Mi casa es un proyecto en proceso

Mónica Rivera

abandoné muchas casas, y a pesar del dolor por su ausencia confieso que no las recuerdo todas. sin embargo sé que fueron mías: en algún momento de mi vida me albergaron a mí, a mi cuerpo, y aunque yo ya no las albergo por completo en mi memoria, guardo sus fragmentos unidos en mosaico: nos habitamos mutuamente; son mías y yo de ellas.

me cambié de casa muchas veces —según yo, aunque quizá no han sido tantas: trece es número de la suerte, de la buena y de la mala. no obstante, ha habido una casa, anónima y espectral, cuyo abandono me atormenta más que el de las otras.

solemos pensar en las casas como cosas inertes, conjuntos de muros, techos, pisos, ventanas y puertas que aguardan la llegada de alguien que las habite. esperan a que las llenemos —o no— de muebles, cosas, plantas, cuadros, ropa, zapatos, comida, personas.

quizá no estén vivas, pero en todas hay algo vivo, o que alguna vez lo estuvo.

hay que mantener la puerta cerrada, así nadie entra y nada sale.

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un vistazo a la literatura gótica muestra que abundan personas con casas atormentadas. ni qué decir de la vida «real». les habitantes conforman la casa.

yo soy el fantasma de esta casa.

me apena decir que se inundó muchas veces con lágrimas gruesas —como las de alicia en el país de las maravillas en la película de disney— que surcaron las habitaciones y descarapelaron las paredes. es bien sabido que las ventanas son los ojos de una casa, y los de esta proyectan una mirada por siempre triste. más aun la humedad residual se movió como una hiedra agresiva, se movió, invisible al principio, por las habitaciones decrépitas y solas, pobladas ya nomás por marcos vacíos en los muros, juegos infantiles, rompecabezas con piezas extraviadas, carteles de palabras olvidadas. las fotografías que pudieron revelar algo sobre ella estaban la mayoría perdidas, otras tantas veladas por el polvo y las gentiles moradas de las arañas. toda la casa estuvo húmeda.

siempre se deja algo atrás, sin importar la edad. las casas abandonadas, de manera irónica, suelen estar llenas. al asomarnos a una casa desconocida clasificamos con una mirada: la condición de las ventanas, paredes, cortinas, muebles y suelo nos indica también la de la casa. no suele entrar quien mira las ventanas rotas, las paredes desgastadas, el suelo lleno de «basura» u objetos que han sido abandonados también –en ocasiones la diferencia entre los términos depende más de nuestros prejuicios personales que de su condición—, ya sea que pertenecieran a la casa o hubieran llegado de alguna manera a refugiarse ahí.

a pesar de esto, hay quienes recorren estas casas sin intención de habitarlas, por el contrario. aquí hubo quienes, al descubrir los húmedos muros que caían al más breve aliento, transitaron la casa sólo para retirarse con la satisfacción que les brindaba causar daño a algo que no reclamaría ni sería reclamado. ¿cómo es que ni siquiera entonces la casa saltó, rebelándose para expulsar a quienes se divertían magullando su piel? la casa ampara y eso hacen las casas, incluso las que casi han olvidado que lo son o las que no fueron diseñadas para serlo —o las que en realidad son personas con forma de casa—. sean objetos o personas quienes la dañan, la casa no los expulsa porque entonces dejaría de ser una casa.

casa-objeto, inhabitada a fin de cuentas, aún se sostiene con todo y sus techos resquebrajados y ventanas rotas.

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inhabitada, o: dícese de un lugar que no se encuentra habitado.

inhabited (inglés): dícese de un lugar que se encuentra habitado.

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según las memorias que esta casa alberga, fue casi desde el comienzo una casa fría. la habitación de su centro, sin embargo, inalcanzable y oculta, desde hace mucho tiempo en llamas, quedó amarilla. muchas otras —la mayoría— quedaron vacías. en esta casa hay muchos cuartos con los que nadie supo qué hacer, cómo amueblar, cómo querer —porque amueblar una casa es quererla, incluso si decidimos no ponerle nada—. ni siquiera yo. las paredes se cernieron sobre sí mismas frente al abandono y la ausencia, y una casa prefiere subvertir su naturaleza que caer. esta casa sobrevivió; desfiguró su estructura, la fachada se disfrazó de castillo oscuro, con almenas diseñadas para poder defenderse de cualquier amenaza. las paredes alrededor de la habitación amarilla se volvieron huecas y retorcidas, como un árbol cuyas entrañas sin vida se resguardan dentro de lo duro de su corteza; la habitación se quedó sin aire y las llamas menguaron. tapiadas entradas y salidas: un laberinto en el que no había hebras ni hilos para guiarse, mucho menos el impulso para hacerse de alas y salir volando.

la casa no se había derrumbado y eso parecía ser suficiente, o tendría que serlo.

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confieso que busqué mi casa en otras, y algunas las miré con envidia —las fantasmas sólo podemos anhelar en silencio, aprender a regodearnos en la fría y acogedora niebla de lo intangible—. confieso que fue más fácil analizar y hablar resolutamente de lo ajeno, observar, juzgar y hacer una clasificación simplista de ventajas y problemas. si sus habitantes no habían tenido que mudarse nunca, si las marcas de una familia eran observables en muros y muebles, si ahí sí sabían cómo querer. si había fugas, si los cuartos estaban atiborrados, si había goteras o si tenían un ático parecido al de una película de terror. si tenían álbumes de fotos que dieran cuenta de la historia y la cercanía de las relaciones familiares y las anécdotas individuales; qué tan intensa era la oscuridad de los rincones.

les habitantes conforman la casa; la casa no siempre se conforma con quien la habita.

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yo fui el fantasma de esta casa a la que sólo permití no resquebrajarse por fuera

qué conveniente ser un fantasma en una casa en la que nadie entra

no pude contener la humedad de sus paredes y confieso que llegué a cobijarme en ella, creyéndola techo, paredes y suelo: el único refugio posible

—sin embargo, la habitación amarilla—

mudar no sólo es moverse sino cambiar —«todos los cambios llevan tiempo» se convirtió en letanía—

entre mis manos transparentes moldeé lo que quedaba del fuego

amasé la llama, amplia como un aliento

reconstruí la hoguera del centro

alcé una habitación que fue hogar para el fuego

el crepitar de las llamas palpita a un ritmo—mi ritmo—

atizar el fuego significa enjugar las lágrimas y darle calor a las paredes de este hogar

estoy aprendiendo a armar una hoguera

el fuego no se puede palpar pero estoy viva porque hay luz y calor

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recorrí paredes con las yemas de los dedos y reconocí recovecos. barrí y desempolvé cuartos, empujé muebles y decidí qué conservar, qué transformar. dejé sólo las telarañas que seguían siendo moradas. ha sido difícil desenroscar el laberinto y rellenar las paredes huecas; ­no he cubierto aún todas las grietas y quizá no lo haré jamás: algunas dejan espacio para la hiedra, más verde y menos húmeda, y también para intervalos de luna y de sol, de lluvia, viento y calor. mientras viva una casa es siempre un proyecto en proceso.

me estrellé contra un muro y miré: suelo, pared, techo, puerta, pasillos, cuartos, comedor y balcones, baños, sala, cocina y jardín… escaleras, pasillos, entradas, ventanas… y otras cosas que no tienen nombre aún. amueblar una casa es quererla y elegir cómo es libertad para quererse una misma.

sigo en el limbo de lo tangible: aún un poco fantasma, voy regresando poco a poco a esta casa que soy, que es mi cuerpo y que, con un poco de suerte, volverá a ser hogar y refugio. por ahora, trato de convencerme de que esta es una casa en la que quepo, cuyos fragmentos puedo mover y organizar, una casa que cambia conmigo y con la que cambio yo y que, sin importar a donde vaya o cuántas veces me mude, es m í a.

~
mientras yo viva mi casa es un proyecto en proceso


Mónica Rivera

Es creadora, fotógrafa, escritora, poeta y cuidadora. Estudió letras inglesas y también quiere aprender música. Sigue dándole los últimos detalles a sus dos casitas actuales: 1. El depa en que vive con su familia y 2. Ella misma.

¿A qué edad te quieres casar?

Ingrid Cruz

Alrededor de mis 10 u 11 años, cuando aún cursaba la primaria, estaba de moda el juego del piojito de papel. Las niñas de mi salón lo jugaban seguido, así que eventualmente también yo lo hice. La primera vez, entre curiosa y confundida, prestaba mucha atención a sus respuestas, pues nunca me había detenido a pensar a qué edad quería casarme ni cuántos hijos quería tener, mientras que ellas parecían tener su respuesta muy bien definida. Recuerdo que las edades anotadas en el piojito oscilaban entre los 22 y los 25 años, la mayoría de niñas escogían la edad más temprana para casarse, argumentando que querían ser madres jóvenes. Cuando mi turno llegó, aún confundida, decidí que lo mejor era copiar las respuestas que más se habían repetido. No había problema, todas coincidimos que, en efecto, era mejor ser una madre joven.

Haber jugado únicamente logró que un conflicto naciera en mí: ahora sí que me había puesto a pensar a qué edad quería casarme y cuántos hijos quería tener. Yo siempre tuve el privilegio de tener un cuarto propio, así que en aquellos momentos me encerraba en él por horas a pensar y hacer cuentas, pensando si la vida me iba alcanzar para poder ser una madre joven… Todo mientras seguía en la primaria.

Desde que era muy pequeña, viajar se convirtió en una de mis metas principales, por lo que, después de jugar al piojito, también se convirtió en mi mayor preocupación. Me preocupaba no poder viajar tanto como yo quería, porque según mis cuentas, si terminaba mi carrera universitaria a los 22, y luego trabajaba por una año para ahorrar, luego, otro año para viajar (ingenua y claramente sin tomar en cuenta ni una sola complicación), al siguiente año cumpliría 24 y esa era la edad indicada para casarse: no podía alargar más el tiempo de viaje. Pero un solo año para viajar me parecía muy poco, el mundo tan grande y el tiempo tan corto me comían el cerebro, el matrimonio se había vuelto un gran impedimento para cumplir mis sueños.

Finalmente, cuando entré a la secundaria, descubrí que había personas que no se casaban ni tenían hijos, lo mejor de todo era que no lo hacían porque simplemente no querían. Este dato fue el que finalmente me abrió las puertas del mundo; pensar en el matrimonio nunca fue emocionante, sino angustiante, así que decidí no casarme. Sin embargo, siempre estuve bajo los típicos comentarios del estilo “eso dices ahora, pero espérate a que crezcas”, “¿y quién te va a cuidar cuando seas mayor?”, “te vas a sentir sola y te vas a querer casar”,  lo que provocó que por mucho tiempo también me cerrara a opciones, hasta que entendí que no era cuestión de obligación, sino de decisión. 

No es secreto que a las niñas se nos asigna un rol en la sociedad desde que nacemos. La maternidad es nuestra única opción para ser felices, a los ojos de la sociedad, es casi como si no pudiéramos ser mujeres si no somos madres. Los juguetes son un gran ejemplo, nos van inculcando los roles a través de ellos: los niños juegan con carros, herramientas y superhéroes que salvan al mundo, mientras que las niñas se limitan a tener bebés de juguetes y muñecas bonitas que tienen un novio guapo. Los hombres tienen las puertas del mundo abiertas, nosotras tenemos que abrirlas a empujones, porque se nos enseñó a creer que un hombre que no se casa puede ser escritor, militar, chef, empresario, científico, etc., pero si una mujer decide no casarse, su única opción es la de convertirse en “la loca de los gatos”.

Después de mucho tiempo logré darle un mejor uso a mi cuarto, ahora que diversos caminos se presentaban ante mí y liberada de las cadenas que tanto tiempo me tuvieron atada e inmovilizada en espera de una maternidad temprana, al fin pude pensar lo que yo quería hacer, y no lo que otros me decían que tenía qué hacer.


LA AUTORA

Ingrid Cruz Tiene 20 años, vive en la tierra de Rosario Castellanos (en sus palabras, su mayor logro hasta ahora): Comitán de Dominguez. Es una persona caserita, le gusta estar con su familia y cuidar plantas, pero que sean de las que les gusta la sombrita porque a ella no le gusta el calor

Rulforever: curso-taller con Abi Cortés

Rulforever

Convida Abi Cortés, Cuidadora de la Casa de Escorpio

 

Curso-taller de cinco semanas
Espacia sólo para morras
Duración: 10 horas
Costo: $700
Inscripciones al correo: lectorasnofans@gmail.com

 

Fechas y horarios

Turno vespertino
Viernes 1*, 8, 15, 22 y 29 de octubre de 6:00 PM a 8:00 PM

*El viernes 1 de octubre no habrá videollamada.  En su lugar, recibirás un kit de videos introductorios. Nota: en todas las demás fechas sí habrá videollamada.

Turno matutino
Sábados 2*, 9, 16, 23 y 30 de octubre de 11:00 AM a 1:00 PM

*El sábado 2 de octubre no habrá videollamada. En su lugar, recibirás un kit de videos introductorios. Nota: en todas las demás fechas sí habrá videollamada.

 

Presentación

Rulforever es un curso-taller para leer, analizar y comentar la obra de Juan Rulfo. Este espacio está dirigido a:

  • Lectoras interesadas en reflexionar conjuntamente las formas de analizar textos.
  • Lectoras que quieran conversar sobre lo que les gusta y no les gusta de la obra rulfiana.
  • Apasionadas por el chismito literario, el emperre y el despotrique.

Objetivos

  • Revisar conceptos teóricos básicos que nos servirán como herramientas para comprender la estructura de un relato. 
  • Ejercitar la aplicación de dichos conceptos en la obra de Juan Rulfo. 
  • Conocer los acontecimientos más destacados del campo literario mexicano del Siglo XX y su repercusión en la obra rulfiana.
  • Derribar la creencia de que Pedro Páramo es una obra difícil (casi imposible) de leer.
  • Desenmarañar el método creativo de Juan Rulfo.
  • Jugar con las posibilidades a partir de ejercicios de escritura con temática rulfiana.

Ruta temática

Primero haremos una lectura minuciosa de la conferencia “El desafío de la creación” donde Rulfo nos habla de los elementos necesarios para la creación de un relato. Asimismo, revisaremos los conceptos narrador, personaje, tiempo y espacio a partir del libro El relato en perspectiva de Luz Aurora Pimentel. Posteriormente, profundizaremos en la situación del campo literario mexicano en los tiempos de Rulfo para comprender mejor el impacto de su obra. Posteriormente llevaremos a la práctica lo antes dicho en un análisis colectivo del cuento “¡Diles que no me maten!”; luego, desmenuzaremos Pedro Páramo; por último, revisaremos una selección del epistolario de Juan Rulfo titulado Cartas a Clara para ver de cerca el proceso creativo de Rulfo, conocer conceptos de teoría autobiográfica y reflexionar sobre nuestra manera de leer textos autobiográficos; además,  dialogaremos sobre nuestras inquietudes como lectoras y escritoras.

 

¿Qué vamos a leer?

  1. Rulfo, Juan, “El desafío de la creación”
  2. –, “¡Diles que no me maten!”
  3. –, Pedro Páramo
  4. –, Cartas a Clara (selección)

Nota: Por supuesto, las lecturas que realizaremos en el curso vienen incluidas y se las compartiré mediante una carpeta de drive.

 

Temario

Semana 1

En la primera semana no tendremos videollamada. En su lugar recibirás vía correo electrónico un kit de videos introductorios:

  • Video 1: ¿Quiúbole con la literatura mexicana en tiempos de Juan Rulfo?
  • Video 2: El método creativo de Juan Rulfo
  • Video 3: Conceptos básicos de narratología

Semana 2

Bienvenida y platicación sobre “El desafío de la creación” (Sesión vía zoom)

Semana 3

Análisis colectivo de “¡Diles que no me maten!” (Sesión vía zoom)

Semana 4

Desmenuzando obras: ¿Cómo está construido Pedro Páramo? (Sesión vía zoom)

Semana 5

Cartas a Clara: las vacas sagradas también son personas (Sesión vía zoom)

 

Nota: las sesiones serán grabadas por si se llega a dar el caso de que no puedas estar en alguna, así podrás verla después.

 

Sobre la tallerista

¡Hola! Mi nombre es Abigaíl Cortés. Nací entre los límites de Tláhuac e Iztapalapa en 1993. Soy Cuidadora de la Casa de Escorpio en Pensar lo doméstico; soy escritora, tallerista, lectora, editora y creadora de contenido en el canal de Youtube Cianómetro donde hablo sobre literatura, procesos creativos y tristezas de la vida escritural.

En 2016 trabajé en un proyecto llamado Procesos de la construcción del yo en la escritura autobiográfica en México Este fue un periodo muy importante en mi carrera porque aprendí muchísimo sobre la historia de la literatura en México, sobre la estructura de la autobiografía, y, sobre todo, fue el lugar donde comencé a cuestionarme sobre los fundamentos de la crítica literaria.

En este proyecto me encontré por primera vez con el epistolario de Juan Rulfo y gracias a ello escribí una tesis llamada: “El trabajo creativo y la consolidación autoral de Juan Rulfo a partir de Cartas a Clara”. Te cuento esto porque todos estos años de trabajo han influido en la creación de Rulforever. Un curso-taller donde seremos lectoras y escritoras sin temor a los comentarios impopulares alrededor de la obra de Juan Rulfo.

Si tienes alguna duda, pregunta, comentario sobre el curso, si quieres mandarme un saludo cordial o lo que surja, puedes contactarme en Twitter, en mi cuenta de Instagram o al correo lectorasnofans@gmail.com

Lavando los trastes

Ceci Arrieta

Lavando los trastes…

Trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón…

Trastes sucios; sucios por las actividades del día, un desayuno, un tentempié, quizás un bocado a hurtadillas, una comida en familia, un platillo en solitario. Trastes por denominación cultural, ¿de qué otra forma se les puede llamar? Trastes sucios: tuvieron los alimentos y ya no, la suciedad hasta podría parecer un recuerdo de lo que fue.

Agua, la purificadora, la que les permite renacer para poder sostener otra vez alimento. Una sensación de fluidez. 

Jabón, el que permite que la grasa resbale y hace que la piel se reseque; jabón, el que hace que huelan a limón, como si el olor a comida no hubiera sido agradable. Jabón acompañado de un estropajo: el que se queda con los restos, el que no tiene opción.

Trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón; trastes sucios, agua y jabón… un ciclo sin fin, una actividad cotidiana y el mejor momento para pensar, para idear una historia, para saber cómo acabar ese ensayo, para imaginar. Ciclo de una actividad que no requiere gran pensamiento para que la imaginación vuele, que el cuerpo tenga una frontera, pero la mente, ninguna.

Lavando los trastes… Lavando los trastes surgen las mejores historias.

 

 

Pero cocinar,… por favor, no me pidas que cocine. Yo lavo los trastes cuando acabes.


 

LA AUTORA

Captura de Pantalla 2021-09-14 a la(s) 12.27.43Ceci Arrieta. Es una estudiante de letras inglesas mexicana a la cual le gusta ensimismarse en sus pensamientos. Lee porque es una forma de compañía y comunidad. Y, por último, le encanta pasar tiempo con su familia y amigos, su hogar.

Sobre mis ganas de cocinar

Michelle Pérez-Lobo

A diario me pregunto si mis ganas de cocinar son de verdad mías. Si disfruto buscar recetas en internet, lavar la verdura, picarla, hervir agua, sazonar un plato, sacar una sartén sólo para tostar semillas y luego sumarla a la torre de trastes. A veces no sé si mi deseo de estar en la cocina proviene de una inquietud auténtica por ejercer mi creatividad o si se trata más bien del rol de género que fui educada para representar y que yo ingenuamente interpreto como propio.

Con la pandemia por COVID-19, al estar encerrada conviviendo tan de cerca con mis rutinas y mi cuerpo, el espacio de mi hogar ha fungido como espejo magnificador. Esta relación cada vez más íntima conmigo misma me ha hecho cuestionar los rasgos que me conforman, todo esto que creo que soy, y aquello que, según yo, disfruto hacer. Podría escribir un párrafo sobre cada uno de los aspectos que le atribuyo a mi personalidad pero que de pronto no sé si genuinamente me pertenecen: mi obsesión por la limpieza, la costumbre de ir lavando a la vez que cocino, de ayudar a recoger cuando soy invitada en una casa; mi forma de priorizar el cuidado a otros seres, humanos y no humanos; mi inseguridad con la hiperhidrosis que padezco desde niña y la lucha constante por no cuestionar mi autoestima ante el estándar estético del momento; la costumbre de rasurarme las axilas y las piernas; lo mucho que me gusta pintarme los ojos con delineador de colores, y un agotador etcétera. Observar mi reflejo así, agrandado, desnudo, ha sido muy desgastante, porque me he dado cuenta de que mucho de lo que he sentido mío en realidad me es ajeno.

Pero también desde y por el encierro he podido establecer un diálogo (virtual) más estrecho con mi familia y con muchas mujeres, descubrir varias lecturas feministas y otros medios de deconstrucción. Gracias a ellas he caído en cuenta de que todo lo que me oprime y me da inseguridad, eso que me hace cuestionar lo que soy, corporal y mentalmente, proviene de afuera, de una sociedad patriarcal que nos lastima a todas de múltiples formas cada día, y que nos impone sus expectativas y normas arbitrarias que, curiosamente, siempre atentan contra aquello que ya somos.

(A propósito de lastimar: durante la pandemia, la violencia en contra de las mujeres mexicanas ha aumentado de forma considerable: las cifras de las llamadas de auxilio relacionadas con violencia doméstica, la apertura de investigaciones penales por violencia familiar y los asesinatos de mujeres desde que empezó el encierro presentaron un aumento preocupante. Recomiendo, como análisis introductorio a este tema, el informe “Las dos pandemias. Violencia contra las mujeres en México en el contexto de COVID-19”, en https://equis.org.mx/…/08/informe-dospandemiasmexico.pdf.)

Desde mi casa, en este espacio redescubierto, concibo la lucha feminista como una labor íntima, familiar, corporal, cotidiana. Su impacto depende en gran medida de qué tanto nos abrimos a tener conversaciones que incomoden, a nosotras mismas y a los demás; de alzar la voz y desarticular los estereotipos que coartan nuestra libertan y nos simplifican. Creo que esta lucha va de la mano de la disposición que tengamos a modificar nuestras relaciones, a formar comunidades de apoyo y comunicación abierta con todas las personas, de todas las edades. Necesitamos hablar, enunciar quiénes somos, (re)apropiarnos de lo que nos constituye y desechar las imposiciones que nos han sido heredadas a través de roles arcaicos e hirientes. Espejearnos en nuestras amigas, acompañarnos en nuestra desnudez.  

Es así, pues, que hoy vengo a declarar que a mí, Michelle, me encanta cocinar; que amo cuidar a las personas y a los animales, y que mi existencia es más llevadera en un hogar limpio.

8 de marzo de 2021

Gracias a la plataforma Pensar lo doméstico por ser el detonador para decir todo esto. Gracias, Adriana Ventura y Viera Khovliáguina, por leer estas palabras y hacerme sentir acompañada durante el proceso de su escritura. Gracias, Ana Karen Sahagún, por el hermoso video “PASTEL”, una metáfora visual que me ayudó a articular muchas cosas justo en el momento en que lo necesitaba (disponible en MEOW Magazine: https://meowmag.mx/pastel-una-metafora-donde-la-mujer-se-define-a-si-misma-8m/).

Michelle Pérez-Lobo (Ciudad de México, 1990) estudió literatura y una maestría en lexicografía. Publicó la plaquette Lo que perdimos y otros poemas (Aquelarre Editoras) en 2018, y ese mismo año montó su exposición gráfica un texto es un lienzo es un texto en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Escribe poesía y hace otros experimentos y juegos con la palabra poética; publica sus hallazgos en diversas revistas impresas y digitales. Obtuvo una beca del FONCA en 2019-2020 en poesía. Lo realmente importante es que vive con una perra, dos gatas, un gato y una tortuga, y que ama la cocina vegana.

La casa

Alejandra Esparza

Todo comenzó el día en que me fui de la casa, hace unos once o doce años, aproximadamente. Al menos eso creo yo.

Antes de mi partida creía que la casa funcionaba a la perfección; era como si las habitantes y el inmueble fuéramos una sola unidad. La casa se alimentaba de nosotras y nosotras de ella. Formábamos parte de un mecanismo complejo, cual engranes de un reloj, y mi mamá era la relojera que se encargaba de aceitar y apretar las piezas.

Las áreas comunes de la casa eran hermosas; los colores de las paredes parecía que cobraban vida cuando entraban en contacto con la luz natural. Al ingresar éramos recibidas por un leve aroma, mezcla entre Fabuloso y tierra mojada de las macetas en el jardín.

La casa, como muchas casas, tenía habitaciones; siete en total, una para cada residente, incluidas mi mamá y papá. A diferencia de lo que normalmente sucede, en esa casa el espacio público se extendía desde la calle y cruzaba la puerta del recibidor, invadía la sala, el comedor, el patio, el jardín, la cocina. Lo privado iniciaba en el umbral de las habitaciones, en su interior. Allí las reglas eran impuestas por la dueña del espacio, de manera que ingresar a alguno de los cuartos era adentrarse en un territorio ajeno, pero a la vez familiar; los secretos de cada una permanecían en las paredes y los cajones, algunos a la vista de las visitas, pretendiendo ser invisibles sin lograrlo; aspiraciones y miedos también se alojaban allí.

Cada cuarto guardaba el corazón de su habitante, y yo supongo que ese era el combustible de la casa; esos pocos metros cuadrados donde una podía SER, nos alimentaban para sostener el resto de los espacios públicos, dentro y fuera de la casa. Los corazones de quienes habitábamos el inmueble crecían a la par, latían incluso al mismo ritmo; pero unos años antes de partir, el mío cambió su cadencia.
Comenzó a ensancharse y de repente no cabía más en la habitación que lo albergaba; las paredes lo lastimaban, el simple latir era una agonía. Me preocupé, creí que algo estaba mal conmigo, de modo que le pedí a mi corazón que redujera el ritmo, quizá así volvería al tamaño de los otros corazones que residían en la casa. Funcionó, poco a poco mi corazón fue disminuyendo su volumen, pero también perdía vitalidad. Casi muero.

Pedí ayuda a las otras habitantes, propuse remodelar mi cuarto, quizá tirar una pared para que mi pobre miocardio pudiera funcionar sin llevarme la vida en el intento. Sin embargo, debido a que cada una formábamos parte de un todo, el espacio que debíamos ocupar estaba previamente determinado, por eso la respuesta fue negativa.

Entonces decidí partir para buscar otra casa, un espacio más amplio o, al menos, con paredes flexibles para que mi corazón y el resto de mis órganos pudieran desarrollarse y crecer, y yo pudiera vivir y habitar.

Probé de todo: lugares amplísimos que mi cuerpo no lograba llenar, espacios sin ventanas, donde me sentí sofocada, lugares oscuros, donde mi corazón olvidó que me pertenecía. Pero luego, conocí a personas que me recomendaron construir mi propia casa con materiales cómodos, resistentes y frescos, capaces de amoldarse de acuerdo con mis circunstancias.

Tomé el consejo y lo puse en práctica.


A la par de mi travesía ocurrió lo que temía, debido a la falta de una de sus habitantes, la otra casa comenzó a enfermar. El sol comenzó a comer la pintura de las paredes, la limpieza de todos los días era insuficiente para evitar los nubarrones de polvo en el patio, poco a poco las plantas perdieron su aroma, y una especie de niebla espesa se instaló en el comedor. Mi mamá era la más preocupada por encontrar remedio; al principio creyó que yo era la culpable al haber desmembrado el sistema perfecto de la casa, pero la partida de otras residentes, incluido papá, la hizo entender que la solución iba mucho más allá que responsabilizar a las piezas del reloj.

Resultó que las habitaciones también eran insuficientes para las otras residentes; al guardar tantos secretos, tantos miedos y tantas aspiraciones, sus corazones aumentaron de tamaño; las paredes ásperas y rígidas les produjeron heridas, al punto de que comenzaron a desangrarse.

Luego, al morir papá todos los recuerdos y experiencias que albergaban su corazón fueron heredados al corazón de mi mamá y, como consecuencia, también incrementó su tamaño. No hubo una sola habitación en la casa que pudiera contener a ese gigantesco órgano vital.

Las habitantes decidieron seguir mis consejos; mamá propuso derribar la casa y construirla con materiales flexibles y confortables; las residentes que quisieron continuar habitando ese espacio acudieron con personas expertas para que les ayudaran a diseñar los planos y les recomendaran los mejores materiales de construcción especiales para casas que albergan corazones.

Mi casa sigue en construcción, es una casa mutante, cambia de forma y se amolda según mi cuerpo, según el ritmo de mi corazón; hay paredes que aún son rígidas y lastiman, pero no es nada que una remodelación no pueda solucionarlo.

La otra casa, la de mi mamá y mis hermanas también está en construcción, por ahora el terreno es un espacio abierto, pero lleno de flores sembradas por ellas; en algunas esquinas aún se observan escombros de lo que fue la anterior casa, pero los pájaros comenzaron a hacer nidos sobre ellos. Lo importante es que las paredes no lastiman como lo hacían antes.

Ambas siguen en construcción, y me pregunto ¿verdaderamente, las casas alguna vez llegarán a estar terminadas por completo?

Alejandra Esparza. León, Guanajuato, 1991.
Abogada feminista que intenta luchar contra la desigualdad de género y la escritura “abogadil”. Amante del café y los cuentos. Lee más de lo que escribe. Últimamente se interesa en temas relacionados con la importancia del trabajo doméstico y de cuidados.

Reseña punk: El pasante de moda

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Abigaíl Cortés

No hay nada más triste que un lunes que no es feriado. Inicia la semana y, de nuevo, nos vemos atadas a la rutina: cae el peso de la escuela, les hijes, las tareas, la comida, la limpieza y la labores de oficina.

En estos tiempos de incertidumbre, los rituales son ese pequeño momento que nos da estructura. El ritual de mi casa es ver El pasante de moda cada lunes.

Esta película dirigida por Nancy Meyers cuenta la historia de Ben Whittaker (Robert De Niro), un adulto mayor jubilado que aparentemente ya no tiene nada qué hacer. Entonces, para ocuparse, Ben se postula para ser pasante en una pequeña empresa que vende ropa en línea. El primer diálogo de Ben es el siguiente:

«Freud dijo: ‘amor y trabajo, trabajo y amor, eso es todo’. Yo estoy jubilado y mi esposa está muerta, como imaginarán eso me ha dado mucho tiempo libre. Mi esposa falleció hace tres años y medio, pienso en ella todos los días y ¿la jubilación? Ese es un incesante y eterno esfuerzo de creatividad.»

En El pasante de moda, Meyers hace que dos generaciones convivan en un ambiente laboral. Asimismo, la historia se desarrolla en un contexto ideal. Es decir, Ben es un hombre pensionado y quiere trabajar por gusto y no por necesitad, el dinero no es un problema para él. Gracias a ello se convierte en pasante en un espacio laboral con gente joven y de esa convivencia intergeneracional surge un intercambio de saberes y Ben vuelva a sentirse otra vez como una persona activa.

Por otra parte, mi generación es la generación que no alcanzó terrenos baratos. La jubilación no parece un destino y mi esfuerzo de creatividad es ver cómo llegaré a fin de mes. Sin embargo, me transmite una pequeña tranquilidad saber que en algunos relatos la jubilación es existe y que es posible envejecer con dignidad ¿no es bonito ver que el dinero no es un problema aunque sea sólo en la ficción?

Sentidos comentarios finales, quisquillosos y amargados

Más que un comentario tengo una pregunta venenosa: ¿Qué pasaría si los académicos se volvieran pasantes? es decir, ¿Qué pasaría si dejaran de aferrarse y cedieran espacios sin nepotismo alguno?


3Abigaíl Cortés
Nació entre los límites de Tláhuac e Iztapalapa en 1993. Es cuidadora, tallerista, lectora, escritora, editora y Pensadora de la Casa de Escorpio en Pensar lo doméstico. Cursó una licenciatura en Letras Hispánicas y sólo aprendió a deprimirse. Puedes seguirla en Instagram dando clic aquí o en Twitter dando clic acá.

Reseña Punk
Desde la Casa de Escorpio para el mundo, Reseña punk es una publicación periódica que llega el día que menos te lo esperas. La primera temporada de este ciclo de reseñas tratará sobre películas cuyos protagonistas son personas en o cerca de la tercera edad.

Antes de dormirme

Pia Vinageras

Antes de dormirme me tiro en la cama, boca arriba, como me enseñaron en la escuela. Relajo la cabeza, permito que mis manos se acomoden a los costados de mi cuerpo y abro mis pies en un compás que coincide con la distancia entre mis hombros.

Cierro los ojos, pero me es imposible relajarme.

De pronto todo el silencio del mundo aparece y despiertan mis ruidos. Dentro de mi cuerpo siento una orquesta, que es más bien una colonia, que es más bien un barrio, que es más bien una vecindad. 

Tengo una casa en mi cabeza, bueno, es más bien un castillo con un millón novecientas-siete mil noventa y cinco puertas. Al abrir una puerta, otra aparece, y si abres esa, se abre otra, y luego otra, y otra, y otra… En mis andares de entradas y salidas me pierdo en el sueño de encontrar una puerta que me lleve al mar.

 En la parte superior de mi cuerpo, justo al centro, tengo una casa. La puerta se encuentra entre mis dos pechos. Aún no encuentro la puerta, sospecho que tendré que tumbar un muro para poder abrirla. Las ventanas se encuentran en mis hombros. Abren y cierran con dificultad, por eso no me puedo enderezar, no tan fácilmente. He aprendido que cuando hago ejercicio las bisagras se aceitan, mi pecho se abre y en ocasiones me pongo a llorar, me brotan carcajadas inmensas y en otras pocas se me olvida cómo hablar.

Tengo una casa, cocina, garage, bodega, balcón, patio, riachuelo, tengo una casa destino partida en dos manos y diez dedos. Aquí todo pierde su nombre porque no hay puertas, ni ventanas, en estas casas las cosas se encuentran, se arman, se mueven. Mi casa de alegrías está adornada con líneas que cambian según los secretos del mundo.

Tengo una casa en el estómago, de raíces viejas y enmarañadas. Sospecho que todo comenzó el día en que me tragué la semilla de una sandía. Mi mamá me dijo ten cuidado con lo que comes, me quitó el cuernito de chocolate que estaba disfrutando mucho y me dio una sonrisa muy roja con semillas negras, estás comiendo mucho pan, no quiero que subas de peso. Ese día sentí algo chistoso en mi panza, un retortijón. A partir de esa mañana no había más dulces o cuernitos en la casa; había verduras y de repente había frutas. No había galletas a todas horas, había horarios. No más helado después de la escuela. De un día a otro las cosas que me gustaban ya no eran buenas. Mi mamá me llevó a clases de natación, pero el traje de baño me quedaba chiquito y me sentía muy rara. Los años pasaron, encontraba la manera de escabullirme para comer un pan, dos panes, tres panes o más.  Luego sentía un retortijón en la panza, muy parecido a la culpa y al remordimiento. La semilla de sandía que me comí ese día brotó hasta convertirse en una casa donde viven bichitos y bacterias y culpas y miedos y ganas de pan.

Tengo una casa cerca de una selva. Una casa rebelde y florida. Me gusta este patio porque aquí todo es fértil, es aquí donde nace mi placer de estar viva, de amarlo todo como lo amo, y de encontrarme con la posible manija que me lleve a las olas. Tengo muchas casas. Soy una colonia, que es más bien un barrio, que es más bien una vecindad… Soy puertas y ventanas y cocina y patio grande con flores. Soy torres altas, y escaleras enredadas. Soy de madera, de ladrillo, y de concreto. Soy de cimientos profundos. Ninguno de estos terrenos se puede vender o comprar. A veces mis casas tienen fugas, averías, se ensucian muy rápido, o les falta mantenimiento. A veces coinciden y en todas hay sopa calientita y agua de jamaica, y un café listo para cuando termine todo y quiera cerrar mis ojos. Así que antes de dormirme, me tiro en la cama boca arriba como me enseñaron en la escuela. Y una vez que concilio mis casas, concilio el sueño.

Pía escribe, le gusta el teatro y estudió letras inglesas un ratito. Cambia sus muebles de lugar una vez al mes, le gusta tener fruta en la cocina y desayunar rico. Por ahora estudia cine y espera terminar un guión para poder filmarlo pronto.

Parábola de las casas

Indra Cano

Por supuesto que Virginia Woolf no podía brindarnos todas las respuestas. Ella nos dijo: necesitamos una habitación propia; sí, ¿pero qué significaba eso?, ¿a qué se refería con exactitud?, ¿a un espacio físico, a uno mental?, ¿ambos?; peor aún, no dejó instructivo para conseguir una. 

En el resquicio de la duda podemos afirmar que una habitación pertenece a un sistema más grande, una casa, eso es obvio, arquitectura básica. Aunque lo anterior no traza ningún camino con certezas, conceptos, o pasos a seguir; quizás el punto de partida es preguntarnos ¿qué es una casa?

Desde la erudición diría: mi casa es el lenguaje. Son los libros que eventualmente leo, los garabatos e ideas inconclusas del cuaderno de notas, las palabras que guardo, las que recolecto de las personas que charlan en el autobús o por la calle, uno que otro chisme que conservo, los mensajes que guardo como destacados en Whatsapp, las listas del súper… Y aún así volveríamos a la incógnita, ¿qué es lo que hace que una casa sea una casa? 

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Sinceramente no me gustaba, de hecho, me avergonzaba. No existía otra cosa en el mundo que detestara tanto como escuchar a la gente llamándola “vecindad”. Lo negaba a como diera lugar e intentaba hacerle ver a esa gente que no lo era, porque en la misma empedrada en la que yo vivía había visto una verdadera vecindad y la nuestra no era así. En realidad, recordaba el día que, de camino a la escuela, había visto de reojo a un niño usar una bacinica en pleno patio, mientras que unas señoras tendían la ropa a medio pasillo; nosotros no hacíamos eso. Además, es imposible no mencionar La vecindad del Chavo, vecindad por antonomasia, donde todos hablaban y sabían de la vida de todos, en mi caso, ni sabía a ciencia cierta quiénes eran mis vecinos. ¿Que había muchos cuartos? Sí. ¿Que mi mamá tendía la ropa en un patio común? Es cierto. Pero nunca usé bacinica, y nunca intercambié palabra con alguien más. Estaban mal. Yo no podía vivir en una vecindad. 

Todo el tiempo fingía vivir en otras casas. Me adueñaba mentalmente de los espacios que visitaba, que veía en revistas, libros, películas, reality shows como Extreme makeover en donde, con magia de televisión, tu casa sufría una metamorfosis que la convertía en una de revista, gracias a un equipo de diseñadores y constructores que trabajaban durante una semana o, simplemente, aquellas casas que veía en la calle; quería vivir en cualquier casa menos en la mía. 

Desde los siete años comencé a caminar sola de la casa a la primaria y de la primaria a la casa; mis andadas consistían en criticar fachadas y elegir la más bonita para vivir allí. Cuando me apetecía vivir en un departamento, imaginaba cómo se distribuían las habitaciones en aquel edificio gris de cinco pisos con protecciones y rejas azuladas que se encontraba a unas cuantas casas de la mía. En otras, cuando lo que buscaba era tener un jardín bonito, escogía una casa de fachada lila con grandes balcones que estaba casi al final de la empedrada. 

Miro y conservo casas bellas o interesantes:

La de la avenida 20 de noviembre.

La que está en la avenida Ávila Camacho.

La que está frente a la carpa de antojitos que se pone los sábados en la colonia.

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Después de un par de mudanzas, creo que la casa actual es la mejor, pero he llegado al punto de volverla impersonal. La última mudanza nos traumó, teníamos tantas cosas sin saber de su existencia que terminamos regalando y donando media casa a los pepenadores de la colonia. 

Quizás por eso mi mamá halló una nueva obsesión en los contenedores de plástico que venden en Walmart. Contamos, entre risas y asombro, quince en total. No hay habitación de la casa que no tenga. Son muy prácticos, tienen tapa para que no entre el polvo, argumenta. Pienso que es un mecanismo para no aferrarse a la casa, porque sabemos que, si la renta sube nos iremos. El único afecto que le tenemos se debe a la cochera, porque permite que el aparato de ejercicios —la bicicleta escaladora— se quede allí y no ande estorbando adentro; igual el piso, la losa es lo único a lo que nos aferramos.

Quién sabe cuándo ocurra, mientras tanto pienso que no tengo una casa donde anclarme. En el futuro, ¿tendré ese momento de “volver a la casa materna” cuando ya no viva aquí?, ¿cuál será la casa de mi madre?, ¿seguirá rentando de por vida?, ¿yo tendré una casa?

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En algún momento de mi vida virtual se atravesó un artículo del portal de la BBC que daba cuenta de las fotos aéreas de casas de interés social, Paraísos siniestros, de Jorge Taboada. Noté que se compartía entre varios de mis contactos de Facebook acompañado de los acostumbrados comentarios que sostienen un tono crítico y justiciero. 

Lo que me generó conflicto —risa, he de admitir— era el hecho de saber que, la mayoría de esos contactos vivían en las casas del centro histórico de la ciudad, aquellas que, para habitarlas se necesita de un buen ingreso, porque poseen rentas altas al habitar una zona de demanda y flujo, o figurar dentro de la herencia de familias adineradas porque en realidad son casonas-reliquia. Esta idea rebotó durante mucho tiempo en mi cabeza hasta que descubrí que muy en el fondo me obligaba a pensar en mis casas.

Primero, no entiendo, no soy capaz de adentrarme en el esquema emocional o propaganda que las películas gringas se han encargado de diluir en nuestro imaginario colectivo donde familias se maravillan por objetos de valor que creían perdidos, pero que en realidad llevaban una década arrumbados debajo de la escalera o en lo alto de un gran librero, o hasta el fondo de un armario. 

A mí, en cambio, me gusta creer que mis Polly Pocket, la colección de DVD de las películas de Barbie y las temporadas de Hannah Montana se hallan en un cajón de mi habitación; confío en que están escondidos en un mueble del patio, o en alguno de los contenedores, aunque sé, internamente, que si bien les fue terminaron en algún bazar o como monedas con las que alguien comió. Aunque existen indicios de que se perdieron durante una de las mudanzas. Muchos de mis objetos de la primera casa me persiguen, tengo con ellos una relación fantasmal. 

Segundo, ¿yo tendré una casa?, ¿voy a rentarla o a construirla? Un terreno me parece mucha responsabilidad. A veces, pienso que mi salario apenas y podrá pagar una renta,  ¿y el mantenimiento a la casa? Ahora entiendo por qué, desde que llegó el internet a mi vida, disfruté tanto decorar casas en juegosdechicas.com: un click y se expandía un catálogo de sillones, juegos de recámaras, alfombras, cojines, plantas, hasta perillas, otro click —impulsado por el buen gusto que se tiene a los diez años— y la habitación virtual lucía de revista. Gracias a ello, en algún momento quise ser diseñadora de interiores, pero eso cambió en cuanto supe que primero debía estudiar arquitectura, es decir, matemáticas, es decir, física, es decir, dibujo técnico; en resumen, exactitud y cálculos. Desde ese momento, lo más cerca que he estado de la arquitectura es haciendo un tablero en Pinterest de la casa de mis sueños. Presumo, igual que mi abuela, el comedor, las sillas, los tocadores, las puertas, hasta los marcos hechos de roble, del bueno, del de antes; tal comedor es testigo de los chismes que salen de mis amigas en cada visita. Mi casa tiene gatos y una bugambilia que se desborda en la entrada; tiene plantas que se adaptan a la gente anti-plantas, o chafa para las plantas. Tiene un jardín que se mantiene bajo los consejos de cuidado de mi abuela y de mi madre. Tiene libros y un escritorio con lámpara que ayuda a que las letras lleguen hasta mi vista. Tiene una esquina volátil del desorden que, sin importar cuál sea su lugar del ahora, siempre llama de inmediato la atención de mi madre cada vez que visita la casa. Mi casa la amueblé con todo y la silla-cerro de ropa sin guardar en mi habitación. En el fregadero se ven las tazas de café de la mañana, y de la tarde, y de la noche. En la cocina se guarda lo suficiente para hacer los tres guisos que me salen bien. En las paredes de la sala están las fotos que imprimí y enmarqué para aquella exposición que me rechazaron; las fotos que les robo a cada miembro de mi familia y las que venían en libros de viejo que compré para la universidad, reposan sobre la mesa de centro. Y por qué no, es una casa en la que el gas, el jabón, el papel de baño, el café, la pasta de dientes, la leche y el aceite son inagotables.

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¿Qué es lo que hace que una casa sea una casa? Aún no lo sé. No he aprendido a estar en ellas. Siempre he querido huir de todas. Pero de momento, no he encontrado más casa o habitación propia que mi memoria.

Indra Cano

(Xalapa, 2001). Estudiante de Lengua y Literatura Hispánicas en la Universidad Veracruzana. Habla y escribe hasta por los codos. Piensa mucho sobre los conflictos ético-estéticos en la literatura, y en los pelos de sus gatos.

Baile de cocina

Paola Barragán Vargas

Un, dos, tres y vuelta,

      un, dos, tres y me agacho,

                   un, dos, tres con permiso.

Puerta, cebolla, cuchillo.

¿Me pasas el cortador?

Mientras puedes ir lavando 

lo que se está cocinando. 

1 metro de pasillo,

60 centímetros de barra,

no se cuanto de largo.

Pero sí sé

que son necesarios 

dos cuerpos

bien sincronizados 

para la danza 

que estamos creando.

Un, dos, tres ya me pisaste.

        Un, dos, tres, quiero abrir la gaveta.

Ya tengo hambre.

Cambiemos el ritmo por favor.

                 Cuatro, cinco, seis,

                     saco los platos. 

Un dos tres cuatro, pon las servilletas,

                           y un dos tres cuatro.

Vamos a comer.

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No, lo que no me gusta 

es pensar en el baile de limpiar.

Paola Barragán Vargas

Treintona amante de las siestas y últimamente llora en casi cada película que ve.

Arquitecta interesada en (re)pensar sobre los espacios domésticos.

Su pasatiempo favorito es hacer listas de cosas, aunque no sepa para qué.