Echarle gel antibacterial a lo que se compra y se siente

Alejandra Hernández Vidal

Cuando la COVID-19 llegó a México, de manera específica a la ciudad de México y la periferia, los planes se detuvieron: esas reuniones con amigas se pospusieron, mis rehabilitaciones, consultas médicas y terapias se reagendaron.

Vivir en la periferia es duro, la densidad demográfica en Neza nos dice que vivimos apachurrados, al menos 17,536 habitantes por kilómetro cuadrado; en mi casa vivimos catorce personas, tres perros y un gato; una familia extensa, trabajadora y gritona, pero con comorbilidades. Y desde el principio nos dijeron que esta zona era una bomba de tiempo.

Asumí las responsabilidades para esta familia en lo que respecta a la compra de alimentos. Puede decirse que de entre todos soy la mas saludable, primero con mi familia nuclear y después con los que viven aquí. Se sumaron casi de inmediato unos primos que viven cerca, que están esperando al sobrino, y recientemente unas primas, una de ellas jefa de trauma en un Hospital en Iztapalapa. Hacer las listas, las cuentas, las compras de verduras, frutas, carne y abarrotes al mayoreo con la participación de mi papá para conducir y cargar, ha significado un aprendizaje sobre cómo vamos a vivir después de esto, un sentimiento de empatía y reflexión hacia mi mamá y también una responsabilidad gigantesca.

La última compra incluyó dos cajas de jitomate -eso quiere decir treinta kilogramos-, así como quince kilogramos de limón, diecisiete kilogramos de tomate, doce kilogramos de manzana, siete kilogramos de mango ataulfo, cuatro kilogramos de aguacate, dieciocho kilogramos de papa y siete kilogramos de ejote, entre otras cosas compradas a vendedores locales porque los envíos de la Central de Abastos no llegan hasta acá. Cuando llegamos mi papá y yo con toda esta colosal cantidad de comida a la casa, mi familia se encontraba ya preparada con cubetas, tinas, agua y jabón. Lavamos todo, lo secamos, pesamos y  repartimos.

Y esa rutina se repite con la carne y los abarrotes; desinfectar: lavar, secar, repartir, dependiendo el caso: aceite 1-2-3, diez kilogramos de frijol peruano, cinco kilogramos de arroz Sinaloa, cuatro bolsas de un kilogramo de azúcar cada una, cajas de cereal, leche y galletas, botes de yogur griego, paletas de hielo sabor tamarindo.

La carga de cuidar, alimentar y limpiar recae históricamente en las mujeres. También en esta familia, aunque intentamos igualarlo con mi pequeño sobrino; lavar y desinfectar para mantener la vida y la salud son aspectos tan centrales como la percepción íntima y el bienestar emocional frente a esta pandemia, porque ahora tenemos que ser meticulosas y realizarlo impecablemente, si no, la consecuencia podría ser fatal.

¿Cada cuánto hablamos del miedo de contagiarnos, de nuestra vulnerabilidad? Muy poco. Yo no lo hago, he negado la importancia de mis emociones en la atención potencializada que implica cuidar a tantos que están en riesgo de enfermar. A veces me pregunto: ¿quién cuida a las que cuidan?, porque sé que no soy la única que está en la labor titánica de cuidar antes, durante y después de la pandemia.

Cada quince días que hago estas compras mayoristas regreso fatigada y con migraña, me aisló por si presentó síntomas mientras repaso cada paso: ¿me toque la cara?, ¿usé suficiente gel antibacterial?, ¿cómo será volvernos a ver sabiendo que ya no estamos todos?, ¿cómo será la nueva normalidad en esta periferia y en este país?

Todavía no logro responderme.

 


LA AUTORA

AlejandraAlejandra Hernández Vidal. Hice de la Historia mi vocación y del feminismo mi postura política, soy una piscis que vive, siente, sufre y presume ser de la salitrosa Neza donde los mexicas soltaban collares al lago; bisnieta y nieta de curanderas mixtecas que se fregó la rodilla y creyó en la ciencia pero disfruta más la ciencia ficción; investigo del México Contemporáneo, divulgo Historia en mi Twitter, me quejo con una amiga en el podcast Ya Siéntese Señora y de vez en cuando me gano becas por ser muy lista.

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