8M2020

Adriana Ventura

Me gusta pensar que el día se conoce así, una secuencia de números con una letra incrustada. Ocho de marzo de dos mil veinte. Me despierto. No tenemos gas. Bañarme con agua fría es la segunda cosa que más detesto, la primera es lavar trastes. El padre de mis hijos calienta un balde con el poco gas que aparentemente hay. Me alcanza para una cubeta verde. El verde ya asomándose a mi día. Pasé la noche bordando mi pañuelo: “la maternidad será deseada o no será.” Cambiamos a los niños, preparo la mochila. Salimos. Vemos a mi hermano para desayunar juntos. Decidimos ir a ese sitio en donde te atienden rápido, pero dan vasos desechables. Ya qué. Comemos de prisa, se nos hizo tarde. Nos despedimos de mi hermano. Tengo que unirme al contingente de maternidades con mis amigas, quienes no tiene hijes, pero me ayudarán con los míos. Con Azul mantenemos contacto a través de audios que no se entendía bien. Ale saldrá tarde del trabajo. Bere ya estaba en camino. El papá de mis hijos me ayudará hasta encontrarlas en el punto de encuentro. Le pedí que no marchara, no es su protesta, pero que me ayudara hasta reunirme con ellas. Días antes, un amigo me preguntó por qué llevar a mis hijos varones a la marcha, si estoy a favor del separatismo. Porque se conmemora el día de la mujer trabajadora y quiero visibilizar mis labores de crianza, por eso los llevo. Me dijo que era su papá el que más se dedicaba a cuidarlos. Pasar tiempo con ellos, no es cuidado. Soy yo la que está pendiente de que haya comida, ropa limpia, que se les vacune. Ya no me respondió. 

Vamos en auto por Tlalpan. Es tarde. Decidimos estacionarnos y entrar al metro. Los trenes llenos de mujeres, con sombreros, pañuelos verdes y blusas moradas. No me siento tan cómoda. A veces creo que ser madre me resta puntos como feminista, soy madre de dos varones, además. Aunque siempre piense que mi misión es hacer que estos chicos se cuestionen los privilegios que el patriarcado les concede desde que nacieron. Ante algunas, mi postura no es completa. Cómo puedes estar a favor del aborto, si tienes hijos, me han preguntado. Por eso, porque una transformación tan brutal como la maternidad solo debería suceder cuando se desea, así de simple. 

El metro va lento, va lleno. Llegamos a Bellas Artes, nos salimos, me equivoco, me percato a tiempo y volvemos a entrar. Un señor me dice que pase a mi niño a un huequito, para que no lo aplasten, dice que no todos son malos. Le hago una mueca y le digo gracias.

Bajamos en Hidalgo, esperamos. Bere me llama y me dice que están en el Caballito, vamos hacia allá. Llegamos, alguien nos dice que escriba los nombres de mis hijos en sus brazos, también mi número de teléfono. Lo hago, ato al mayor al cinturón de seguridad y se lo doy a Bere. Me amarro al pequeño con el rebozo verde que llevo. Ya no alcanzamos el contingente de maternidades. Nos unimos al que sea. Es uno de diseñadoras. Están diseñando un mundo sin violencia. Me siento extraña y no me uno a sus consignas. 

Hay un hombre a la altura del metro Juárez, tiene lentes de sol, una camisa roja desfajada, pantalón que no recuerdo. Me percato de que existe porque unas chicas le aplauden, leo que tiene entre las dos manos una pancarta que dice “Un día sin ellas, no es un día”, no comprendo los aplausos, tiene facha de Don Juan, vino a eso, a que le aplaudieran. Me siento incómoda.

Avanzamos y otro contingente, más furibundo nos sigue atrás. “Saquen sus rosarios, de nuestros ovarios”, con esa consigna sí me identifico. Las replico. A la derecha, se escuchan golpes. Son chicas con el rostro cubierto, golpean con un martillo una lámina. Se escucha “No violencia, no violencia” mezclado con “Fuimos todas” “Son paredes, no mujeres.” Me sumo a las segundas. Ni lo reflexioné, fue por instinto. Estoy con ellas. Se ven tan fuertes. Con esas botas geniales, con la rabia de quienes no nos atrevemos a romper los yugos. De quienes apenas si decidimos caminar para sumarnos a la protesta. 

He asistido a marchas desde hace mucho. Lo recordé anoche, mientras preparaba una manta para llevar el nombre de Luci conmigo. Luci ha permanecido presa injustamente durante cinco años. Teníamos que imprimir una lona, el colectivo Liquidámbar lo sugirió, lo habrían hecho ellas, pero el tiempo, la salud, la vida se les complicó. Anduve por todo el barrio buscando imprenta. Ninguna trabajaba tan rápido. Dije es tan fácil comprar una manta y rayarla con pintura acrílica. Como en las marchas del 2 de octubre, como en las marchas del 132. Eran marchas mixtas, por su puesto. Nos mezclábamos con hombres y siempre cabía la posibilidad de que anduvieran porros, o grupos que crearían disturbios para deslegitimar la protesta.

He marchado con mi padre desde que tengo memoria, por una u otra injusticia. Esta vez, siento que llevo en el cuerpo una rabia que no se aplaca. Siento que las chicas que destruyen lo hacen con toda la fuerza que yo no tengo, siento que el llanto se me agolpa en los ojos. Entonces, mi hijo avisa que quiere ir al baño y salimos del contingente hacia el Barrio Chino. 

Encontramos un estacionamiento que nos deja pasar a un baño tan sucio que casi vomito. Entro con los dos, pues el pequeño no suele quedarse con otras personas que no seamos su padre y yo. Salimos a salvo. La gente corre en la calle. Decidimos seguir y si notamos tensión salirnos.

Volvemos al contingente y distingo el cabello verde de Azul, la llamo, nos abrazamos. Toma al bebé en los hombros y seguimos juntas. Azul tiene fuerza, es dinámica entre los pasos de las mujeres. La veo feliz y libre, protestando. No tiene miedo. Me da seguridad. Me encuentro sola entre Azul y mi bebé que avanza a toda prisa y Bere sujetando a mi niño detrás de mí. Bere me respalda siempre. Soy afortunada. Confío en ellas. Pasamos la antimonumenta. La calle 5 de mayo nos recibe con el eco de las mujeres que cantan, que van alegres y furiosas. Avanzamos y hay disturbios, son las chicas derribándolo todo. Rompiendo cristales. Hay humo, es como gas pimienta que sale de los edificios. Cubrimos a los niños y avanzamos rápido. Seguimos caminando. Me gusta ver a estas chicas, me gusta su furia. Estoy con ellas. Y no tengo miedo, ni por mis hijos. Sé que estamos entre mujeres. Con ellas no hay peligros.

Finalmente llegamos a la plancha. Nos sentamos un rato. Los niños pintan el piso. Pensamos que sería bueno ir a comer algo. Vamos hacia la calle Regina. Parece que la marcha sigue hacia este lado. Comentan que hay represión en Bellas Artes. No tenemos suficiente señal para confirmar. Nosotras seguimos el plan. Sobre Regina hay muchos grupos de mujeres. Si el mundo fuera nuestro, sería como hoy, a esta hora, en esta calle: festivo, alegre, amable. El lugar que elegimos está repleto de grupos de amigas, como nuestra mesa. Platicamos del paro de mañana. Brindamos. Hay alegría. La noche deja caer su velo.

#Vivasenelparo

No tenía planes. No estaba segura de hacer paro. No me había gustado la idea, la cuestioné. Reflexioné mucho y al final, decidí unirme. Desperté y no cociné, no me cambié la pijama. Desayuné lo que mi marido preparó y me dirigí a mi espacio en la casa, una mesa y una silla en la esquina de la sala. No iba a leer, no iba a escribir, no iba a ordenar o limpiar mi espacio. No tenía que trabajar, porque sí, además de dar clases de literatura, también trabajo leyendo y escribiendo. No miré el celular, ni chequé correos o redes. 

Desempolvé mi máquina de coser, revolví unas telas que tenía desde hace tiempo para armar unas cortinas. Decidí coser la de mi recámara, también para la sala que es mi estudio que también es rincón de juegos de mis hijos. El tiempo me sobró. Cosí cojines y un estuche para mi hermano. Reparé unos vestidos que tenía en la fila de prendas para restaurar. Se hizo tarde, me bañé. Estaba agotada del paro así que propuse salir a caminar para recorrer una zona del Hipódromo Condesa, pues debía preparar un Paseo literario que daré pronto. Era trabajo, pero no totalmente. Además, en solidaridad por las mujeres que ni se enteraron del 9M, pensé que era justo salir. La zona de la Condesa estaba desierta, el metro también. Mi barrio no. Había mujeres en las calles, iban a la tienda, a la tortillería, tomaron taxis. La chica del pan que vende en la esquina se puso con su canasta tanto en la mañana como en la tarde, lo constaté desde mi ventana.

No puedo desprenderme del trabajo, no ir a la escuela estuvo bien. Me gusta dar clases, pero desplazarme de casa a la escuela, aunque sea un trayecto tan breve me abruma, cuando llega la hora de alistar mi bolsa, ver si estoy limpia, presentable; me roba tiempo, siento que interrumpo algo cada que voy a la escuela. 

El lunes 9M2020 me fui de largo en la línea del hilo y la aguja. Qué placer me da ver mis cortinas ahora. Usar el vestido que reparé el día que desaparecí. Creo que mi renuencia a desaparecer, y a callar, me empujó a lo contrario. El día que debía desaparecer, me hice aún más presente. Dejé algo que puede verse, tocarse y constatar que existo a través de lo que mi cuerpo y mi creatividad puede dar al mundo. Sí existo. Estoy aquí

 

 


 

LA AUTORA

ADYSOMBRILLA

Adriana Ventura. Nació en Cruz Grande, Guerrero, el 29 de agosto de 1985. Ha realizado estudios de licenciatura en la UAG, de especialidad en la UAM-Azcapotzalco y de maestría en la UNAM. Escribe cada vez que puede y da clases de Literatura. Hija de enfermera y sociólogo. Es madre de dos y hermana de tres. Escribió el libro Boceto de una vida sin casa (Praxis, 2018). Integrante de la Colectiva Pensar lo Doméstico.

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