Euge, yo y el arte

Lucila Navarrete

Texto publicado originalmente en la columna de la autora en Milenio, con el título “Arte para resistir”

“El escritor como tal no está enfermo, es médico, médico de sí mismo y del mundo”, dice Gilles Deleuze en un entrañable ensayo. “La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta”, resuenan muy dentro de mí estas palabras en el incesante fluir de los días que vivo (¿vivimos? ¿muchos? ¿algunos? ¿los que podemos?) en este tiempo otro y esta isla -guarida inefable. Hace semanas, cuando entendí que no podía articular ni comunicar lo que siento, me aislé para buscar respuestas en el “delirio de la literatura”, en el arte como “iniciativa de salud”. Mientras afuera algunos hospitales colapsan, los contagios se disparan, el hambre asedia y la prisa por retomar la “normalidad” nos incapacita para dimensionar esta tragedia, le resté horas al sueño para refugiarme en el arte, como lectora y espectadora virtual.

Dice Deleuze, también, que la creación es “una línea mágica que escapa del sistema dominante” porque inventa un lenguaje dentro de otro: fabulación y fármaco de un mundo, cuyos síntomas son los de una larga y endémica enfermedad: el disciplinamiento. Mientras todo sea desolación, mientras espere aquí en esta, mi isla, me queda el arte para resistir, el arte para desafiar la muerte y la enfermedad.

Resisto, entonces, en la poesía y los cuentos de mi admirada Esther Seligson, los entrañables relatos de Las noventa Habanas de Dainerys Machado, el poemario Yo, carnicero de la monclovense Mercedes Luna Fuentes, el streaming de un concierto que ofreció desde su casa  la pianista británica Isata Kanneh-Mason. Pero sobre todo, no sucumbo gracias al teatro: a la cantidad de materiales que se han exhibido en festivales virtuales a través de vimeo y youtube, a las magníficas obras que liberó temporalmente la compañía neoyorquina The  Wooster Group; al terso y magistral monólogo Sea Wall de Simon Stephens e interpretado por Andrew Scott, al teatro virtual ofertado por la argentina Timbre4, a la cartelera infinita de Teatro UNAM, especialmente los “15 ejercicios de liberación virtual” y la sobrecogedora y brutal pieza documental de Mario Espinosa, “Verdecruz o los últimos lazaretos”.

Resisto, articulo un poco mi presente, aderezo de cordura este ritual infinito de aseo, alimentos y trabajo virtual, resisto mientras mi hija hace un circo de peluches, monta obras de teatro, compone versos, aprende sola, cocina, crea un mundo a su medida, hermoso y sin límites. Ella me habla de dinosaurios, del pleistoceno y animales marinos, de sirenas y unicornios, me instruye, también, sobre las dictaduras del Cono Sur porque ha visto a “Zamba” en Pakapaka; confecciona flores de papel, acampa en la sala durante días para luego regresar a mi cama y, a veces, consolarme: “ya no llores, mami, ¿qué pasa, Ma?, te voy a hacer una función”. Sin saberlo, ella se escribe a sí misma en este fragmento de espacio y se salva: edifica un universo infinito en esta pequeña trinchera: nuestra casa. “De grande quiero ser paleontóloga, mami, ¿qué necesito para estudiar fósiles? Voy a escarbar en el jardín y montaré en el comedor un museo con lo que encuentre”, me dice mientras preparo la crema de cilantro y pienso que, si esa noche no llego tan cansada al final de la jornada, quizás pueda ver la emisión del día del Festival de la Red Eurolatinoamericana de Artes Escénicas.

En el día mi hija habita plenamente su imaginación, mora ese “contraespacio” que purifica y neutraliza todo lo que ha quedado afuera: la rutina de la escuela, el trajín de las prisas, la presión de ser “normal”. Su utopía, al decir de Foucault en un precioso texto, se consagra en el fondo del jardín, en la cama –la mía, porque es más grande- donde descubre el océano, el cielo y también el bosque, la noche y sus fantasmas. “Hoy me sentí feliz”, escribe en su diario y nos dibuja a ambas junto a la niña sirena de Ponyo en el acantilado. Ella me da lecciones de adaptación y me invita a imaginar.

Mientras, yo busco cómo estar tranquila durante el día para sobrellevar el trabajo y el ritual infinito de aseo y alimentos, cómo reponerme a la noticia de que, por el momento, la universidad no me pagará un trabajo ya realizado y por el que ni siquiera firmé contrato. Ideo cómo rehabilitarme de la angustia, la depresión, los planes detenidos, cómo llegar al día quince y poder pagar la renta, cómo serenarme después de ver mi cuenta bancaria, cómo resignarme a que este año no terminaré los artículos académicos que esperaba remitir porque no consigo más de media hora de concentración. Me limito a sacar la chamba para pagar las viandas de la semana.

Me ha quedado reinventarme, preguntar qué es esto de “estar”, “transcurrir”, “ser” aquí en este mundo, ahora. La pandemia me confronta con algo que jamás he experimentado: no poder concebirme como continuidad, como narrativa en el espacio y en el tiempo. “Un día a la vez”, me digo a diario. Mañana comenzaré de nuevo. Me quedo, como en otros momentos de crisis, con la poesía y mi devoción por el teatro: fármacos, lenguas dentro de la lengua. Me levanto un día más y, cuando tengo energía, me entrego a la grandeza de mi hija y sus utopías, tan parecidas a las mías.

 


LA AUTORA

_MG_4728Lucila Navarrete Turrent (Torreón, 1980). Es madre, docente, ciclista, investigadora latinoamericanista y periodista cultural. Ha publicado en diversos medios regionales y nacionalesObtuvo el premio de Periodismo Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en 2019, en la categoría de crónica. Se formó como comunicóloga e hizo su posgrado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Ha dictado conferencias y cursos relacionados con la crítica literaria latinoamericana, y los trasvases entre periodismo y literatura. Actualmente radica en su ciudad natal, donde cría a su hija, imparte clases, talleres y seminarios, y practica ciclismo de montaña.

2 comentarios sobre “Euge, yo y el arte

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