¡A comer!

Vonne Lara

Todos los días hago de comer. Ya es para mí una rutina de las que simplemente se hacen sin la consabida lucha interna entre la pereza y la resistencia. Todos los días hago de comer y me gusta. Me gusta alimentar a mi gente, darles gusto, consentirlos. Aunque, debe decirse, sí hay veces que sufren un poco por el platillo del día. Tengo tres hijas y, como siempre pasa en las familias, tienen sus preferencias y sus aberraciones. A la mayor, por ejemplo, no le gustan los chícharos, a una de las gemelas le gustan las enchiladas, aunque a veces me dice que las hago muy seguido. La otra gemela casi nunca se queja de nada, pero bien que tiene sus platillos favoritos: las quesadillas de tortillas de harina y el espagueti encremado. Con mi esposo no tengo problemas, come de todo, es de esas personas a las que da gusto darle de comer porque jamás le pone pero a nada y, además, siempre está dispuesto a comerse los piquitos que nos quedan a las demás —una actitud que equiparo con cariño. 

Todos los días hago de comer y algunas veces lo hago en automático. Sé que esto suena poco maternal —ese adjetivo frecuentemente impropio para nombrar el deseo de cuidar del otro—, pero es que cocinar se ha convertido para mí en un deber ineludible pero muy placentero. Me gusta, por ejemplo, cuando llegan de la escuela y desde la puerta dicen: ¡Qué rico huele! ¿qué hiciste de comer? O, ahora que estamos en cuarentena, van a la cocina a ver qué se está preparando motivadas por un olor que las cautivó. Me gusta pensar que cuando sean grandes recordarán esa rutina de regresar de la escuela y encontrarse con un platillo calientito, justo cuando el hambre está arreciando. Me gusta pensar que se acordarán de mí con un delantal gris y una sonrisa de bienvenida. ¿Cómo te fue?, les digo. Espero que así me recuerden en sus momentos solitarios, en sus momentos de mayor añoranza, cuando tengan que cocinar para ellas y, si es que así lo deciden, para sus familias.

Cuando era niña y llegaba de la escuela junto con mis primos nos mandaban a las tortillas. Los días de calor eran los más difíciles, pero igual nos teníamos que ir por las bienamadas tortillas. A diario. Todos los días. Mi primo Esaú y yo ya ni nos quejábamos, sabíamos que a pesar de nuestras tímidas protestas terminaríamos formados junto a otro montón de niños en la tortillería del barrio. De regreso a casa teníamos que subir la empinada calle en la que vivíamos y regularmente hacíamos una parada en una sombra, en una banqueta que tenía un árbol y unas piedras a modo de banca. Muchas veces perdíamos la noción del tiempo y tenía que salir mi tía a gritarnos que nos diéramos prisa, pues todos estaban esperando las tortillas. Esaú y yo salíamos disparados a llevar el encargo y, por fin, comer.

De niña fui muy mala para comer. Ese mal terrible que las madres catalogamos como maldición. Hubo regaños, gritos y nalgadas pero igual me era imposible comer algunos potajes de mi madre, tías y de mi abuela; como el caldo de res, el espagueti encremado y las tortitas de verduras en caldillo. Pero sobre todo odiaba el licuado de plátano, peor cuando mi mamá le ponía chocomilk. No sé por qué me parecía —y me sigue pareciendo— intragable. Los grumos, el olor, la consistencia en sí me producen arcadas. Es curioso porque amo los licuados, tanto o más que los plátanos; pero juntos me parecen terribles. Licuado de plátano, te odio.

Con el paso del tiempo no solo me hice buena para comer, sino también para cocinar. Provengo de una familia que se las da de buenos cocineros y, por supuesto, también creo que lo soy. Es una arrogancia que me permito porque es de lo poco que me gusta aceptar como legado familiar. He podido comprobar que los platillos familiares sí son una herencia atesorable a diferencia de muchas otras cosas que supuestamente nos caracterizan. Las herencias familiares se deben tamizar, escoger y solo se debe ofrecer lo mejor de ellas a nuestras propias familias. Es otra forma de alimentar.

Todos los días hago de comer y me gusta. Me gusta pensar por las mañanas lo que voy a cocinar, si tengo todo lo necesario, si debo salir por algún ingrediente. Me han sugerido hacer de comer un solo día y tener las comidas listas para toda la semana, pero siento que de esa forma se sacrifican los gustos, los antojos, los chiqueos y los vaivenes de ánimo de la semana por un puñado de productividad que, además, es innecesaria. Pues comer no es solo comer. Sentarse a la mesa es un acto de amor decisivo y valioso que nos enseña a relacionarnos no solo con la comida, sino con los demás y con ese cuidado un tanto desdeñado de alimentarnos a diario, bien y bonito. La hora de la comida es una hora mágica en la que se une un impulso instintivo meramente primitivo, esencial, con la oportunidad de las charlas más entrañables e inolvidables de la vida o de momentos de reflexión críticos. La hora de comer es una especie de música que en cada familia es diferente. Me gusta pensar que con mi cucharón como batuta de alguna forma presido esta orquesta improvisada y loca a la que pertenezco.

 


LA AUTORA

vonne lara

 

Vonne Lara. Mujer y mamá cósmica. Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Escribo en Hipertextual, la columna Reflexiones Apátridas para Notas Sin Pauta, ensayos en vonnelara.com y edito el folletín Soflama, gabinete de ensayos.

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