Llamada perdida

Analí Lagunas

Tienes, aproximadamente, una hora para terminar algunas de las tareas que se han acumulado sobre el escritorio de lo impostergable. Piensas con alegría que es la primera vez en un mes que te encuentras con tiempo libre y sin un bebé en los brazos, el bebé que ahora duerme apaciblemente en su cunita. Rápido, tomas el bote de la ropa sucia y corres al cuarto de lavado. Descargas el contenido del bote en la tina de la lavadora. La programas en el ciclo más breve, pensando en tener  tiempo para tenderla, y sales corriendo a la cocina donde te esperan los trastes del desayuno. Lavas, lavas, con rapidez y con cautela, no quieres que alguno se te resbale de entre las manos y termine azotándose con violencia sobre la tarja, haciendo aquel ruido sordo que tanto asusta al bebé. Dejas el fregadero limpio y vuelves a la recámara, el bebé sigue durmiendo en calma, miras más de cerca para comprobar el rítmico vaivén de su pecho: respira. De nuevo en el cuarto de lavado sacas los líquidos de limpieza y corres al baño. Viertes el quitasarro, levantas la tapa de la caja y depositas la pastilla de cloro que se zambute en el agua con un estruendoso chasquido. Te parece escuchar un quejido. Dejas caer la tapa sobre la caja del baño con mucho cuidado y caminas sigilosamente hasta la recámara. En la cuna, el niño duerme. Regresas al baño, terminas la faena. La lavadora, con su melodía de alerta, te exige el suavizante. Lo viertes y miras cómo el chorro de agua comienza a llenar la tina. La ropa limpia, al fin. La ropa que pronto se secará bajo los rayos del sol que acarician a los perros tendidos a lo ancho del piso de la terraza. Han pasado casi treinta minutos. Te quieres sentar.

En la sala, iluminada por los cuatro ventanales que flanquean la estancia, descubres tu reflejo en la pantalla negra del celular, lo primero que notas son tus cejas sin depilar. Vuelves a la recámara y del cajón extraes las pequeñas pinzas metálicas. Te asomas de nuevo a la cuna: sin novedad, el crío todavía duerme. Regresas con el espejo de aumento que pasaste a recoger al tocador en el baño y te sientas. Diez minutos te toma limpiar la silueta de tus cejas, haces cuentas y descubres que había pasado un mes desde la última vez que pudiste depilarte sin el llanto de un bebé exigiendo atención. Estiras el cuerpo, qué culposo placer pensar en lo mucho que te gustaba tu vida antes del bebé y no es que ahora no te guste, pero volcar todo tu tiempo para satisfacer las necesidades básicas de un pequeño y demandante bebé te ha dejado exhausta. Y piensas en lo que dicen las tías cuando les cuentas que mueres de cansancio:  y eso que apenas vas comenzando, esperáte a los terribles dos, uy, los niños son muy guerrosos, así se sufre con los hijos, aguanta, ya por ahí de los dieciocho podrás descansar.

La lavadora te anuncia que terminó el ciclo, la ropa está limpia y casi seca. Te levantas con pesar. Con premura comienzas a separar la ropa: camisas y vestidos en ganchos, ropa interior con pinzas sobre el lazo. Un asomo de vergüenza te persigue, qué diría tu madre si supiera que lavas la ropa interior en la misma carga que la ropa exterior. Qué dirían la suegra y las tías si se enteran que, cuando el cansancio es insoportable, mezclas también la ropa del bebé con la ropa de los adultos.

Diez minutos y al fin todo secándose al sol. De nuevo el remanso de calma, la casa en silencio, los perros jugueteando. Los trastes limpios, el baño reluciente. En esta hora has hecho más de lo que algunos días logras hacer. Te has ganado la posibilidad de leer en calma el libro que lleva dos meses sobre tu buró junto a la cama.

Entras a la recámara y tomas el libro. No has podido llegar al menos a la mitad, el polvo cubriendo la portada te recrimina por dos cosas: no has sacudido los muebles de la recámara y no has podido leer como quisieras; ni siquiera has podido cumplir aquella meta que, intentando se realista, te propusiste: leer veinticinco libros a lo largo del año. Pero hoy, en estos momentos, puedes ponerte al corriente. No hay nada que se interponga entre el libro y tú.

Excepto el timbre del teléfono inundando con su inquietante sonido la tranquilidad de la recámara. Mierda el teléfono, piensas mientras buscas el aparato ruidoso. Mierda mil veces, quien sea que esté llamando no piensa colgar después de cinco timbrazos. Cuelga por favor, rezas con devoción desde el fondo de tu corazón. Cuelga quienquieraqueseas, quiero leer y el niño está dormido. Cuelga de una maldita vez. Tu suplica es atendida, el teléfono deja de sonar pero ahora es el llanto cristalino del niño lo que irrumpe la tranquilidad de la casa y sabes bien que a ese llamado no hay manera de negarse a contestar.

 


LA AUTORA

62233421_2384880065124180_1647361648710647808_nAnalí Lagunas (Taxco de Alarcón, Guerrero, 1989). Licenciada en Gestión Cultural por la Universidad de Guadalajara; realizó estudios de literatura en la FFyL de la UNAM; diplomada en Arte Contemporáneo y Procuración de Fondos para proyectos Culturales por CONACULTA y en Gestión del Patrimonio por la ENCRyM; cursó el seminario de Gestión del Patrimonio Cultural Inmaterial y Diversidad Cultural en la Dirección General de Culturas Populares, Indígenas y Urbanas de la Secretaría de Cultural Federal. En 2017 fue becaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico del Estado de Guerrero 2017 (PECDAG) en el área de literatura con el proyecto de narrativa “Apuntes a un álbum familiar, la hipertextualidad de la memoria”. En agosto del 2017 obtuvo el VI premio Estatal de Cuento, Poesía Y Ensayo Literario Joven, en la categoría de Cuento, otorgado por la Secretaría de Cultura de Guerrero. En 2019 ganó el primer lugar del XXXVII Concurso Literario de Juegos Florales Nacionales de la Plata.

2 comentarios sobre “Llamada perdida

  1. Bonita narrativa en pocos minutos te conecta con la realidad,valoro la vida de las madres que tienen todas esas actividades debemos ayudarlas y respetarlas lo de hoy es…igualdad para todo.

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