La mujer que no temió a la olla exprés

Tituba Asowasi

Pertenezco a la tercera generación de una línea genealógica femenina urbana. Mi abuela Marina fue sin duda una mujer influenciada por el boom de los electrodomésticos y las promesas de todos aquellos productos le facilitaban el trabajo de limpieza. ¡Vaya anhelo y tarea titánica! Qué duro es ser pobre y desear que todo en casa brille y huela bien.

Marina nació en 1940. Creció, trabajó, festejó sus XV años en grande, se enamoró. Trabajó, se casó, fumaba, trabajó, parió cuatro veces, trabajó, bailó danzón, leía revistas. Trabajó, migró de colonia, envejeció, enviudó y olvidó, olvidó, olvidó casi todo. Aun así, con su mente confusa nos decía que deseaba tener fuerza para poder trabajar, allá en el lugar testigo de su transitar en la vida: el barrio de Tepito.

Desde muy joven mi abuela comenzó a pulir oro en las joyerías del zócalo de la ciudad. Contaba, con gran orgullo, que ella fue la primera en poder comprar un televisor y en mandar hacer un baño interno en su cuarto de vecindad ubicado en la calle de Peñón. Desde ese entonces nunca, pero nunca, dejó de trabajar, con el objetivo siempre de tener un poco más de lo necesario y lograr que sus hijas e hijos pudieran salir de aquel barrio con sus calles atravesadas de contradicciones.

En aquellas décadas de los 60, 70, 80, y 90, ningún producto de “novedad” existía en la ciudad si no se vendía en Tepito, el barrio de la fayuca. Lavadoras, tocadiscos, tostadores, juegos de vajillas, flores de plástico, extractores, licuadoras, batidoras, refrigeradores, radios, televisores y, ¡claro!, ollas exprés.

Desde que tengo memoria conozco ese silbido, ese sonido matutino en casa de la abuelita Marina:

ssss ssss ssss

…silbido de  tranquilidad, arrullo, calidez, silbido de matriarcado:

¡ssss! ¡ssss! ¡ssss!

Al poco tiempo de iniciada la danza de la válvula, el aroma de aquello que se cocinaba perfumaba todo el apartamento, dando permiso a que mi nariz presagiara qué había en su interior: frijoles, lentejas, verduras, pollo, res.

Para mí, cada olla exprés desprende un olor distinto. Por más que intente ser un artilugio de rapidez y homogeneidad, estoy segura que no puede evadir el factor humano. Una olla de esas es capaz de atrapar la esencia mágica de quien la cierra. Algunos le llaman sazón.

Todo el conocimiento que poseo sobre las ollas exprés lo debo a que mi abuela lo enseñó a mi madre, mi madre me lo enseñó a mí y yo sé lo compartiré a mi hijo, o a quien se deje. Sé que la válvula y el tubo de escape no deben acumular cochambre para que no se atrofie su baile, eso sería una catástrofe. ¡Y sí!, podría provocarse una explosión cuya menor consecuencia sería ocupar el resto de día limpiando paredes y techo de la cocina, hasta romper ventas, azulejos y cabezas. Hay que limpiar la válvula de seguridad, incluso con un alfiler, de vez en vez; también hay que poner mucha atención en el empaque, que debe encontrase en buenas condiciones de sellado y en caso contrario, ir a comprar un repuesto a la calle de artículo 123, en la colonia centro. ¡Y claro!, al llenar la olla hay que ponerle agua por debajo de la mitad. Una vez que comienza a sonar, es importante conectar la sensibilidad con el tiempo. Si se está en compañía y se siente que ya es la hora, gritar con decisión:

¡Apaga la olla!

Cada olla exprés, después de usarse comenzará a tener marcas, esas manchas que ni lavando con lija saldrán. Son como sus huellas del trabajo, que darán constancia del avance en el arte culinario de quien la usa. Es verdad, todas las exprés deben tratarse con mucho cuidado y atención, como cualquier ente que contenga la capacidad de estallar.

Imagino que si hoy pudiera preguntar a mi abuela Marina:

– Oye, Má, ¿no te da miedo la olla exprés?

Después de un chasquido, me contestaría:

– ¡Qué chingados voy a tenerle miedo a la olla! ¡Tas pendeja, mija! ¡Miedo a no tener que comer! ¡Miedo a la pobreza!

¿Cuánto tiempo y gas pudo ahorrar mi abuela cocinando todo en la olla exprés, para dejar guisos deliciosos todos los días a más de cinco personas antes de las nueve de la mañana? Tiempo de vida para salir a trabajar con resistencia, dignidad y creatividad las duras calles llenas de lonas, rejas, diablos de carga, gritos de esperanza del comercio ambulante.

Ahora entiendo y me respondo: ¿Qué miedo le puedes tener una pinche olla exprés, si naciste, viviste y trabajaste en el barrio bravo de Tepito?

 


 

LA AUTORA

ashanti

Tituba Asowasi. Nació el 30 de enero de 1986 como Ashanti Daadiath Ríos Gomez. De familia tepiteña y norteña de la Ciudad de Mexico. Actualmente ejerce como mamá de un bebé llamado Amílcar de 12 meses, a quien intenta educar bajo las consignas de la crianza feminista, apoyada en el poder coercitivo de las chichis. Estudió Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Lee, baila, costura, cocina, canta, usa copa menstrual y escribe para no perder la cordura. Vindica la cotidianidad como el elemento sustancial de lo maravilloso e increíble de la vida.

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