Gatete

Abigaíl Cortés

 

Para Alejandra Eme Vázquez

I

Inesperadamente y con paso firme cual desgracia, llegó una tarde a mi patio para resguardarse de la lluvia. Por compasión, le permití quedarse ―error―, cuando olió mi pusilanimidad supo que había encontrado un lugar para vivir, para invadir, para reinar. De visitante a habitante, todas las mañanas, tardes y noches se posaba tranquilamente sobre mi patio. Al inicio quise ignorar que estaba ahí pero se aseguró de que su presencia fuera más notoria ―más aplastante―, cuando comencé a encontrar el suelo meado, cagado y con pelos blancos por todas partes. Eso fue apenas un pequeño síntoma que anunciaba una especie de enfermedad que se engendraba inadvertida.

Yo quise correrlo. ¡ssssssssssssshgato!, gritaba cada que llegaba, pero él nunca se cansaba de volver, sigiloso y constante como un viejo rencor.

II

Nunca he tenido posturas, si me preguntan izquierda o derecha digo no sé. Si me preguntan helado o pastel, digo como quieras. Si me proponen salir o quedarme en casa, contesto me da igual. Siempre me ha dado temor decidir. No obstante, la primera vez que sorprendí a esta bestia hurgando entre mi basura, comiendo y lamiendo cada bolsa con desesperación, en seguida e instintivamente decidí que no lo quería cerca.

¡ssssssssssssshgato!, grité otra vez.

El maldito, con expresión asustadiza, salió corriendo al instante y me dejó sola con mi coraje, con mis maldiciones e insultos, con mi asco de meter las manos entre cascaras, restos de carne y líquido viscoso maloliente, con el enojo de no poder castigar, con la frustración de estar siempre sola, metiendo las manos en la suciedad para limpiar y gritándole a un montón de bolsas rotas desparramadas.

Hasta ese momento, negaba que mi problema fuera tan grave, pero el cinismo del monstruo no tenía fin. Una noche, al llegar a casa, encontré huellas de comida por todas partes. Como un reflejo natural de quien predice las desgracias, corrí a la cocina y ahí estaba, de pie sobre mi mesa, metiendo su horrible hocico en el guisado que había preparado. De inmediato corrí a gritarle que se fuera—otra vez— pero él apenas me miró, tomó un trozo grande de carne y se fue. Me sentí invisible, más invisible de lo que había sido antes, me ignoraban mis conocidos, mis padres, mis novios y ahora hasta esa bestia que inminentemente se estaba apoderando de mi casa.

Así, una vez más tuve que dejar a un lado el cansancio de una jornada de trabajo larga para limpiar un reguero que no era mío pero que estaba en mi hogar. Me quedé sin cenar. Volví a gritar, a frustrarme en soledad. Siempre en soledad.

Tiré los restos de comida llenos saliva, se los pude regalar, ya le pertenecían, pero no quería premiar el hurto, así como una madre que castiga a su hijo rebelde. Horas después me di cuenta de lo estúpida que fui, a la mañana siguiente salí a mi patio y el maldito ya había sacado los restos de comida de la basura. Desde luego, una vez más tuve que limpiar.

Esta pelea de caricatura se dio otras mil veces. Yo le odiaba pero nunca quise recurrir a los golpes, me conformaba con corretearle por toda la casa hasta que se fuera o aventándole agua procurando no causar daños graves. Al igual que la tristeza, se iba por días, pero siempre volvía.

Hubo una época en la que escuchaba sus maullidos de bebé mimado, comencé a dejar que se saliera con la suya, escuchaba cómo tiraba los botes y abría las bolsas. Ya limpiaré después, pensaba. Prefería que hurgara en la basura a que se colara en mi cocina. De todos modos, estaba resignada a limpiar, he limpiado toda mi vida. Era un bicho que, al igual que la soledad, nunca supe cómo hacía para entrar a destruirlo todo.

III

Cuando le conté a mi madre mi desgracia, ella me dio la solución rápidamente: “ay, mija, ponle veneno para ratas en la comida o vas y lo pierdes. Sí, mira, lo metes en una bolsa de plástico, la amarras bien amarradita y lo vas a aventar a un basurero lejos para que se saque ese pinche animal y no pueda regresar”. ¿De dónde sacarán tanta maldad las mamás?, me expliqué toda mi infancia. Las mamás no tienen tiempo de cuidar animalejos porque tienen muchas personas que cuidar. Yo, por supuesto, soy cobarde y cuando intenté matarlo, ni siquiera pude terminar de idear un plan sin sentirme horrorizada. No quería hacerle daño.

Luego les conté a mis amigas, a ellas les causaba tanta diversión mi historia que se carcajeaban sin notar mi desesperación y mi cansancio, creyeron que mi  asco por el animal era broma. No lo era. Me cansé de oír entre coros un “¡ay, adóptalo! ¿te imaginas? ¡solterona y con gatos! ¡estás viviendo el sueño!“.

De dónde mierda me saqué a estas pinches amigas, pensé. Ellas no dejaban pasar mis tropiezos, la falta de cuidado en mi apariencia y mi soledad para reafirmar su perfección. Desde ese día dejé de frecuentarlas, me hundí más en mi soledad pero eso era mejor a estar rodeada de comentarios que me hacían dibujar una sonrisa forzada agachando la mirada como una idiota.

IV

Hablaba y nadie me escuchaba. No podía hacer que se fuera de mi casa y a nadie le interesaba ayudarme. En mi soledad, me di cuenta de que mi única compañía era un ser que me desesperaba hasta las lágrimas. Todo esto era como estar casada. Lo recuerdo bien, no hay peor cosa que compartir techo con una cosa que te da asco pero de la que no te puedes deshacer. El animal me recordaba al que fue mi marido, que también meaba el patio, dejaba manchas de comida en todos lados y que me daba asco. Me lo recordaba, me recordaba lo cansada que estaba de cuidar algo que no tenía por qué cuidar. Porque limpiar mierda es cuidar pero nunca habrá anuncios en los diarios que digan: “Ejemplar mujer limpia la mierda de un monstruo todos los días sin quejarse”. Odiaba tanto a ese animal porque estaba cansada de servir.

V

Sin embargo, ese gatete era la única compañía que yo tenía. Cuando este pensamiento llegó a mí, supe que yo no sabía nada de gatos pero también ¿por qué vivir juntos si yo no le quiero? Además tendría que darle baños ¿los gatos se bañan? ¿no se supone que odian el agua y se bañan con su saliva? Y junto a estas preguntas vino la más importante ¿por qué siento tanto odio, es que me ha hecho algo imperdonable? ¿O sólo me ponía incómoda y triste la idea de que la única cosa que no me dejara sola nunca fuera un animalejo? Sólo un animalejo quería estar conmigo.

VI

Cierta noche, el gatete tuvo una riña. Escuché los horribles maullidos que más tarde se detuvieron. Luego, desapareció un mes y yo volví a mi rutina habitual ahora ya sabiendo que la maldición regresaría en algún momento.

Cuando volvió tenía una herida que iba de la parte interior de su pierna hasta casi llegar al vientre. Yo sentía que le salían las tripas cada que lo veía cojeando. Lloré de la nada. ¿Pero qué te han hecho,  Gatete?, le dije.

Traté de revisarlo pero creía que le quería corretear como siempre, así que sólo pude ver de lejos una cortada en su pata. Sentí pena, le di leche y algo de comida. Me negué a que lo revisara un médico, a este lo tenía en mi casa porque no me quedaba de otra. No iba yo a cuidarle.

VII

Se fue algunas semanas y volvió diferente. Supe que algo había cambiado. No me importó averiguar. Las peleas siguieron, aunque cedí un poco. En ese tiempo me di cuenta de algo que parece evidente: sólo había que alimentarlo para que dejara de robarme la comida. Ese día le invité a pasar para compartir soledades y heridas. Por ejemplo, le guardaba las sobras después de comer y se las colocaba en un plato en el patio con un poco de agua, me ronroneaba, casi le quería. Comenzábamos a llevarnos mejor, pero una mañana, me dirigía a lavar ropa y encontré algo que no me esperaba. El animal estaba rodeado de gatitos recién nacidos. Gatete era  gata, ni qué decir, ni qué hacer. No se me había ocurrido siquiera que había hembras. Así de poco me había interesado saber algo de mi única compañía.

VIII

Cinco gatos pequeños: dos blancos, otro blanco con manchas negras, otro negro totalmente y el último negro con las patitas blancas. ¡Eran tan bonitos! La madre comenzó a amamantarlos y algo dentro de mí se quebró. Qué horrible es tener un cuerpo que siempre está obligado a dar a los demás. Un don o una carga, ¿qué será más? Se me constriñeron las entrañas. Me quedé ahí parada, sin moverme, recordando la sensación de tener el pecho lleno, duro, reventando inútilmente. Una blusa mojada tras otra, el sostén duro y maloliente ductos tapados, infecciones por tanta leche seca. Un despropósito total. Lo que una más quiere olvidar es lo que una más recuerda. Mucha leche para un bebé que nació muerto. Dejé de mirarme como una mujer que nunca ha sido madre porque sí lo fui. Lo dejé crecer, lo hice nacer y lo perdí queriéndolo. No dije su nombre para que nadie lo evocara pero sólo yo sé que sí tenía uno que elegí porque sentía que significaba ‘mucho amor’. Quería que mi maternidad se muriera con mi bebé pero no, viven en la ausencia. Y el hombre que me hizo perderlo no ha dejado de patear. De repente, un bebé trepando mi pierna me sacó del trance. Lo dejé junto a los otros y me encerré en mi habitación con todas mis soledades, y mis monstruos.

IX

Han pasado un par de semanas, los pequeños han crecido y se salen de la caja para comenzar a explorar. Ahora hay suciedad de seis habitantes y la comida, al igual que mi paciencia, cada vez alcanza menos. A estos bebés no los quiero, no quiero cuidar más, ni querer, ni dar, ni ser. Me tiro en la cama y hago como que no estoy llorando. Gatete ha llegado y me mira en silencio. Ya no siento que se burle de mí, parece que hasta me entiende y se compadece de mí porque se siente igual que yo. Olió en mí que no quiero nada y parece que ella tampoco. Viene y va, deja a sus niños sin comida esperando que yo me encargue pero ahora yo también los he dejado afuera. Me niego a sentir que son asunto mío.

X

Gatete me clava sus ojos inmóviles, creo que divina mis pensamientos y espero que en cualquier momento me hable y me diga “nunca más”, pero no. Sólo quiere que me haga cargo. Lo haré. Después de tanta indecisión, por fin camino hacia los bebés, los meto en una caja, subo a la habitación más alta de la casa, los aviento por la ventana que da a la calle y me voy a dormir. No quiero ver si han sobrevivido al golpe.

 


 

LA AUTORA

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Abigaíl Cortés (Ciudad de México, 1993). Es cuidadora y lectora asidua de la literatura mexicana, cree en el poder de la ficción para narrar la realidad, hace música para deshacer los bloqueos creativos, le gustan las flores, las cumbias, las tortugas, los perritos y la teoría literaria.

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