Atarme a la vida

Tania Enríquez

Me siento a intentar hacer esto, me cuesta encontrar la convocatoria y decidirme a escribir. Mis hijas están en su cuarto viendo una película, las llevé a ver el atardecer. Aquí cerca, me senté en el pasto mientras ellas corrían sin zapatos. Me costó dejar de sentir culpa por un día poco productivo y lleno de comida. 

Para empezar, no tengo dos hijas: tengo una y la otra es de mi hermana, tienen ocho y nueve, por lo que son prácticamente hermanas. Me cuesta pensarlas separadas y aunque podría parecer carga, en realidad que estén juntas me ayuda un poco a no sentirme abrumada por las demandas de mi hija. 

Mi mamá migró a Estados Unidos hace quince años, ahora tengo treinta. Quedarme sola fue triste, pero juro que nunca lo sentí más que cuando me di cuenta de que me tocaba lavar la ropa; esa montaña de ropa me situó en la realidad de ser la hermana casi mayor de cuatro, la mujer, la que debía hacerse cargo. 

A partir de ese momento fue más que obvio lo que me tocaba: lavar, planchar, hacer comida, limpiar, cuidar de mis hermanos. Con quince años idealicé lo que me estaba pasando y pensé que no solo era mi deber, sino que además me sentía orgullosa de poder demostrar que podía ser como mi madre, una mujer capaz de hacer de una casa un hogar. 

Colapsé antes de los veinte. Me sentía agotada, me alejé de mi por pensar en los demás. Se me acabaron los sueños, el futuro. Seguía cuidando con el pensamiento fijo de no rendirme, no hasta que ella volviera. Lo único que me hacía seguir era eso, pensar que le entregaría a sus hijos para después alcoholizarme hasta morir. Sin volver a pensar en nadie, sin tener que cuidar a nadie. 

En medio de esto, a los veintiuno, nació mi hija. No pude pensar en otra cosa menos injusta para mi vida, me merecía libertad y no que un error de cuentas no me permitiera suicidarme. Pero ya estaba en eso, no había escape, una vez más estaba a cargo de cuidar a alguien y para colmo era mía. Mantenerla viva era mi responsabilidad. 

De alguna forma, terminé la universidad, me casé y después de diez años dejé de esperar que mamá volviera y dejé que mis hermanos, ya adultos, se hicieran cargo de sí mismos. Suena fácil, pero ha sido de las cosas más difíciles que he hecho.

Llevó un año en terapia, he logrado sanar la aversión que tenia a la comida. El escuchar a alguien diciendo “tengo hambre” me ponía de malas en automático, yo misma podía pasar todo el día sin comer. Un refrigerador vacío, una casa que apenas se limpiaba porque decidí que no me importaba, que estaba cansada de eso. 

Elegí la cuarentena para divorciarme, buen tino el mío. Al quedarme sola con las niñas y haciendo home office, la vida me trajo de vuelta a esa adolescencia. Encerrada y limpiando, cuidándolas. Los primeros días fueron terribles: despertar tarde, luchar para salir de la cama, sin bañarme, trabajar, apenas darles de comer, sentir todo el día que no había rutina que pudiera atarme a la vida. 

Me aferré a terapia y me dejé ser. Sentí mi dolor, le di espacio a la culpa, me llené de ella y lloré. Puse todas las películas tontas del mundo, hasta que decidí lidiar con el mundo un día a la vez. Para poder cuidarlas tuve que cuidarme. Por primera vez en la vida me puse antes que los demás y eso me salvó.

 


LA AUTORA

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Tania Enríquez. Tengo treinta. Mamá, escritora incipiente, buscando mi voz.

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