Tita Chela

Lorena Oaxaca Barrera 

Hoy he estado pensando mucho en mi abuela materna. Mi Tita Chela. De niña, la veía tres o cuatro veces al año. Cuando íbamos a Fresnillo a pasar Navidad y en el verano. A veces iba a visitarnos a México o a cuidarnos si mis papás se iban de viaje. En Fresnillo, la verdad es que apenas le hacía caso. Estaba mucho más emocionada por jugar con mis primos. Eso sí, el tiempo que pasaba con ellos lo dedicaba a ver sus cosas por horas y horas. La verdad es que para describir sus pertenencias no encuentro mejor palabra que “icónicas”. 

Icónica. Toda ella. Su estilo. Desde que te llamas Marcela y escoges que te digan Chela. Me fascinaba su pelo. Tenía el pelo canoso, entre gris y dorado. Un día estábamos Tita, mi mamá y mis primas en la sala platicando y nos dijo que se le hacía raro que en la casa todos tuviéramos el pelo negro, si ella lo tenía tan güero que cuando paseaba en la plaza, las muchachas le decían: “Ahí va la güera piruja”. Mi mamá casi se va de espaldas. “¿Por qué te decían piruja?”. “Porque creían que mi pelo no era natural, que me lo trataba”, “¿Pero qué tiene que ver piruja?”, “Ay, no, quería decir güera oxigenada”. Lloramos de la risa esa tarde.

Su peinado. No sé de qué época era, pero definitivamente no de la nuestra. No conozco a nadie más que se peine así. Hay señoras que se hacen algo parecido, pero nunca tan alto. 

Tres veces por semana iba al salón de belleza a peinarse. Se hacía un crepé enorme.  Era como entre un nido, un huevo y la novia de Frankenstein. Fascinante. Mis primos y yo siempre nos preguntábamos si alguien había visto a Tita sin su peinado, pero nunca nadie lo hizo. Queríamos saber cómo dormía, cómo se bañaba. Por algo nadie tiene ese peinado, exigía verdadero compromiso y sacrificios.

Su casa también estaba atrapada en otra época. Qué casa. Había una oficina verde: la alfombra era verde, el papel tapiz era verde, un escritorio negro, libreros negros. Me encantaba jugar ahí. Un recibidor rosa. Un baño amarillo. Una sala café con un estampado de suéter de hipster. Otra sala solo para Navidad, mi favorita; era blanca con dorado, tenía unos sillones que se me hacían de la realeza. Yo decía que Tito se sentaba en el sillón del rey y Tita en el de la reina. Había unos cojines como de seda, bordados con hilo dorado y motivos chinos, como grullas y dragones. Había un mueble empotrado de caoba con una colección de palomas. Una mesa chaparrita de mármol con huevos y hongos de cristal. El papel tapiz tenía garigoles de terciopelo, la alfombra era de flores, había un candil dorado con cristales y otra lámpara en la esquina, arriba de una mesita de un mantel con borlitas que tenía un nacimiento rosa y dorado que era una artesanía. Esa lámpara de la esquina era mi favorita. Tenía piedras de colores incrustadas. Si la prendías la sala se llenaba de destellos brillantes y nosotros le dábamos vueltas para que pareciera que estábamos en una disco. Más grandes teníamos el chiste de que íbamos a abrir un antro ahí que se llamaría el Tito´s Perreos House o TPH para los cuates. 

Para llegar al cuarto de mis abuelos tenías que pasar por un pasillo que tenía cuatro ventanas alargadas que daban a la segunda estancia: una sala de tele con unos sillones cafés llenos de holanes y tapizados con flores. Uno de nuestros juegos favoritos era pretender que estábamos en el drive-thru de McDonald’s y obligarnos a pasar de ventanilla en ventanilla. 

La casa debió de ser impresionante en sus buenas épocas, pero a mí me tocó ver el principio de la decadencia y el deterioro total. La sala en lugar de blanca se fue haciendo gris, todo estaba cubierto por una capa de polvo que no había manera de quitar. Los cuartos se fueron clausurando poco a poco. La alfombra de la estancia se infló, como si un pequeño volcán hubiera empezado a crecer en medio de la casa. Ahorita está deshabitada. Probablemente se venda como terreno. Dicen que ya salieron más bolas en el piso, no saben si es gas y un día va a estallar o es un árbol que está echando raíces monstruosas. Ahora hay otro chiste de que la rentaremos como pista de motocross llena de dunas.

Sus cosas. Tenía una pulsera de oro que tenía dos bolitas doradas que se abrían y cerraban para ajustarse a su muñeca. Me encantaba. Siempre cargaba con su cigarrera, de esa tela que es como de lentejuelas negras, que tocas y se sienten suaves, para cerrarse también tenía dos bolitas de metal con las que varias veces me machuqué. Tenía muchas cosas con bolitas que se juntaban; cada vez que encuentro algo que las tenga, me acuerdo de ella. 

Cuando iba a México llegaba con una maletita azul de Samsonite que ella llamaba su neceser. Me parecía excesivamente glamuroso traer una maleta aparte nada más para llevar spray para el pelo, perfumes y maquillaje. Cuando murió yo pedí quedarme con él y aquí lo tengo guardado.

Mi Tita era muy miedosa y nerviosa. Creo que le heredé muchos miedos. Ninguna de las dos quisimos manejar. Cuando teníamos doce y diez años nos llevó a mi hermana y a mí a la feria. Estábamos muy emocionadas, veíamos El Martillo, El Ratón Loco, Los Troncos y no sabíamos a cuál subirnos. No nos dejó montarnos en ninguno. Para el único que tuvimos autorización fue el de Los Pulpitos, un carrusel para niños de tres años. Cada vez que pasábamos frente a ella, nos gritaba con los ojos saltados por los nervios: “Agárrense muy duro”. Al final nos compró bolsas y pulseras en los puestitos y la perdonamos. 

No tuvo una vida fácil. Aunque apenas alcancé a vislumbrar un pedacito de su existencia, con el paso del tiempo he ido conectando los puntos. Sé que se casó muy grande para su época. Casi cuando iba a cumplir treinta. Antes de eso era maestra. Tengo un vago recuerdo de que una vez me dijo que había sido maestra del papá de Jaime Camil, pero no estoy del todo segura. Conoció a mi abuelo en una mascarada. Se casaron. Tuvieron seis hijos, el último nació cuando ella tenía cuarenta y tres años. Luego uno de los hermanos de Tita Chela murió. Fue un golpe durísimo. Se quedó años deambulando por la casa en sus batas de dubetina, hasta la fecha mi mamá no soporta verlas. La depresión y el cansancio dividieron a sus hijos en dos camadas. Mi mamá pertenece a la primera: las tres estudiaron una carrera y se casaron con “buenos muchachos”. Con la segunda, el desgaste la llevó a refugiarse en el “no me mortifiquen”. 

Mi abuelo tuvo una prominente carrera política en el estado. En sus buenos tiempos fue muy reconocido, a donde fueran la gente se desvivía por don Armando y su distinguida esposa. Hasta que, como siempre pasa, dejó de estar arriba. Ya no había ni perro que le ladrara y se empezó a ir para abajo. Después de un rato dejó de trabajar y empezaron los síntomas de Alzheimer. Cuando yo llegué a vivir a Fresnillo, esa era la situación en casa. Mis abuelos se la pasaban el día viendo la tele en su cuarto y ahí íbamos a visitarlos. Siempre me ha dado miedo terminar así, no entiendo por qué no salieron, por qué se quedaron de brazos cruzados a ver cómo su casa y su salud se iban deteriorando. Hasta hoy voy cayendo en cuenta de que no tengo nada que reprocharles. No vinieron a la tierra nada más a ser mis abuelos o los papás de mi madre. Bastantes broncas tuvieron como para que encima yo me ponga a juzgarlos.

Esta semana soñé con ellos. Yo iba camino a una fiesta con mi hermana, discutíamos, nos separábamos y yo me subía al elevador por mi parte. Como no sabía el piso, me iba asomando en cada uno y en una de esas entraba al cuarto de mis abuelos. Me acostaba en su cama, en medio de los dos y nos poníamos a ver la tele. Sin decir nada. Nada más sintiendo un calorcito que me recorría y que me aliviaba.

Desperté y me di cuenta de algo que he estado sintiendo desde que empezó la cuarentena. A veces lo mejor que puedes hacer es sentarte a ver la tele rodeada de tu familia, todos juntos, mientras afuera el mundo se acaba.


LA AUTORA

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Lorena escribe en https://depesoligero.wordpress.com/

Siete Blancanieves y un enanito

Judith Díaz

Un hogar debe ser cálido, al llegar debes respirar profundo y retomar energía para seguir; podrías llegar a recostarte en tu cama y preparar café. 

En casa siempre nos enseñaron a ser cuidadosas con las cosas y que la limpieza es muy importante; así que muchas vacaciones de verano nos dedicábamos a hacer limpieza profunda. Para mis padres era común pensar en el qué dirán “¿qué van a decir las visitas de una casa sucia habiendo en ella tantas mujeres?”. 

La casa es resultado del trabajo conjunto que mis padres hicieron para construirla, desde el techo de lámina hasta los cimientos de piso. Pero también significa lo que no lograron mantener más: un matrimonio que se convirtió en el juego “A ver quién aguanta más”. Mi padre se fue a vivir una aventura en su crisis de los cuarenta años (aunque en realidad desde hace tiempo ya tenía ganas de irse). Y nosotras, las Blancanieves, nos quedamos en la casa e intentamos avanzar con nuestras vidas, y digo intentamos porque ha sido un proceso complicado.

En cambio, mi madre tuvo un despertar y se deshizo de la jaula donde vivía. Se cansó de limpiar, de administrar, de aguantar las aventuras “de un enanito”. En el proceso fue a parar al hospital y tuvo que usar collarín. Llegó al Ministerio Público para enfrentar el interrogatorio de un hombre que no dejaba de preguntar: “¿Segura que quiere denunciar?”. Piso el CAVI, el Centro de Atención a Víctimas, donde le dijeron que se veía emocionalmente fuerte y que seguramente ella sabría qué hacer, le dieron carpetazo al proceso legal, pero antes vivió en un albergue para mujeres, condicionada para darle seguimiento a las denuncias.

La casa es el desgaste de una relación que fue cada vez más violenta y también el caos sin resolver. Mi padre regresó a tratar de recuperarla y comenzó una nueva construcción dentro de ella. Pero volvió a irse y dejó una obra negra que trajo consigo ratas. Así como espacios abandonados donde ahora se guardan las chácharas; son lugares intocables donde mi papá conserva sus cosas.

Aun así, mis tres hermanas, mis pequeñas sobrinas, mi madre y yo intentamos tener ordenada la casa, limpiar, darle mantenimiento, pero ¿a dónde se pueden llevar tantas cosas? El qué dirán resuena todavía en mi cabeza: ¿Cómo es posible que cinco mujeres y dos niñas no pueden con una simple casa?

Pero también esa mirada crítica cada vez me hace menos sentido puesto que las personas realmente no saben cómo vivimos. Nosotras trabajamos, limpiamos, administramos, ordenamos, cooperamos. La casa se mantiene y nosotras comemos, vestimos, salimos, convivimos, nos reencontramos, nos reconocemos y… sobre todo vivimos. 

Paradójicamente, que mi padre se fuera, implicó más carencias económicas, pero también mayor libertad para algunas cosas. A veces viene de visita y tiene frases muy hechas ya, cosas que hemos aprendido de memoria: “Ustedes no merecen esta casa, sólo viven aquí a causa de mi buena fe, no se les olvide que esta casa es mía”. Y ahí están sus cosas y una recámara cerrada con llave que nos recuerda su presencia invisible.

Tenía pocos meses de salir de la universidad cuando en los sismos del 2017 una parte del aplanado de la casa se cayó. En medio de tanta confusión e inestabilidad, me gusta pensar que el sismo me vino a sacudir la vida. Con ello, el mundo idílico con el que soñaba se derrumbó.  Nunca volví a ser la misma, para ser sincera, hasta la fecha, no sé dónde empiezo yo, no soy como antes, pero tampoco lamento nada. Después de todo, pude acercar a mi madre al feminismo y así ayudarle a entender las violencias que vivió; que pese a todo no hay decisión de  la cual arrepentirse.

Es complicado crecer en un hogar machista, pero probablemente para ese machista debe ser igual de complicado vivir en un hogar rodeado de mujeres rebeldes y nombradas ahora bajo el feminismo.

Para el enanito debe ser difícil también porque ya no es participe de nuestras vidas y siente nuestro rechazo. A veces nos deja entrever ese dolor y ese enojo, pero lo cierto es que se ganó un lugar limitado entre nosotras. 

Las feministas señalamos el machismo y yo señalo el de mi padre, pero no significa que no vea sus raíces y que no lo vea a él y a su historia. Aun así, sé que para mí ha sido sano no tenerlo cerca. 

Siete Blancanieves y un enanito, siete mujeres que han aprendido a hacerse cargo de su persona porque es importante aprender a hacernos cargo de nuestra vida con todo lo que eso implica y tomar la vida como viene, nunca callar y caminar juntas. Nosotras sí aprendimos. Como en los cuentos, los enanitos no crecen y viven con esa estatura toda su vida. Lástima. 

Aunque tampoco es fácil; en mi cabeza, y seguro en la de ellas también, viven algunas creencias: qué merezco, tengo que hacerlo bien, soy lo suficiente para x o y cosa, cuál es mi lugar

A veces me parece que mi casa ha dejado de ser un hogar. Fue una casa que significó el progreso y terminó en campo de sobrevivencia; una casa que significa también mis lazos estrechos con las seis mujeres de mi vida y a la vez unas cadenas invisibles que acotan mis decisiones y la vida con la que sueño.

Siempre voy a querer a mis padres con sus fallas y sus aciertos porque soy una mujer que se ha encontrado en algunos puntos y porque crecí con el camino que he recorrido. La vida que quiero empieza a partir de que me reconozco a través del feminismo y hoy tengo muchos deseos de construir mi vida sin chácharas, sin ratas y sabiendo que me merezco el mundo.


LA AUTORA 
Judith Díaz. Nacida en la CDMX, chilanga de corazón e iztapalapense para rematar. Es una mujer que convive con sus contradicciones y que en su adultez aún se busca, a veces escribe poemas y práctica danza árabe.

Compartir y resistir en lo inhabitable.

Marion Rubio

Es innegable que el confinamiento vino a sacudir nuestras dinámicas, impactándolas en todas sus formas. Muchas de ellas, para mal, como negarlo, pero también resignificando otras.

Las tareas domésticas en mi hogar siempre habían sido hechas de acuerdo a los tiempos de cada miembro de la casa y su rutina, rutinas que regían hasta antes de que un virus microscópico cambiará todo nuestro paradigma en un dos por tres. Salíamos, comíamos, estábamos, descansábamos, entrábamos, socializábamos en distintas horas y días, a excepción del domingo, día de descanso (de todo, también de el quehacer) y día familiar, por lo que estas tareas se hacían repartidas y en solitario, y si, no voy a negar que aquellas relacionadas a la cocina, recaían, en su mayoría en mi madre. En momentos distintos, alguien se ocupaba de la limpieza profunda semanal, alguien se encargaba de la limpieza y el orden más superficial del día a día, alguien de la ropa y cada quien de su habitación.

Pero con todos encerrados en casa, esto cambió. Más platos que ocupar, lavar y regresar a la alacena, más comida por preparar, el  polvo siempre acumulado. Y lo evidente pasó, el trabajo doméstico se intensificó, porque irremediablemente, éste viene incluido en lo que representa una casa con vida. Aquélla donde hay vida es dónde se existe, se habita, se cuida y se limpia, así nuestra percepción de “qué tanto estamos viviendo realmente”, se encuentra en constante cuestionamiento.

Lo peor del confinamiento, no ha sido el aumento de las actividades domésticas, a pesar de que se repiten en un loop infinito y de la misma forma sea lunes, martes o jueves. No, lo que más ha golpeado ha sido el crecimiento exponencial de la toxicidad y paranoia de mi padre ante el Covid, con medidas no sólo preventivas, sino que caen en lo absurdo, en recriminaciones por salir a comprar lo más básico del mercado, discursos que señalan, el egoísmo y las discusiones desgastantes una y otra vez, el machaque emocional para resto de quienes habitamos aquí. Me reservo los detalles más personales, únicamente me queda por decir, que la casa comenzó a sentirse inhabitable, un lugar del que deseas salir, donde lo que más te atormenta es la sensación interna, mucho más que la situación existente fuera de ese departamento. Mi habitación se convirtió, más que nunca, en mi espacio de refugio.

Mi padre limpia y sanitiza la casa incontables veces al día, aún cuando la máxima salida fue por las calles solitarias de la colonia paseando a la perrita, él hace esta actividad en solitario, ataviado de cubrebocas, guantes y goggles. Ésta es su contribución al quehacer doméstico del hogar, después de ello, vuelve a su habitación,  a seguir viendo noticias de la pandemia de forma ininterrumpida. De la dinámica anterior, en solitario, nada cambió, sólo se atavió con un par de elementos nuevos.

Todo lo contrario ocurrió entre mi mamá, mi hermana y yo. El quehacer doméstico de pronto se convirtió en otro momento de reunión y de compartir. Las mismas tareas cotidianas, pero haciéndolas dentro del mismo tiempo y espacio, cosa que además el pequeño departamento permite lograr con bastante facilidad. El lavar platos dejó de ser ese tiempo muerto individual donde sólo enjabonas mientras ves hacia el horizonte de la ventana que tienes enfrente. El trapear dejó de ser esa actividad mecánica que haces mientras pones play a tus canciones preferidas del momento, con los audífonos al máximo.

Caímos en las recetas de Tik Tok y una de ellas nos gustó tanto, que la hemos perfeccionado haciéndola continuamente, todo ello, mientras hablamos de recuerdos y mi madre nos cuenta de recetas y platillos familiares. Incluso, ya replicamos el panqué de canela, receta de la abuela. Nunca he tenido especial interés en la cocina, pero confieso que he disfrutado estos momentos de compartir por medio de ella.

Por la tarde, alguna termina de secar y guardar los platos de vuelta a la alacena, mientras la otra, recoge lo que queda en la cocina o talla su ropa en el lavadero, espacio que se presta para platicar del último capítulo que vimos de X serie o para enseñarnos el meme que circula en Twitter.

Lo mecánico, lo individual, aburrido o pesado que puede ser el trabajo doméstico, aun repartido, se ha transformado en una actividad común, donde la actividad pasa a segundo plano y lo que destaca es el acompañamiento, las redes tejidas y potencializadas, el compartirse. Tal vez la casa se siente inhabitable y asfixiante por las condiciones creadas por mi padre, sí, pero nosotras hemos hecho habitables nuestros momentos, nuestros espacios de compartir.

No pretendo romantizar el quehacer doméstico, pero sí señalar que éste ha cobrado otro sentido y, lejos de sentirse como otra actividad asfixiante, ahora es otro espacio, un momento de compartirnos, de acompañarnos y de resistir.


LA AUTORA

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Marion Rubio. Ser nocturno. Investigadora de profesión, ilustradora por diversión. Sensible todas las temporadas del año. Leer, caminar por la ciudad, ver películas, videos de maquillajes que jamás hará y pasear con su perrita le dan vida. Coleccionista de labiales y libretas.

Programa del Segundo Encuentro de Escritoras y Cuidados

En la Colectiva Pensar lo Doméstico nos entusiasma albergar el programa del Segundo Encuentro de Escritoras y Cuidados, un espacio de conversación, organización y argüende en torno a las condiciones materiales y administración de recursos de las mujeres que escriben, con toda la diversidad de experiencias que esto implica. No se lo pierdan, del 17 al 24 de octubre, ¡pasen la voz, pensadoras!

Segundo encuentro (4)

SEGUNDO ENCUENTRO DE ESCRITORAS Y CUIDADOS

#escritorastrabajando

DEL 17 AL 24 DE OCTUBRE

PROGRAMA

 

SÁBADO 17 DE OCTUBRE

14:00 a 14:30

Inauguración 

Plantean: Gabriela Damián Miravete y Alejandra Eme Vázquez

 

14:30-16:00

Mesa: Cuidar el porvenir

Plantean: Gabriela Damián Miravete, Yásnaya Aguilar, Natalia Flores y Libia Brenda 

Cuidan la transmisión: Adriana del Moral y Arimatea Padilla

 

16:30 a 17:30

Sala de estar

 

LUNES 19 DE OCTUBRE

11:00 a 13:00

Conversación y sesión de movimiento: Salud y autocuidado para mujeres de escritorio

Plantea: Atenea Acevedo

Interlocutoras invitadas: Stefany Garza, Laura Escobar Colmenares, Mónica Esquivel Andrade y Mariana Jurado 

Cuidan la transmisión: Adriana del Moral y Maili Rodríguez

 

18:00 a 19:30

Tenemos que hablar de dinero: #EscriboYCobro

Plantean: Alejandra Arévalo, Alejandra Eme Vázquez, Gabriela Damián Miravete 

Interlocutoras invitadas: Karla Michelle Canett, Mariana Jurado, Abigaíl Cortés y María Antonieta Mendívil

Cuidan la transmisión: Eréndira Esperón y Edmy Flores

 

20:00 a 21:00

Sala de estar

 

MARTES 20 DE OCTUBRE

17:00 a 19:00

Mesa: De esto vivimos cuando no escribimos

Conversan: Jimena Eme, Ana Laura Corga, Jimena Zermeño, Lorena Rojas y Anja Aguilera

Cuidan la transmisión: Analía Ferreyra y Angélica Mancilla

 

JUEVES 22 DE OCTUBRE

11:00 a 13:00

Mesa: #EscriboYCobro: Tabuladores

Conversan: Yeni Rueda López, Martha Mega, Judith Santopietro

Cuidan la transmisión: Abril G. Karera y Leticia del Rocío Hernández

 

16:00 a 17:30

Conversación:¿De qué estaríamos hablando si no estuviéramos hablando de ser mujeres y escritoras?

Plantea: Gabriela Damián Miravete 

Interlocutoras invitadas: Michelle Monter, Indra Cano, Edmy Flores, Gema Mateo y Dan Hernández

Cuidan la transmisión: Arimatea Padilla y Ximena Cobos Cruz

 

18:00 a 19:00 

Sala de estar

 

VIERNES 23 DE OCTUBRE

16:00 a 17:30

Conversación: ¿Miel sobre hojuelas?: los retos de la colectividad

Plantea: Alejandra Eme Vázquez

Interlocutoras invitadas: Myrell MS, Maili Rodríguez, Angélica Mancilla, Abril Saldaña y Gabriela Samia Badillo

Cuidan la transmisión: Jimena Maralda y Ginn Arias

 

SÁBADO 24 DE OCTUBRE

12:00 a 13:00

Mesa: Aprendiendo de otras experiencias: America creando redes. 

Conversan: Claudia Apablaza (Chile), Michelle Roche (Venezuela), Adelaida Jaramillo (Ecuador), Brenda Navarro (México-España)

Cuidan la transmisión: Michelle Monter y Estefanía Sánchez

 

16:30 a 18:00

“¿Nosotras contra el mundo o el mundo contra nosotras?”

Plantea: Brenda Navarro

 

Relatoría final 

Plantean: Gabriela Damián Miravete y Alejandra Eme Vázquez

Cuidan la transmisión: Drusila Torres Zúñiga y Abril Saldaña

 

18:00 a 20:00

Argüende de clausura*

*con karaoke

 

Para estar al tanto de las transmisiones, sigan a Escritoras y Cuidados en Facebook, Twitter y YouTube 

Pueden descargar el programa en formato pdf dando clic a este enlace

Calamidades domésticas

Thania Aguilar Ramos

“Es que vi cómo ella sí podía y dije ¿por qué yo no voy a poder?”.

La primera vez que escuché a mi mamá decir eso, habían pasado dos días desde su primera clase de spinning y ya no podía dar un paso sin que se soltara a reír y a lamentarse del dolor muscular. Una chica que le doblaba el peso y la velocidad de su patada fueron suficientes para que olvidara que llevaba años sin hacer ejercicio y sustituyera su agotamiento físico con un ímpetu loco durante el último cuarto de la clase. Al temblor que sintió en las piernas al bajarse de la bici le siguieron siete días de calambres y quizá uno de temperatura.

La última vez que escuché esa frase fue a través del teléfono, en la semana siete de la cuarentena. La soltó con la naturalidad propia de quien explica cómo hacer enchiladas o rajitas con crema sin mucha complicación. El pensamiento lógico y natural que te lleva a subirte a una patineta a tus cincuenta y siete años: “Es que vi que Alejandra sí podía y dije ¿por qué yo no voy a poder?”.

Estos días del fin del mundo he descubierto que no estoy preparada para ser Thania del futuro. No estoy preparada para afrontar mis catástrofes personales ni mis apocalipsis intimísimos. No soy ningún Terminator ni la Jill Valentine del colapso emocional. Soy Thania del presente con un umbral del dolor tan bajo que no se levanta ni dos centímetros del suelo. Soy Thania del presente a la que se le contrajo cada milímetro del tejido interno cuando se enteró de que su mamá estaba en el hospital.

No era Covid. Era una fractura en la muñeca. O, como decía el reporte médico, una fractura distal de radio. Fractura distal de radio que fijaron con tubos y tornillos externos y que en estos tiempos sugiere que el futuro postapocalíptico tendrá una pinta más cyberpunk. Por lo menos para mi mamá. Lo que el reporte no incluyó fue que el incidente de la patineta también desataría la misma serie de calamidades domésticas, tan sutiles como corrosivas, que suelen formar parte de la dinámica familiar.

Estos días he pensado que las familias son caldos de ansiedades. Hervideros de estrés y desequilibrio emocional. Que mi familia constantemente haga ebullición y se derrame en la estufa es una condición que a veces me causa insomnio. Que a veces hasta me lleva a pensar con urgencia que podría conseguir un departamento atrás del Expiatorio para poder ir a comer con mi mamá de vez en cuando. Tener a mis sobrinos en mi sala. Salir a dar la vuelta con mis hermanas e invitarlas a dormir. Decirle a mi papá que todo está bien, que ya puede salir de esa coraza de hierro que se le ha encarnado con los años. Al diablo con ser editora en la Ciudad de México, puedo poner una panadería en Guadalajara y encontrar nuevas formas de ser feliz.

A veces quisiera ser como mi mamá. Después de años y años de haber sostenido a la figura paterna como modelo de lo que debería ser alguien, hoy solo espero poder parecerme cada día un poco más a ella. Tener mi rincón desbordado de plantitas. Reírme siempre con escándalo y desparpajo. Incluso tomar el riesgo de romperme la muñeca derecha, si en el proceso pienso que voy a lograr mantenerme en esa patineta más de treinta segundos.

Pensarme perfectamente capaz y no arrepentirme por ello.

 


LA AUTORA

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Thania Aguilar Ramos (Villahermosa, 1990) estudió Comunicación en la UNAM y es editora. A veces escribe, pero se lleva mejor con los textos ajenos. Gusta del pan dulce y piensa que la vida es una serie de eventos ridículos.

La domesticación del cuerpo y la pandemia

Ana Lilia Félix Pichardo

Los días son cortos, pero la inmensidad de ellos se agolpa en el cuerpo. Se sienten las semanas atrapadas entre la rodilla y la ingle, cada vez que los brazos sacan las manos por la ventana. Los dedos se estiran para respirar la calle como si las uñas fueran la extensión de los ojos, buscando un poco más de cerro, un poco menos de pisos sin barrer, huyendo de los trastes embarrados de comida seca y endurecida.

También los meses van doliendo en la frente. Un malestar con pies diminutos salta frenético entre una sien y otra. Va y viene, va y viene. Sus pies llegan a doler hasta el punto medio entre la frente y el centro de la cabeza, donde no te puedes sobar ni pasar los dedos tamborileando en señal de súplica y rendición.

El cabello que se suelta, en fuga de la cabeza, forma una pelusa inacabable por los suelos. Una barrida en la mañana y por la tarde ya hay otra vez rodamundos desérticos e inasibles. He descubierto en la escoba una incapaz cómplice contra el cabello abigarrado; esconde los cabellos  entre sus tubitos de plástico y luego va soltándolos camino al recogedor. La traición.

Hay toda una cultura que se desarrolla por los suelos. El polvo, las migajas, pedazos de uñas, el aceite que salta en el piso de la cocina y diminutas partes de lo que en el mundo de arriba se contempla como la alta cultura, en el nivel de lo completo. La superficie de los muebles, arriba, alberga hojas nuevas de papel, frutas, tortillas, verduras a punto de ser picadas. El margen de una fruta, el cuadrito de una cebolla, una semilla, por accidente rueda hacia el piso: la marginalidad del polvo y el cabello le abraza como si siempre hubiera pertenecido a ese otro mundo.

Las oposiciones campo-ciudad o centro-periferia nunca fueron tan abismales como la geometría de los mundos de abajo y el de arriba. Las frutas frescas, enteras, llenas de jugosos colores, arriba. Abajo, los fragmentos secos de lo que un día llegaron a formar. Todo se engricese y, poco a poco, va cruzando sus partículas con los montocitos de pelo, la envoltura de un dulce, una cáscara de semilla, hasta con un corcho de vino refugiado detrás de la pata del sillón, inaccesible para la morfología de la escoba o para la humedad del trapeador.

Hablar de la fauna es otra cosa. Coexisto con las arañas patonas que, sin vergüenza, se muestran en el techo y por las esquinas. No me temen ni les temo, a pesar de que, con los días, su apariencia de piernas esqueléticas contraste un poco con su abdomen negro y henchido. Igual mantenemos la sana distancia y todo transcurre con la modesta normalidad del tiempo atrapado entre la cocina, la cama adolescente (con la que cada vez resulta más difícil lidiar para tenderla) y el baño, que se ha convertido en el lugar más exquisito.

A veces los grillos chirrían muy fuerte. Los sigo con el oído pero no los encuentro. Estoy segura de que están adentro de la casa, pero no los veo. Tampoco me da pánico saberlos visitantes, sino hasta que, silenciosos, pasan saltando y mi mirada periférica sólo ve el movimiento de algo y me asusta. Compruebo que es un grillo y me tranquilizo, no lo saco, ni lo apachurro; es sólo que siempre me aterroriza pensar en las cucarachas. Toda la limpieza contenida en mis manos se desbordaría violenta por todo el piso, por los bordes de las ventanas, por la alacena, por mi ropero, por detrás de la estufa, bajo el refrigerador…

Y es que la ausencia de rutina ha invadido cada pequeño espacio, los muebles y las cosas están confundidos con la quietud de mi cuerpo, con la lentitud con que van mis pies de un lado a otro, como buscando algo que no encuentran hasta regresar al punto inicial. Los trastes platican con las manos y se quejan amargamente de la actitud bipolar con que se les trata, a veces se les friega una y otra vez con decisión, para luego ser ignorados por días completos. Los objetos comenzarán pronto a organizar sus quejas para atraer a las cucarachas. Tal vez sólo así la invasión de sus espacios pueda frenarse un poco.

 

Nota:

Los muebles y las cosas no comprenden cómo terminaron haciéndose cargo de mi reproducción mientras mi diminuto cuerpo vacila siempre entre mantenerse sentado terminando la tesis o correr a la cocina a limpiarlo todo, para y después de cocinar, o permanecer acostada con toda la culpa encima de no hacer ninguna de las dos anteriores alternativas.

 

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Ana Lilia Félix Pichardo. Zacatecas, 1991. Estudié Letras y también soy politóloga, escribo poesía, crónica y ensayo, pero no tengo ningún libro publicado. Cofundadora de la revista digital La Sílaba, parte del equipo de la plataforma Somos una América Abya Yala y militante abajo y a la izquierda/mujeres que luchan. 

Todos han respondido a “esa” llamada.

Wendy Méndez

Sé a dónde acudir, qué hacer y cómo hacerlo, pero nadie sabe exactamente en qué momento necesito reaccionar, excepto yo; sólo yo puedo declararlo, sólo yo puedo enviar ese mensaje, hacer esa llamada, ir hacia ese lugar… pero hay un hecho preocupante y es que este evento simplemente ocurre, no tengo un aviso previo y no siempre es llevadero, algunas veces sólo se abre un abismo dentro de mi cabeza, mi cuerpo se torna ajeno y cuando me doy cuenta estoy en medio del suceso: algunas veces he actuado conscientemente pero en otras no lo he conseguido del todo y eso es lo que me estruja el corazón acerca de este estado porque cuando pasa y puedo hacerme cargo de ello sólo debo ser capaz de poner en orden mis ideas y ejecutar el plan que tengo perfectamente trazado (ver, tocar, escuchar, oler, sentir, “vuelve, por favor”, llamar… “estás aquí y esto, esto sí es real”…), pero cuando no puedo dominarlo entonces el mundo cambia completamente, las cosas dejan de sentirse como deberían y no estoy segura de que todas las personas sepan cómo cuidarme. Hacía demasiado tiempo que no me abandonaba a la seguridad de otros, me parece que fue hace una eternidad que nadie se detiene el tiempo suficiente para aprender a mi lado y, grande como una casa, de pronto surgió este hecho imponente: a pesar de ser una mujer adulta necesito acompañamiento y cuidados.

30 de enero de 2020, 12:14 p.m.

Recibo una nota de voz de Carina; me recita un poema, después viene el texto “leí esto en la mañana y me acordé un montón de ti…”, hablamos un poco; yo respondo con mensajes de texto pero me hace feliz que ella siga enviando notas de voz, después de todo esas fibras sonoras siguen siendo igual de cálidas que todas las veces que hemos llorado abrazadas.

10 de febrero de 2020, 9:10 p.m. 

«detenerse es otra forma de fluir»; estoy enferma, Carina lo sabe porque he puesto un estado un poco vago en Facebook. Hablamos un poco y después de otros mensajes bastante regulares me pregunta si, cuando me recupere, quiero hablar de esas cosas que están ahí atravesadas. Acepto, aunque no sé si llegaré a poner esos pensamientos en palabras, resuelvo que quizá no es necesario, con lo que me quedo de esa conversación y lo que sí me repara es saber que tengo opciones, que alguien está esperando una conversación cuyo tema central es lo que tengo en el corazón, lo que tenemos, porque, cuando ella se decida, también preciso escucharla.

4 de mayo de 2020, 12:31 a.m.

“Todos queremos desaparecer”, “Son tiempos difíciles”, “Encontré esto”; Gabriela adjunta una fotografía nuestra del 2015. Responde directamente a algo que también he escrito en Facebook, no lo menciona pero se sobreentiende, el tema está en medio de nosotras dos, después me confiesa que ella tampoco quiere o puede hablar y lo entiendo; divagamos acerca de otros temas, ninguna quiere enunciar lo que nos supera y ocupa, sólo recordamos cuándo fueron tomadas otras fotografías y mientras ejecutamos ese ejercicio de acompañamiento pienso “estoy en la memoria de otra persona, alguien, lejos de mí, está recorriendo recuerdos en los que habito”, me aseguro de seguir hablando hasta que es suficiente para ambas, hasta que reafirmamos nuestra prevalencia en la vida de la otra, hasta que llegamos a un momento que entonces se vuelve trascendente y nos rescata; estos minutos nos otorgan certezas y nos devuelven el control que solemos perder. Prometemos hablarlo después, nos despedimos y trato de quedarme dormida.

8 de mayo de 2020, 5:56 p.m.

Llamo a Dalia. Es una fortuna que mi móvil tenga recepción, pero no tengo conexión a internet ni datos móviles. La llamada dura 10 minutos con 41 segundos, durante ese tiempo le pido que me ayude a conseguir nuevos números de emergencia; necesito intervención psicológica durante esta crisis de pánico y ansiedad, hablo de la manera más clara que puedo, Dalia actúa rápidamente y no deja de repetirme que no estoy sola, que ella se va a quedar conmigo al teléfono, que le importo, me dice que me quiere, repite mi nombre y me ordena que respiremos hondo, lo hace conmigo, su valor me hace llorar con más intensidad pero me concentro y sigo respirando tan bien como puedo. Me da varias opciones, incluso la línea de atención psicológica de la empresa donde trabaja, “dile que eres de mi familia” me dice “lo somos, estás haciendo algo increíble”, pienso, le digo que volveré a llamarla cuando la crisis se termine. Sé que hay algo que nos oprime duramente cuando cuelgo el teléfono, puedo sentirlo, mis manos que tiemblan lo expresan fácilmente; sé que es la incertidumbre. De algún modo creo que Dalia se pregunta si habrá respuesta la próxima vez que trate de comunicarse conmigo. Quiero poder asegurarle (y a todos) que será de ese modo, que pase lo que pase siempre trataré de volver a estar presente, que reaccionaré a tiempo, que haré lo que sea necesario, que pelearé incluso contra mí misma para poder salvarme, pero no puedo explicar todo eso mientras mi cuerpo entero está tan turbado, así que me aferro a eso que para mí es un hecho y con un esfuerzo sobrehumano surgido de la compañía y seguridad de una de mis mejores amigas al otro lado de la línea me encargo de lo más urgente y necesario.

Durante la llamada al Consejo Ciudadano alguien más me reclama a través del móvil, no respondo entonces pero consigo sonreír un poco porque el identificador dice que es Vane; en medio de este caos los vínculos con mis hermanas siguen siendo visibles y me anclan al mundo; cada vez puedo responder mejor a la intervención de la psicóloga, se llama Sonia y me hace saber que realmente escucha. Consigo retomar el control de lo que ocurre, tomo mi dosis de medicamento con los ojos hinchadísimos sintiendo cómo todo el cuerpo se me ha molido; después de beberme un litro de agua le hago saber a Dalia que estoy a salvo y vuelvo a sentirme agradecida por haber respondido esa llamada de auxilio. Me comunico con Vane enseguida. Hablamos durante 39 minutos y 40 segundos; por supuesto que lo primero que pregunta cuando la llamo es qué pasó, pero no es un reclamo, no me cuestiona enseguida para hacerme revivirlo, es sólo para saber si necesito seguir hablando de eso, y no; la intervención especializada ha cumplido su objetivo; entonces hablamos del clima y los mosquitos, antes de colgar me recuerda que siempre puedo llamarla, lo sé, no debo sentirme sola. No sentiré ese abandono de nuevo. Respiro profundamente mientras golpeo mis músculos, repaso lo ocurrido durante las últimas dos horas y pienso en todas las personas en mi vida que han respondido esa clase de llamadas, me siento agradecida.

7 de junio de 2020, 12:29 p.m. 

“Hola, Wen. Sólo escribo para desearte que vayas mejor. Te escuché muy triste ayer y me preocupé. Tómate tu tiempo. Ojalá tengas una linda semana”. Rosario debe tener mil preocupaciones en la cabeza y aún así toma un minuto para escribirme; lo que más me reconforta es que no lo ha preguntado por obligación sino porque la respuesta le interesa genuinamente; le contesto y adjunta una fotografía de Lucía; las amo profundamente, sus palabras me hacen preguntarme de nuevo ¿cómo es posible que las personas me cuiden tanto?

* * * 

Extrañamente comienzo a comprender lo que significa que cuiden de ti, es inusual, a veces no quiero que me pregunten si necesito algo, a veces quiero poder hacer algo por esas personas, como antes, como había dejado que fuera siempre; aún no me acostumbro a hablar exclusivamente de mí, a ser yo quien importe. 

Sin embargo pienso en mí, otra vez, sólo pienso y pienso. Y los demás hacen lo mismo… ahora sé que es posible que mientras me leen, cuando se encuentran mis publicaciones de Facebook en su feed o ven mis stories se cuestionen más el qué significan –si es que significan realmente algo–, lo sé, me están cuidando. 

El síndrome depresivo moderado sigue siendo un estado nuevo para mí, suelo decir que aún estoy tratando de entenderlo y es cierto; las primeras dudas que surgieron fueron ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿cuánto tiempo voy a enfrentarlo?, ¿seré capaz de recuperarme?, ninguna pregunta ha recibido una respuesta definitiva, aunque cada una ha sido atendida con diferentes posibilidades desde que comencé a cuestionarme lo que ocurriría.

Sabía qué hacer ante un ataque de pánico, aprendí gracias a un amigo al que tuve que acompañar en el pasado, no me lo pidió, sólo supe que no podía dejarlo solo y que él necesitaba que alguien reaccionara rápido. También reconocí los signos que acompañan a un ataque de ansiedad y en mi mente estaban disponibles los ejercicios necesarios, pero cuando ambos sucesos se expresaron el quince de febrero por la mañana en mi cuerpo no supe realmente qué debía hacer frente a ellos… las horas de ese fin de semana siguen siendo interminables. Mi cuerpo y mi mente de pronto se desconectaron. Tuve un miedo irrefrenable y el tiempo comenzó a ser eterno. 

A través de la escritura de este texto me doy cuenta de cómo me construyo narrativamente a partir del comienzo de esta experiencia. He comenzado a medir el tiempo a partir de ese primer suceso y los que le siguieron. Creo que ésta es mi forma de procesarlo, de aterrizar una experiencia que aún me sobrecoge cuando la pienso.

Paulo, él supo qué hacer y se mantuvo a mi lado. En mi mente aún observo esos momentos como si hubiesen ocurrido hace sólo unos segundos. Comenzó muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos, en el cambio de un fotograma de Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance a otro. Mi cuerpo se puso rígido y después comenzaron los temblores, las lágrimas surcaron mi rostro sintiéndose tibias e imparables y enmudecí, me paralicé por completo mientras él me sostenía y me llamaba por mi nombre. Aún no soy capaz de decir cuánto tiempo duró ese ataque que sentí particularmente largo o si hubo algo específico (aunque para mí irreconocible) que lo disparó. Sé que Paulo estaba ahí, sé que tomó mi mano izquierda, sé que me besó la frente, sé que me dio papel para que me limpiara los mocos, que recogió esos papeles sin asomo de asco y los tiró a la papelera, sé que evitó que me autolesionara sosteniéndome con todas sus fuerzas, sé que habló conmigo todo el tiempo, que dijo cosas muy bonitas y que me aseguró que todo [iba] a estar bien y también sé que yo me pude aferrar a esa idea porque él me estaba cuidando, porque en ese momento de impotencia absoluta tuvo mi vida entre sus manos.

Esa noche en el Instituto Nacional de Psiquiatría fue muy dolorosa. Incluso después de todo el tiempo que he dedicado a mis estudios y reflexiones acerca de salud mental me encontraba ahí sentada en la sala de espera pensando “no quiero estar aquí… no quiero que me internen…”, creo que pensé que mi vida estaba completamente derruida. 

Despedirme de la persona que amo porque, aunque ese vínculo es infinitamente más valioso que cualquiera no era su responsabilidad cuidarme, fue una de las cosas más difíciles de esa noche. Después de soltarnos y de que él diera la vuelta recibí mi diagnóstico pormenorizado y las primeras indicaciones de mi tratamiento. 

Atravesé la ciudad, me metí a mi cama y dormí sola. Al día siguiente mis padres llegaron al departamento. 

Hay muchas cosas acerca de la violencia doméstica, la desintegración familiar y la incertidumbre laboral y económica que no he detallado, pero fueron ésas las principales razones que me llevaron a expresar el síndrome que ahora padezco; no las pormenoricé aquí porque no quiero que mi experiencia verse sobre ese dolor sino sobre los cuidados surgidos, experimentados y compartidos a partir de ese momento. Cuando vi a mis padres esa mañana parados frente a mi cama y leyendo mis recetas tuve que pedirles, después de no sé cuántos años que, por favor, me cuidaran. Les dije que no podría enfrentar eso sola. Mi papá fue corriendo a la farmacia y mi mamá me preparó un caldo de pollo.

Hay un camino con un plazo ahora incierto que aún debo seguir atravesando. Trato de explicarme y declarar ordenadamente todo lo que siento frente a mis padres para que entiendan que mi cansancio no es acidia, que los pocos episodios que he tenido desde que comenzó la reclusión no son sencillos y que lidio continuamente con pensamientos de toda clase, sobre todo por las noches. Sé que no lo entienden del todo porque físicamente no hay demasiados signos que puedan percibir, pero una parte de esas conversaciones me dice que quieren comprenderlo. 

Algo está ocurriendo con los neurotransmisores en mi cerebro, lo sé aunque no puedo verlo, también tengo la certeza de que cada vez que una gota de medicamento o una pastilla entran a mi organismo estoy haciendo algo por mí, sé que si no los tomara me estaría maltratando, así que cuando pasan por mi garganta repito con convicción que me son útiles y necesarios. Mis siestas y las sesiones de llanto también son parte del autocuidado y hablar con las personas que me dedican su escucha atenta ahora es un asunto prioritario.

La comunicación con todos mis afectos es aún más valiosa en este momento. No quiero dejar ningún nombre fuera así que simplemente diré que cada mensaje e interacción tenida en este año la he valorado y dimensionado exponencialmente, aunque no todos puedan adivinarlo. Las noticias alegres son más emocionantes en estos días y la compañía es el mejor cuidado, todas las interacciones, aunque sean fugaces y de cualquier tipo marcan la diferencia, sé que a todos nos resulta preciso saber que no estamos solos y que estamos siendo escuchados así que el cierre para esta crónica episódica por ahora sería el siguiente: “seguiré viviendo con un corazón agradecido. La gente que me ama: ¡ustedes también deben ponerse como primer lugar en la vida!, ¡vivan propiamente, confiadamente, con orgullo!”.

 


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Wendy Méndez
Medievalista to be, correctora de estilo y rockstar de letras.
 
 
 

Bingo-taller de ensayo de lo privado para mujeres, con Alejandra Eme Vázquez

Copia de Damiselas sin apuros (6)

Descripción

“Damiselas sin apuros” es un taller para mujeres y se trata de escribir ensayo. Específicamente, de ese ensayo que se ha nombrado “personal” y que, para mejor definición, aquí llamaremos ensayo de lo privado. No supone contar nuestras vidas por norma, sino encontrar herramientas de escritura que permitan tender puentes entre eso que llamamos privacidad y eso que llamamos voz pública. Hay muchas vivencias, reflexiones, intuiciones que nos atraviesan y que, por lo tanto, quisiéramos llevar a la escritura, pero que parecen no encontrar su cauce; históricamente, esto se explica con la masculinización del canon literario, que se ha construido para deslegitimar lo femenino, por falta de representación de escritoras en el canon configurado a partir de lo “clásico”, de las redes de enseñanza de literatura, de la crítica literaria, del historial de premios, de la academia, de las editoriales y los discursos relacionados.

Metodología

La propuesta de este taller es lúdica en dos sentidos: primero, consiste en afirmar que existe una escritura “de mujeres” y desde ahí construir nuestros textos, lo que permitirá acceder a una variedad de información, tonos, estructuras y abordajes que normalmente se anulan en pos de escribir de manera válida; después, lo lúdico viene de manera más tangible porque tendremos como herramienta un Bingo de Escrituras en el que estará enunciada una lista básica y concreta de elementos que se pueden usar al escribir ensayo de lo privado, como punto de partida. A partir de ejercicios y modelos, se irá eligiendo el uso de esos elementos y también construiremos otras propuestas de Bingo, a manera de lista de cotejo o check-list. El taller está enfocado, entonces, en elementos estructurales, estrategias de escritura y modelos de texto, ya que la apuesta es que todas sabemos escribir ensayo de lo privado y lo que necesitamos son herramientas para proteger, potenciar, explorar y disfrutar su escritura.

Plataformas

El taller tendrá tres espacios:

1. En Moodle Cloud, que es una plataforma fija en la que se podrá acceder a las lecturas propuestas, armar conversación fuera de las videollamadas, publicar los textos o avances, hacer relatorías de los encuentros por Zoom y tener acceso a toda la información incluso cuando no tengamos videollamada.

2. En Zoom, para conversar, leer textos en voz alta, comentar y escribir en vivo, así como para explorar con más detenimiento los formatos y algunas muestras de escritura de las 35 autoras que fungirán como mentoras en cada estructura ensayística.

3. En Drive, para alojar documentos colaborativos como los criterios para el Bingo de Escrituras y la lista de libros de regalo para aquellas participantes que lo completen.

Ruta temática

No necesitas más que desear escribir ensayo de lo privado para entrar al taller. En la primera sesión vamos a establecer las pautas de este género, vamos a establecer los proyectos personales a partir de varias opciones y exploraremos el Bingo de Escrituras. Posteriormente, en las siguientes sesiones escribiremos, respectivamente, abordando cinco modelos de ensayo de lo privado:

a) Pedagógico: ensayo cuyo objetivo es acompañar aprendizajes y que, por ende, necesita reconocer elementos específicos de la comunicación para poder abordar con éxito ese objetivo.

b) Parabólico: ensayo cuya trayectoria explora las formas de no regirse por un eje específico (evitarlo, rodearlo, tensarlo) porque las formas de pensamiento también saben de divagar.

c) Casuístico: ensayo que muestra un caso específico, representante o detonador de la conversación que se desea tener, y a partir de él desarrolla tantas derivas como le interese.

d) Apologético: ensayo que defiende/ataca/demuestra vehementemente un punto, para lo cual debe valerse de herramientas persuasivas conscientes, agudeza y una estructura sólida.

e) Monológico: ensayo que, pese a ser escrito, evoca la dimensión oral de la literatura. Responde a la estructura conversacional que la ensayista desea desarrollar y aprovecha al máximo sus recursos.

Para cada ensayo se han seleccionado siete textos de ensayistas que se compartirán en pdf a través de Moodle Cloud. En la última sesión se entregarán las constancias y la retroalimentación final, además de conformar un Bingo de Escrituras grupal para concluir el taller.

Tallerista

 

AlejandraAlejandra Eme Vázquez. Pensadora de la Casa de Libra. Es escritora, docente y cuidadora. Estudió lengua y literatura. Ha colaborado regularmente como columnista en medios impresos y digitales: calcula haber publicado, hasta ahora, unos 250 textos ensayísticos de temas muy diversos. Colabora en libros de texto y en plataformas de literatura para las infancias y juventudes. Es parte del comité organizador del Encuentro de Escritoras y Cuidados y del proyecto colectivo-interdisciplinario Lucrecia se dispone a la escritura. Escribió Su cuerpo dejarán (El Periódico de las Señoras, Kaja Negra y Enjambre Literario, 2018). 

Fechas y horario de las videollamadas

Sábados 10, 17, 24, 31 de octubre; 7, 14 y 28 de noviembre

De 11 a 13 horas

Una sesión personalizada de 60 a 90 minutos con cada ensayista: a agendar según los tiempos disponibles

Costo: $1200

Cupo mínimo: 8 participantes         Cupo máximo: 16 participantes

Inscripciones: cuidadosescribiendo@gmail.com

Texto colectivo: Martes de Manos en la Masa, 30 de junio de 2020

Texto creado el 30 de junio de 2020 en el taller “Pensar lo doméstico y escritura creativa” impartido por la colectiva Pensar lo doméstico, como parte del programa Martes de Manos en la Masa de Radio Nopal. El texto fue creado en el chat de Jitsi por las participantes, quienes dieron su autorización expresa a que fuera editado y a la consignación de sus nombres de usuaria para la firma de autoría colectiva.

 

Ahora a quién le toca cocinar, pienso al filo de las 2 pm. Mi hermana viendo su celular. Mi mamá trabajando frente a su computadora. Quisiera hacer otras cosas, tal vez escribir, leer, acabar de limpiar mi cuarto. No podría, la culpa y el hambre están presentes. Voy a la cocina enojada. Respiro.

Lo he escrito muchas veces

En la banca de madera

En el papel rayado

Sin embargo, en estos años

Me he llamado Mamá

Mi pareja cocina algunos días a la semana y se encarga de lavar los trastes en la mañana. Pero es lo único que hace. Cuando él termina de cocinar debo entrar yo a limpiar todo lo que ensució alrededor del proceso de cocinar. Limpiar estufa, tarja, piso, quitar la grasa del azulejo, lavar trapos y jerga de la cocina, recoger basura, etc. A veces me pregunto si realmente lo que hace es una colaboración para la casa o más trabajo para mí.

-Mamá, tengo hambre-

He querido darme un break tipo sabático de la escuela y del trabajo. En mi casa cohabitamos mi madre, mi hermano, mi perrita y yo. Pero ésta sería mi escena cotidiana: me levanto como a las 10:30 am para hacerme mi desayuno, me encuentro que no hay nada porque lo que ya estaba hecho ya lo comió alguien más. Se me antojan unos hot cakes, pero solo de pensar el tiempo en el que se harán, me da flojera y no me los hago. Ahora hay que limpiar la casa, lavar la montaña de trastes y también ir por la comida. LA COMIDA, tengo que pensar que hacer de comer para cuando llegue mi mamá del trabajo. Solo de ir a comprar ya pasó una hora, en lo que preparo y hago todo queda justo para cuando llega mi mamá. Ahora ya no tengo ganas de hacer nada, estoy muy cansada y solo quiero dormir o ver Netflix. Quería descansar y darme un sabático pero estoy haciendo lo que mi madre hizo toda durante 23 años de mi vida.

Respiro. Si no lo hiciera comenzaría a gritar de coraje. Abro el libro de cocina de mi mamá.

-Mamá, te quiero-

Madre soltera

Mamá

Leo las recetas, las sopas, las ensaladas. Poco a poco las ideas fluyen. Me emociona tener los ingredientes. Qué fácil resulta ser. La cocina es espacio de encuentro y desencuentro. Comemos a las 3:30.

Soy muchas

Soy nadie

Soy todas

Operaron a mi gata. No quiso usar el cono ni tomar el antibiótico y casi tienen que abrirla otra vez por la infección que le dio. Me di cuenta de que no solo soy responsable porque esté feliz, comida y vacunada. Ella también se enferma y yo soy responsable de que esté bien. Esos también son cuidados y no los había visto así. Respiro.

Cuando operaron a mi papá en el 2018 alguien de la familia se tenía que quedar esa noche con él. Estaba toda la familia afuera del edificio donde se pasaría esa noche. Mis hermanas mayores entraron en conflicto porque parecía que nadie lo quería hacer. Me propuse y yo solo agradecía el hecho de que mi papá hubiera salido bien de la operación. Mis hermanas duraron molestas al menos una semana. Ver a mi papá esa noche y que me preguntara sobre la lectura del Quijote que estaba haciendo fue lo mejor de esa noche. No padecí “el cuidado”.

Mamá, qué palabra tan grande y tan sencilla

Mamá cansada

“Estoy harto de ella porque nunca hace nada” fue como mi hermano se quejó de mí con mi papá, mientras yo lloraba, lloraba porque las pechugas que había puesto a asar se habían quemado, lloraba porque solo le había pedido que le apagara a la estufa, lloraba porque tenía que ir a la escuela y no pude apagar yo la estufa por estar planchando, lloraba porque tenía que dejar la comida lista, la casa limpia y la ropa planchada para poder ir a la escuela. Yo, la que nunca hace nada.

nada

El padre de mi madre tiene 94 años y tuvo 12 descendientes, 5 de ellas mujeres; ahora en su vejez los varones hermanos de mi madre no pretenden hacerse cargo del cuidado de su padre. El señor nunca ha sido una persona amorosa, por el contrario: es violento, machista y constantemente humilla a aquellas mujeres que le rodean. Mis tías quizá no le tienen un cariño en especial pero ninguna se atreve a rechazar el cuidarle porque es «su padre». Un padre ausente y violento que jamás mostró cariño por sus hijas mujeres. La única hermana que ha decidido no cuidarle es porque su pareja no se lo permite.

Mamá sola

Mamá asustada

Qué difícil es cuidar del otro cuando se invisibiliza el cuidado propio, cuando el grito y la desacreditación son la base histórica sobre la cual muchas mujeres hemos alimentado, revisado tareas y velado el sueño de nuestr@s herman@s; cargando culpas en lugar de reconocimientos por las formas en que nos fue enseñado el cuidado.

La obligación no sólo de preparar sino también de avisar que ya está listo, que parezca una ofensa lo contrario, que sea una falta lo contrario… que la importancia radique en quién trabaja y en quién paga impuestos y aun así como espíritu pacifico hacerlo con una sonrisa en el rostro y el deseo de la paz en lo privado cuando lo público

es

tan

caótico

.

Mamá que recorre los laberintos del metro

Mamá que se pinta los labios

Mamá que cuenta las monedas

El p… color rojo. Maldito color del que deberían estar pintadas mis uñas… Desde que mi criatura hermosa está en mi vida no soporto el barniz color rojo, porque siempre termina embarrado en la pared, en mi ropa o en mis cobijas… ¡jamás! Jamás termina en mis uñas bien pintadas, ya no existe ese tiempo que disfrutaba tanto para cuidarme y estar en calma. Qué difícil se ha vuelto el cuidarme y que me cuiden.

Mamá duerme sola

Mamá llora Mamá

Llegué a burlarme de aquellas que “salían panzonas”, como si se hicieran solas. ¿Cómo pudo esto pasarme a mí? ¿Qué recuerdo de mis clases de orientación sexual? Risas y chistes morosos. Ya sabía que sabía. El autosabotaje se me ha dado muy bien. Aprender a redireccionar esa intención, a algo más nutritivo, no ha sido fácil. Me sorprendió ver cuántas a mi alrededor habían pasado por eso también. La información dispuesta era menos , nos basamos en cómo le fue a una amiga, a otra. La emergencia me llevó al hospital, donde me sentí aterrada por decir la verdad y ser encarcelada o algo así.

Soy mi madre. Soy mi abuela. Y me pierdo.

Durante la Preparatoria mi mamá se fue de casa para cuidar de mi abuela enferma. Fue un cambio completamente radical, un día estuvo conmigo y al siguiente me había quedado sola. En esta ausencia noté cuánta falta de mi parte había en el hogar; sin mi mamá la ropa no estaba limpia y la comida no estaba lista. Fue un año de muchos aprendizajes, trabajé mi capacidad para rendir en la escuela y cumplir con labores domésticas para que mi vida marchase bien. Al final, con mucho esfuerzo, sobrellevé la carga y aprendí a rendir; pero con mucha tristeza noté mi falta y que mi mamá, aun lejos de aquí, no había parado de cuidar un segundo.

Somos hormigas sobre la tierra. Todas anónimas.

El cuidado tiene consecuencias incluso años después. Acusaron a mi novio de acosador y violador. Yo estaba deshecha, tristísima, él y yo terminamos, pero me dediqué a cuidarlo. Nunca lo había dicho así: yo lo cuidé. Pero es lo que hice. En medio de mi tristeza le preguntaba si había comido, escuchaba sus relatos de lo mal que se sentía, de que se cortaría el cabello, también lo convencía de que fuera a terapia. Y a solas lloraba, buscaba a mis amigas que me cuidaban a mí, mientras yo lo cuidaba a él. No lo veo totalmente como sumisión, aunque algo hay de eso, pero en cuidarlo encontré algo de sentido, la salvadora. Lo demás lo dejé en pausa, no solo por cuidarlo a él, también por la gran crisis en la que yo me sentía. Un año después me cayó el 20, la culpa de cuidar a un acosador y el miedo de frecuentarlo. Ya no quería salir, tenía miedo de que supiera de mí. Meses y meses sin tener trabajo, por haberlo cuidado, por haberle dado prioridad. Ahora él tiene un trabajo, es un hombre “cambiado” y yo soy desempleada.

Respiro.

 

AUTORÍA COLECTIVA DE:

Juanita34

Lina

Sara Alfie

Val

Pau

Yes

Naye

Abigail

Itzel

Laura Celina

Alejandra

Susana

Olin

Nora

Chío

Ana

Machincuepa

Escribir es cantar en otra frecuencia

Gris Córdova

En la preparatoria hablaba escribía hasta por los codos. Todos los lunes, a la hora del receso, corría emocionada a donde mi profesora de filosofía para mostrarle mis papelillos nuevos:  un bonche de poemitas cursis, sonetos maltrechos, y uno que otro cuento ridículo y ganador de concursos para jóvenes escritores. Escribí tanto, que me conocían más los profesores que no me daban clases que mis compañeros de salón. Hace unos días dije en voz alta por primera vez lo que era una verdad ya muy sabida: escribía porque la pasaba terriblemente sola. 

N: ¿Cómo fue tu relación con la escritura?

G: Pues, eso, escribía porque estaba sola. Fui la hija menor, la única mujer. No tuve amigos. Los pocos que hice fueron mayores que yo y, al graduarse, partían. Escribía porque quería truequear palabras. Leía y escribía porque no entendía cómo entrarle a eso de la cofradía adolescente. O sea, ¿cómo le hacen? Ni idea. Estuve a nada de reprobar algunas materias, pero nadie lo notó. Por eso escribía más. 

Un día de bonanza, mi papá llegó a casa con libros: un diccionario enciclopédico enorme, una enciclopedia sobre materias selectas (anatomía, física, sexualidad), y un paquete de diccionarios Larousse (antónimos, sinónimos, español-inglés). Viví en esos libros hasta que se deshojaron. 

Así empezó todo, con cierto orden. Cúbito, radio, esternón, tibia y peroné, falanges, tarso, carpo, metatarso, metacarpo, metatarsiano, metacarpiano, parietal, occipital, omóplato, clavícula, vértebras cervicales, torácicas, lumbares, sacras, coxis, cresta ilíaca. Palabras que cantaba en mi cabeza. Nunca aprendí de memoria los nombres de todos los huesos, tal como me lo propuse alguna vez, pero lo intenté. Con los músculos ahí sí ya no pude. 

Otros intentos se hicieron, nobles pero estériles, en el campo de la traducción de canciones en inglés (empresa fallida pues, como se me revelaría después, la odisea de trasladar de una lengua a otra implicaba un esfuerzo mayor a ir palabra por palabra), o en el de la genealogía mitológica griega (todas las cuentas cuadraban hasta que aparecía Zeus, el muy cabrón, y mis anotaciones se iban al carajo). 

N: ¿Cómo te defines como escritora?

G: No lo sé. Escribir me duele, porque no pienso en lo que tengo que decir sino en la necesidad imperiosa de encontrar una respuesta distinta al eco. Creo que nadie responderá. Mejor no escribo. Soy la censora real de mí misma y todos los días me digo “vuelva mañana”.  

A las reuniones familiares en la playa siempre acudí acorazada con una revista o un libro. Qué rara, señalaban de a tiro por viaje el hábito peregrino. Rara pero no mala persona, no es mala persona, diría mi mamá. Y pues sí, mi familia, obreros en su mayoría, no veían el uso (a veces yo tampoco se lo veo, la verdad) ni la motivación: teniendo el mar en las narices y entre las manos un sándwich aderezado con arena, quién habría de cargar un montón de escritura que no sirve para nada. Crecí con la idea culposa de que para leer y escribir son necesarios los medios, el tiempo y un carné de legítima emprendedora del ocio. 

(¿Sirve de algo de la literatura? ¿Servicio es la palabra que realmente busco? ¿Mi carné me sirve para hablar de mis dos nacionalidades: la calle y la academia? Maldito y cerdo capitalismo cerdo, pero por favor no le digan a mis empleadores, exprofesores y/o alumnos que dije esto.)

(¿A qué hora leen los obreros? ¿Leer es lo que quieren? ¿De dónde sacamos que la dignidad se mide —si acaso es medible— con textos? Mi mamá come, descansa, camina, se sienta a la mesa, cuida sus plantas y se dedica a sus diligencias con un cuerpo obrero, un cuerpo sin tiempo para el ocio. Y yo acá, ya de adulta, picándome el ombligo y recordando que un día escribí un ripio de poema sobre justicia social. Por favor no le cuenten a Mamá que dije esto.)

En casa escuché el “ya es señorita” de mi mamá al teléfono, pero nunca la palabra vulva. De hecho, no hubo nada, ni un eufemismo: era el vacío, el agujero negro tan gravitacionalmente denso que doblaba y jalaba la luz (y la palabra) hacia su interior hasta hacerla desaparecer. Una entiende, después de mucho, que el nombrar es un oficio cartográfico concedido a muy pocos y que la fenomenología del espíritu, como dice Carla Lonzi, es la fenomenología del espíritu del varón (luego procede, hermosa, a escupirle a Hegel). Así mis credenciales: diplomada autodidacta de los cuerpos no dichos, a escondidas, criminalmente, por la escuela internacional de las escuetas secciones enciclopédicas con dibujitos. 

N: ¿Y qué tal la voz?

G: En un evento voluntario de lectura de poemas en voz alta me paré frente al micrófono. Las palabras se me cayeron hechas nudo al fondo de la garganta. Algunos pasaban esperando escuchar el gran poema rojo, pero mi voz rompió en solemne huelga durante 15 minutos. Amplia experiencia en el oficio del silencio desde 1987.

El día que compré mi primer diario pasaron dos cosas: el velorio de mi abuelo materno y que me rechazaran de la escolta en la primaria. Lloré quedito y a escondidas por lo segundo más que por lo primero, porque pensaba que un bien podría aminorar un mal, pensé que la hazaña podía volverse un “ésta va en tu honor”, un “él estaría orgulloso”. Pero la verdad es que ni nos conocíamos tan bien. 

El diario fue entonces otra cosa. Escribí sobre Abuelo y sobre dos compañeros de quinto grado. Hermano Medio leyó el diario, recopiló los nombres, y los dijo en voz alta en tono meloso cada que aparecía una escena romántica durante la telenovela de las ocho, por varias semanas. Y aunque nadie comprendiera su letanía de nombres ajenos más que yo, un día tuve suficiente y le grité que parara. Me gritó puta, pendeja. Sólo nos mandaron callar porque el capítulo estaba a punto de terminar como terminan todos los capítulos de telenovela: en el absurdo acontecer de la vida absurda que no es la de nosotros.

N: ¿Y qué escribes ahora?

G: He tomado el hábito de hacer listas: títulos de libros, cuentos, novelas y ensayos que no escribiré; nombres de personas a las que pedí un favor y me dijeron sí, sí, sí, pero a la hora de la hora pues siempre no (o nomás no dijeron nada y, pues, una asume cosas); palabras que me dan dentera (véase, por ejemplo, bikini); memorias tristes en las que habité este cuerpo triste y, con él, este mundo tristísimo. Listas en pedacitos, trocitos, obra negra, costillas flotantes, pequeñas islas cuya mayor virtud es permanecer aisladas sin que nadie, con excepción de un tsunami, les quite el sueño.  

Mamá, Papá y Hermano Mayor me cuentan ahora, a la distancia, que Sobrina se parece a mí. Encontraron escondidas unas hojas sueltas un día, membretadas por ella con el lugar común más temido: “Querido diario”. Sobrina sólo deseaba que ya acabara la pandemia para salir a jugar con sus amigos. Escribir el deseo. Se parece a ti, me dicen, lee y escribe en todas partes, se inventa miles de historias, pone en fila todos sus muñecos y les da cátedra (¿De qué? Quién sabe. Ella sola se entiende, dicen), siempre discute, escribe cartas a los abuelos cuando los visita. Se parece mucho a ti. 

(No quiero llorar

pero

mirá de quién te burlaste vos).

La historia de la ballena Whalien 52 me conmueve hasta las lágrimas. Por muchos años, eminentes biólogos marinos con muchos títulos pegados en la pared sostuvieron que no viajaba en manada porque padecía de sordera o no sabía cantar. Luego llegaron a la conclusión de que no estaba sorda y que sí cantaba, pero lo hacía en otra frecuencia. Poco sorprende entonces que le hayan concedido el errado y nada elegante epíteto de “la ballena más sola del mundo”, ignorando perversamente así que ella en realidad viaja consigo misma. 

N: ¿Estamos de acuerdo en que la palabra “resignificar” debería ser desterrada?

G: Estamos de acuerdo en que la palabra “resignificar” debería ser desterrada por horrorosa, extractivista y cobarde, sí.

Hace unos días comprendí que [no] escribo porque [todo] [me] duele [mucho]. Ya, lo dije. Como también digo que tal vez de eso va todo este asunto de volver a los cuidados, verlos con otros ojos y escucharlos con otros oídos, pensar desde allí las estrategias del autocuidado, subirse por fin sobre el lomo de la ballena para saber (como hermosamente dijo N) en qué momento las tripas se volvieron [este] corazón [tan gigante como un cetáceo].


LA AUTORA

GrisC

Gris Córdova (Sonora, 1987) Nómada y sin acento. Docente universitaria con perspectiva de cuidados porque vivo en franco emperramiento contra las pedagogías de la crueldad. Feminista visible dentro y fuera del aula. Imprimieron mal mi título y donde dice Dra. en Literatura debieron poner Hija de Obreros. Librana.