Amelia, Emma y Aimée

Vania Macias Osorno

Para Darío y Amelia

Ya pasaron nueve meses desde aquella larga y densa noche en la que vi cómo toda mi vida se venía abajo. Nueve meses, el mismo tiempo de gestación de un bebé en el vientre de su madre. Ser madre. Ya pasaron nueve meses desde la noche en que me di cuenta que no, que posiblemente nunca engendraría un hijo; que posiblemente no lo quería. Nueve meses desde el momento en el que pude ver que una enorme parte de quien creí que yo era, simplemente no era; se desvanecía.

Esa noche, entre el nudo de incomprensión y el dolor insostenible al que arroja la sensación de abandono, hubo un momento de revelación. Entre la confusión y el insomnio, con la mente obnubilada y más de 24 horas sin dormir, de pronto tuve esa visión: un muro de ladrillos rojos se derrumbaba frente a mí, sólo se respiraba polvo y, detrás de una nube, la luz cegadora y las siluetas de una ciudad. Fue como si de un lado del muro, en el que aún yo estaba, todo era ajeno y pasado, y del otro era un espacio desconocido que no podía dejar de mirar y que emanaba una fuerza de la que ya no podía desprenderme. 

Toda la vida pensé que sería madre. Era un deseo que asumía mío, profundo, enorme, imposible de abandonar; inimaginable una vida sin serlo. Fantaseé mil veces con una hija; deseaba una hija, tenía su nombre: Amelia. Como la mamá de mi primer novio, una mujer bellísima a quien quise mucho y que, sin pretenderlo, me dio una lección de sororidad a muy temprana edad. A m e l i a . Amo ese nombre. La llamaba así en mi imaginación y en silencio, nadie lo sabía, ¿por qué habrían de saberlo?, pero un día lo perdí, perdí el nombre de mi hija.

Tengo claro el recuerdo de ese día, puedo verlo a detalle, lo escucho, incluso lo siento. Iba sentada en la parte de atrás del carro de mi mejor amiga y su esposo, ella estaba embarazada. La noticia me había hecho llorar de ternura, y de mucha ilusión también. Siempre he tenido una extraña certeza de que a ella y a mí nos une un tipo de hilo energético que nos mantiene en sincronía. Como la vez que me llamó para decirme que su ex novio se había ido de la casa y yo sentí cómo se me quitaba un peso de encima y me llenaba de alegría, a pesar de que ella lloraba al otro lado del teléfono y la situación era más bien bastante triste. Esa imagen me abría la posibilidad de separarme yo también, estaba harta de la relación tan mediocre en la que me encontraba. Así que ese cambio en su vida para mí significó el augurio de un próximo movimiento en la mía. Y de hecho fue así, pocas semanas más tarde también me separé. Entonces, aquella noche en el auto, me llevaban de regreso al lugar en el que vivía, estábamos sobre Avenida Monterrey, a punto de cruzar la Avenida Chapultepec, cuando les pregunté: “¿Y ya saben cómo se va a llamar?”. 

Y ella contestó: “Sí. Si es niña, Amelia, y si es niño todavía no sabemos”.

En ese momento sentí cómo mi corazón se apachurraba hasta romperse en pedacitos y la tristeza me invadía el cuerpo, la sentía sobre todo en el pecho. Seguí la conversación tratando de disimular ese dolor profundo de despojo, pero no podía apartar esas palabras de mi mente: “Si es niña, Amelia”. Había perdido mi nombre, el nombre de mi hija. Ya no iba a tener a la Amelia de mi vida, no podía creerlo. Llegué a mi casa y lloré.

Así fue como llegaron a habitar mi mente Emma y Aimeé; nunca iban a ser Amelia pero estaba contenta con esos nuevos nombres. Tenía que soltar a Emma porque una de mis gatitas se llamaba Eva, sería confuso. Entonces abracé a Aimeé. La pensé acompañada de sus apellidos, escribí muchas veces su nombre: Aimeé Alavez Macias, sonaba bien. La imaginé en mi vientre, en su cuna, platicando en el desayuno antes de ir a la escuela, paseando en el parque; imaginé su olor, su calor, su respiración. La visualicé y sentí dormida junto a mí, también en medio del cuerpo de su padre y del mío. Logré verla con él jugando tiernamente, a veces su papá un poco impaciente. Los imaginé muchas veces mirándose mientras él tocaba en el escenario y ella lo veía orgullosísima desde abajo, desde al lado, desde atrás, tras bambalinas, como lo hacía siempre yo. Su padre que le mandaría besos con los ojos, y sólo él, ella y yo los veríamos volar y caer en su pequeño rostro. Su padre que no quería ser padre pero que tampoco quería perderme, su padre lleno de miedos que prolongó tanto la decisión porque éramos felices juntos, libres y felices juntos. Su padre que había sido arrastrado en esa ola de deseos ajenos que me tenían a mí exhausta y aturdida, y desde donde yo no quería soltarlo a él. La fuerza de las corrientes de la maternidad idealizada.

Paradójicamente, es la gente que más te ama quien más te presiona. Porque claro, tú lo has dicho una y otra vez desde que tienes memoria: quieres ser madre. Entonces las que te aman, porque sí, casi siempre son mujeres, te impulsan a no soltar ese deseo. Pero llegó esa densa y larga noche que me trasladó a recuerdos muy lejanos, al origen de ese aparente propio y profundo deseo de ser mamá. Desde muy chica fui muy niñera, me encantaban los niños y a ellos les gustaba yo, a todos los niños: propios y ajenos, desde esos bebés que no pueden ni sostener su cabeza hasta los pubertos. Así que mi primer trabajo a los 13 años fue cuidar niños. Organicé un curso de verano para los hijos de trabajadores de la oficina de mi mamá, y esa prolífica y exitosa carrera de cuidados culminó en Zwijndrecht, un pueblo en la periferia de Rotterdam, cuando me fui a trabajar como aupair quince años después. Y me fue muy bien, era divertido, fácil y tenía mucho para mí… mucho. Viajé por casi toda Holanda, tuve un amor y amante, amigos, fiestas, dinero, muchas visitas a museos, paseos en bicicleta, vacaciones, pero no, eso no es ser mamá, para nada. Sin embargo, es como si el placer y las habilidades del cuidado de los otros tuvieran como único y necesario destino maternar. ¡Obvio, sería una mamá increíble! Fue casi igual que cuando de niña pintaba bonito y entonces tenía que ser artista, solamente así encarnaría la realización y las expectativas que los que me amaban depositaban en mí. Ahí estaba la validación: ser madre y ser artista. Pero no, apenas hace unos meses comprendí que no porque seas bueno en algo quiere decir que eso es lo que quieres ser o hacer, mucho menos ser. No. Los deseos más profundos no son tan sencillos de alcanzar.

La presión venía, pues, desde los comentarios más sutiles hasta los más obvios y violentos. 

“No lo puedes obligar”, alguien me dijo. 

Ese comentario fue tan absurdo, ¿Cómo diablos se obliga a un hombre a ser padre? Físicamente, ¿cómo sucede eso? La realidad es que es a nosotras, las mujeres, a las que históricamente se nos ha obligado a ser madres, desde todas y las más violentas formas. ¿Cómo se atrevían a sugerirme que no lo obligara a ser padre? Pues, ¿qué se imaginaban? ¿Que iba a extraerle el semen por la fuerza e introducírmelo en la vagina? Me parece tan ridículo ahora. Sigo sin comprenderlo. Los otros comentarios llegaron después, como aliento y apoyo para separar a mi pareja de ese otro deseo. La presión hacia minimizar un amor en pos de otro que aún no existía. 

“Nosotras te vamos a ayudar”

“Que no haya un padre no quiere decir que no tengas una red de apoyo”

“Yo me comprometo a cuidártelo”

Cuidármelo. Los cuidados son tan fundamentales y tan integrados al simple hecho de vivir que casi siempre pasan desapercibidos. Sin embargo, implican profundo aprendizaje y un compromiso absoluto, grande y a veces muy pesado, difícil. Es muy simple decir: Yo te lo cuido, Yo te cuido, Yo me cuido, pero ahí hay, en realidad, una muy grande y complicada demanda afectiva y de trabajo.

“Te guardo mi ropa de embarazo”

“Te voy a guardar toda la ropita para el bebé”

“Nosotros te vamos a apoyar económicamente”

“El dinero siempre sale”

“Congela tus óvulos”

“¿Ya investigaste sobre la inseminación artificial?”

¡Cuánta presión! Es muy difícil identificarla como presión porque todas esas frases vienen de la gente que más te ama, de tu propia madre, tu hermana, tus grandes amigas. Obviamente son las mujeres las que se ofrecen a ayudarte con los cuidados. Pero ayudar a cuidar el hijo o hija de otra no es una intención simple. Y muchas veces tampoco es real, aunque, otra vez, siempre vienen desde un lugar amoroso. No digo que no sea posible, por supuesto que no, solamente es que a veces las palabras surgen fácilmente y los actos están cargados de implicaciones mucho más complejas desde las diversas subjetividades.

Así que siempre fui Vania, la que un día tendría una familia con hijos propios, no había duda. Y esa noche triste y de insomnio, mientras me imaginaba en la sala de parto pariendo a la hija de un desconocido sin una pareja a mi lado, tomada de la mano de mi mamá o de la dula, que hasta hace unos meses sería una extraña y ahora me estaría ayudando a partirme en dos y a traer una nueva vida a este mundo… Me pareció un escenario totalmente indeseable, lo mismo imaginarme yo sola con una hija, que también podría ser hijo, llorando, sin dormir, parándome todos los días temprano, y me preguntaba cómo iría la baño o cómo me daría una larga ducha de agua caliente, ¿cómo trabajaría para mantenerla y al mismo tiempo estar con ella todo el día?, ¿quién la cuidaría cuando yo trabajara?, ¿cómo lograría duplicar mis ingresos para tener una casa con una recámara para ella y comprar la carísima leche de fórmula porque qué tal que no tengo leche y esa es la mejor?  Yo, que lo que más amaba era amanecer al lado de mi pareja, hacer el amor y levantarnos hasta tarde. Yo, que disfrutaba la vida llena de placeres con él y sin preocupaciones. Yo, que vivía el día a día, el presente, disfrutando cada momento como si fuera el último. Y en ese derrumbe del muro rojo comprendí en dónde estaba mi felicidad. 

¿Era egotista pensar solamente en mi felicidad? ¿Era egoísta no tener las ganas de pararme temprano para cuidar a un hijo que aún no existía y después dedicarle todas las mañanas, las tardes y las noches de mi vida? ¿Era eso ser floja, inmadura, fracasada? Vania, la madre, había fracasado. No tenía deseos de esa vida, me gustaba en lo ideal, en la perfección de la imagen construida en mi cabeza; en la foto de grupo con los demás amigos y sus hijos, las vacaciones juntos, todos contentos mientras los niños juegan y se cuidan solos. Pero al otorgarle a esa fantasía una pequeña dosis de la realidad que ahora percibía, me causaba, y aún me causa, un rechazo inmediato, acompañado de una confusión profunda; sensación de culpa, de fracaso, de traición a mi legado, a mi familia, a mí misma. Y es que, de qué manera tan dañina nos han incorporado ese deseo de ser madres. 

Fue duro darme cuenta y aceptar que yo no deseaba ser la Vania en la que había pensado siempre, aquella que grité a los cuatro vientos. ¿Era una renuncia? ¿Era resignación por el otro “fracaso”, el que implicó el final de mi relación amorosa? 

“Cuando vuelvas a enamorarte te regresarán las ganas”, me dijo otra amiga. 

“¡Qué insistencia!”, pienso.

Renunciar a ser madre. Esto no fue una renuncia, fue una elección. Como cuando me cambié de carrera no una sino dos o tal vez tres veces; o cuando renuncié a mi trabajo en un museo o en una colección de fotografía, o cuando dejé el doctorado y decidí abandonar la vida académica. Siempre he sentido la libertad y la confianza de elegir los caminos que quiero vivir, en la felicidad que construyo infatigablemente, ¿por qué elegir no ser madre era (es) tan incomprensible? Es duro despertar y reconocer que lo que creíste ser 39 años de tu vida, simplemente, no lo eres, pues ahí no está tu realización ni tu entendimiento sobre ti misma.

Es fundamental abrir espacio al no saber. Hace poco leí eso en un libro de una monja tibetana, Pema Chödrön, y fue muy revelador. Colocar la noción del no saber en un lugar positivo es una transformación de la manera en que podemos enfrentar la vida ¡Qué fortuna y qué suerte eso de no saber! Te revela un mundo. A mí, por ejemplo, me ha permitido comprender, de manera transparente, el mundo del autocuidado. Es un viaje hermoso y divertido, de mucho aprendizaje, que no es nada fácil.

Así que llevo nueve meses gestando a una nueva Vania, reconociendo mis deseos y viviendo el día a día con el mismo amor con el que vivía antes con mi ex pareja, pero ahora volcado en mí. Es importante comprender y ser pacientes en los procesos de duelo; entender y ser empáticos con los miedos propios y los de los otros; romper con los relatos dañinos y dualistas del amor romántico, de la maternidad idealizada. Es fundamental valorar el autocuidado porque lo necesitamos para cuidar a otros y para construir felicidades. Es sumamente importante el disfrutar(me) sin culpa, mi tiempo, mi creatividad, mis placeres, mi cuerpo, mis afectos, mis palabras, mi escritura, mi presente, mi aquí y mi ahora. 

Hoy, después de los nueve meses, sé que deseo un hogar, una familia, pero no necesariamente ser madre, mucho menos madre biológica. La construcción del no, del no deseo. Ojalá desde que nos enseñan que las mujeres podemos ser mamás, nos enseñaran a que eso es también una decisión que debe responder al deseo, que es una opción entre muchas otras; que la familia también tiene posibilidades múltiples para configurarse; que la vida sin pareja o sin hijos, en solitario, no es triste ni negativa, mucho menos un fracaso. Las formas de vivir son también múltiples, la manera de relacionarse y transitar esta vida es orgánica, como lo es el ser humano; así pues, se trasforma y cambia como todo lo que tiene vida. Nada es permanente, ni lo tangible, ni las emociones, ni las relaciones y vínculos que inventamos. Por eso, es fundamental el autocuidado, para también discernir entre nuestros deseos y felicidades, de aquellos dictámenes violentos que con sutileza nos han sido impuestos, de manera tan profunda que, muchas veces, los creemos propios.

Cuidar al otro es una de mis habilidades, sin algún pudor puedo afirmarlo y me enorgullezco. Me llena de alegría saber que sí tengo a la Amelia de mi vida, no lo había imaginado así y pensé durante más de 10 años que yo la engendraría, pero ¡qué belleza que la haya engendrado una de las mujeres que más amo!, aquella a la que una energía que circula en un hilo dorado une nuestras vidas en este planeta. Y así fue como ella me regaló a Amelia y mi hermana me regaló a Darío. 

Hoy paso la pandemia sola, volcada en el autocuidado y estoy, casi siempre, bien. Tengo la claridad de que deseo vivir emparejada, pero veo (vivo) que disfruto de mí misma, que puedo fluir con la marea de esta nueva extraña vida, me hundo, salgo, nado de muertito, juego, llega la ola, me revuelca, vienen las lágrimas, luego la risa, llega la calma, llego a la orilla y vivo fuerte y feliz. Y todo empieza otra vez, una y otra vez, todos los días.

 


LA AUTORA

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Vania Macias Osorno. Nacida en la Ciudad de México. Historiadora del arte en deconstrucción. Investigadora y editora independiente. He colaborado en unos cuantos proyectos expositivos y editoriales, de archivo y memorias. Me parece fundamental la reconexión con la naturaleza, la espiritualidad y el cuerpo. Feminista amante del acto de caminar.

Sobre el arte de habitar

María Franco

 

He habitado cuatro casas en el transcurso de mi vida. Cada una fue tan distinta entre sí, que creo que refugiaron en su momento a una persona igualmente diferente, en constante construcción. Del hogar familiar adquirimos el sentido de pertenencia, pero en su habitar diario, yo encontré mis propias fronteras materiales e inmateriales. Cada casa y los objetos que la complementan son más que un escenario para nuestras vivencias personales: son parte del acervo de nuestra formación.

De la primera casa en la que viví recuerdo que compartíamos todo. Mis padres compartían lote y gastos con mis abuelos maternos. Mis tres hermanas y yo, en cambio, compartíamos ropa y juguetes. Mi madre y abuela usaban la misma máquina de coser, agujas y estambres. Todos veíamos una sola televisión, disponíamos igual de la única letrina y del jabón de baño; tomábamos lo necesario del árbol de granadas y del limonero; del huerto, hierbabuena y chiltepín. Al compartir las cosas se generaba un sentimiento de pertenecer a un núcleo especial, en el que incluíamos a Sargento, nuestro perro.

Esa relación de proximidad entre los miembros de la familia y las cosas de las que todos parecíamos los dueños me enseñaron a respetar los límites, a dejar el cepillo en su lugar, la toalla secando, el vaso que usé limpio “en donde va”. En ese entonces no tenía más de seis años. Sufría cuando un objeto se caía de mis manos porque pensaba que le dolía. Solía hablar con las cosas tal y cómo ahora lo hago con mis perros. En esas paredes físicas quedaron cimentados rasgos importantes de mi personalidad, rasgos que aún me acompañan en otros lugares donde difícilmente se puede compartir.

Un día nos mudamos a otra ciudad. Mi hermana menor tenía meses de haber nacido. Ya éramos cinco. De rentar brevemente un condominio, nos cambiamos a un terreno finalmente propio. Mi mamá se enfocó en convertir aquel único cuarto sin puertas ni ventanas en un hogar “de verdad”: uno que con poco siempre lucía bonito y donde podíamos seguir compartiendo, pese a volver a empezar. Con el paso de los años lo cumplió. Amplió la vivienda e hizo realidad su sueño de contar con loseta en el piso, cuadros de catálogo en las paredes a las que procuró pintar cada año de distinto color, y navidades con foquitos blancos que delineaban el techo, enmarcando el pino natural que los vecinos podían ver por la ventana de nuestra sala. Mi madre forjó en mí la ilusión de tener una vivienda digna: limpia y armoniosa, sin importar que fuera pequeña o austera.

La tercera vez que me mudé fue una decisión que nunca estuvo en mis planes. Ahí, en esa casa donde vive mi madre con su actual esposo, me desplazaba por la cocina, sala y comedor con un respeto que solo mi abuela habría aplaudido. La timidez me desbordaba, a pesar de contar con un baño y recámara solo para mí. Con el tiempo y la confianza que inspira su dueño, eso cambió. Las fronteras inmateriales son quizá más difíciles de cruzar. Empecé tomando notas mentales de nuevas formas de hacer la comida, de poner la mesa, de recibir visitas y hacerlos parte como si también vivieran ahí. Aunque esto último me costaba mucho, finalmente comprendí que no tienes que poseer una casa para pertenecer a ella, del mismo modo que no tienes que vivir con tu familia nuclear para compartirla y cuidarla. Un hogar nos podrá parecer un lugar común en muchos sentidos, hasta que nos damos cuenta que en ese lugar común abrazamos la vida muchas veces.

Hoy escribo desde un nuevo domicilio. Me apropio de esta casa cuidándola y compartiéndola como si fuera mía mientras vivo aquí. Con la conciencia de devolverla igual o mejor, voy reparando lo reparable, reusando muebles que comparten conmigo una segunda o tercera oportunidad. Limpio y ordeno las cosas y no lo hago sola. Superé mi animismo infantil, pero no mi respeto por las cosas que me rodean: cohabito, aprendo cosas nuevas en el arte de habitar. Imagino que en lo simbólico, establecemos un acuerdo con el espacio y con lo que nos ofrece. Un acuerdo donde se establece lo que la casa también espera de nosotros. En un dar mutuo, hoy vivo en un lugar que también me vive y acepta con mis propias fisuras.

Deduzco que cada lugar donde he vivido hizo más fácil alojarme en el presente, especialmente porque esta última casa que ocupo recibe mucho de lo que aprendí en cada una de las anteriores. Voy sorteando lo que tengo, necesito y quiero con lo que realmente puedo tener, y estoy convencida de que no se trata de sumar bienes materiales, sino aspectos inmateriales de cada espacio antes habitado; aspectos que revivo día con día en conductas o costumbres, como un homenaje cotidiano a la historia de mi familia, nuclear y extendida. En sí mismo, cada hogar es un sitio que se aferra a ser habitado en la memoria cuando se vuelve físicamente imposible regresar.

 


LA AUTORA

mARÍA

María Franco. Del  noroeste de México. Más socióloga que comunicóloga. Le gusta ver el mar y fotografiar a sus tres perros. Lee más de lo que escribe. También  gusta de estar a solas aunque nunca ha vivido así. Actualmente se acompaña de un buscador de libros, melómano y barbón.

 

Confinamiento entre nubes de papel

Tatiana C. Candelario

I

Si en algo he meditado en estos días es en el transcurrir del tiempo. Éste se diluye como una acuarela entre el agua y el papel. Sabemos que el tiempo transcurre de manera distinta de acuerdo con las circunstancias, pero su paso nunca me había parecido tan desigual y extraño como desde que soy madre. Las noches en las que Rodrigo, mi hijo, ha tenido fiebre, son eternas. Entre cada toma de temperatura y baños de agua tibia parece que el amanecer nunca llega. En contraste, están aquellas en las que tiene pesadillas, se despierta muy seguido llorando y yo quisiera que la noche durara más y que las dos horas en las que por fin logro conciliar el sueño se hicieran largas, laaaaaaaargas; en cambio, sólo duran un parpadeo que no me sirve, por supuesto, para recuperarme de este agotamiento y cansancio acumulados por más de tres años. La maternidad quita el sueño. Me urge dormir.

Los primeros años de vida de Rodrigo, particularmente el primero, transcurrieron muy lentos. Los días me parecían correr en cámara lenta. La mañana se montaba sobre un caracol y parecía nunca llegar al atardecer o al anochecer. Pero, de repente, me he dado cuenta de que el tiempo ha pasado en tan sólo un descuido: el reloj se ha acelerado y el tiempo y el calendario se han superpuesto. Un mes desplaza al otro con gran rapidez, generando cambios asombrosos. Así, mi bebé que no dejaba de llorar porque tenía sueño o hambre y a quien no sabía del todo cómo calmar porque ignoraba exactamente por cuál de los dos motivos lo hacía, ahora ya tiene tres años y me pide que lo deje beber agua en vaso de cristal porque ya es grande. Los hijos se duermen siendo bebés y amanecen siendo niños.

El paso del tiempo también se puede medir a partir de los objetos cotidianos que llenan el espacio doméstico. La decoración de la casa comienza a transformarse de forma más o menos acelerada. En donde había biberones, baberos, chupones y muñecos suaves, ahora hay carros de todos los tamaños y formas, calzones y playeras de dinosaurios. Sus libros pasan de ser sobre historias de un gato que tiene sueño o de un pato que está sucio a otros en los que se relata la historia y la evolución de los dinosaurios. El paso del tiempo es raro siempre, pero más cuando eres mamá. Tratamos de ser malabaristas con él.

Las mañanas se esfuman muy rápido y las tardes parecen detener la llegada de las noches. Algunas tardes de confinamiento, mientras observo a mi hijo pintar nubes y dinosaurios, el tiempo se va muy rápido, pero son sólo pequeños momentos del día que transcurren de forma veloz. Hay otros en los que ya estoy exhausta, cuando parece que la noche (y con ella, el silencio y la oportunidad de tener tiempo para mí) nunca llegará. Las horas más lentas del día transcurren por la tarde, entre la comida y la hora en la que él se va a dormir.

El tiempo durante el confinamiento a veces se monta en un caracol; otras, en una liebre a la que no logro alcanzar. Los días que pasan rápido son aquellos en los que tengo que entregar montones de cosas y reportes del trabajo, tareas de estudiantes por leer y torres de ropa sucia por lavar.  Parece que las cosas y los muebles de la casa se ponen de acuerdo para estresarme más: pilas de trastes, un suelo sucio que barrer y trapear, libreros y muebles cubiertos de polvo, juguetes de Rodrigo por todas partes, aparecen justo cuando más trabajo remunerado tengo. El trabajo no remunerado requiere mucho, mucho tiempo y no da tregua porque es vital realizarlo para poder vivir. Pero también el trabajo remunerado no tiene piedad. Tu jefe te recuerda que te pagan un salario y que no puedes poner de pretexto que estás cuidando a tu hijo, imagínense que alteración del orden. Te enseñan que primero está el trabajo o la profesión y luego la crianza o, simplemente te sientes culpable o irresponsable porque antes de sentarte a hacer esos reportes primero tienes que preparar la comida para un pequeño de tres años.

Siempre hay tanto quehacer en casa. Las labores no paran. Al contrario, durante este confinamiento se han multiplicado, se reproducen como hongos sobre comida echada a perder. Todos en esta pandemia nos hemos enfrentado a las labores domésticas de una forma inevitable y muy particular. Nos hemos visto sin escapatoria a hacernos cargo de la limpieza, de preparar nuestra comida, de cuidar de los que cohabitan con nosotros, especialmente de los hijos pequeños. El confinamiento me tiene exhausta. Pensé que podría cuidar de mí de una mejor forma y mucho más consciente en estos días. Cuando comenzó el confinamiento por la pandemia, imaginé que tendría el tiempo (oh, vaya ingenuidad) para ejercitarme. Ahora sí, sin tener que perder tiempo en el traslado al trabajo podría regalarme esa hora para mí. Me conformo con una hora cada tercer día, me dije. También, prometí, me dedicaré a comer mejor y mucho más sano y al fin podré escribir ese par de artículos que llevan años (no estoy exagerando) en la carpeta de mi computadora. Por supuesto que, en mis sueños, también tendría tiempo de sacar avante de forma sobresaliente mi trabajo y para leer libros que se apilan y se apilan sobre mi buró. Pues bueno, no he tenido tiempo de hacer ejercicio ni tampoco de escribir aquellos artículos pendientes, mucho menos he podido tomar algún libro de esa pila interminable de mi buró y, lo peor, no he comido saludable porque tengo tanta ansiedad y estrés que, al llegar la noche, cuando Rodrigo duerme, entro a la cocina y busco mucha comida para tratar de llenar el hueco que siento en el estómago provocado por el estrés y la ansiedad. Obviamente no está dando resultados. El hueco sigue ahí.

Cuidar de los demás implica tener menos tiempo para el cuidado propio. Y no está del todo mal. Así funciona. Nuestras madres y familia cuidaron de nosotras y nosotras cuidaremos, pero las personas que fungimos como cuidadoras también necesitamos de cuidados y no debemos olvidarlo. En el camino y en el día a día debemos recordar (y exigir) que necesitamos tiempo y espacio para nosotras, pero para que esto sea posible es necesario transformar la situación actual; debemos exigir mejores condiciones para las mujeres en todos los ámbitos y comenzar a transformar los espacios públicos y privados. Sólo así podremos seguir cuidando sin sentir la presión laboral, económica y profesional.

II

Entre tanto cansancio y estrés he tenido momentos luminosos.

Primer momento: cuidar significa acompañar. Cuando comenzó la pandemia, Rodrigo llevaba poco tiempo yendo a la escuela, apenas un par de meses. En ella aprendería a controlar esfínteres porque en casa no había dado las señales necesarias para comenzar el proceso. Así que decidimos esperar hasta que un día, su guía de Montessori nos explicó que comenzaría a dejar el pañal primero en la escuela y, pasadas dos o tres semanas, ya podríamos continuar en casa. Cuando llevaba casi dos semanas intentándolo vino la pandemia, el confinamiento, y con éstos se detuvo el proceso porque en casa mostraba resistencia para dejar el pañal. Además, nosotros como padres, debo confesarlo, tampoco nos atrevíamos del todo a comenzar. Hasta que una mañana al cambiarle el pañal me di cuenta de que estaba completamente seco. Lo felicité y le dije: “¡mira! ¡ya eres un niño grande! No mojaste tu pañal. Vamos al baño a que hagas pipí”. Y de ahí no hubo vuelta atrás. Ya teníamos sus calzones entrenadores y su bañito listos desde hace tiempo atrás. Así que lo logramos (no sin numerosos accidentes los dos primeros días). Pronto dejó el pañal y su confianza creció; y, junto con la suya, la mía también. Me dio tanto gusto estar ahí para apoyarlo y acompañarlo; pude dedicarle la atención y el tiempo necesarios. No fue en la escuela donde vivió ese proceso, sino en casa con nosotros. No había problema si ocurría un accidente: teníamos el tiempo y las condiciones para solucionarlo.

Segundo momento: aprender a nombrar. Al comenzar el confinamiento, Rodrigo casi no hablaba. En dos ocasiones distintas lo llevamos con terapeutas del lenguaje, quienes coincidieron en que no lo hacía por estar muy consentido, porque sus padres y sus abuelas todo le adivinaban. Entonces, él no tenía la necesidad de aprender el lenguaje que lo ayudara a comunicar sus necesidades puesto que las tenía cubiertas. Siempre dudé un poco de esta explicación. Claro, hay niños poco o nada consentidos (lo que sea que eso signifique) que también tienen problemas del lenguaje. Así que a la tercera, porque se sabe que es la vencida, mejor buscamos a una foniatra que nos recomendaron en su escuela. Ella se dio cuenta de lo obvio y nos lo transmitió como si nosotros, especialmente yo, no me hubiera dado cuenta y como si no llevara tiempo cargando esa preocupación: Rodrigo, para su edad, debía hablar ya casi perfectamente. En cambio, decía muy pocas palabras: pez, azul, leche, mamá, papá, ag (que significaba galleta). La foniatra nos dijo que tendríamos que llevarlo cada semana a terapia, pero llegó la pandemia y no pudimos hacerlo. Para nuestra sorpresa y alegría, a la tercera semana de confinamiento Rod ya decía un montón de palabras: bananas, voladores, dinosaurios, manzana, pajaritos, galleta y varias más que significan mucho para él y para nosotros. Entonces comprendí que el cuidado da frutos. No sea si aún sea necesaria la terapia, seguramente sí porque si bien es cierto que ya habla más, aún le falta mejorar la pronunciación, pero por lo menos siento que la confianza y el tiempo dedicados a él comenzaron a germinar.

Tercer momento: descubrí durante esta pandemia que, a pesar de ser obsesiva con la limpieza, al grado de lavar y tallar la ropa a mano antes de meterla a la lavadora, y perfeccionista al grado de la soberbia (sólo yo dejó reluciente la cocina, sólo yo sé barrer y trapear perfectamente cada rincón de la casa, sólo yo sé cocinar los huevos en su punto exacto), puedo aprender a soltar y delegar las labores de la casa. No porque no sean importantes, al contrario. Cada vez comprendo más lo necesario que es tener una casa limpia, comida rica y variada en la mesa, ropa y sábanas limpias: estoy segura de que en estos actos hay cuidados y responsabilidad de y para los que habitamos este hogar. Pero fue necesario delegar cada vez más en mi pareja estas labores. Desde que vivimos juntos él se había encargado de co-laborar en el trabajo doméstico, pero debo decir que no cocinaba tanto o no barría ni trapeaba de forma regular. Pero vino la pandemia y a medida que avanzan los días de confinamiento he tenido que aprender, no sin una dosis alta de llanto y desesperación, a soltar y delegar más y más, así como aprender y aceptar que él tiene sus formas y tiempos para hacer las cosas. No ha sido sencillo. Ni para él ni para mí. Él no sabía hacer ciertas cosas, o digamos no tenía la práctica (porque sabemos que el conocimiento de estas labores lo da la práctica) y yo me desesperaba, puesto que, en contraste con él, llevo toda una vida haciendo el quehacer. A veces nos aferramos, aunque sea, a esta forma de control.

Tuve que soltar porque no podía con todo. Rodrigo requiere mucha atención, energía y contención emocional. Él me busca más a mí. Soy yo quien se levanta todas las mañanas a las siete a darle el primer alimento del día, a jugar con él a las carreras, a convertirse en una diplodocus para jugar a los dinosaurios y es a mí a quien busca en las noches para leer e irse a la cama. De la mañana a la noche y de ésta a otra mañana más… la maternidad no da tregua. Si se cae y se pega también pide a mamá para que lo cure. Es normal (¿es normal?) Es una etapa, me digo. Pero es muy cansado y pienso: ¿quién me sostiene a mí emocionalmente?

Entonces he tenido que soltar las labores del hogar. Hemos llegado a un acuerdo (no sin pasar por un camino pedregoso en el que ha habido innumerables peleas y disgustos): mi pareja barre y trapea, yo juego con Rodrigo. Mi pareja hace el desayuno, la cena y casi la mitad de las veces, la comida; yo pinto dinosaurios y nubes de acuarelas con Rodrigo. Dibujamos cielos, nubes, soles, pájaros y ratones con nuestras pinturas. Los hacemos de cartón y de papel. He almacenado tantas cosas para reciclar. Quizá ese tubo de cartón de las servilletas se convierta en una mariposa y ese cartón del papel del baño, en un zorro.

Estoy cansada, sí. Pero estoy consciente de esta oportunidad que tengo para cuidar, acompañar y afianzar aún más los lazos con Rodrigo. Me desvelo pintando nubes y lluvia de colores para él. Para mí, vale la pena al ver su carita por las mañanas, al verlo ir al baño, escucharlo hablar y al verlo convertirse en ese gran niño que es. Sus risas llenan el espacio. Cuidar es muy cansado, pero no tengo duda de que es una acción necesaria y enriquecedora. No estoy romantizando, así lo vivo. Estoy ayudando a conformar una persona y eso tiene un valor vital. Pero, en un futuro, cuando la pandemia pase, quiero hacerlo de forma colectiva. Nunca sola. Debemos cuidar y cuidarnos. Y aunque he tenido estos momentos luminosos, llenos de amor junto con mi hijo, también he tenido otros muy oscuros. Así que no renuncio a la idea de que cuando inauguremos la “nueva normalidad”, pueda tener los recursos y el apoyo necesarios para criar en comunidad. Quiero que vaya a la escuela y aprenda muchas más cosas de las que yo puedo enseñarle. Que le enseñen más palabras, a contar, a escribir y leer, que juegue y conviva con otros niños, con las familias de esos niños, que la familia extensa y no sólo las abuelas se lo lleven una tarde para que yo pueda acostarme a leer o a mirar las nubes. Que en mi trabajo me den las condiciones para cuidarlo mejor sin tener que renunciar a ver su crecimiento. Es una larga lucha, pero ahí estaremos.

Termino como comencé este largo texto: lo que más me hace falta en estos días es dormir, pero entonces pienso que, quizá, si no estuviera aquí Rodrigo tampoco podría hacerlo. El miedo que siento por el bicho que acecha allá afuera y la posibilidad de contagio me quitaría mucho más el sueño. En las redes sociales he leído que muchas personas tienen insomnio durante estas noches pandémicas. La mayoría de ellas viven solas. Entonces pienso que cuidar a Rod no sólo me quita el sueño, también me ayuda a olvidarme de los miedos, de los problemas, a salir de mí misma. Y entonces pienso: cuidar también salva.



LA AUTORA

TNTS7225 (1)

 

 

Tatiana C. Candelario. Historiadora (y ex corredora). Interesada en la historia social y cultural del siglo XX, particularmente en los procesos de urbanización e industrialización. Mamá de Rodrigo desde el invierno de 2016.

 

La peor ama de casa

Rossime León 

Tenía catorce años cuando mi mamá dejó de lavar mi ropa, se enteró de que tenía novio y por una relación causa-consecuencia que aún me parece misteriosa, me anunció: “A partir de hoy vas a lavar tu propia ropa y a cocinarte los fines de semana”. Esa declaración fue mi expulsión del paraíso; comprendí a Eva, que, incauta, su pecado fue probar lo que estaba a su alcance, lo natural. Contranatural habría sido no morder la manzana, no crecer, no experimentar la ebullición en la panza que se descubre con el primer amor y que conforme estiras los límites hierve más abajo.

Mi madre me había visto besándome con él en el rodete del árbol afuera de la escuela, donde todo lo que vale la pena recordar de la secundaria sucedía. Gritó mi nombre con una voz gruesa, casi masculina, supongo para emular la voz del patriarca que había faltado en casa. Me subí al auto aterrada, expectante del castigo que obtendría tras sucumbir al pecado original: el placer. Para mi confusión, solo obtuve mis nuevas labores domésticas y a partir de entonces, irremediablemente, la relación entre mi expresión sexual y lo doméstico han entretejido en mí una madeja de conflicto ¿Es el trabajo doméstico la represión patriarcal del deseo femenino? ¿Un castigo por atrevernos a ser sujetas deseantes y desestabilizar nuestro rol de objetos de deseo?

He pensado mucho en mis inicios en el trabajo doméstico, lo he percibido desde entonces con vergüenza, como algo que una se gana tras romper con las normas que recién se descubrían. Desarrollé cierta fobia a lavar la ropa, que hasta la fecha me persigue; desde los catorce, montañas de ropa se apilan en mi recámara, toman formas monstruosas por las noches para atormentar mi mirada miope y con el día vuelven a ser solo tela arrugada que me juzga implacable.

Estoy aprendiendo a no temerle a lavar a tiempo antes de que sea hora de usar la parte de abajo de un bikini por calzón. A que la ropa no me reclame su suciedad, a que me abrace oliendo a Suavitel, limpia como limpia estaba yo de culpas a los catorce años. Estoy aprendiendo a cocinar por amor, a entregarme a la alquimia de transformar la despensa en platillos que me nutran a mí y a aquellos con quien desee compartir(me).

Quiero desligar el trabajo doméstico del castigo y hacerlo por voluntad, consciente de la labor que implica y saber que lo hago porque así lo deseo o porque será remunerado de formas, quizá no económicas, pero sí anímicas para los que habitamos un mismo espacio. Significar tan profundo la cocina y la limpieza me hicieron una terrible ama de mi propia casa, la física, y, recién caigo en cuenta, la simbólica. Quiero cocinar para mí no porque sea mi castigo por ser una mujer sexual sino por nutrirme de todas las formas posibles.

Ahora que comparto mi hogar con un hombre, me he encontrado con algunas encrucijadas. Inicié la convivencia resistiéndome a las labores domésticas. Me aterraba volverme su “sirvienta” y fui sumamente negligente incluso en los aspectos más básicos de la limpieza. Probablemente habríamos vivido en un “chiquero” si el hombre con el que me arrejunté no hubiera resultado un Virgo cuidadoso que no permitiría que la casa se fuera a pique, que la mantenía limpia y me mantenía bien alimentada. Claro, entrada la convivencia aparecieron los inconvenientes de que la responsabilidad doméstica cayera en sus hombros. Empezó a significar un problema para nuestra relación y pronto recibí el conocido reclamo: “no me ayudas lo suficiente y no es justo”. Me tomó por sorpresa el giro de los hechos y la inversión atípica de los papeles. Tenía tan metido en las entrañas el temor a las responsabilidades que acarrean los hombres que acabé por obligarlo a desempeñar el papel que encontraba tan cruel e injusto. Lo vi con claridad poco después. Oh, ¡si tan solo los hombres negligentes lo entendieran con la facilidad de una mujer que de forma sutil aún tiene introyectado el mandato del hogar!

El cuidado doméstico es una manifestación de afecto, a uno mismo en primer lugar, y si así se decide, al otro. De afecto, mas no de sacrificio; y definitivamente no es un castigo, es la maravillosa autonomía de mantenernos vivos.

En esta temporada de confinamiento me he reencontrado con las labores domésticas, he disfrutado de cocinar mis platillos favoritos de la infancia, para apapacharme y abrirle mi mundo infantil a otro. He abrazado el goce de tirarme en el sillón a descansar con la satisfacción del aroma a pino que aún se seca en los azulejos de la sala. Comienzo a entender la riqueza de la casa y la cocina, de por qué ha sido el reino más poderoso pero silencioso del mundo, espacio de resistencia y transformación, que nunca más debe darse por sentado. Es la expresión pura de ser gobernante de uno mismo. Quizá lo que mi madre quería era cerciorarse de hacerme capaz de sostenerme a misma en lo más elemental, que supiera del trabajo que implica antes de que me lanzara a hacerlo por un hombre.

Hice las paces con mi madre, con el recuerdo de las dos en el auto, en tenso silencio tras el anuncio. También con el monstruo de ropa sucia que acordó mantenerse al margen, apenas una prenda o dos en el suelo para llevar una vida discreta. Me gustaría decirle a mi yo de catorce años que el cuidado que decida dedicar sea siempre un acto de afecto o un intercambio justo, pero no sea nunca más una represión; y que la lucha porque sea así para todas las demás deberá ser incansable.

 


LA AUTORA

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Rossime León es una orgullosa muchacha fundadora del círculo de lectura “Muchachas que leen Muchachas”. Gestora cultural de profesión. Ha trabajado siempre en editoriales, como Libros del Zorro Rojo y Ediciones Tecolote. Los libros le apasionan: leerlos, editarlos, venderlos, olfatearlos y recientemente, quizá escribirlos. Piscis inquieta que disfruta ser alumna de talleres de escritura, tarot e idiomas.

Otro día más

Alma Eunice Castorena Estrada

Sentí que amaneció por el cantar de los pájaros. Atendí a escucharlos todavía adormecida, abrí los ojos y entre las cortinas aún no aparecían las primeras señales de luz. El canto era placentero, quizá por el silencio de la cuarentena, quizá de pronto me importó atender lo que venía de afuera, de pronto no me oí a mí. Todavía en la oscuridad percibí una voz tenue y cansada que emitía un balbuceo modorro, casi como un susurro, entendí que eso que decía era un “¡no me quiero levantar!”.

La pequeña a mi lado se movía impaciente, girando de un lado a otro dentro de la cuna. Repentinamente se sentó y ahí se quedó unos minutos viendo sus pies; como es costumbre, esperó que la luz penetrara un poco más por las hendiduras del ventanal para cambiarse conmigo a mi cama. Nos acurrucamos, acarició mis cachetes, besé su frente, buscamos el abrazo, sonreímos sigilosamente, sus dientes iluminaron la habitación, incluso más que el alba.

– ¡Mamá, ya es de día!

Yo solo pensé que sería un día más encerrada, sin permiso al recreo. 

La rutina para mí es importante: voy hacia la cocina y nos preparo té, nos sentamos en la mesa para armar un rompecabezas, que será armado tres veces más durante el día, papá se levanta y nos da los buenos días con un beso. El desayuno se compone de frutas, galletas, molletes, hot cakes, jugo de naranja o chocos, música infantil de fondo y, a veces, postre de chocolate. Por la tarde se pone una tanda de ropa, se riega a las del patio, a los cactus, los naranjos, las suculentas (mis favoritas) que, como la poesía, me alegran el alma. Para el atardecer ya nos gritamos, ya vimos otra vez la misma película, ya bañamos nuestros pegajosos cuerpos, ya se metió pan al horno, ya nos dijimos lo mucho que nos amamos, ya saltamos la cuerda, ya nos pedimos perdón, ya se lavaron los trastes y ¡buenas con el gorrito!

Un día más con mi chinita y mi compañero, un día más frente a una realidad que a veces nos hace creer que todo estará bien y por momentos se siente mal. Sucede que de esos ratos buenos también el tiempo se estrella, los ánimos se agotan y hay frustración; creo que todos tratamos de vivir de la mejor manera que sabemos, intento aprovechar el encierro, leo, juego, trabajo, escribo, cuido, cocino, hago hula-hula en la sala, organizo, consuelo y me consuelan, reflexiono, me descubro en todos mis formatos, valoro mi cuerpo, el tacto y la mirada del otro, valoro incluso lugares, momentos, una copa de vino tinto o una taza de canela. 

A ratos soy feliz, a ratos agradezco este tiempo en casa, con mi familia. Y por las noches, frente al pan o cereal que hay para cenar, pienso en el día de mañana con algo de nostalgia, cedo a dormir hasta velar el silencio, sueño cómo sería regresar a la normalidad. Y mañana, supongo, será otro día más.

 


LA AUTORA

Alma Castorena

 

Alma Eunice Castorena Estrada. Zacatecas, 1990. Madre, actriz, mujer de palabras. Solo necesita sábanas limpias, escuchar música antes de que se acabe el día, una película el viernes por la noche, una tarde en el parque, un patio para sus plantas, un libro. Licenciada en Artes Escénicas: Actuación por la Universidad Autónoma de Aguascalientes. En 2018, se especializó en Dirección Escénica. Ha actuado en diversas obras teatrales y dirigió el cortometraje Travesía dentro del taller de Creación Cinematográfica del Colegio de Arte y Cultural. Impartió la conferencia “Salir de una depresión a través del arte” en Webinars edición 2019. También en 2019 ganó la beca PECDA Aguascalientes con el proyecto “Marea Madre”, en el que fungió como dramaturga y actriz. Participó en la Muestra Nacional de Teatro 2019, en Colima. Actualmente se encuentra trabajando en un proyecto independiente de poesía escénica que habla sobre su experiencia con la maternidad.

Malestares domésticos

Alex Lozano

El golpe en el dedo pequeño del pie contra la cama por las prisas, la caída al pisar un objeto fuera de su lugar en medio del desorden, el jalón de cadera cuando no alcanzas algo del estante y encima se te cae todo, la espalda que duele después de trapear la casa, la quemada con el aceite a la hora de cocinar … Sé de entrada que mi coordinación motriz no es la más óptima, pero a estos dolores los tengo en una categoría muy específica. Todos ellos tienen algo en común: surgen cuando se está realizando una labor doméstica.

Toda mi vida he sido independiente de mis cuidadores, me tocó aprender a hacerme cargo de mi ropa y demás cuidados desde joven, para mí eran tareas molestas y continuas, pero no pasaban de ahí, de una actividad necesaria para comer, vestir o simplemente estar en un espacio limpio. 

Mi madre me mostró que la casa debía verse inmaculada, cual casa de exhibición, con paredes blancas y todo en orden; eso aprendí y me ha costado llevarlo al pie de la letra. Soy desorden, lo admito; sin embargo, siempre me propuse que cuando formara mi propio hogar no me regiría bajo sus normas, que un poco de caos no era gran conflicto, pues significaría que, para mí, en esa casa habitaban humanos reales, no de aparador. 

Desde que me asumí como feminista, comprendí que existe la división del trabajo y que está basada en el género. En pocas palabras, que por ser mujeres los cuidados se nos dan a la perfección y los trastes nos tocan a nosotras. Mentira, como testigos están algunas plantas que cayeron en mis manos y muchos vasos que no tuvieron más de dos usos. Ser mujer no te da el don del cuidado ni del amor incondicional, mucho menos te da el súper poder de no sentir dolor cuando el cansancio diario y el hartazgo aquejan.

Estos dolores van acompañados no solo de agotamiento físico, es algo más que brota cuando las lágrimas ruedan por tus mejillas en el momento del incidente. A veces es rabia, otras veces es frustración, muchas es tristeza; es cuestionarme todo en segundos y refunfuñar conmigo misma. Ganas de aventar todo y dejarlo regado. Es escuchar la voz de mi padre diciendo: “¿Ahora qué tiraste?”. Es respirar, es revisar la herida y ver qué tanto daño ha causado, pensar dónde está el árnica que la abuela te dio, es buscar la compresa fría para desinflamar mientras te sientas unos minutos a descansar. 

Son malestares domésticos que jamás había tenido la capacidad de reflexionar, es recordar a Rosario Castellanos con su poema de “Economía doméstica”: aquel llanto que nunca se lloró, del mañana que luego olvidamos. Es entenderla, reprocharse los años que han pasado y los insuficientes cambios que han existido. Son dolores que aquejan a un cuerpo que cuida, que responden a la demanda exhaustiva de otros, que nos exigimos y compaginamos con nuestra vida profesional. La pandemia nos ha enclaustrado más de lo que solía hacerlo la vida cotidiana, tratamos de mantener las cosas en su lugar y sanar rápido para seguir con las tareas pendientes.

¿Dónde te duele? ¿Qué dice ese dolor de ti? ¿Acaso son tus manos agrietadas por el detergente de platos o por el lavado de manos cada que tocas la comida? ¿O los pies, de no parar ni un instante hasta que te sientas a trabajar en el comedor? Estos dolores cotidianos están normalizados, como consecuencia de nuestro esfuerzo por el deber ser. Nos atormentan desde el estereotipo y lo no remunerado. 

No es obligación tener una casa impecable; sin embargo, ante los ojos ajenos, es pecado tener una casa con desorden. Cuidamos a los otros y nos medio cuidamos, para continuar cuidando. Todo pasa y ese dolor con un paracetamol pasará , será sustituido por otro dolor; nosotras seguiremos, buscando la corresponsabilidad familiar y el ungüento que nos dio la abuela para curar las heridas.

 



LA AUTORA

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Alex Lozano. Psicóloga nacida en la CDMX. Si fuera una planta sería mala madre, ningún cactus ha sobrevivido con ella por más de dos semanas. Pionera en las labores domésticas y se niega a usar la olla exprés. A un escalón del tercer piso.

El derecho de cocinar en paz

Andrea Gualoto

Siempre me pregunté cómo mi memoria podía recordar a la perfección la sazón de mis abuelas. ¿Qué hace que ese sabor sea único? Inconfundible. ¿Qué es la sazón? ¿Se la hereda? ¿Se la imita de acuerdo a nuestra memoria gustativa o emotiva? En estos tiempos donde he regresado a los calditos, sopitas y coladitas hechas a fuego lento –mientras pico, mezclo, rallo, huelo, despedazo, pruebo– se han despertado en mí, como nunca antes, los recuerdos. Recordé las papas fritas con mucho limón y mayonesa, recordé que todo se hacía despacito –no había ese afán innecesario de correr apurados hacia ningún lugar–, recordé a mi bisabuela sentada una tarde de sol pelando un costal entero de papas, y esa actividad le ocupaba todo su ser y su presente, ella nunca escuchó la palabra “yoga” en su vida.

En mi país hemos visto desfilar miles de muertos, muchos más de los que el gobierno está dispuesto a aceptar. Había días en los que cocinar era la única actividad que me ponía un cable a tierra, pero había otros en los que el recuerdo se mezclaba con mi presente Ixtepeño o Macondiano –según sea su gusto– en los cuales veía cómo personas, en un intento desesperado por llevar a sus muertos fuera de Guayaquil para que no desaparecieran, los colocaban en sus autos fingiendo estar dormidos. Entonces lloraba desconsoladamente y pedía comida para llevar.

Lloraba porque no me salía la sazón de ese plato en específico tal cual recordaba, lloraba porque milagrosamente sí me salía la sazón tal cual recordaba… En fin, hoy en mi ciudad cambiamos de semáforo, de rojo a amarillo, y a estas alturas y después de tanta tela cortada, puedo concluir que para tener una sazón propia –es decir, la heredada– es necesario aparte del divino detalle/ como el que le dan las hierbitas picadas finito a las coladas de zapallo con choclo, al arroz con camarón o al ceviche/ la tranquilidad del silencio, para llegar a esa calma espiritual, colectiva y física frente al fuego.

Ahora, en el caso de que sus gobiernos no les proporcionen el último requerimiento dentro de lo que duran sus cuarentenas, les comparto mi receta.

RECETA: PARA RECREAR LOS RECUERDOS DE TU SAZÓN PROPIA

Dos porciones

  • Una pizca de redes sociales, evitando leerlas en la noche y nunca cuando comes.
  • Ir colando de uno en uno los 360 días que faltan para que el “presidente” Moreno salga del poder.
  • Y finalmente, para obtener la certeza de que ningún gobierno de mierda ingresará ni a tu cocina ni a tus recuerdos, se recomienda: escuchar jazz o los Ángeles Azules a dúo con Fito Páez y servirnos una copita de vino tinto mientras preparamos los alimentos.

 


LA AUTORA

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Andrea Gualoto. Acunada por las montañas desde 1992, desde ahí he navegado hasta las afluentes amazónicas. El sol siempre me mira perpendicularmente y de frente.

¿Cómo es que de repente sé cuidar a alguien?

Jimena Marroquín Del Río

Soy la menor y única mujer de tres hermanos, ellos me llevan siete y ocho años; por lo tanto, cuando  empecé a poder colaborar en el trabajo doméstico en casa, ellos eran unos preadolescentes. Mi madre y ellos cuentan que los obligaba a limpiar mi cuarto y la frase que utilizaba para hacerlos entender la importancia de hacerlo era que “no sabían qué clase de hombre elegiría para vivir, que al menos recordara que algunas vez habían hecho las labores domésticas por mí”.

Muchos años esto me hizo sentir bien, era mi familia protegiéndome de alguna manera. Ahora lo veo como la normalizacion de que el trabajo doméstico es visto como exclusivo de las mujeres y como un destino del cual pocas pueden librarse.

Crecí y, obviamente, en algún momento mis hermanos dejaron de tender mi cama. Pasé mi adolescencia siendo muy desordenada y de la nada, como si un día el Hada de la Limpieza tocara a mi puerta, empecé a realizar trabajo doméstico. Quiero que quede claro que nunca he sido la que hace todo, soy privilegiada en este mundo donde sabemos que las mujeres hacen 76% más trabajo del hogar que los hombres; sin embargo, existe algo de lo que no he podido librar y es el trabajo de cuidado.

Mi mamá ha tenido dos intervenciones médicas, no graves pero que requierían ciertos cuidados indispensables. La primera fue cuando yo tenía diecisiete años e iba en la preparatoria y yo me quedé con ella los días de hospitalización: salía de la escuela a las ocho o nueve de la noche, llegaba al hospital para ayudarle a pararse, ir al baño, bañarla, etcétera. Cuando la dieron de alta me seguí encargando de sus cuidados, porque era lo que tenía que hacer, no había más. A mi mamá le daba cierta pena que mis hermanos la ayudaran a bañarse, así que la responsabilidad recaía en mí.

La última intervención que tuvo fue hace menos de un año, le quitaron la vesícula y de nuevo fui yo la mujer encargada de los cuidados médicos, hasta que tuve que volver a trabajar y no fueron mis hermanos a quienes cedí esa responsabilidad: por “azares del destino”, fue una de mis tías quien acudió al rescate.

Afortunadamente estas dos intervenciones que tuvo mi madre no fueron complicadas, ella es muy autosuficiente, pero sin duda me han dejado la reflexión de cómo tajantemente los cuidados de otras personas recaen directamente a las mujeres; de mis hermanos no surgió la iniciativa del cuidado, era algo “obvio”: yo era la encargada.

Mi historia no es única, ni especial, y no es una donde tuviera que realizar grandes cuidados, ya que conozco historias de amigas cercanas y conocidas que cuando alguno de sus familiares se han enfermado, son ellas quienes se dedican a cuidarles. Aunque haya esposos, tíos, hermanos, casi no hay intervención de los hombres en estas labores.

Es como si la mujer tuviera intrínseca esa paciencia, ese saber hacer, como si de repente el conocimiento de cómo tratar a un enfermo o herido apareciera dentro de tus habilidades; pero no, con mi conocimiento y reflexión sé que no es eso, todo esto es resultado de una construcción social que nos dijo que nosotras somos las personas adecuadas para cuidar a los demás, aparte de que una negación podría ser tomada como algo egoísta y las mujeres podemos ser todo en esta sociedad, menos egoístas. Incluso podemos ser las mujeres más independientes, con más carga de trabajo, y siempre encontramos o debemos encontrar tiempo para poder servir a los demás.

¿En qué circunstancias esto podría cambiar? Yo no me veo negándome al cuidando a mi madre cuando lo necesite, ni a mi padre si lo llegara a necesitar; no me veo negándome a realizar estos cuidados, porque los amo, pero ¿por qué para los hombres es más simple y permisible la negación? Esa es la principal cuestión.

 


LA AUTORA

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Jimena Marroquín Del Río. Por cuestiones del destino, historiadora; por cuestiones de contexto, feminista. Del trabajo que recibo dinero es de la autentificación y valuación de arte. Me quejo mucho en redes sociales; tanto, que realizo junto con una gran amiga contenido en internet con el proyecto Ya Siéntese Señora. A veces escribo cosas bonitas.

Las visitas al oftalmólogo después de la oficina

Michele Valle

“¿Dónde están todos? ¿Cuáles son mis pendientes?” decía un mensaje en mi celular del trabajo un día entre semana a las 10:25 de la noche. ¿Dónde estaba yo? Bueno, yo estaba en el desayunador de mi casa, con la cena recién servida y los pies hinchados porque desde las 7:20 de la mañana que había salido, lo había hecho con un par de tacones. Sí, porque estilizan, son más presentables y me quebraban un poco las rodillas cada vez que subía y bajaba los escalones en la oficina. 

¿Pero qué más tenía aparte de la cena? Un montón de preguntas de mi jefe en el móvil y una carga mental impresionante, no podía ni con mi alma. Me mantenía en ese trabajo por inercia, porque sabía que lo necesitaba, y notaba que por más que me esforzaba no estaba funcionando, ni para mí, ni para mi ex jefe, ni para las seis personas que fungieron como filtros cuando asistí a las entrevistas. 

Haber pasado tantos filtros ya era un triunfo, pero en el fondo era una decepción no haber podido mantenerme constante. Lo único constante para esos momentos eran él y el dolor. Él y nosotros, y la esperanza de que todo mejoraría. Pero yo lloraba de vez en cuando en la oficina, lo hacía en el baño, no me tomaba más de dos minutos y sucedía cuando lo recordaba y esa vida nuestra que ya no existía. 

Necesitaba mucha ayuda, así que mis salvavidas eran mis hermanos, mis papás, mi perro que corría con más emoción que nunca cada vez que yo abría la puerta cuando llegaba después del trabajo cada día, mi psicoanalista, una amiga y mi mamá. También había otras mujeres que veía en la oficina y que tenían más dolor y responsabilidades que yo. “Total, yo no tengo hijos”, me decía a mí misma. Y para ser honesta, me cuestionaba qué haría o qué calidad de vida tendrían los míos y los de las demás. Y las otras y los otros a mi alrededor.

Mientras, en terapia, tenía la esperanza de que cada sesión algo dentro de mí se uniera o de plano terminara por romperse para finalmente ponerse en su lugar. Quería curarme, quería sanar y a veces eso implica pisar lo roto para recuperar el aliento y levantar la cabeza.   

Comía, me vestía bien, salía con mis amigos y compañeros de trabajo, me obligaba un poco a seguir, lloraba mucho, tomaba café en las mañanas, pensaba en ahorrar para comprar un auto, usado. Soñaba con un día tener mi propia oficina, pero primero mi propia casa. Lo mío. También un trabajo digno, realmente digno, donde me respetaran y me sintiera respetada. Cuando recién llegué a la oficina así me sentí, pero para ese entonces yo venía de un lugar muy triste, así que todo se mezcló. Quería un jefe o colaboradores a quienes admirar y con quienes crecer. Pero mientras, esperaba la quincena, las noches y los fines de semana. Era interminable e inagotable. 

Si me iba del trabajo no podría seguir pagando mi terapia, no por mucho tiempo más. No podría contribuir a mi casa, ni pagar la gasolina del coche que usaba, ni tener un guardadito y uno que otro lujito como esconder un par de billetes grandes en mis libros, reservados para lo realmente especial o lo más básico. Esa sensación de autonomía se veía amenazada. Pero, ¿lo valía? ¿Esperar valía? Mientras esperaba que las cosas caminaran mejor, conocí grandes personas, me divertí, me tropecé un montón, me estresé y dormí muy poco. El peso de esos pesares es mucho, no sabía cómo lo hacían los demás, ¿cómo se acostumbraban?, ¿cómo justificaban la precariedad a simple vista? ¿O es que yo no estaba lista para esto?

No. Si bien es cierto que tardé en madurar muchas cosas, la gente normaliza actos tremendamente graves. 

Como que no te paguen horas extras, que no exista un salario emocional o tiempo libre para disponer; lo justifican con la cotidianidad, con la frecuencia y las generaciones que llevan sosteniéndolo. El abuso sistemático es visible, no basta con señalarlo y saber qué está detrás y al lado de nosotros, tal como pasa con los abusos en las parejas. Los que callan son cómplices y, como bien sabemos, la justicia difícilmente vendrá de los culpables. Un sometimiento lleva a otro. Hay gente a la que le molesta hablar del trabajo no remunerado en casa o en lo laboral, pero se nos está yendo de las manos. Hay mucho no nombrado y no legislado. 

Y sí, en el fondo aplaudí cuando un compañero decidió no entrar a una reunión interminable con mi ex jefe por ir a comprar los regalos de Navidad para sus hijos. Lo pensó, vi su cara, vi su nervio y su titubeo… pero se fue. 

Otro más no faltó al festival de su hija, aun sabiendo que se podía jugar el puesto, y dos o tres en secreto fueron a entrevistas de trabajo para buscar un lugar mejor, uno no necesariamente con más prestigio o dinero, sino donde se sintieran cómodos y con más certezas. ¿Qué de todos ellos? Bueno, me enseñaron de cortesía y gentileza, de límites y compañerismo. En realidad, señalaron el camino. No se puede dejar un trabajo indigno, a un hombre abusivo, un hogar triste, una familia rota o tomar algún tipo de ayuda si no se tienen herramientas. 

Mentí para que en mi trabajo no supieran que iba a terapia. Era más fácil decir que iba al oftalmólogo por la noches, incluso en horario que no incluía mi contrato; pero claro, una tiene que justificar lo que hace la mayor parte del tiempo para que tenga sentido y respeto.

Es complicado entender que hay gente disfuncional altamente funcional. Conocí y respeté a alguien con cierta clase de TOC que contaba una y otra vez el dinero del día. Me era muy parecido al contador de El Principito. No soy médica ni especialista en salud mental, así que mis aproximaciones son las de alguien alejada del rigor científico pero con una lógica cotidiana y muchas preguntas. ¿Cuánto traemos dentro que sí logran ver los otros y que ya reconocemos pero pasamos por alto?, ¿es necesario esperar una crisis para que se detone, para poder nombrar lo que nos habita?

Nadie quiere inestabilidad en el trabajo y menos a alguien problemático. Quién sabe qué podría tener y si es patológico, peor. Una gripa se te pasa, pero una paranoia crónica, qué terror. Y bueno, tener a alguien desmotivado, violento o deprimido, con poca tolerancia a la frustración, ¿qué ánimo podría sumar al equipo de trabajo y a las metas de la compañía? Suena a pérdida. 

Mejor así, decir que mis lentes necesitaban ajustes; claro, no sabían cuáles, pues solo tenía los de sol en mi tocador. Porque otros no usaba.

 


LA AUTORA

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Michele Valle. Decoro y escribo. También me pregunto mucho.

El aislamiento en tiempos del trabajo doméstico

Aiko Alonso

Cuando di positivo a las pruebas de Covid-19, no dejaba de sentirme culpable. Tenía mucha ansiedad y miedo por contagiar a mi familia. El hilo de mis pensamientos me llevó a recorrer mis últimas decisiones hasta que llegué a cuestionarme: ¿por qué sigo viviendo aquí, con mis papás? ¿Por qué no vivo sola y sin poner a nadie en riesgo? No podía dejar de sentir culpabilidad, y más culpabilidad, por estar enferma.

Después de regresar del doctor, atravesé la puerta de mi casa con la sensación de estar apestada. Pero mi familia me paró en seco. Íbamos a seguir las recomendaciones del médico, pero no iban a dejarme sola ni deprimida en mi cuarto. El lado bueno era que mi caso fue atípico. Tuve un rash cutáneo durante diez días, un dolor abdominal muy fuerte y congestión nasal por un solo día. Lo que pensé que era una alergia alimentaria resultó ser coronavirus. No tuve tos, ni gripa, ni fiebre; podía respirar bien, pero durante más de un mes estuvimos todos con cubrebocas dentro de casa, en los ochenta metros cuadrados que compartimos.

La primera pregunta que te hacen todos es: ¿pero estás en aislamiento, verdad? En la televisión no mencionan lo que es tratar de “aislarse” cuando vives en un departamento pequeño, con una familia de cuatro y dos perros que te siguen a todos lados. Pasé las primeras dos semanas encerrada la mayor parte del tiempo en la recámara que comparto con mi hermana. Ella acabó moviendo su colchón al pasillo y yo seguía con malestar y culpabilidad por todos los cambios que se tenían que hacer al estar enferma. Mientras comía, deprimida en mi cuarto, sólo pensaba en lo inútil que era en ese momento: Tengo 26 años… no he podido independizarme… dejé de trabajar para estudiar cine… ¿Por qué?

Sí, tenía Covid y lo único en lo que pensaba era en ser productiva. Enfermarse es caro y mis ahorros fueron de gran ayuda, pero después llegué a la conclusión de que todavía había algo más por hacer, y que era tan valioso como aquello a lo que llamamos trabajo: limpiar.

Cada vez que iba al baño, comía, tomaba agua, respiraba, sentía que mis partículas andaban caminando por la casa. Que no tuviera ni tos ni gripe fue de gran alivio, porque pude hacer el quehacer sin mayores complicaciones, cooperar con mi parte para que mi hermana y mi mamá no hicieran todas las tareas en casa. Mi papá se fue sumando poco a poco al trabajo doméstico, algo totalmente nuevo para él (ésa es una lucha todavía pendiente).

Así fue que el agua con cloro se volvió mi gran aliada y limpié la cocina, la mesa del comedor, pisos, lavabos, manijas de las puertas, los muebles de mi recámara, ventanas, cortinas, ropa. Pude reconciliarme con el trabajo doméstico y con el proceso de limpieza, que por tantos años había visto y hecho con rechazo. Ahora lo hago con gusto, con música de fondo y baile incluidos. Me perdí las tardes en que mi mamá compartía las recetas familiares porque no podía estar mientras cocinaban, pero me quedaba tranquila al pensar en que había limpiado la casa para ellos. Hacer las paces con la limpieza, con la escoba y el recogedor, también era una forma de demostrarle a mi familia que los cuidaba a pesar de tener coronavirus.

Y sin embargo, no se veía. Hace unos días tuve una discusión con mi hermana y me echó en cara que el trabajo doméstico que hago le resulta poco. Ella no estuvo para ver cómo yo terminaba con la pila de trastes, cómo bailaba con la escoba y jugaba a ser Cenicienta. Y después de hacer una monografía de mis responsabilidades en casa, sólo así lo reconoció.

Me molesta mucho saber que el esfuerzo que hacemos las mujeres en casa nunca será suficiente. Siempre habrá algo que hacer. En este momento, para mí es importante encontrar un punto de equilibro entre la autonomía y la responsabilidad para aceptar las tareas que tenemos, las que queremos hacer, las que no y las que nos son impuestas.

El trabajo doméstico no se ve, pero agota y deja sus huellas. Está en las manos de nuestras abuelas y madres, en las mías, en la piel que recuerda el cloro y el jabón, en la resequedad y callos, en nuestros delantales mojados, en el dolor de espalda por agacharte a lavar el baño, en el dolor de brazos por tallar a mano, en las várices por estar tanto tiempo de pie. Está registrado en nuestro cuerpo.

El Covid se fue y mi familia no se contagió, pero las labores del hogar siguen. Antes de sentarme frente al escritorio sé que tengo tareas por hacer y pienso que si soy capaz de escribir, leer, estudiar, también puedo hacer el trabajo doméstico con el mismo amor e ímpetu. Incluso puede dejar sus huellas plasmadas de otra forma: tal vez, en una historia.

 


LA AUTORA

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Aiko Alonso. Chilanga, 1994. Las quesadillas van con queso. Feminista y lunádiga. Guionista y documentalista. Le tomo fotos a la luna con mi camarita.