Como una cactácea

Lorena Rojas

Cuando era pequeña me cuidaron y también cuidé. “No corras”, “mastica con la boca cerrada”, “ponte suéter” son frases tramposas porque siempre van vestidas de regaño, aun cuando se profieren para cuidar de alguien. Mi hermano las escuchó de mi boca como yo las oí antes de mi madre. Quizá él me odiaba por eso, porque cuidar a veces es hacerse odiar aunque una no quiera. Y saberse odiada y no darle tanta importancia o tener que aprender a no darle importancia, y entender que los cuidados no siempre son bienvenidos pero casi siempre son necesarios.

Luego tal vez una se cansa de “cuidar” o agota la poca capacidad que tenía para ello en unos años, si es que había tal cosa. Así, al crecer me di cuenta que en realidad de cuidadora no tenía casi nada. Mucho de lo que me rodeaba comenzó a morirse frente a mis ojos y mi falta de cuidados: las plantas, las mascotas, los abuelos. A mi abuelo lo cuidé algunas veces, con su bata de hospital, sus historias y sus carcajadas aún con una sonda saliéndole del cuerpo. Mi abuelo que me cuidó muchos años y que de niña me enseñó boleros me tomaba la mano mientras yo me sentaba en una silla junto a su cama. Sus manos suaves y llenas de pecas color marrón que me parecían tan tiernas. Sus ojos que veían más profundo que nunca, y sus palabras que a veces eran tan dulces y otras tan duras porque así es cuidar y ser cuidado: un vaivén.

Un tiempo me aferré con las plantas, pero enseguida me rendí. Se hacían amarillas sus hojas, se marchitaban; luego algunas se pudrían, se ahogaban con mi intento de cuidados porque no eran precisos y en exceso también cansan. Un día, después de que unas cuantas guerreras sobrevivieran, conociéndolas yo a ellas y ellas a mí, me mudé de ciudad y no pude cargarlas. Las abandoné, a sabiendas de que el camino podría maltratarlas, junto a las plantas, frescas y siempre vivas de una vecina. Supongo que a veces cuidar es soltar.

Ya en un nuevo hogar, me encontré con las cactáceas: nopales, biznagas, sábilas y sus parientes cercanas, las suculentas. Todas ellas, aunque independientes y resistentes, también son plantas, con fama  de no necesitar gran cosa para sobrevivir. No siempre es así y yo lo sabía de antes, pues lastimé algunas, pero el clima semidesértico que ahora habito, resulta ser perfecto para ellas. Las vi, a unas cuantas que la antigua inquilina de la casa había tenido que abandonar —igual que yo hice antes—, hermosas y perfectas bajo un sol que azota la terraza cada tarde. Aquí estamos bien, tal vez es cosa de encontrar un sitio, que cuidarse es también moverse, tomar sol, cubrirse de espinas y almacenar agua para los momentos de sequía.

 


LORENA ROJAS

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(Cerritos, SLP, 1992) Estudió Lengua y Literatura en la UASLP. Se ha dedicado a corregir, editar y redactar textos para distintas revistas y medios digitales, así como a leer y difundir autoras más por gusto que por trabajo. Es feminista de las que se pelean y escribe cuentos y monólogos teatrales. Espera a que pase el confinamiento para abrir —junto a su esposo— su Cafebrería Ítaca en un pueblo mágico de Tamaulipas. No es buena cuidadora pero le está echando ganas.

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