Las visitas al oftalmólogo después de la oficina

Michele Valle

“¿Dónde están todos? ¿Cuáles son mis pendientes?” decía un mensaje en mi celular del trabajo un día entre semana a las 10:25 de la noche. ¿Dónde estaba yo? Bueno, yo estaba en el desayunador de mi casa, con la cena recién servida y los pies hinchados porque desde las 7:20 de la mañana que había salido, lo había hecho con un par de tacones. Sí, porque estilizan, son más presentables y me quebraban un poco las rodillas cada vez que subía y bajaba los escalones en la oficina. 

¿Pero qué más tenía aparte de la cena? Un montón de preguntas de mi jefe en el móvil y una carga mental impresionante, no podía ni con mi alma. Me mantenía en ese trabajo por inercia, porque sabía que lo necesitaba, y notaba que por más que me esforzaba no estaba funcionando, ni para mí, ni para mi ex jefe, ni para las seis personas que fungieron como filtros cuando asistí a las entrevistas. 

Haber pasado tantos filtros ya era un triunfo, pero en el fondo era una decepción no haber podido mantenerme constante. Lo único constante para esos momentos eran él y el dolor. Él y nosotros, y la esperanza de que todo mejoraría. Pero yo lloraba de vez en cuando en la oficina, lo hacía en el baño, no me tomaba más de dos minutos y sucedía cuando lo recordaba y esa vida nuestra que ya no existía. 

Necesitaba mucha ayuda, así que mis salvavidas eran mis hermanos, mis papás, mi perro que corría con más emoción que nunca cada vez que yo abría la puerta cuando llegaba después del trabajo cada día, mi psicoanalista, una amiga y mi mamá. También había otras mujeres que veía en la oficina y que tenían más dolor y responsabilidades que yo. “Total, yo no tengo hijos”, me decía a mí misma. Y para ser honesta, me cuestionaba qué haría o qué calidad de vida tendrían los míos y los de las demás. Y las otras y los otros a mi alrededor.

Mientras, en terapia, tenía la esperanza de que cada sesión algo dentro de mí se uniera o de plano terminara por romperse para finalmente ponerse en su lugar. Quería curarme, quería sanar y a veces eso implica pisar lo roto para recuperar el aliento y levantar la cabeza.   

Comía, me vestía bien, salía con mis amigos y compañeros de trabajo, me obligaba un poco a seguir, lloraba mucho, tomaba café en las mañanas, pensaba en ahorrar para comprar un auto, usado. Soñaba con un día tener mi propia oficina, pero primero mi propia casa. Lo mío. También un trabajo digno, realmente digno, donde me respetaran y me sintiera respetada. Cuando recién llegué a la oficina así me sentí, pero para ese entonces yo venía de un lugar muy triste, así que todo se mezcló. Quería un jefe o colaboradores a quienes admirar y con quienes crecer. Pero mientras, esperaba la quincena, las noches y los fines de semana. Era interminable e inagotable. 

Si me iba del trabajo no podría seguir pagando mi terapia, no por mucho tiempo más. No podría contribuir a mi casa, ni pagar la gasolina del coche que usaba, ni tener un guardadito y uno que otro lujito como esconder un par de billetes grandes en mis libros, reservados para lo realmente especial o lo más básico. Esa sensación de autonomía se veía amenazada. Pero, ¿lo valía? ¿Esperar valía? Mientras esperaba que las cosas caminaran mejor, conocí grandes personas, me divertí, me tropecé un montón, me estresé y dormí muy poco. El peso de esos pesares es mucho, no sabía cómo lo hacían los demás, ¿cómo se acostumbraban?, ¿cómo justificaban la precariedad a simple vista? ¿O es que yo no estaba lista para esto?

No. Si bien es cierto que tardé en madurar muchas cosas, la gente normaliza actos tremendamente graves. 

Como que no te paguen horas extras, que no exista un salario emocional o tiempo libre para disponer; lo justifican con la cotidianidad, con la frecuencia y las generaciones que llevan sosteniéndolo. El abuso sistemático es visible, no basta con señalarlo y saber qué está detrás y al lado de nosotros, tal como pasa con los abusos en las parejas. Los que callan son cómplices y, como bien sabemos, la justicia difícilmente vendrá de los culpables. Un sometimiento lleva a otro. Hay gente a la que le molesta hablar del trabajo no remunerado en casa o en lo laboral, pero se nos está yendo de las manos. Hay mucho no nombrado y no legislado. 

Y sí, en el fondo aplaudí cuando un compañero decidió no entrar a una reunión interminable con mi ex jefe por ir a comprar los regalos de Navidad para sus hijos. Lo pensó, vi su cara, vi su nervio y su titubeo… pero se fue. 

Otro más no faltó al festival de su hija, aun sabiendo que se podía jugar el puesto, y dos o tres en secreto fueron a entrevistas de trabajo para buscar un lugar mejor, uno no necesariamente con más prestigio o dinero, sino donde se sintieran cómodos y con más certezas. ¿Qué de todos ellos? Bueno, me enseñaron de cortesía y gentileza, de límites y compañerismo. En realidad, señalaron el camino. No se puede dejar un trabajo indigno, a un hombre abusivo, un hogar triste, una familia rota o tomar algún tipo de ayuda si no se tienen herramientas. 

Mentí para que en mi trabajo no supieran que iba a terapia. Era más fácil decir que iba al oftalmólogo por la noches, incluso en horario que no incluía mi contrato; pero claro, una tiene que justificar lo que hace la mayor parte del tiempo para que tenga sentido y respeto.

Es complicado entender que hay gente disfuncional altamente funcional. Conocí y respeté a alguien con cierta clase de TOC que contaba una y otra vez el dinero del día. Me era muy parecido al contador de El Principito. No soy médica ni especialista en salud mental, así que mis aproximaciones son las de alguien alejada del rigor científico pero con una lógica cotidiana y muchas preguntas. ¿Cuánto traemos dentro que sí logran ver los otros y que ya reconocemos pero pasamos por alto?, ¿es necesario esperar una crisis para que se detone, para poder nombrar lo que nos habita?

Nadie quiere inestabilidad en el trabajo y menos a alguien problemático. Quién sabe qué podría tener y si es patológico, peor. Una gripa se te pasa, pero una paranoia crónica, qué terror. Y bueno, tener a alguien desmotivado, violento o deprimido, con poca tolerancia a la frustración, ¿qué ánimo podría sumar al equipo de trabajo y a las metas de la compañía? Suena a pérdida. 

Mejor así, decir que mis lentes necesitaban ajustes; claro, no sabían cuáles, pues solo tenía los de sol en mi tocador. Porque otros no usaba.

 


LA AUTORA

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Michele Valle. Decoro y escribo. También me pregunto mucho.

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