Cuidadora y Aislamienta

Jennifer Olvera

 

En estos meses de encierro, mis emociones han hecho conmigo lo que se les da su chingada gana. Algunos días son buenos; otros, sin embargo, pasan demasiado lento y no puedo evitar pensar en todas las certezas (me gusta creer que alguna vez hubo) que se desvanecieron, que se han ido. 

Durante uno de esos días que parecieran no obedecer a mi reloj y que prefieren ir a su pesado ritmo, platiqué con mi mamá sobre cómo me afecta estar sin salir de casa. En un tono medio burlón me dijo que era una exagerada, y yo me enojé porque no sabía si no lograba explicarme o si ella no comprendía cómo me siento. Después lo entendí. Por supuesto que no lo comprendía. No podría comprender que este aislamiento implica para mí una pausa, un momento para (des)aprender y estar estática. ¿Por qué? Porque el cuidado nunca para; atender necesidades ajenas en un tiempo en el que la casa está repleta no se detiene, al contrario: se acentúa. 

¿Qué sucede cuando Cuidadora y Aislamienta se juntan? Para mi mamá, poco o nada ha cambiado. Sigue despertando temprano para prepararse y prepararle el desayuno a su familia, sigue lavando ropa, trastes, baños, miedos, yendo al mercado, haciendo comida, y un largo etcétera. Además, ahora que pasamos el tiempo en un restringido número de metros cuadrados, siente una especie de hiperactividad doméstica. Yakimeshi, pasta, vino, pastel casero, agüita fresca a todas horas, caldito, un tentempié. ¿Qué más van a querer?

Es la mayor de cuatro hermanxs, y desde niña aprendió a dejar el cuerpo para servirles. Así pasó su infancia: cuidando niñxs, limpiando la casa y cocinando. Y así pasó también su adolescencia. Y su juventud. Y su adultez. Desde que tenía mi edad comenzó a responsabilizarse de su marido e hijo (ahora tres), con todas las asimetrías afectivas que puedan imaginar. 

¿Mi mamá ha entendido su felicidad en función de qué tanto destaca en el trabajo doméstico y en los cuidados que nos da? Ha sido cuidadora de cuerpos y emociones ajenas por mucho tiempo, lo cual conlleva un gran esfuerzo mental y físico. Cada día me hago más consciente de esto y ya no hay marcha atrás. 

El tema de los cuidados es transversal: lo encontramos en lo público y en lo privado. Sin embargo, nos han enseñado que lo que se hace en privado —un espacio al que se ha relegado a las mujeres— es por amor, por amabilidad, por voluntad, y a través de estos discursos altruistas el trabajo en lo doméstico ha sido invisibilizado (porque un trabajo, bajo la lógica económica androcéntrica, es el que genera ingresos, el que es remunerado). 

Hace poco más de un año, como tarea para mi clase de géneros periodísticos, entrevisté a mi mamá. Estaba nerviosa y me dijo que tenía miedo. ¿Cómo no tener miedo a hablar sobre ti, sobre tus preocupaciones, dolores y sentimientos cuando te has dedicado a reprimirlos para estar ahí siempre que se te necesite? Me habló de la época en la que su mamá falleció y mi papá estuvo hospitalizado; de cuando perdió dos hijos y le hicieron sentir como si sólo hubiese tenido una gripa. Me habló de cómo tuvo que mantenerse fuerte, a pesar del debilitamiento emocional y físico que no se permitió manifestar hasta que le dio una parálisis facial. Me dijo que siempre ha sido quien cuida a lxs demás, pero nunca ha habido alguien que la cuide.  

No hubo un momento en el que dejara de llorar mientras transcribía la entrevista. A pesar de ello, no fui capaz de problematizar sobre mis propios cuidados. ¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidar?, ¿cómo hacerlo?, ¿qué debemos esperar a cambio? Y es que cuidar significa también ser cuidada. 

Escribo esto para (re)conocer mis descuidos (y autodescuidos). Reconozco que debo gestionar cuidados, porque toda relación debe construirse desde ellos. Lo escribo para sanar y cultivar el hogar político en el que habitamos mi mamá y yo; un hogar que servirá para aprendernos, pensarnos, escucharnos y amarnos desde la responsabilidad, cariño y cuidado mutuos. 

Cuando Cuidadora y Aislamienta se juntan es imposible no pensar en el discurso político de lo doméstico. Cuando Cuidadora y Aislamienta están juntas se hace más evidente la urgencia de romper con la dicotomía ideológica público-privado; de no despolitizar lo que ocurre en espacios privados; de voltear a mirar a las mujeres que cuidan diariamente, y de pensar en una ética feminista del cuidado porque aquellas que lo ejercen renuncian a sí mismas y en políticas públicas en torno a estos trabajos porque no sólo sostienen la vida, sino también al Estado que, evidentemente, no cuida a esas mujeres. 

 


LA AUTORA

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Jennifer Olvera. Nacida en el Estado de México, cuando el sol estaba en virgo y la luna en géminis. Cuentacuentos amateur y eterna aprendiz. También soy estudiante de periodismo interesada en narrativas con perspectiva de género.

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