Descubrí que me quería ir de casa cuando lavaba los trastes

Paulina Márquez

Lavar los trastes, para mí, es similar a ir al tianguis nomás a pensar. Acto solitario, usualmente trabajo de quien participó menos en la elaboración de los sagrados alimentos. Actividad postergable que hasta las últimas consecuencias desata plagas y malos olores, acompañados de enojos y reclamos. 

Las voces de mi casa cuentan que cuando mi hermana menor y yo éramos pequeñas le pedimos a nuestra madre enseñarnos a lavar los trastes, lo hicimos con emoción y alegría. En ese momento no existía un acto más intrigante, cargado de responsabilidad y travieso que llenarse las manos de jabón, empaparse las mangas y aprender aquel antiguo ritual. 

Con el paso del tiempo, la tarea se volvió fastidiosa, el brillo curioso en los ojos fue sustituido por quejidos y enojos. 

¿Por qué algo tan visible, cercano, cotidiano está cargado de responsabilidad y cuidado colectivo que no cualquiera desea asumir? 

Pensar “los trastes” como espacio doméstico, donde reposa momentáneamente lo que deseamos introducir en nuestros cuerpos. Cargan antojos, postres, desayunos, bebidas. Sirven problemas, enojos, angustias, tristezas. Recipientes que abrazan más que alimentos, repositorios de narrativas y sentimientos, se borra el pasado para dar pie a algo nuevo.

Fregadero: lugar donde se vierten agua, jabón y secretos. Espacio designado para el cuchicheo post-merienda, punto de reunión de cómplices que llevan en bandejas chismes listos para ser limpiados. 

Recuerdo las comidas que solíamos tener en casa de mi abuela. Al terminar, mi única tía y mi mamá se levantaban de su lugar, cuidadosamente recogían los trastos y los llevaban a su lugar correspondiente en la cocina. Quienes nos quedábamos en la mesa podíamos escuchar las carcajadas y el cuchicheo de dos mujeres que guardaron lo mejor de las historias para ellas mismas. Cómplices de agua y jabón.

Después de años de experiencia entendí que el crimen culinario perfecto debe ser cometido con extremo cuidado. Una cuchara mal colocada, un plato con migajas de aquel panqué desaparecido misteriosamente, sobras encontradas en el lugar incorrecto, en el momento inadecuado pueden desatar el caos. Restaurar el orden en la alacena es tarea de alguien que la conoce bien, que sabe dónde estaba aquel tenedor con el diente doblado o el plato con una grieta en la orilla que todos nos rehusamos a tirar a la basura.

Descubrí que me quería ir de casa cuando limpié lo que no me correspondía. Con apariencia de berrinche que ocultaba enojos y reproches, entendí que en mi hogar la distribución de las tareas no era equitativa: existen quienes no están dispuesto a limpiar lo de alguien más, y en ocasiones ni siquiera lo suyo, que renunciaban al cuidado colectivo. Atrapada en un ciclo sin fin, me encontré deseando estar en otra parte. 

La vida, el hogar, también se sostiene desde aquí: el fregadero.

 


LA AUTORA

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Paulina Márquez. Lectora y escritora sensible. Veinteañera reciente, aprendiendo a ser aire. Originaria de la Ciudad de México.

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