Cuando digo casa en realidad quiero decir cuerpo

Adriana Rodríguez Ruiz

Quisiera no pensar en la pandemia. Quisiera no sumergirme en esta corriente de cifras, datos, teorías, estudios, reportajes, artículos de opinión, porcentajes, golpeteos, conspiraciones, oposición, noticias de agresiones, noticias de agresiones, noticias de agresiones. Quisiera dejar de desayunar, comer y cenar coronavirus. Quisiera (con todo y la simpatía que en mí también ha generado el subsecretario de Salud de México) no ver más la “telenovela de las siete”. Quisiera que el Covid19 dejara de ser un tema para estas entradas, quisiera que dejara de ser el tema. Pero no puedo.

Me voy a robar una anécdota que me pareció hermosa. La familia de mi pareja vive en San Sebastián. Su sobrina tiene dos hijas pequeñas. Yo no soy madre, pero veo en las maternidades cercanas a mí los retos que la pandemia ha planteado para continuar con crianzas responsables en espacios limitados. Me pregunto por la curiosidad hambrienta de la infancia, sus corporalidades cautivas, conteniendo la efervescencia del juego y el aprendizaje del mundo. Oihana (la sobrina de mi pareja), como tantas otras madres y padres, llevaba semanas dedicándose no solo al teletrabajo, sino también, a la ingeniosa tarea de reproducir para sus hijas el cosmos dentro de casa. Cuando, tras cuarenta y tres días de confinamiento, el gobierno español finalmente dejó salir a niñas y niños durante una hora. La madre de las pequeñas armó una mochila con patín y bicicleta esperando aprovechar todo aquello que el exterior había reservado en la cuarentena. Ante este kit de ida y vuelta la más pequeña, la de cuatro años, dijo: “Amá, yo solo quiero correr”.

Durante el tiempo que esta familia lleva encerrada no ha habido mayor viaje que el desplazamiento de la recámara a la cocina, de la cocina al comedor, del comedor a la sala, de la sala al baño, luego stop en el baño y la inmersión al ritual íntimo y vertical de la asepsia bajo el chorro de agua; finalmente, del baño a la recámara. Y otra vez. No hay más aventuras. Las islas más cercanas, las permitidas, son el supermercado y el descampado en que soltamos a los perros por poco más de una hora cada día. Nuestra anatomía silenciosa, suave, adormilada durante muchas horas, se traslada únicamente por las habitaciones de nuestra morada. ¿Dónde están las expediciones ahora? ¿No es el mutismo del cuerpo un recorrido hacia el interior?

No me gusta concebirme desde la separación alma/cuerpo, razón/cuerpo. Creo que muchas de las cosas que vivimos y los significados que construimos se dan a través de los procesos sensoriales. No obstante, reconozco que uno de los efectos que el encierro ha causado en mí es la creciente necesidad de contacto físico. Quiero sentir. Quiero sentir todo el tiempo. He sorprendido a la punta de mis dedos haciéndome cosquillas en la rodilla o en el abdomen mientras leo o vemos una serie. Este contacto mínimo significa para mí casi lo mismo que el libro que sostengo. Lo que la yema de mi dedo hace cuando traza figuras aleatorias sobre la piel es equivalente a empujar una ventana o abrir una trampilla. Se despliega para mí una serie de posibilidades insospechadas dentro de casa (y cuando digo casa en realidad quiero decir cuerpo): me zambullo entonces en los viajes introspectivos y en las reflexiones que surgen a partir de la memoria corporal.

La dimensión que han tomado algunos eventos cotidianos, e incluso de labor doméstica, es novedosa. Qué significa para mí andar descalza, escaldarme la lengua, besar a Imanol recién rasurado, besar a Imanol sin rasurar, escuchar el primer chorro de orina en la mañana, oler el patio quemado por el sol a mediodía, sentir el estremecimiento del tímpano cuando estallan los ladridos de la manada. Nuestro receptáculo, nuestra frontera con el todo, ahora atrincherada por los muros de la casa, me ha dado más de lo que le he agradecido.

En su ensayo “Sobrevuelo”, Tania Tagle observa el pendular de su hijo, arrojado en ese viaje iniciático, hipnótico y místico del columpio. Ese pequeño Ulises, trapecista suspendido en la infinitud del aire, en la ausencia de contornos, asombrado por la travesía de su gravedad, me hace añorar la plenitud del espacio. Ítaca es el cuerpo. Pero el cuerpo también es la nave. Ahora reflexiono sobre los viajes actuales, los imaginarios, los virtuales, los incorpóreos; sin embargo, inflamado por la levadura de la espera, mi cuerpo sigue aguardando por el crujido de la movilidad recuperada, por la expedición a través de las venas del mundo, por el lanzamiento al cielo abierto, desdoblado en todas sus alturas. Espero por la libertad del cuerpo.

Divagando sobre esto, me resulta imposible no recordar esa escena de la entrañable Jojo Rabbit a la que ya varias personas han hecho referencia en el contexto que ahora habitamos: “¿Qué vas a hacer cuando seas libre?”.

Quiero correr. Quiero subirme a un columpio. Quiero sentirlo todo.

 


LA AUTORA

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Adriana Rodríguez Ruiz. Aguascalientes, 1990. Es herbívora, púrpura y vive con muchos peludos, uno humano y los demás caninos. Le gusta más leer que escribir.

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