Sé cómo usar una escoba

Brenda Gutiérrez

Pensar lo doméstico me hace recordar mi pasado, cuando hace algunos años me vi atrapada en los prejuicios que rodean a una mujer casada. Era muy joven y había dejado mi país para viajar a otro en el que nunca antes había estado. No conocía en persona al hombre con el cual me iba a encontrar por primera vez.

Mis padres antes de partir, me decían que emprender ese viaje era muy peligroso y que algo malo me podía suceder. Intentaron detenerme, sin éxito, contándome historias reales de mujeres que fueron asesinadas al aventurarse en una relación por internet. A pesar de todo, decidí emprender el viaje sin escuchar a nadie.

Dejar mi vida atrás por ir hacia lo desconocido me producía un poco de miedo. Sabía que me estaba arriesgando demasiado, pero no me importaba. Como el loco del tarot, ansiaba la aventura aceptando el riesgo que implicaba. Me subí al avión dispuesta a afrontar cualquier consecuencia.

Cuando llegué al aeropuerto de Lima, él estaba esperándome. Lo miré y no sentí la mágica atracción que imaginaba, eso me produjo una gran desilusión. Posteriormente, creí que con la convivencia y el trato diario la desarrollaría. Traté de disimular, lo saludé y abracé. Me presentó a las personas que lo acompañaban: eran su mamá y su padrastro, quien me ayudó a llevar mis maletas a un taxi.

Antes de subir al taxi, mi novio virtual hecho realidad miraba a su alrededor con cara de asustado. Comencé a sentirme nerviosa y temí que las historias que me habían contado mis papas se volvieran ciertas. Me senté en el asiento trasero con él a mi lado. Su mamá y su padrastro iban adelante. Recuerdo que intenté abrazarlo y besarlo, pero se incomodó y me dio a entender que su mamá se pondría celosa. Supe que eso no pintaba nada bien.

Después de un viaje de alrededor de cuarenta minutos, llegamos a la que sería nuestra casa. Suspiré aliviada, pues tal como me había dicho por Messenger, vivía en una iglesia cristiana de la cual era pastor. Bajamos mis maletas del taxi y entramos a la iglesia. En la parte de atrás había un cuarto en el que viviríamos a partir de ese momento.

En el patio había una cocina construida con paredes de madera y piso de tierra. Había también una pequeña estufa de gas, una mesa con ollas y otros utensilios de cocina. Era muy temprano y su mamá nos envió a la tienda para comprar pan y otros productos para preparar el desayuno.

Caminamos hacia la tienda en donde mi novio hizo sus compras mientras yo usaba un teléfono público que se encontraba afuera de la tienda. Llamé a mi mamá para decirle que había llegado bien. Ella respondió el teléfono, la saludé y me dijo: “No te gustó”. No pude responder porque mi novio estaba a un lado mirándome y escuchando con atención. Solo le dije “no”, me despedí de ella y colgué el teléfono.

A pesar de todo (y me cuestiono por qué lo hice), le pregunté a mi novio que si nos íbamos a casar. Me respondió titubeante que sí. Ahora sé que no estaba convencido, al igual que yo. Es así como empezó la historia, que he tratado de resumir lo más que pude.

Nos casamos dos meses después de mi llegada, primero por el civil y después por la iglesia. Fue una boda cristiana muy sencilla pero muy divertida y extraña para mí. Su familia apresuró el casamiento porque su religión no le permitía que una pareja viviera junta sin estar casados, ya que eso se considera pecado según la Biblia.

Nunca me llevé bien con su familia, pues constantemente recibía indirectas y desaprobación por mi falta de experiencia con las actividades del hogar. Mi vida antes de casarme había sido muy distinta, tenía menos de dos años de haber terminado la preparatoria y no ingresé a la universidad, ya que comencé a trabajar con la intención de ahorrar dinero para mi boleto de avión.

Me encontraba sola, lejos de mi país y de mi familia, en un lugar que no conocía. Estaba rodeada de personas extrañas y que además tenían un sistema de creencias y de vida muy distinto a lo que estaba acostumbrada. Me hallaba en otro ambiente, por lo que traté de adaptarme a él para ser aceptada, aunque en el fondo persistía en mí ese espíritu rebelde que siempre tuve desde pequeña.

Me gustaría agregar un extracto de un ensayo que escribí recientemente sobre lo que considero que son las principales influencias para la construcción de los géneros tradicionales binarios:

Los valores occidentales se han construido desde la religión judeocristiana, pues aun cuando una persona no sea perteneciente a alguna de las religiones patriarcales dominantes, la mayoría de los valores bajo los cuales ha sido criada surge de estas religiones en las que culturalmente la mujer es vista como un subproducto del hombre. Su influencia es determinante en la construcción de las masculinidades y de lo femenino.

Fui acusada de ser mala mujer porque no sabía cocinar, porque me maquillaba, porque usaba pantalón y aretes. Según sus creencias, una mujer (y sobre todo una mujer cristiana, cuanto más una esposa de pastor), debía de comportarse con recato y aceptar los roles que tradicionalmente se han impuesto a las mujeres. Del mismo modo, los hombres también se veían obligados a cumplir con las expectativas que se le atribuyen a la masculinidad hegemónica.

Toleré tres años esa situación. Las constantes críticas hacia mi comportamiento, sumadas a los problemas económicos, me hicieron replantearme mi vida. Sabía que en ese lugar estaba destinada a hundirme en el hogar a pesar de todos los sueños que tenía. Su familia me decía que el lugar de la mujer estaba en la casa y que el hombre era el proveedor. Mi obligación y mi única función como mujer y esposa eran las actividades domésticas.

Una vez su madre me corrió de su casa y me gritó que yo no sabía hacer nada y que no sabía ni agarrar una escoba. Le dije que el uso que yo le daba a las escobas era distinto. Eso la enfureció más, hasta que perdió el control y tuve que salir corriendo de ahí. La relación duró tres años, regresé a mi país. Actualmente he terminado la licenciatura en Sociología. Estudié por el deseo de aprender y encontrar espacios públicos desde los cuales puedo contribuir para generar un cambio.

El hogar debe ser un lugar donde exista libertad, respeto y crecimiento equitativo entre quienes lo comparten. No debe ser un sitio de dominación, sino un espacio en el que las mujeres se sientan seguras y plenas. Hoy día, el hogar es un lugar en el que puedo decidir libremente y realizar actividades porque disfruto hacerlas, mas no por imposición. También puedo hacer lo que me apasiona (leer, escribir, estudiar) sin que se me cuestione por ello.

La escoba, para mí, ahora es un símbolo de poder femenino. Es la escoba que se asocia con la figura de la bruja y que utilizaba para volar. Esto me transmite la idea de libertad y de poder decidir, tanto en el espacio privado como en el espacio público, sin que se me imponga un rol o un estereotipo cultural.

 


LA AUTORA

Bren Linton

 

Brenda Gutiérrez. Alias Brenda Linton (en referencia a Cumbres Borrascosas). Socióloga recién egresada, amante de la poesía y la literatura. Le gusta aprender sobre nuevos temas, le gusta el tarot y todos los asuntos relacionados con la brujeada.

2 comentarios sobre “Sé cómo usar una escoba

  1. Tuve un noviazgo virtual similar por más de un año y pude haberme ido a Guatemala, preámbulo idéntico: familia cristiana, vivir en la iglesia, el pastor en la familia, y aunque mi novio virtual hacía alarde de que su familia era abierta y hasta cierto punto feminista, la cosa se puso rara cuando se molestó porque yo estaba tomando cerveza con mi familia, porque beber alcohol es pecado y jamás aceptaría que yo bebiera. Y pues fue justo a tiempo, ni vino ni me fui. Lamentablemente yo sabía usar la escoba sólo de la forma tradicional, no como tú. ❤ Qué bonito texto!!!

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