La prisa de volver a casa

Melissa Amezcua

No he desarrollado aún la habilidad para cocinar rico y en la Ciudad de México existe una fonda llamada “La Fama” que siempre será uno de los recuerdos de mi vida donde sólo existo yo.

Parece que casi al final de la cuarentena descubrí que ese lugar al que he ido por años ¡está abierto!, con servicio sólo para llevar. Cuando tengo ganas, de a de veras, de cuidarme, cruzo la manzana, saludo a la señora Lupita y le pido comida para varios días.

Venía de regreso a mi casa el otro día con mis enchiladas potosinas, mi litro de sopa de verduras, mis frijoles, mi arroz, mis tortillas, mi salsa verde y mi agua de horchata, con ambas manos ocupadas, un tapabocas y el pelo amarrado en una enorme pañoleta azul para quitarme el calor de las dos de la tarde, cuando me pregunté si mi casa era un hogar.

Lo pensé porque en el camino me encontré a un vecino, apodado “El Chino” y muy querido en la colonia, que me preguntó si acaso me había cortado el afro, por aquello de traerlo metido en un trapo de tela; platicamos sobre lo bonito de tener el pelo rizado, él quería platicar más pero yo ya me tenía que ir porque se me enfriaba la comida. Eso me hizo reflexionar si de verdad mi urgencia era mantener calientes las enchiladas o más bien seguir la “nueva” automatización de hacer todo a prisa para volver al encierro, volver a la casa cuanto antes porque no debería salir para nada, debería saber cocinar y no atreverme a comer en la fonda.

Hice algo en contra de lo que en realidad quería. Como muchas de mis decisiones, pensé. En ese momento quería quedarme a platicar con “El Chino”, y por eso me pregunté si mi casa era el lugar al que más me gusta volver. No estoy segura. Mis argumentos siempre han sido que si vivo en un departamento muy chiquito, que no corre el aire nunca, que el sol entra veinte minutos y hay que pegarse mucho a la ventana para sentirlo, que puedo oler cada que mis vecinos queman un huevo o escuchar cada que pelean. Es una típica lista de motivos clasemedieros para estar insatisfecha por las condiciones en las que me tocó vivir, porque me quiero autoconvencer de que la falta de espacio no es un problema de muchos.

Recordé que prácticamente todos mis recuerdos negativos tienen que ver con una casa. Pleitos, llanto, amenazas, calor, mosquitos, alcoholismo, machismo, violencia y hasta balazos; todo se gestó en las casas que habité con mi familia y después con parejas. No voy a justificar que era por falta de espacio, pero al menos en la fonda me preguntan si estoy de acuerdo en compartir una mesa, no como en esos recuerdos.

Así fue que me acostumbré a normalizar que lo mejor viene cuando sales a la calle: ahí los gritos, aunque molestos, se diluyen en un puesto de discos o con el pasar de los automovilistas. En la calle también hace calor pero te lo quitas caminando, como otras angustias que se quitan caminando. Escapas.

He hecho de todo para que mi casa se vuelva un hogar. Una psicóloga me recomendó atreverme a perforar las paredes para colgar cuadros, alguien más me habló de plantas, un libro aseguraba que poniendo porta retratos de gente amada, decorándolo a mi gusto. Han funcionado como curitas porque es lo que hay por ahora, y aunque lo acepto no significa que esté conforme.

Hace poco le conté a alguien que una de mis aficiones es voltear hacia los edificios mientras ando por la ciudad, me gusta ver los departamentos con balcón y anhelar uno para poder sentarme en una silla, ver la calle y no sentir que vivo encerrada. Pero qué mujer tiene dos millones de pesos para comprar ese privilegio.

 


LA AUTORA

Melissa A.

 

 

Melissa Amezcua. Crecí en la playa pero me hice reportera y feminista en la Ciudad de México, donde descubrí que la mejor forma de estar contenta es andar en bicicleta y salir a bailar.

3 comentarios sobre “La prisa de volver a casa

  1. Hola, no sabes que tristeza me ha causado tu artículo, y pensé que afortunada soy, tengo una casa amplia con jardín.
    Que te puedo decir, que no te hayan dicho ya, sólo que ánimo y pa’ delante, no hay de otra. Como dice la canción de Jarabe de Palo: la tragas o la escupes.

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  2. Reza un dicho: “El Hogar es donde está el corazón”. Te diría que conozco verdaderas residencias (de más de 75 metros cuadrados), en las cuales jamás fueron o han sido un hogar, pero he de precisar que era porque sus habitantes eran personas muy disfuncionales, como son la mayoría o el común de la gente.
    La inestabilidad emocional puede ser un termómetro de una casa sin corazón, pero, -si hablamos de que el verdadero hogar es donde reside el calor-, (la chimenea, pues), de ese lugar parte todo. Ahí se cuelgan las calcetas rojas para que se llenen de dulces y regalos en Navidad, por ahí entra Santa Claus también, en una rica familia anglosajona perfecta, que desayuna cereales maravillosos en una cocina moderna y pulcra, “todos vestidos de blanco”, muy sonrientes y de buen humor, a las 8:30 A.M. de un Domingo.
    – Lo único malo es que esa familia sólo existe en la ficción, en los comerciales de Perro Torres y en las películas de Alfonso Churrón.

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  3. Hola. Me ha dado tristeza leer tu texto. He tenido una constante búsqueda por un “lugar mío” algo que sea como me gusta. Ciertamente a ratos es difícil habitar todo un espacio, se vienen memorias y anhelos en un mismo momento. Es necesario seguir intentando sanar, seguir intentando habitar, seguir intentando soñar.

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