El cuidado en tiempos de pandemia. Relato a tres voces

Perla Myrell Méndez Soto

 

Este texto se escribió como parte de la exploración del fragmento como un género literario, a la luz de “Laboratorio de Escrituras” (taller en línea) de Alejandra Eme Vázquez. El fragmento como episodio escrito, como constancia de que algo aconteció y fue capturado, semejante a un recorte de periódico, o una fotografía.

En este texto se busca explorar las dimensiones múltiples del cuidado, desde la mirada de quien es cuidada, en un contexto específico: el de la pandemia mundial por COVID-19.

Primera Voz. El presente.

la crisis económica, el sistema de salud, la ausencia de prestaciones laborales, el personal de limpieza, el personal médico, muchos de estos temas inscritos en el ámbito visible, de lo público, de la noticia. A la par, mujeres escritoras organizaron encuentros virtuales, cursos, talleres, tertulias a distancia, para escribir sobre la otra cara de la pandemia, la de lo doméstico, la de los arreglos en las casas para sortear todos los desafíos de la cuaren…

IV

Pasa que me da culpa que me cuiden.

No sé ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí.

Recibo el cuidado como favor,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurto en silencio.

Pasa que cuando tengo el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té

o en la tranquilidad de ser cubierta del frío,

abro los ojos un poco más y miro hacia arriba como pidiendo disculpas.

Me miro dependiente y me dan ganas de llorar,

entonces me da más culpa,

la culpa por necesitar que me acerquen un vaso con agua,

por requerir que me provean alimento…

La vergüenza por mostrar la desnudez por estar enferma,

y no por placer o por lo lúdico.

Me ofende mi necesidad del otr

Segunda Voz. El futuro cercano.

ejar los espacios y las escrituras. Pasar a otro sitio donde todas las ideas tendrían que abrazarse en la memoria

 

IV

Pasa que siempre me dio culpa que me cuidaran.

Nunca supe ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí, porque cuidar era algo que las mujeres regalábamos, no algo que nos dieran.

Recibí los cuidados como favor, aun cuando el cuerpo los requería,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurtaba en silencio. Tomaba un poco de vida de los otros para seguir viviendo yo. En el periodo que precisé de cuidados me los tuvieron que brindar dos hombres (mi pareja y mi hermano). Era la villana recostada en su cama que sometía a modo de venganza a dos hombres sanos, fuertes, productivos.

Cuando tuve el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té,

o en la tranquilidad de que me cubrieran del frío,

yo abría los ojos un poco más como pidiendo disculpas, con cara de aflicción.

Las mujeres en ese entonces éramos casi por decreto de gobierno las cuidadoras de los otros. Sí, principalmente de LOS OTROS (así, en masculino).

Me miré y me viví dependiente, llorona, chantajista…

entonces me daba más culpa.

La culpa porque necesitaba que me acercaran un vaso con agua,

porque requería que me proveyeran alimentos, tan escasos en ese entonces. Había que hacer filas largas para hacer las compras con lo que quedaba del último pago de los sueldos para empleadas y empleados de gobierno, antes de que las instituciones del Estado se declaran en quiebra.

No había casa que no fuera hospital. No había espacio que no precisara de los cuidados.

Entre tanto caos, todavía resuena en mi cabeza la vergüenza por haberme mostrado desnuda sin que en la otra mirada hubiera deseo.

Me ofendía mi necesidad del otr

Tercera voz. El futuro futuro

relatos fragmentados en torno a los cuidados, oscilantes, vagabund

IV

Pasa que me da culpa que me cuiden.

No sé ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí.

Recibo el cuidado como favor,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurto en silencio.

Sucede que cuando tengo el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té

o en la tranquilidad de ser cubierta del frío,

abro los ojos un poco más y miro con una sonrisa en el rostro, mientras finjo una dolencia más. “La enferma” era mi etiqueta, el yugo de los otros con quienes me forzó la pandemia a compartir. Yo reía sigilosamente entre las dolencias porque era la revancha por la historia de cuidados que las mujeres de mi familia habían tenido que brindar “por amor”.

Le miraba dependiente y me daban ganas de llorar,

yo sólo quería correr, pero tenía demasiado comprometido el cuerpo…

Me impuse una voluntad prefabricada.

Ante un escenario así, ¿cómo puede vencer el cansancio?

Acercaba a Ser el vaso con agua dejando asomar el desgane, el hartazgo,

porque Ser requería que yo le proveyera alimento, con sonrisa, con fanfarria.

No quería la desnudez de Ser así, tan frágil, tan cotidiana, como recordatorio de la pandemia que sacudía al mundo.

Llegué a impacientarme porque el contagio no me alcanzaba para dejarnos a Ser y a mí en la plena y oscura soledad, moribundos, sin bañarnos. Pero no ocurría, ni a las 6:00 am, ni a las 2:50 pm… Ni siquiera en la madrugada que dormía con la ventana abierta. No llegó nunca, por eso hoy tengo tiempo de deshebrar la pantanosa rutina de esos días.

Renuncié a dormir. Abnegada. Cuidar me alimentaba, me aliste como voluntaria para el cuidado de viejitas y viejitos, esto cuando la pandemia ya me había dejado sin mis dos personas importantes en el mund

 


LA AUTORA

 

myrell

 

 

Perla Myrell Méndez Soto. Defensora de los derechos de las mujeres, feminista y aprendiz de escrituras. Nació en la Ciudad de México, y es coleccionista de dudas a falta de certezas desde 1985. 

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