Cuidar es un verbo de compleja conjugación

Norma Vázquez García

Veamos:

Yo cuido. Mmhhh, pues a veces, no siempre, cuando toca. Yo sí he sido cuidada y supongo que volveré a serlo. A lo largo de los años mi relación con el cuidado va cambiando, a veces pago por un poco de cuidado para mí, y otras para que cuiden a quien yo no puedo cuidar.

Tú cuidas. ¿Tú cuidas? Es tan fácil ver el resultado del cuidado y tan difícil ponerse de acuerdo en definirlo. Cuando tú haces la comida para todas, ¿nos estás cuidando? Yo digo que sí, pero tú a veces subestimas tu esfuerzo y dices “no es nada” frente a una mesa repleta de manjares. Sospecho que es una paradoja porque si no insistimos, te enfadas. Quieres que no se note el esfuerzo, tu esfuerzo. Que lo mucho parezca nada.

Ella cuida. Seguro que sí. He conocido a muchas ellas que cuidaban. Lilian entró en mi vida cuando tenía 15 años, ella, porque yo ya tenía unos cuantos bastantes más. Era “la muchacha”, según la amiga con la que llegué a vivir a El Salvador de la posguerra. Era “la empleada”, según la definición de su esposo. Lilian, con sus 15 años sonrientes, cuidaba. La cuidaba a ella con una disposición absoluta, siempre atenta a quitarle ritmo a la escoba o a dejar de lampacear, como allá se dice, para preguntarle si quería un vaso de agua, un café, alguito. A él le cuidaba con más reparo, con distancia. A la recién llegada que le preguntó por su vida, o sea yo, le contó su triste historia de hija mayor de una madre eternamente deprimida por el abandono del padre que solo existió cuando fue a hacerlos, los hijos. Lilian, la única mujer de la prole, apenas lo recordaba, pero pensaba que ese sería también su destino: el de mujer abandonada.

Lilian quiso venir a cuidarme cuando abandoné mi calidad de huésped y tuve mi propia casa. Yo lo consulté con mi amiga en su calidad de patrona y ella no vio problema en que fuera dos tardes, después de dejar hecha la comida. Su intención de mandarla a la escuela se iba postergando mes tras mes. Ay, pero a él no le pareció buena idea, y tras mucho estire y afloje concedió una tarde y la mañana del sábado.

Lilian me cuidaba y se cuidaba en esos ratos, aunque no lo sabía entonces. Pensé que trabajaba. Pero la amistad no resistió compartir empleada doméstica: que si yo le pagaba más, que si yo no le exigía, que si se estaba haciendo vaga. Lilian me pidió pasar a trabajar a mi casa de tiempo completo. Yo no necesito tanto, Lilian, le dije, ni siquiera tengo habitación puesta para que te quedes. Decidió irse, volver al pueblo de donde volvió unos meses después con una panza de embarazo adolescente en un país donde el embarazo adolescente es la norma. Quería trabajar conmigo mientas nacía el cipotío. Se quedó para cuidar, para ser cuidada. Cuando llegó la hora del parto, fue la madre quien la sustituyó en algunos cuidados, pero su depresión era tan contagiosa y húmeda que se pegaba como el calor de su tierra, aunque tú quisieras ponerte fresca.

Lilian no volvió para cuidar y ser cuidada. Afortunadamente para ella, se abrieron las maquilas y se ocuparon a chicas a partir de los 16 años. Cómo de pesado viviría el cuidado aumentado ahora con un hijo, que Lilian consideró que la maquila era un descanso Diez horas de pie, pero por lo menos no estaba sola y, como me enteré después, no estaba a merced del amigo aquel que la llamaba “empleada”. Fue casualidad enterarse, pero insistencia saber.

Le pedí que fuera a dejar algo a esa casa de mi acogida inicial y que ahora era parte de mi vecindad. Ella alegó razones confusas, dijo que había pasado y no estaban, se puso rara. ¿Qué te hacía él?, afirmé más que preguntar. Fue él, dije, y con la mirada en su vientre le estaba preguntando si era el responsable de su embarazo. Ella lloró, suplicó que no dijera nada, que no lo enfrentara, por favor, por favor… nadie me va a creer, decía. Y tenía razón. Se fue, desapareció a pesar de mi búsqueda; él ocupa ahora un cargo mediano, pero que sin duda será alto algún día, en una entidad de cooperación que busca erradicar los embarazos adolescentes. Querría que fuera paradoja, pero es realidad.

ÉL cuida. ¿Él cuida? ¡¡Él cuida!! Seguro que no. O quién sabe, a lo mejor es uno de los pocos que lo hace y lo cuenta, lo loa, lo informa, lo publica… porque no puede cuidar sin más, tiene que hacerlo público porque el silencio doméstico no es para él.

Nosotras cuidamos. Sí. Todas, en menor o mayor medida. Con diferencias según la edad, la clase, el color. En algún momento de nuestras vidas todas hemos cuidado o todas vamos a cuidar.

Arantza se cruzó en mi vida por unas horas y junto a otras muchas y algunos muchos. El escenario era el Bilbao de mis primeros años. Un curso sobre conciliación de la vida familiar y laboral era el pretexto. Todas y todos eran empleados de uno de los prestigiosos centros de servicios que transformarían la vieja y sucia urbe industrial en un moderno escaparate y bonita ciudad.

Arantza cuenta que cuando convocaron las plazas para trabajar en ese centro, todas, TODAS, sí, insistió: TOOOODAAAAAS las ganadoras de los primeros lugares de las oposiciones eran mujeres. ¿Cómo? ¿Un nuevo escenario llamado a cambiar la ciudad sin presencia masculina? NO PUEDE SER, decidieron algunos, no da buena imagen esa discriminación, nos hace más modernos aplicar la acción positiva para ellos.

Y así quedó. Todas sabían la historia, ellos también, pero defendían la diversidad de sexos. ¿¿¡¡A estar presentes cuando no lo habían ganado le llamaban diversidad!!?? ¡Habráse visto! Pero lo que Arantza contaba con menos asombro de lo debido era cómo la mayoría de las mujeres que debían haber ocupado los puestos ganados los defendían, a ellos, los cuidaban, no fuera a ser que se derrumbara su masculinidad herida. Por cierto, una de las primeras demandas de ellos fueron políticas de conciliación de la vida familiar y laboral.

Ellos cuidan. No. En conjunto no. Ellos trabajan. Y si trabajan no cuidan porque cuidar no es trabajo.

Iñaki apareció en mi consulta cuando yo ya estaba instalada en el Bilbao cada vez más moderno y nice. Su hija mayor sufría una grave anorexia, su mujer estaba sumida en una depresión clínica. La menor soportaba el chaparrón con sus enormes ojos asustados y huía de casa cada vez que podía. No puedo lidiar con esto, me decía Iñaki angustiado (y yo olía su angustia), nunca me enseñaron, no tengo palabras (y yo veía su mudez). Se iba al bar, asustado, dolido, indignado porque se le desmoronaba la familia que lo tenía que cuidar. Desmoronarse no, le dije para empezar, se te está muriendo, así que tú decides si quieres enterrarlas una a una o todas juntas o dejas el bar y empiezas a cuidarlas. Terapia de choque, que se dice. Pasaron cuatro años, pero pude darles el alta. No es imposible. Ellos pueden aprender a cuidar, aunque parece que tiene que ser un caso de vida o muerte para que dejen el lamento y se remanguen la camisa. Nunca mejor dicho.

Ellas cuidan. Sí, cuidan a donde sea que se les necesite. Mi Bilbao de residencia se modernizó demasiado. Las mujeres, sabiendo que pueden sacar las mejores plazas laborales, no quieren cuidar, no quieren parir, no quieren emparejarse. Revuelven la ciudad con sus protestas y sus transgresiones. Yo también he dejado que se me note en el azul del pelo un poco de esa rebeldía. Pero y ahora, ¿quién cuida? Entonces, llegaron ellas. La ciudad se llenó de acentos melódicos entremezclados con el castellano recio de las vascas y vascos, con el euskera ininteligible de sus calles y, sobre todo, eventos culturales.

Ellas fueron llegando sin parar, en silencio primero, haciéndose notar después. De repente ya no solo hubo Nekanes, Nagores, Amaias, Estibalis, Maiders, Alatz, Olatz y demás. En la calle se les veía pasear a las Jessicas, Lucianas, Lupitas, Yamilets, Osmaras, Nancys.

Y ellas llegaron a cuidar, a llenar el vacío del cuidado que aquellas otras no estaban dispuestas a regalar. Ellas, dejando a sus niñas y niños al cuidado de la madre, de la hermana, de la tía, de la suegra, de la cuñada, de la vecina y una que otra vez del padre, eso sí, esperando que de inmediato llegara la remesa prometida, cruzaron el océano, o el mar, o las montañas, se murieron de frío o no tanto, aprendieron a combinar la yuca con los calamares, llenaron de calor, de color y de risas las calles tan austeras de natural.

Ellas cuidan ahora, ellas seguirán cuidando porque a las otras ellas, y sobre todo a ellos, y sobre todo a ÉL señor Estado de bienestar de capa caída, les conviene que ellas lleguen. Que lleguen con mentiras y sin papeles, con frío y con historias duras a cuestas. Mientras lleguen así, se podrán seguir conformando con salarios de miseria, convertirán la ciudad cada vez más moderna y más nice en un paraíso para la esclavitud doméstica, eso sí, ignorándola o negándola.

Nancy es la última de las muchas cuidadoras que ha aparecido en mi vida. Tiene 20 años, salió de su Honduras dejando a su bebé de diez meses con la madre, la de ella, pero que será también la de su bebé desde los diez meses. Trabaja una hora por la mañana y otra por la tarde. Cuida a una niña a quien tiene que ir a despertar, arreglar, darle el desayuno y llevarla al autobús. Luego se va a “hacer sus cosas”, o sea, busca más trabajos precarios. Y vuelve para recoger a la niña del autobús, cambiarla, darle de comer y esperar a que llegue su ama o su amama, que ya les llama así porque no les gusta que les llame madre y abuela. A veces llegan a la hora, a veces no. Pero Nancy solo cobra dos horas. Sin cobrar el pasaje ni la disponibilidad.

Nancy no se indigna cuando la interrogo sobre sus reclamos. Sonríe y me mira como si a pesar de la diferencia de edad, ella fuera la sabia. Y lo es. En Honduras ni eso puedo encontrar, me dice zanjando el tema. Ya vendrán tiempos mejores, me sigue diciendo mientras se enfunda la chamarra que le acabo de regalar para que cubra su minifalda del frío. Es lo bueno de tener 20 años y un cuerpecito que entra rápido en calor. Es que como dije que venía de vacaciones y era verano, solo shortcitos traje, me cuenta, y se va riendo por las calles de esa Bilbao ingrata que engulle su Honduras rota.

Sí, ellas cuidan. Y a ellas, ¿quién las cuida?

 


 

LA AUTORA

Norma

Norma Vázquez García. Psicóloga feminista radicada en Bilbao desde 1998. Nacida en México, ha militado en el feminismo desde hace 40 años en distintos grupos como CIDHAL (primer centro feminista en América Latina), Mujeres en Acción Sindical y la Coordinadora Feminista del D.F. Vivió en El Salvador de 1992 a 1998 trabajando con Las Dignas. En Bilbao creó Sortzen Consultoría. Su tema de interés fundamental ha sido la violencia contra las mujeres en torno a la cual ha investigado, formado y asesorado a distintas entidades.

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