Amelia, Emma y Aimée

Vania Macias Osorno

Para Darío y Amelia

Ya pasaron nueve meses desde aquella larga y densa noche en la que vi cómo toda mi vida se venía abajo. Nueve meses, el mismo tiempo de gestación de un bebé en el vientre de su madre. Ser madre. Ya pasaron nueve meses desde la noche en que me di cuenta que no, que posiblemente nunca engendraría un hijo; que posiblemente no lo quería. Nueve meses desde el momento en el que pude ver que una enorme parte de quien creí que yo era, simplemente no era; se desvanecía.

Esa noche, entre el nudo de incomprensión y el dolor insostenible al que arroja la sensación de abandono, hubo un momento de revelación. Entre la confusión y el insomnio, con la mente obnubilada y más de 24 horas sin dormir, de pronto tuve esa visión: un muro de ladrillos rojos se derrumbaba frente a mí, sólo se respiraba polvo y, detrás de una nube, la luz cegadora y las siluetas de una ciudad. Fue como si de un lado del muro, en el que aún yo estaba, todo era ajeno y pasado, y del otro era un espacio desconocido que no podía dejar de mirar y que emanaba una fuerza de la que ya no podía desprenderme. 

Toda la vida pensé que sería madre. Era un deseo que asumía mío, profundo, enorme, imposible de abandonar; inimaginable una vida sin serlo. Fantaseé mil veces con una hija; deseaba una hija, tenía su nombre: Amelia. Como la mamá de mi primer novio, una mujer bellísima a quien quise mucho y que, sin pretenderlo, me dio una lección de sororidad a muy temprana edad. A m e l i a . Amo ese nombre. La llamaba así en mi imaginación y en silencio, nadie lo sabía, ¿por qué habrían de saberlo?, pero un día lo perdí, perdí el nombre de mi hija.

Tengo claro el recuerdo de ese día, puedo verlo a detalle, lo escucho, incluso lo siento. Iba sentada en la parte de atrás del carro de mi mejor amiga y su esposo, ella estaba embarazada. La noticia me había hecho llorar de ternura, y de mucha ilusión también. Siempre he tenido una extraña certeza de que a ella y a mí nos une un tipo de hilo energético que nos mantiene en sincronía. Como la vez que me llamó para decirme que su ex novio se había ido de la casa y yo sentí cómo se me quitaba un peso de encima y me llenaba de alegría, a pesar de que ella lloraba al otro lado del teléfono y la situación era más bien bastante triste. Esa imagen me abría la posibilidad de separarme yo también, estaba harta de la relación tan mediocre en la que me encontraba. Así que ese cambio en su vida para mí significó el augurio de un próximo movimiento en la mía. Y de hecho fue así, pocas semanas más tarde también me separé. Entonces, aquella noche en el auto, me llevaban de regreso al lugar en el que vivía, estábamos sobre Avenida Monterrey, a punto de cruzar la Avenida Chapultepec, cuando les pregunté: “¿Y ya saben cómo se va a llamar?”. 

Y ella contestó: “Sí. Si es niña, Amelia, y si es niño todavía no sabemos”.

En ese momento sentí cómo mi corazón se apachurraba hasta romperse en pedacitos y la tristeza me invadía el cuerpo, la sentía sobre todo en el pecho. Seguí la conversación tratando de disimular ese dolor profundo de despojo, pero no podía apartar esas palabras de mi mente: “Si es niña, Amelia”. Había perdido mi nombre, el nombre de mi hija. Ya no iba a tener a la Amelia de mi vida, no podía creerlo. Llegué a mi casa y lloré.

Así fue como llegaron a habitar mi mente Emma y Aimeé; nunca iban a ser Amelia pero estaba contenta con esos nuevos nombres. Tenía que soltar a Emma porque una de mis gatitas se llamaba Eva, sería confuso. Entonces abracé a Aimeé. La pensé acompañada de sus apellidos, escribí muchas veces su nombre: Aimeé Alavez Macias, sonaba bien. La imaginé en mi vientre, en su cuna, platicando en el desayuno antes de ir a la escuela, paseando en el parque; imaginé su olor, su calor, su respiración. La visualicé y sentí dormida junto a mí, también en medio del cuerpo de su padre y del mío. Logré verla con él jugando tiernamente, a veces su papá un poco impaciente. Los imaginé muchas veces mirándose mientras él tocaba en el escenario y ella lo veía orgullosísima desde abajo, desde al lado, desde atrás, tras bambalinas, como lo hacía siempre yo. Su padre que le mandaría besos con los ojos, y sólo él, ella y yo los veríamos volar y caer en su pequeño rostro. Su padre que no quería ser padre pero que tampoco quería perderme, su padre lleno de miedos que prolongó tanto la decisión porque éramos felices juntos, libres y felices juntos. Su padre que había sido arrastrado en esa ola de deseos ajenos que me tenían a mí exhausta y aturdida, y desde donde yo no quería soltarlo a él. La fuerza de las corrientes de la maternidad idealizada.

Paradójicamente, es la gente que más te ama quien más te presiona. Porque claro, tú lo has dicho una y otra vez desde que tienes memoria: quieres ser madre. Entonces las que te aman, porque sí, casi siempre son mujeres, te impulsan a no soltar ese deseo. Pero llegó esa densa y larga noche que me trasladó a recuerdos muy lejanos, al origen de ese aparente propio y profundo deseo de ser mamá. Desde muy chica fui muy niñera, me encantaban los niños y a ellos les gustaba yo, a todos los niños: propios y ajenos, desde esos bebés que no pueden ni sostener su cabeza hasta los pubertos. Así que mi primer trabajo a los 13 años fue cuidar niños. Organicé un curso de verano para los hijos de trabajadores de la oficina de mi mamá, y esa prolífica y exitosa carrera de cuidados culminó en Zwijndrecht, un pueblo en la periferia de Rotterdam, cuando me fui a trabajar como aupair quince años después. Y me fue muy bien, era divertido, fácil y tenía mucho para mí… mucho. Viajé por casi toda Holanda, tuve un amor y amante, amigos, fiestas, dinero, muchas visitas a museos, paseos en bicicleta, vacaciones, pero no, eso no es ser mamá, para nada. Sin embargo, es como si el placer y las habilidades del cuidado de los otros tuvieran como único y necesario destino maternar. ¡Obvio, sería una mamá increíble! Fue casi igual que cuando de niña pintaba bonito y entonces tenía que ser artista, solamente así encarnaría la realización y las expectativas que los que me amaban depositaban en mí. Ahí estaba la validación: ser madre y ser artista. Pero no, apenas hace unos meses comprendí que no porque seas bueno en algo quiere decir que eso es lo que quieres ser o hacer, mucho menos ser. No. Los deseos más profundos no son tan sencillos de alcanzar.

La presión venía, pues, desde los comentarios más sutiles hasta los más obvios y violentos. 

“No lo puedes obligar”, alguien me dijo. 

Ese comentario fue tan absurdo, ¿Cómo diablos se obliga a un hombre a ser padre? Físicamente, ¿cómo sucede eso? La realidad es que es a nosotras, las mujeres, a las que históricamente se nos ha obligado a ser madres, desde todas y las más violentas formas. ¿Cómo se atrevían a sugerirme que no lo obligara a ser padre? Pues, ¿qué se imaginaban? ¿Que iba a extraerle el semen por la fuerza e introducírmelo en la vagina? Me parece tan ridículo ahora. Sigo sin comprenderlo. Los otros comentarios llegaron después, como aliento y apoyo para separar a mi pareja de ese otro deseo. La presión hacia minimizar un amor en pos de otro que aún no existía. 

“Nosotras te vamos a ayudar”

“Que no haya un padre no quiere decir que no tengas una red de apoyo”

“Yo me comprometo a cuidártelo”

Cuidármelo. Los cuidados son tan fundamentales y tan integrados al simple hecho de vivir que casi siempre pasan desapercibidos. Sin embargo, implican profundo aprendizaje y un compromiso absoluto, grande y a veces muy pesado, difícil. Es muy simple decir: Yo te lo cuido, Yo te cuido, Yo me cuido, pero ahí hay, en realidad, una muy grande y complicada demanda afectiva y de trabajo.

“Te guardo mi ropa de embarazo”

“Te voy a guardar toda la ropita para el bebé”

“Nosotros te vamos a apoyar económicamente”

“El dinero siempre sale”

“Congela tus óvulos”

“¿Ya investigaste sobre la inseminación artificial?”

¡Cuánta presión! Es muy difícil identificarla como presión porque todas esas frases vienen de la gente que más te ama, de tu propia madre, tu hermana, tus grandes amigas. Obviamente son las mujeres las que se ofrecen a ayudarte con los cuidados. Pero ayudar a cuidar el hijo o hija de otra no es una intención simple. Y muchas veces tampoco es real, aunque, otra vez, siempre vienen desde un lugar amoroso. No digo que no sea posible, por supuesto que no, solamente es que a veces las palabras surgen fácilmente y los actos están cargados de implicaciones mucho más complejas desde las diversas subjetividades.

Así que siempre fui Vania, la que un día tendría una familia con hijos propios, no había duda. Y esa noche triste y de insomnio, mientras me imaginaba en la sala de parto pariendo a la hija de un desconocido sin una pareja a mi lado, tomada de la mano de mi mamá o de la dula, que hasta hace unos meses sería una extraña y ahora me estaría ayudando a partirme en dos y a traer una nueva vida a este mundo… Me pareció un escenario totalmente indeseable, lo mismo imaginarme yo sola con una hija, que también podría ser hijo, llorando, sin dormir, parándome todos los días temprano, y me preguntaba cómo iría la baño o cómo me daría una larga ducha de agua caliente, ¿cómo trabajaría para mantenerla y al mismo tiempo estar con ella todo el día?, ¿quién la cuidaría cuando yo trabajara?, ¿cómo lograría duplicar mis ingresos para tener una casa con una recámara para ella y comprar la carísima leche de fórmula porque qué tal que no tengo leche y esa es la mejor?  Yo, que lo que más amaba era amanecer al lado de mi pareja, hacer el amor y levantarnos hasta tarde. Yo, que disfrutaba la vida llena de placeres con él y sin preocupaciones. Yo, que vivía el día a día, el presente, disfrutando cada momento como si fuera el último. Y en ese derrumbe del muro rojo comprendí en dónde estaba mi felicidad. 

¿Era egotista pensar solamente en mi felicidad? ¿Era egoísta no tener las ganas de pararme temprano para cuidar a un hijo que aún no existía y después dedicarle todas las mañanas, las tardes y las noches de mi vida? ¿Era eso ser floja, inmadura, fracasada? Vania, la madre, había fracasado. No tenía deseos de esa vida, me gustaba en lo ideal, en la perfección de la imagen construida en mi cabeza; en la foto de grupo con los demás amigos y sus hijos, las vacaciones juntos, todos contentos mientras los niños juegan y se cuidan solos. Pero al otorgarle a esa fantasía una pequeña dosis de la realidad que ahora percibía, me causaba, y aún me causa, un rechazo inmediato, acompañado de una confusión profunda; sensación de culpa, de fracaso, de traición a mi legado, a mi familia, a mí misma. Y es que, de qué manera tan dañina nos han incorporado ese deseo de ser madres. 

Fue duro darme cuenta y aceptar que yo no deseaba ser la Vania en la que había pensado siempre, aquella que grité a los cuatro vientos. ¿Era una renuncia? ¿Era resignación por el otro “fracaso”, el que implicó el final de mi relación amorosa? 

“Cuando vuelvas a enamorarte te regresarán las ganas”, me dijo otra amiga. 

“¡Qué insistencia!”, pienso.

Renunciar a ser madre. Esto no fue una renuncia, fue una elección. Como cuando me cambié de carrera no una sino dos o tal vez tres veces; o cuando renuncié a mi trabajo en un museo o en una colección de fotografía, o cuando dejé el doctorado y decidí abandonar la vida académica. Siempre he sentido la libertad y la confianza de elegir los caminos que quiero vivir, en la felicidad que construyo infatigablemente, ¿por qué elegir no ser madre era (es) tan incomprensible? Es duro despertar y reconocer que lo que creíste ser 39 años de tu vida, simplemente, no lo eres, pues ahí no está tu realización ni tu entendimiento sobre ti misma.

Es fundamental abrir espacio al no saber. Hace poco leí eso en un libro de una monja tibetana, Pema Chödrön, y fue muy revelador. Colocar la noción del no saber en un lugar positivo es una transformación de la manera en que podemos enfrentar la vida ¡Qué fortuna y qué suerte eso de no saber! Te revela un mundo. A mí, por ejemplo, me ha permitido comprender, de manera transparente, el mundo del autocuidado. Es un viaje hermoso y divertido, de mucho aprendizaje, que no es nada fácil.

Así que llevo nueve meses gestando a una nueva Vania, reconociendo mis deseos y viviendo el día a día con el mismo amor con el que vivía antes con mi ex pareja, pero ahora volcado en mí. Es importante comprender y ser pacientes en los procesos de duelo; entender y ser empáticos con los miedos propios y los de los otros; romper con los relatos dañinos y dualistas del amor romántico, de la maternidad idealizada. Es fundamental valorar el autocuidado porque lo necesitamos para cuidar a otros y para construir felicidades. Es sumamente importante el disfrutar(me) sin culpa, mi tiempo, mi creatividad, mis placeres, mi cuerpo, mis afectos, mis palabras, mi escritura, mi presente, mi aquí y mi ahora. 

Hoy, después de los nueve meses, sé que deseo un hogar, una familia, pero no necesariamente ser madre, mucho menos madre biológica. La construcción del no, del no deseo. Ojalá desde que nos enseñan que las mujeres podemos ser mamás, nos enseñaran a que eso es también una decisión que debe responder al deseo, que es una opción entre muchas otras; que la familia también tiene posibilidades múltiples para configurarse; que la vida sin pareja o sin hijos, en solitario, no es triste ni negativa, mucho menos un fracaso. Las formas de vivir son también múltiples, la manera de relacionarse y transitar esta vida es orgánica, como lo es el ser humano; así pues, se trasforma y cambia como todo lo que tiene vida. Nada es permanente, ni lo tangible, ni las emociones, ni las relaciones y vínculos que inventamos. Por eso, es fundamental el autocuidado, para también discernir entre nuestros deseos y felicidades, de aquellos dictámenes violentos que con sutileza nos han sido impuestos, de manera tan profunda que, muchas veces, los creemos propios.

Cuidar al otro es una de mis habilidades, sin algún pudor puedo afirmarlo y me enorgullezco. Me llena de alegría saber que sí tengo a la Amelia de mi vida, no lo había imaginado así y pensé durante más de 10 años que yo la engendraría, pero ¡qué belleza que la haya engendrado una de las mujeres que más amo!, aquella a la que una energía que circula en un hilo dorado une nuestras vidas en este planeta. Y así fue como ella me regaló a Amelia y mi hermana me regaló a Darío. 

Hoy paso la pandemia sola, volcada en el autocuidado y estoy, casi siempre, bien. Tengo la claridad de que deseo vivir emparejada, pero veo (vivo) que disfruto de mí misma, que puedo fluir con la marea de esta nueva extraña vida, me hundo, salgo, nado de muertito, juego, llega la ola, me revuelca, vienen las lágrimas, luego la risa, llega la calma, llego a la orilla y vivo fuerte y feliz. Y todo empieza otra vez, una y otra vez, todos los días.

 


LA AUTORA

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Vania Macias Osorno. Nacida en la Ciudad de México. Historiadora del arte en deconstrucción. Investigadora y editora independiente. He colaborado en unos cuantos proyectos expositivos y editoriales, de archivo y memorias. Me parece fundamental la reconexión con la naturaleza, la espiritualidad y el cuerpo. Feminista amante del acto de caminar.

2 comentarios sobre “Amelia, Emma y Aimée

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