Patiecitos de ciudad

Andrea Ortiz Morales

 

Para la Magüe y para quien un día fue mi cómplice

Para empezar su cuento El patio cuadrado, Amparo Dávila escribió: “Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado”. La única diferencia entre esta imagen completa del patio cuadrado y el de mi abuela es muy seguramente la cantidad de plantas y flores que tiene el de ella: es uno de esos patios de provincia, cuadrados, con un montón de plantas perfectamente acomodadas, con corredores y habitaciones a cada lado.

Yo creo que hay aficiones que se heredan sin querer. Cuando menos me di cuenta, en el primer departamento donde viví ya había comenzado a meter muchas plantas con el consentimiento y complicidad de mi compañera de entonces; estoy casi segura de que fue ella quien terminó por persuadirme al arte del cuidado de las plantas. Todo lo demás fue innato: levantarme tarde (nunca he podido hacerlo temprano), poner la cafetera, ver a la planta, bañarme, tocar otra planta, cambiarme, ver una planta, tomar el café mientras veo la siguiente planta y le platico que ya se me fue la hora y tengo que correr, volver al departamento, ver plantas, leer, tocar plantas, regarlas cuando les toca, acosarlas con la promesa de tierra y unas macetas nuevas (pero de plástico, porque no puedo cargar de cerámica), limpiarles la tierra de las hojas y percatarme del hormigueo de mis piernas por estar en cuclillas sin moverme, sacudirme y despedirme. Hasta mañana, plantas.

El segundo departamento tuvo la complicidad de un acompañante intermitente que, en su obsesión por la esteticidad de los espacios, del contraste de los tonos verdosos, amarillos y azules con la blancura de las paredes, terminó por instruirme en la disciplinada limpieza y organización del cuidado rutinario de las plantas (y de mí misma). Para este momento había tenido tres maestrxs a quienes, a lo largo del tiempo y de la convivencia con ellxs, observaba en silencio y con profundo respeto. Sobre todo, a mi abuela y al cómplice; me detenía más que nada en el movimiento dancístico de sus manos alargadas, fuertes e impecables que se toman el tiempo necesario para perfeccionar cada detalle: una hoja seca, un animalito metiche, acumulación de polvo indeseado.

Me gradué a marchas forzadas de sus enseñanzas. De ella porque hace años no vivimos en la misma ciudad, pero cuando vuelvo, no me pierdo sus inevitables clases silenciosas. De él, porque las complicidades acaban y fue al término de ésta que dejé ir un croto, una planta de jitomate, un arbolito que adoptamos juntos y las ganas innatas por cuidar plantas. El tercer departamento de las que quedaron (de interior) y yo se volvió un hogar al que ellas tardaron en acostumbrarse. Tal vez por eso de que las plantas resienten las emociones. Cuando me di cuenta, ya tenían pocas hojas y estaban decaídas, pero nada se alteraba en mí. Tan inmiscuida como estaba en la rutina del trabajo y producción de conocimiento para lo que se supone será mi vida profesional, ignoré por completo lo que sucedía a mi alrededor y en mí misma. Las plantas y yo estábamos heridas.

Aunque había decidido inconscientemente abandonarlas, en mis momentos de lucidez readopté otro croto, planté una nueva planta y, con el inicio del encierro, una de mis nuevas compañeras me dejó a cargo sus suculentas. A éstas las saqué al patiecito de servicio donde llega un poco más el sol: es uno de esos patios de ciudad, cerrados, rectangulares, con lavadero, enseres de limpieza y la entrada a la cocina de un lado. Todas las mañanas, entre el tránsito de mi habitación a la cocina, debía soportar las miradas suplicantes de mis plantas de interior y después, al poner la cafetera, de las que aguantaban afuera también clamando mi atención; me fui haciendo consciente de ello y me dolió saber que nos tenía dejadas a nuestra suerte. Las heridas estaban ahí, decidí ignorarlas.

Entonces llegó la catarsis y nos reconciliamos. El teléfono que tiene cinco años conmigo, la hojas de sandía y la hojas de lápiz se estaban muriendo. Las saqué al patio, las regué todos los días, les cambié la tierra y en el punto máximo de mi ensimismamiento, en el claustro imaginario donde sólo cabíamos ellas y yo, que supuso una cura efectiva para el corazón roto, les salieron hojas nuevas. Reverdecieron. Volvimos a crear una rutina juntas donde ya no fue necesario clamar mi atención, exhortarme al cariño. Yo creo que ahora les alivia mi ausencia, sobre todo a los nuevos brotes. Planté unas semillas de albahaca y una dalia hace unas semanas, las estuve regañando porque no germinaban.

Esta nueva rutina: levantarme (tarde), ver la planta, poner el café, ver otra planta…, me ha dejado claro que nos necesitábamos para sanar juntas, que las catarsis y las curaciones de esa catarsis no tienen que hacerse a solas. Viéndola desde afuera, mi abuela nunca ha abandonado a sus plantas, aun cuando su edad supone menos momentos de atención; y, no sé, tal vez hace un tiempo se dio cuenta de esto que apenas aprendí: la curación casi mágica de tenerlas y apapacharlas, que, ahora sé, es más que una afición. Es una suerte de terapia.

Si soy consciente de que mis plantas están conmigo, ni yo estaré contra mí.

 


LA AUTORA

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Andrea Ortiz Morales. Cuevanense. Restauradora, estudiante de letras hispánicas y feminista. Le gusta la época novohispana, el chocolate caliente y leer a escritoras. Forma parte del comité editorial de la revista Página Salmón, donde lee y cuida textos.

Un comentario sobre “Patiecitos de ciudad

  1. Gracias. Nunca había entendido El Fuerte vínculo que existe entre las plantas y mis emociones. Trato demasiado, generalmente las ahogo. Para mi madre y mi abuela siempre ha sido tan fácil, ellas las reverdecen; me gustaría ser así. A las plantas que me sobreviven les gusta su espacio, las espío a lo lejos y les presto la atención mínima necesaria. Bello texto.

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