba con ver sus caras para saber que no habría nada de eso: aprendiste muy fácil, en la escuela, con tu maestra. Tu psicomotricidad era muy buena. Ibas en una escuela activa, no había tareas. Por lo que eso que quieres escuchar de que nos sentamos contigo a guiarte en ese proceso, no sucedió. Lo que aprendiste, lo aprendiste en la escuela.

Tu proceso de aprendizaje fue tan amable y amoroso, que te permitió disfrutar la escuela y pasar las tardes en el jardín, jugando, riendo, conviviendo, viviendo y no angustiada frente a un cuaderno. No te lo voy a negar, por un momento sentí cómo se apachurraba el corazón, pero la sensación se fue rápido. Fueron contando historias,  y así descubrí que aprendiste a leer y a escribir en el kínder, a los 4 años, no en la primaria, a los 6, como yo creía. Recordé que, si bien papá no te leía, siempre lo viste leer y eso siembra curiosidad en quien observa.

Como rayo, me vino a la mente, el momento en el que Maru, tu maestra de segundo de primaria, te dio tu primera pluma azul. Recuerdo lo orgullosa y satisfecha que te sentías, pero sobre todo lo feliz que estabas, esa pluma significaba que ya eras una “niña grande” y que tu escritura era tan buena que el uso del lápiz quedaba atrás.

la importancia y significado de cómo somos nombradas

Tu papá, maestro de primer grado de primaria y tu mamá, maestra en un programa de regularización para maquiladores en Ciudad Juárez notaron que cuando preparaban material para enseñar a sus alumnos tú te mostraste muy interesada. Preguntaste para qué era todo eso y te llamaron la atención las letras que recortaban para que después sus alumnos formaran palabras. Entonces ellos empezaron a preparar material también para ti, y te compraron un abecedario que pegaron en la habitación para que te familiarizaras con las letras. Te ponían una tabla en el sillón, a forma de escritorio para que recortaras y empezaras a escribir. Imagino que para ellos debió ser muy lindo ver como ibas aprendiendo hasta que fuiste capaz de leer palabras y oraciones completas.

También pasó algo que me gustaría preguntarte cómo te hizo sentir: mamá y papá, al ver que a tus cuatro años aprendiste a leer, decidieron no esperar más y te inscribieron en primer grado en la escuela donde trabaja tu papá. Al parecer no te acoplaste muy bien porque no hiciste amigos y te la pasas solita. 💔

¿es porque son mas grandes que tú?,
¿no te invitan a jugar con ellos?
Espero que no te hayas sentido muy tristita.

Desde prepri te sentías muy orgullosa de leer sin silabear. Si-la-be-ar. Así decía tu mamá. Eso quiere decir que leías de corrido sin cortar las palabras. Y te emocionaba leer en voz alta por eso. Y siempre querías que te pusieran a leer y te desesperaba cuando tus compañeros le-í-an-a-sí. Y a lo mejor por eso te gustaba más leer y escribir, porque te sentías especial. Sentías que destacabas. Hasta que estuviste en tercero de primaria. Porque ahí Miss Eva, la maestra de inglés, te dijo que agarrabas mal el lápiz, porque siempre has agarrado el lápiz usando todos-los-dedos-de-tu-mano. Y eso no le gustaba. Te dijo que era con el cordial, el índice y el pulgar, y te enseñó que se te debía hacer un callito en el dedo por la fricción. Pero a ti te dolía la mano y no te sentías cómoda y entonces hacías una letra “muy fea”. Y no podías hacerlo a tu manera porque Miss Eva te sentó delante de su escritorio para ver que agarraras “bien” el lápiz, pero luego dijo que tenías que mejorar tu letra en las planas. Porque escribías muchas planas para la clase de inglés, para el spelling. Y entonces escribías como podías.

Pero leer siempre te gustó. Muy pronto leíste sola. A lo mejor fue la primera cosa con la que te sentiste autosuficiente y reconocida a la vez. Te gustaba que dijeran de ti “qué bien lee”. Y luego también empezaste a escribir historias y canciones y cartas a tus amigas y maestras, y entradas de diario, muchas de ellas. Encontraste cierto poder y habilidad en las palabras y eso te hacía feliz.

Las palabras escritas y los libros siempre
te han relacionado amorosamente con el mundo.
Aún hoy. Abraza eso.

Entre tus principales referentes diría que está mamá, ella siempre escribía cartas y notas para TO-DO, hábito que no tardaste en adoptar. ¿Recuerdas cuando la veías escribir cartas a papá? ¿recuerdas cuando por las mañanas encontrabas, en tu escritorio o en la mesa, una nota que decía “te quiero mucho, buen día” o bien, “no me gustó tu comportamiento, hablemos”? Déjame decirte que eso sigue sucediendo y guardas cada nota en tu caja especial.

Pensé en aquel día en donde juntaste tus ahorros y compraste un disco de chocolate, ese día el chocolate se rompió y probaste un poco, estaba delicioso… ¡te lo comiste todo! Jajaja. Le escribiste una carta a mamá (que aún conserva  y se la entregaste junto con la caja vacía además de la nota del perdón).

Lo que me gusta de ti es que escribías sin miedo a que no fueras lo suficientemente buena

Lo que descubriste tiempo después fue que escribir para ti, te salvaría de muchas maneras. Ahora te gusta leerte a través de los años. No tienes que sentirte mal por estar aprendiendo. Lograrás hacerlo. En el futuro te gustará escribir mucho a mano y, aunque ya haya mucha gente que encuentre obsoletos la pluma y el papel, tú seguirás usándolos mucho. Disfrutarás de esa sensación de la pluma deslizándose por el papel. Algún día escribirás mucho y lo harás bien.

No debes sentirte mal porque unos adultos decidieron clasificar a los estudiantes y poner a “los mejores” en el grupo A y “los peores” en el C, para, supuestamente, tener un mejor control, sobre todo de los malos estudiantes. No querían ayudarles, querían etiquetarlos

A pesar de todo ello un día amarás tanto leer que tu casa se llenará de libros y un día escribirás mucho. No tengas miedo. No hay nada malo en ti. Cruzarás y lograrás atravesar la incertidumbre. No sin antes navegar por mares oscuros y, en ocasiones sentirás que caminas sobre fuego, un fuego invisible pero que quema fuerte. Pero eso pasará.

El fuego comenzará a ceder en los pies y en cambió comenzará a arder en tu corazón
y sentirás una especie de dicha y orgullo al mirar el camino recorrido

La mujer que te enseñó las demás letras lo hizo con tanto amor y dedicación que a mitad del primer año ya sabías leer y escribir. Letty era su nombre: ella, que orgullosa siempre hablaba de sus hijos con un brillo en los ojos, que te regañaba cuando te parabas a platicar pero que te decía que te quería y te regaló un DVD de Betty Boop porque a ti te gustaba mucho, que la última vez que la vimos aún se acordaba de nosotras, ella.

Aún recuerdo esos ejercicios de caligrafía que dejaba y que seguías de manera religiosa todos los días, hasta que se te entumía la mano de hacer tantos círculos, tantos zigzags, tantas líneas y curvas. Y aprendiste a escribir –aunque no muy decentemente, debo decir– gracias a esos. Los llegaste a aborrecer en un momento. Yo lo agradezco.

entonces entendimos lo lejos que pueden llegar nuestras letras,
y lo cerquita que pueden hacernos sentir de otras

Inventabas historias y decías muchas mentiras. Te sentías segura y confiabas en ti. No dejes que te quiten eso nunca, cree en ti, más allá de lo que las y los otros piensen o esperen de ti. Cree en lo que piensas, sientes e intuyes. No dejes que las comparaciones te hagan dudar. No te creas que unas niñas son mejores que otras, que hay que competir con ellas y ser la mejor, no. No necesitas ser la mejor para que te quieran.

Qué bello me parece ahora que puedas saltar, correr y ensuciar las calcetas blancas con valentía. A mí no me molesta ni me espantan tus rodillas raspadas. Es más, me hacen sentir orgullosa. Tampoco me sorprenden los hilos que salen de tu uniforme, pienso firmemente que te dan estilacho.

Yo sé que te gusta escribir cartas y que vas llenando una mochilita transparente de todas las que te llegan (las que te avientan en el salón). Incluso sé que disfrutas mucho escribir cartas-ficciones sobre situaciones que imaginas, cosas que quieres vivir. Y gracias por eso, porque imaginar otras realidades nos ha salvado la vida. 

Te hicieron creer que si crecías rápido todo sería mejor,
pero ahora sé que en realidad crecemos y decrecemos en espiral
y que las cosas que te hacen feliz ahí dónde estás,
también me hacen feliz acá, donde estoy ahora

En la facultad escribimos, irónicamente, sin mucha conciencia de lo que hacíamos, pero nos iba bien, bueno, sabíamos citar y hacer que esas citas compaginaran, pero nos costaba (cuesta) trabajo hablar sin “Las Voces” que nos respalden, que nos validen, que nos den la certeza de que lo que decimos sí importa. Por eso nos dan ganas de que todo sea carta, porque ahí todo y, claro, entre esos están los disensos que también nos estimulan el pensar.

No olvido que siempre te ha gustado crear: te encantaba dibujar, pero también escribir. Le escribiste un poema a tu tortuga cuando se murió, escribiste un periódico de la familia llamado “El Verorial”, en el que escribías las últimas noticias de lo que pasaba en la casa: Cosas como cuando pintamos las paredes o los regalos que les dieron a ti y a tu hermana en uno de sus cumpleaños, hasta pusiste una sección de caricaturas sobre tu hermano para burlarte de él. Es una pena que ahora sólo conserve un sólo número, pero te aseguro que toda la familia todavía recuerda el periódico con cariño.

Escribiste mucho, tuviste una libreta por año, a veces más. Y lo sigues haciendo. Me alegra mucho que siempre has encontrado un desahogo en la escritura, una manera de desenredar poco a poco la madeja de sentimientos que a veces tenemos dentro para poder comprender cómo nos sentimos.

¡Qué bonita estaba mamá!, ¡Qué sonriente!

Recordaba aquél haikú que escribiste en segundo de primaria. ¿Lo recuerdas? Con él ganaste el segundo lugar de un concurso. Nunca te (nos) ha gustado competir.

Los haikús de otras niñas y otros niños junto con otros árboles y otras estrellas y otras olas del mar. 

Luna de luces
estrellas fulgurosas
nubes azules

 

Lo que a ti más te gustó fue ver a tu mamá aplaudiéndote desde el público

 

 

III

Ahora estoy en una etapa en la que tengo herramientas y alternativas muy amplias para ser la escritora que decido ser, y eso me enorgullece; pero también pienso a menudo que ojalá no fuera escritora, o no esta escritora. Porque mi escritura, nuestra escritura, siempre ha sido para acomodar lo que nos ha hecho vivir sobrepasadas, para sublimar el terror, denunciar la violencia, controlar el daño, sentirnos dueñas de nosotras porque el mundo nos dice que solamente así podemos funcionar pero al mismo tiempo nos hostiliza a puntos incomprensibles. Puedo decirte ahora que al menos yo no conozco otro tipo de escritura porque así como nunca he tenido conciencia de qué significa ver el mundo sin muchos grados de miopía de por medio, tampoco sé qué significa no vivir con el cuerpo violentado, no tener secretos que me aterrorizan y no estar enojada con las circunstancias. La escritura es una herramienta que aprendí, sí, y la acepto como mi forma de mediar mi realidad, pero lo que más quisiera es que tú y yo no hubiéramos tenido que pasar por lo que pasamos, y así de solas. 

En este momento lo único que deseo es que nos recuperemos: una a la otra y a nosotras mismas. Si ahora mismo escribo para acomodar lo que necesito, honradamente espero que esa urgencia de poner todo en palabras termine algún día no muy lejano para dar paso a una vida que no me indigne vivir. Y si eso significa que se me acabe la escritura, que así sea.

podemos correr, jugar, gritar sin sentir que la vida se nos escapa. 
Respira, ¿lo sientes? Estamos vivas.

Creo que me avergüenza un poco encontrarnos en esta situación: yo sintiendo que floto en la nada, con las palabras atoradas en alguna parte del cuerpo, y el cuerpo tratando de enmendarse. Sé que no está como lo dejaste, pero sigo tratando de sanarlo. He aprendido que lleva su tiempo, que a veces es lento y una tiene que esperar, algo que nunca te gustó hacer. Te diré un secreto, con el paso de los años has logrado ser más paciente contigo.

Te pido una disculpa por haberte hecho dudar de ti misma mientras crecías. Por hacernos dudar de todo lo que somos y creemos y soñamos e imaginamos.  A veces sólo quisiera regresar a ti y saberme con esa alma libre que se atrevía a crear. Seré honesta, quisiera regresar porque muchos días no sé qué hago ni sé quién soy. En algún punto del camino toda la certeza de llegar a ser la que tanto quisiste se fue del cuerpo. No he podido encontrarla de nuevo, pero me he dado cuenta que reclamarnos con dureza no sirve y no servirá, pues sólo nos impide entender la capacidad que tenemos para seguir sembrando nuestros sentires y cultivando nuestras letras.  

siempre leíste y escribiste en el espacio doméstico. Eso fue lo raro, lo paradójico:
ese leer, ese escribir que sí te gustaba y que era tuyo y voluntario, te hizo.
Así, como lo escuchas: te hizo, te formó, te constituyó, te hizo independiente.
Se convirtió en tu oficio y tu sustento

Esta noche, sin saber quién quiero ser, tengo la fortaleza suficiente para decirte –y decirnos–que debes seguir atreviéndote a nombrar lo nuevo y a compartir lo que vive en ti. Hazlo con cariño. Si debes soltar algo que sea el temor a equivocarte, porque los errores son una forma de reconocernos en caminos de aprendizaje constante. Abraza siempre las palabras que salen con el deseo de ser escritas. Escribe. Escribe mucho, poco, lo que sea necesario, y no permitas que el miedo a no saberte escuchada te llene, porque tú lo haces y quienes te acompañan también. 

Hay que escribir

Escribe para recordar, escribe para saber quién eres, escribe para aprender, escribe para enseñar, escribe para ti, escribe para otras personas, escribe algo que te haya pasado, escribe algo que hayas imaginado, escribe lo que sueñas, escribe cartas aunque no vayas a entregarlas hasta cinco años después. Escribe lo que sea, pero no dejes de escribir cada vez que sientas mucho, o cada vez que quieras decir algo. No dejes de escribir, porque te falta tanto por vivir y sobrevivir, que a veces será lo único que tengas.

No te voy a estropear la sorpresa, no te diré qué somos ni qué hicimos. Ese proceso debes vivirlo por ti misma, sin que nadie te diga lo que te espera al final de cada una de las decisiones que tomes.

Tenemos la capacidad de crear, recuérdalo

Confía en ti, confía en lo que sientes y en las personas que quieres y en la persona que eres; disfruta de leer todo lo que se te antoje y de seguir escribiendo tus sueños que parecen una gran historia de película; disfruta de regresar infinitas veces a tus libros y películas favoritos; sigue soñando y sigue con la disposición para aprender de ti y del mundo; sobre todo, nunca olvides que los libro y las plumas están ahí para ti, para ser todo lo que necesites que sean.

Te quiero siempre. Nos quiero siempre

Tenemos que aprender a querernos y a cuidarnos. Te extraño, extraño ser tú, extraño esa seguridad, extraño que para ti no exista algo que no se pueda cuestionar.

Y quiero pedirte disculpas

Déjame decirte que sigo escribiendo por placer, para mis proyectos profesionales y personales, no como una vocación, pero me considero una gran lectora.  He encontrado en los libros y en escribir, un placer vital, un aquí y ahora, es como hablar con los vivos y los muertos. Me gusta acordarme de esto. Pensar en que escribiste porque querías escribir y no por ganar o por evitar perder. Me viene muy bien la enseñanza en este momento.

Gracias

Todavía no entiendo por qué quisiste una alberca cuando estábamos en invierno, pero yo sigo sintiendo antojo de helado cada que hace frío, así que no voy a cuestionar tus decisiones.

Te/nos quiero mucho

Suelta la culpa, no necesitas ser perfecta para nadie, ni siquiera para ti misma. Escribe, escribe, escribe. No importa que no sea perfecto, no importa que no sea como se supone que debe de ser, no importa que no sea brillante, no importa que no sea el mejor. No dejes que te hagan odiar escribir, que te de tanto miedo no ser lo suficientemente buena que dejes de hacerlo.

Sé libre y sé tú. Te amo siempre.

 

nos amo

 


1540002886058Atentamente:
Verónica Díaz, Vania Macias Osorno, Tania Cázares Herrera, Sofía Castro Guerrero, Paulina Márquez, Nelly García, Nayeli Gutiérrez, Natalia Lomelí, Mayra Nakamura, Rebeca Lorea, Maili Rodríguez, Laura Celina Martínez Carreño, Laura Aguirre, Jimena Maralda, Ivonne Anahí Orozco, Elena Lebrato, Daniela Jiménez, Dan Hernández, Dairee Ramírez, Carol Chávez, Carina Vallejo, Tatiana Candelario, Anel Bobadilla, Andrea R. Calderón, Ana Georgina Riahu, Ana Cordelia Aldama, Alejandra Eme Vázquez

 

Descarga el libro: A muchas voces. Escritura desde la maternidad

PRÓLOGO

Isabel Zapata

En el último párrafo de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo le responde a Kublai Kan con las siguientes palabras: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Esta sentencia cobra especial relevancia en 2020, el año de la Gran Pandemia, en el que tantas cosas hemos perdido. Durante estos meses en que el infierno de los vivos ha puesto a prueba la imaginación y resistencia de un planeta entero, las mujeres que participamos en A muchas voces hemos repensado el mundo desde una posición distinta, a partir de la experiencia compartida de ser madres durante la crisis (con las exigencias físicas y emocionales que eso implica).

A manera de introducción, hemos decidido incluir nuestro “Manifiesto de madres en pandemia”, un texto escrito de manera colectiva durante la primera edición del taller, que se llevó a cabo durante los meses más álgidos de la crisis. En él, alzamos la voz para derrumbar el mito de la madre perfecta y cuestionar la maternidad idealizada y su mandato de ternura radical. Al manifiesto le siguen una serie de textos de diversos géneros –en su mayoría diarios íntimos, cuentos y crónicas, pero no exclusivamente–, que son resultado de varias semanas de trabajo arduo y retroalimentación en los distintos grupos. Estos relatos, incluso los que están construidos a partir de la ficción, constituyen una muestra de algunas experiencias que hemos vivido a puertas cerradas: al interior de una casa, sí, pero también al interior de nosotras mismas. Si “Pequeñas labores” tuvo como objetivo crear las condiciones para que habláramos –lo cual es ya un acto revolucionario–, esta antología es un esfuerzo por lograr que nuestras voces sean escuchadas.

Las palabras, dice Rebecca Solnit, son instrumentos con los que protegemos y definimos nuestras vidas. Nuestras palabras, juntas, toman fuerza y cuentan historias que son signos de posibilidad. Ésta es entonces la memoria no sólo de un taller de escritura, sino de un largo diálogo entre mujeres que buscan deshacerse de ideas y prejuicios que juegan en contra de una maternidad más gozosa y libre, menos solitaria.

Cada sesión del taller fue para mí una lección de solidaridad y admiración que encuentra continuidad en las historias que componen este libro y en los afectos que con ellas se tejen. Hoy tengo más claro que nunca que la escritura que me interesa se construye en compañía y que la compañía es un extraño fenómeno que puede darse a pesar de la distancia física. Si estas palabras llegan hasta otras madres y logran iluminar sus horas más oscuras, el propósito estará cumplido. Viajen pues estas páginas como una forma de resistencia y de amistad.

Ciudad de México, octubre de 2020

 

Pensar lo doméstico: antología completa

PENSAR LO DOMÉSTICO - Antología completa-1_page-0001Queridas pensadoras de lo doméstico, venimos con una noticia muy emocionante: nuestra querida Lorena Rojas, escritora, gestora cultural, mediadora de lectura y colaboradora de este blog, eligió leer este blog de Pensar lo Doméstico para la consigna de labores de cuidados de la maratón #GuadalupeReinas2020, organizada por la colectiva Libros b4 Tipos.

Pero no solamente eso, sino que para hacer más sustentable su lectura, la propia Lorena reunió todas las colaboraciones (sí, ¡todas las colaboraciones!) en un precioso pdf que ahora nos comparte con muchísima generosidad, por si alguna de ustedas quiere añadirlo a sus consignas de la maratón de lectura o bien, por si quieren leer lo que se ha generado a través de los tres años de vida que tiene esta espacia.

Esta es una publicación sin fines de lucro y equivale a entrar a los links correspondientes a publicaciones literarias de este blog, en orden cronológico. Pero sobre todo, es una muestra de que como dijo Gaby Damián Miravete, precisamente en el marco del Guadalupe Reinas 2019: las lectoras salvan.

Gracias infinitas, Lorena. Y a todas nuestras lectoras, esperamos que disfruten este pdf que pueden descargar dando clic en el enlace a continuación:

“¿Cómo estás?”: evocaciones para una madre y una hija

Amelia M. González

Para mi mami, con todo el cariño.

Tengo una imagen muy vívida sobre mi madre:  yo voy entrando a su cuarto en el Centro Médico y ella está recostada, recién operada de una mastectomía de lado izquierdo. Me mira con mucha ternura y me pregunta si ya terminé de leer el libro que estaba leyendo. No sé qué decirle, porque tengo la certeza de que debería decirle tanto, pero opto por el impotente “No, ma, no lo he terminado, pero luego lo acabo de leer” y le pregunto: “¿cómo estás?”.

Apenas un segundo después me siento tonta por mi pregunta, pero ella responde -con el buen sentido del humor que siempre tiene- que está muy bien, aunque le gustaría estar ya en su casa. De nuevo me pregunta por mí, por mis cosas. Intenta sentarse, pero de inmediato le digo que no puede hacerlo y ella recuerda que ya las enfermeras le explicaron un par de veces que no puede hacer esfuerzos, pues corre el riesgo de abrirse las heridas. Nos quedamos en silencio un rato. El espacio está impregnado de ese olor dulzón y amargo que se combina con la sangre fresca del vendaje. Ese aroma que, aunque lo intentara, nunca saldría de mi memoria.

Mi mamá es afortunada, pienso en ese momento, porque está a “salvo” y porque hasta tuvo la fortuna de que le asignaran un cuarto de recuperación para ella solita. No sabemos por qué, pero el médico pidió que la llevaran sola a una habitación en la que pudiera estar cómoda y en la que pudieran estar cómodos también los familiares cuando entraran a verla. Afortunada, en el sistema de salud del país, no es poca cosa. Mi mamá dice que igual le dieron esa habitación porque cuando iba a consultas con el oncólogo, ella le llevaba dulces de contrabando y los dos hablaban “hasta por los codos”. Esto es verdad, aunque no puedo saber si estas fueron las razones por las cuales mi mamá y yo estamos en esta habitación. De todos modos, en mi interior los agradezco.

Esta imagen reaparece con fuerza en determinados momentos de mi vida, casi siempre cuando me hallo en un momento de transformación personal honda.  Ahora que la describo con palabras fijadas a través de mi escritura, me percato de lo poderosa y sencilla que en realidad es. Estoy segura de que no soy la única persona que tiene una imagen similar, desafortunadamente; sin embargo, a veces me pregunto si también todas las otras personas llevan consigo esas imágenes vitales como talismán personal, íntimo. A mí me pasa. Lejos de recordar esta escena como algo lastimoso o violento, he aprendido a atesorarla en todos sus particulares.

Algo bien concreto me motiva: en esta escena he logrado vislumbrar una lección perdurable que, de un modo bien complejo (a través del ejemplo cotidiano e inconsciente), mi madre me otorgó. Quizás cuando la platico -aunque en realidad es la primera vez que lo hago, porque a veces me da miedo ponerme vulnerable y además es un recuerdo que involucra también a otra persona- otros vean en ella estragos de dolor. Yo veo una suma de cuidados. Esta imagen que atesoro y ahora comparto me ha hecho plantearme una serie de preguntas que han terminado por transformar, irremediablemente, mi vida.

Pienso, por ejemplo, en la complejidad de eventos latentes detrás de aquella pregunta que mi mamá me hizo al reposar de la incómoda cirugía. ¿Qué lleva a una persona a preguntar primero por el bienestar del otro, antes que platicar sobre el propio? No lo sé, aunque lo intuyo. Sé que otras veces yo lo he hecho. No sé si ha sido por “herencia” de algunos hábitos de mi madre o si lo hago porque muchas veces las mujeres solemos ejecutar ese complejo gesto, esa -muchas veces dolorosa- cortesía de anteponer a los demás antes que ponernos a nosotras mismas.

Quizás en este punto algunas personas piensen que es normal que una madre lo haga. A decir verdad, nunca he comprendido con qué facilidad hablan de “las cosas que son normales cuando eres madre”. Pienso muchas veces que bien haríamos en no suponer con tanta facilidad sobre el comportamiento de los otros; de las otras, en este caso concreto. Me aterra -porque he visto y vivido las consecuencias- la facilidad con que emitimos juicios de lo que deberíamos ser al momento de “convertirnos en algo”. ¿Una se convierte en algo, así tan mágicamente? Quisiera más bien ensayar múltiples preguntas sobre esta cuestión y no quedarme quieta en ninguna respuesta que me limite y que limite las experiencias de las demás.

Mi madre vive y han pasado varios años desde esa escena del cuarto. Hemos podido platicar sobre lo acontecido. Le he preguntado directamente por qué a veces prefiere preguntarnos primero cómo estamos y a veces hasta olvida respondernos cómo está ella. Al principio decía que no sabía, que igual era “la maña de mamá” (volvemos a lo dicho); pero, conforme mi insistencia -amable aunque sí incisiva- se prolonga y vuelve al tema, ha comenzado a responder que no sabe por qué lo hace, pero quisiera cambiarlo. Lo ha hecho. Esto, desde luego, ha sido un trabajo personal muy grande.  Absolutamente todo el mérito le corresponde. De un tiempo para acá platica más sobre lo que le duele, lo que le angustia. He notado -un poco a escondidas- que suele sincerarse más ante esa genérica pregunta del “¿cómo estás?”. De alguna forma se antepone y se afirma. Escucha a los otros, pero también espera a cambio que le pregunten por ella misma. No es poco.

Volvemos a la imagen del cuarto. En aquel momento yo me cuestionaba sobre lo que vendría después. Una nunca se siente “del otro lado”, con el cáncer. Creo que incluso, aunque los médicos hablen de remisión, una siempre se siente amenazada, como esperando algo. Y según he aprendido con los años, no es porque una sea pesimista. Más bien se va haciendo consciente de que hay eventos que, en su esencia, están hechos de espirales que retornan y se alejan, pero nunca desaparecen. Se vive bien también con esto. El vértigo de la incertidumbre -como también aprendemos en los cuentos de Dávila, que ahora con toda lucidez me vienen a la memoria- nos enseña mucho a través de la trasmutación de sus abismos.

Entonces yo era otra. No me cuestionaba con tanta insistencia sobre los cuidados, sobre la reciprocidad. En ese momento no comprendía que debajo del léxico de mi madre latían múltiples preguntas que me han sanado, que nos han sanado juntas.

Compartir con otras las palabras que brotan de esta imagen de la que he hablado me ayuda también. No a cerrar un ciclo, porque ya hemos hablado de los espirales y de los “no cierres”, sino (para decirlo con palabras más certeras) a ir elaborando cómo estoy yo, procurándome mi espacio en medio de la interrogante. Yo también voy aprendiendo, como mi mamá, a responder con mayor veracidad esa genérica -y tan compleja- pregunta.

 


foto miaA Amelia M. González siempre le cuesta decir qué es. Quizás por ello se pone más lúdica en las microrreseñas personales. Estudió letras italianas, en la UNAM. Ha traducido libros (sobre todo poesía), ha sido maestra, revisora de lo que otros escriben, creadora de contenidos y hasta reportera en el mundo literario. Le gusta escribir, pero se siente más cómoda llevando diarios íntimos. Poco a poco se anima a publicar sus textos en varios lados. Es amante del pan dulce (aquí sí no teme definirse) y una buena “hacedora” de café. Ama el cine. Lectora atascada y cariñosa con los niños, gatos, perros y demás animalitos. Se ríe mucho de cosas bobas, aunque tiene cara seria.  Suele ser muy amable con las personas, pero también se permite la rabia sin miedo. Juega a veces a ser Medea o un caballo descrito por Clarice Lispector.

Despedida y restos materiales

Iliana Pichardo Urrutia

1.

Comenzó con F. Estaba segura de que un día se iría y trataba de dar significado a su partida. Imaginaba que tomaría una foto de él con su acordeón delante del edificio en el que vivía y que después, cuando partiera, tomaría otra fotografía del edificio solo. Lo que quería era comprobar si era posible ver la ausencia. Probar cómo se modifica un espacio cuando un cuerpo deja de habitarlo. 

Pero después nunca se fue y tampoco tomé esa fotografía. Sin embargo, la idea de retratar la ausencia permaneció y comencé a rastrear los primeros lugares en los que yo misma comencé a habitar sola, como si tratara de reconstruir la geografía de los agujeros que fui dejando en mi mapa. Una fotografía del edificio conmigo adelante, otra del edificio solo sin mí.

2.

Otras formas de ausencia:

A) Ultrasonidos del antes y el después de mi primer embarazo fugaz. La imagen de una partícula (debo confesar que no escuché su latido). Y tres semanas después, la misma imagen vacía de presencia, un océano nocturno y sin olas.

B) En casa de mi abuela apareció el acta de defunción de mi hermano menor. Buscaba otro papel pero de pronto apareció ese con textura de libro viejo que lleva muchos años intacto. El golpe fue para mis manos que de pronto sintieron la ausencia como algo que sí fue real y corpóreo. En el acta se lee su edad: ocho minutos. Ocho. Un agujero infinito.

3.

A esta casa llegó Emilia cuando su cabeza apenas alcanzaba el borde de la mesa del comedor. Pronto comenzó a no medir distancias y a golpearse con las esquinas de madera. Lo que más me gustó siempre de esta casa fue el piso. Mosaicos de los años cuarenta de un color ámbar con figuras geométricas. Resistentes a los sonidos y a los terremotos. También los techos altos, el árbol de jacarandas del edificio de enfrente y la luz de media tarde entrando por la ventana, creando estelas sobre el piso.

Nos estamos mudando cuando Santiago el menor tiene la edad que Emilia tenía cuando llegó a esta casa. Su cabeza ya supera el borde de la mesa y el llanto de golpearse en las esquinas es un lamento anunciado y conocido. El otro día se pelearon porque Santiago destruyó la ciudad de bloques que construyó Emilia. Ella reaccionó con ira. En mi absoluta fatiga estaba a punto de gritarles cuando F. me dijo: Se le está resquebrajando su mundo. Ahí me di cuenta de que mis paredes también se estaban cuarteando, mi propio mundo estaba colapsando.

4.

Los barrios también son mapas. La esquina en la que está dibujado el avioncito sobre el que nos gustaba saltar a Emilia y a mí. La panadería con la banca blanca en la banqueta en la que nos sentamos a comer orejas y café. El edificio inmenso en el que vivía F. que ha estado por caerse desde el 85, con los bares debajo –ahora clausurados-, en uno de los cuales lo conocí a él. Las tiendas de vestidos de novia sobre la avenida Insurgentes y el edificio azul que fue nuestra primera casa juntos. El puesto de jugos, las librerías de viejo, y el edificio beige sobre la calle Medellín al cual llegamos cuando ya éramos tres.

Nuestra historia familiar hasta ahora ha transcurrido en este barrio que aún se resiste a cambiar a pesar de que la Roma Norte quiere alcanzar a esta parte Sur. Nuestra relación con el lugar puede resumirse en esta frase de la película Tren nocturno a Lisboa: “Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo”.

Restos materiales dispersos en la geografía y conservados a través del tiempo.

Una arqueología de nosotros mismos.

5.

Esta vez no me olvidaré de tomar una fotografía de los cuatro antes de irnos. Después, tomaré otra del edificio solo una tarde de domingo. Nuestra ausencia y un comienzo nuevo en otro país. Una maestra dice que las personas viejas son más sabías simplemente porque han amado más. Y han amado más porque han tenido más pérdidas.

Tal vez entre más agujeros tenga mi mapa significa que estoy más presente. Y que irónicamente me voy completando, con todas mis ausencias.


Iliana Pichardo

Iliana Pichardo Urrutia (1980). Mamá de Emilia y Santiago. Escribe ensayos, poesía y novelas que empieza y nunca termina. También hace ficciones y documentales que escribe y/o filma en Buñuelos Comunidad Creativa. Le gustan los viajes y el movimiento en las fronteras, aunque en este momento lo que experimenta es un gran salto al vacío.

Ritmo, mal humor y cicatrices

Lorena Rojas

Desde que tengo memoria, mamá tiene cicatrices en los brazos. Una media sonrisa en su antebrazo a la altura del codo. A veces son rojas o rosadas, otras más bien oscuras, cafés como la bebida en su taza, menguando poco a poco hasta casi desaparecer.

Un par de años antes que yo naciera, mamá ya trabajaba sin parar en la cocina. Ella y mi padre decidieron un buen día que lo mejor era mudarse, dejar su trabajo (el de él) y poner un restaurante aunque nunca antes se hubieran dedicado a ello.

La vida siempre fue así. Mis hermanos y yo crecimos entre las mesas del salón principal y la cocina, comiendo a cada rato una porción de esto y aquello, el olor a caldo de camarón flotando en el aire. Los sábados eran mi día favorito porque el negocio cerraba, era día libre para ir al parque o al cine. El peor —para una niña que no comprendía la importancia de aquello— era el domingo porque el restaurante se atiborraba de gente que tenía sus días libres mientras el nuestro era un caos. Eso lo aprendimos bien: “Cuando otros festejan, nosotros trabajamos”; día de las madres y cumpleaños, día del padre y de la independencia, cuando era día de fiesta había que estar listos para recibir comensales.

Mamá cocina delicioso, los pescados y mariscos son su especialidad, así que la gente acudía y sabíamos que lo primero era ser amables, llevar su comida a tiempo, con premura pero con mucho cuidado. Parece contradictorio, pero se vuelve esencial ser veloz. Todo en la cocina es una sinfonía, a  veces más bien un jazz; rápido, estudiado pero muy necesariamente improvisado. Mamá es veloz, precisa, un descuido de pronto y lo resuelve rápido, cuidadosamente. Creo que mal-aprendí eso y me llevó a ser más bien desesperada, perfeccionista pero impaciente, una suerte de remedo que desarrolló el mal humor pero no el talento.

Lo que aprendí bien fue cuánto amor puede esconder un platillo hecho en casa —porque el restaurante siempre fue nuestra casa—, los hervores de un caldo puesto al fuego desde el amanecer mientras los niños duermen todavía, los manteles de cada mesa lavados la noche anterior y las tostadas friéndose en lo que está listo todo para abrir.

Una cadena de cuidados para que un plato llegue sano y salvo a la mesa, para que la gente coma y se sienta contenta, para que se vayan satisfechos, dejen propina y sea un buen día para todos. Una cadena de cuidados que no termina, que sigue en la trastienda donde los niños requieren otra cadena igual o más exigente.

Cuando crecía me repetía a mí misma que no me dedicaría a cocinar, que era desgastante. Pasé la adolescencia sin hacer siquiera la carlota del taller de cocina en la secundaria, pero a la vez sorprendida al ir conociendo gente adulta que no era capaz de alimentarse a sí misma o de usar la estufa. Para nosotros era natural, mis hermanos y yo sabíamos hacerlo perfectamente; sin embargo, me sentía harta sin siquiera haberme dedicado a ello en carne propia, otra reacción en cadena.

A esas alturas, mi hermano mayor ya cocinaba. El siguió ese camino desde joven como extensión de unos cuidados heredados y aprendidos de corazón: cocinar es cuidar, tanto al platillo y al proceso como al comensal, pero en nuestra familia cocinar era también cuidarnos a nosotros y asegurar nuestra comida en la mesa.

Las cicatrices en los brazos se sonríen entre ellas. Nacieron de meter algo al horno, de menear las ollas altas y rozar sin querer una de sus paredes, de ir con prisa entre las freidoras para sacar las papas a tiempo. Cicatrices de evitar errores, de menguar el hambre y el mal humor que con ella se acrecienta. Cicatrices de cuidar.

Con el tiempo y los kilómetros de por medio, me di cuenta de la herencia del ritmo. No me gustaba la cocina pero aun así siempre me dio curiosidad y siempre, siempre, traía la preocupación de servir a tiempo, de no tardar pero presentar bonito aunque fuera sólo algo sencillo que comer en casa. De leer recetas cuando algo en especial se antojaba y sacarlas desde cero aunque nunca antes lo hubiera hecho. Le llamo “ritmo” a esa prisa, a ese desliz por un piso que apenas y me conocía porque antes todo era microondas; le llamo ritmo pero le podría decir cuidado o mal humor, que crece cuando hay un error que lo arruina todo o un alguien que tarda en sentarse a la mesa cuando el plato está servido. O cuando, sin querer, mi brazo toca ese borde caliente que dibujará la media sonrisa que, ahora pienso, es mi sino.

Cicatrices en los brazos por sacar de horno, por hacer lo que pensé que no haría pero que me persiguió hasta encontrarme y que me ha enseñado a disfrutar y hallar el ritmo.

Cocinar para cuidarnos, para hablarnos y compartirnos, de cierto modo, es un lenguaje que a todos nos habla. Cocinamos y nos cuidamos, cocinamos y recordamos, yo recuerdo: las recetas de postres de mi abuela, los consejos prácticos de mi madre y sus medidas —puños, pizcas, chorritos, palmas— y la ligereza de mi hermano que no se preocupa, sólo cocina e improvisa, que al final para eso estamos.

 


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Lorena Rojas (Cerritos, SLP, 1992). Estudió Lengua y Literatura en la UASLP. Se ha dedicado a corregir, editar y redactar textos para distintas revistas y medios digitales, así como a leer y difundir autoras más por gusto que por trabajo. Es feminista de las que se pelean y escribe cuentos y monólogos teatrales. Recién abrió—junto a su esposo— en un pueblo mágico de Tamaulipas su Cafebrería Ítaca, donde ahora lee y hace postres. No es buena cuidadora ni repostera, pero le está echando ganas.