Verde, que te quiero verde

Martha Bátiz

¿Se acuerdan del comercial de televisión aquel donde una joven recién casada llama a su mamá para pedirle una receta y le pregunta dónde se compra el “baño María”? Bueno, pues cuando mi mamá lo vio, soltó una carcajada y me dijo: “mira, es como tú”. En esa época ya estaba yo “en edad de merecer” pero seguía soltera y cocinaba apenas lo básico (huevos, hot cakes, spaghetti) cuando no había escapatoria. Al comprometerme, sin embargo, y decidir irme a vivir fuera de México, supe que tendría que valerme por mí misma en la cocina. Así fue como me obligué a aprender a cocinar, actividad que para mí era territorio desconocido. Mi madre cocinaba solo en ocasiones especiales y era fantástica preparando platillos muy complicados, pero el arroz se le batía. El corazón de nuestra casa, donde pasábamos tiempo juntas mi madre y yo era el estudio, rodeadas de libros y junto a su piano de cola. Por lo tanto, la cocina no era un espacio en el que yo estuviera acostumbrada a moverme con naturalidad. 

Mi solución fue ir a visitar a mis mejores amigas (y en especial a sus mamás) para que me dieran sus mejores recetas. Yo iba al supermercado a comprar los ingredientes, los llevaba a su casa y, juntas, poníamos manos a la obra. En un cuaderno que compré especialmente para este fin, anoté cuidadosamente cada una de las recetas: aperitivos, botanas, sopas, platos fuertes, postres. Luego fui completando el cuaderno con otras que arrancaba de revistas y con las que experimentaba después. Así, para sorpresa de mi madre y de la mayoría de la gente que me conocía, fui agarrándole el gusto a cocinar y perdiéndole el miedo a la estufa (aunque todavía no me atrevo a tener una olla exprés, he de confesar). Me convertí, pues, en una esposa (y, después, madre de tres hijos) capaz de alimentar a mi familia con platillos sanos y sabrosos, de preparar fiestas y cenas para grupos grandes de amigos con gran éxito.

Pero lo doméstico está lleno de retos y domar uno no significa que una podrá conquistarlos todos. Para mí, planchar sigue siendo un misterio inescrutable (sí, ahí estoy reprobada: al planchar un lado se me arruga el otro, entonces mejor compro ropa que no se arrugue o llevo las blusas y camisas que lo requieren a la tintorería) y hasta antes de la pandemia, todas las plantas se me morían (a excepción de dos grandes sobrevivientes, de quienes hablaré a continuación). Cuando me casé me regalaron unos cactus pequeñitos que ahogué sin querer. Luego, alguien más me regaló una maceta con algo verde que, por no querer ahogarlo, maté de sed. Entonces decidí no tener plantas dentro de la casa. Bastante era ya cuidar niños y mascotas como para tener más seres vivos bajo mi responsabilidad, pero una amiga al mudarse fuera del país me dejó una plantita que le gustaba mucho; como la maceta se veía bien en mi sala, ahí la dejé y una vez por semana (¡o al mes!) me acordaba de ponerle agua. Bueno, pues esta plantita no solo no se murió sino que empezó a crecer y yo a agarrarle un cariño que no había sentido nunca por nada verde que no fuera mi ensalada favorita. 

Hace tres años, cuando murió mi madre y yo estaba sobrellevando el duelo y el invierno y el exceso de trabajo cual mula golpeada, otra amiga me trajo de regalo una macetita y me dijo que cuidarla me haría sentir más cerca de mi madre.  Y yo no sé qué efecto tuvieron sus palabras, pero puse la planta junto a la ventana de la cocina: al verla todos los días no se me olvidaba ponerle agua, quitarle las hojitas secas, y de pronto también empezó a crecer y tuvo que mudarse a macetas más grandes. Ahora la palmera mide un metro y cuando la miro pienso que, así como se sorprendió de verme aprender a cocinar, mi madre se sentiría orgullosa al ver esta planta que tanto he cuidado porque, al hacerlo, la siento cerca. A ella le encantaban los rosales y tenía el jardín siempre lleno de flores. No las sembraba ni cuidaba ella misma, pero sí iba por ellas a los viveros, las elegía con cuidado, decidía qué rincones de su cachito de tierra debían habitar. Y a medida que fue haciéndose mayor, fue agregando plantas a la decoración interior de su casa. Cuando iba a visitarla me las mostraba con gusto. Ahora entiendo que le hacían compañía pero en aquel momento no era capaz de verlo así. 

Quizá fue porque este abril fue el más frío en Toronto o porque a la oscuridad del invierno se añadieron la incertidumbre, el temor, las cifras crecientes de muertos y enfermos (más el encierro); quizá fue porque cuando entiendes la fragilidad de la vida te aferras a ella de formas insospechadas, pero de pronto tuve la necesidad de rodearme de verde. Poco a poco he ido trayendo más plantas a la casa para amigarse con mis dos sobrevivientes y convertirse en nuevos miembros de la familia. Mis hijas, acostumbradas a verme cocinar y lavar y limpiar y todas esas cosas que hacemos las mamás además de trabajar fuera de la casa (aunque el trabajo se realice temporalmente en línea desde el hogar), pero que tanto me oyeron decir siempre que yo solo podía con dos plantas y ya, se rieron de mí y me cantaron “Martha la jardinera” al ritmo de “Dora la exploradora”; sin embargo, ahora también a ellas les maravilla ver crecer los jitomatitos que sembramos, las fresas que empiezan a madurar, las flores que son una explosión de color contra los ladrillos de la casa y el verde que ahora alegra las habitaciones. A mi hijito le ha dado por salir a regar el jardín. 

Con el tiempo, he descubierto que hay apetitos que no se sacian cocinando sino amasando tierra con las manos y devorando con la mirada ese color al que Lorca le cantó y que, con toda razón, poetas y artistas han atado siempre a la esperanza, a la juventud: a la vida.

 


LA AUTORA

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Martha Bátiz. Originaria de la Ciudad de México, Martha Bátiz vive en Toronto desde 2003. Sus artículos, crónicas, reseñas, ensayos y cuentos han aparecido en medios diversos no solo en su país natal sino en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra, Irlanda, España, Rep. Dominicana, Perú, Costa Rica y Puerto Rico. Es autora de dos colecciones de cuentos en español (A todos los voy a matar, con prólogo de Daniel Sada, y De tránsito) y una en inglés (Plaza Requiem: Stories at the Edge of Ordinary Lives), y Boca de lobo, novela corta premiada en Casa de Teatro en Santo Domingo, Rep. Dominicana, la cual cuenta con ediciones en aquel país y en México y ha sido traducida y publicada tanto en inglés como francés en Canadá. Es autora también de las coplas para el juego La Lotería Opina, con imágenes de la artista mexicana Patricia Espinosa. Doctora en literatura latinoamericana por la Universidad de Toronto y profesora en esta casa de estudios y en la Universidad de York, así como traductora certificada por la American Translators Association, Martha además coordinó el volumen Narrativa Canadiense Contemporánea, editado en 2015 por la UAM en México. Da clases de literatura, español, traducción y creación literaria en las universidades de Toronto, York y Guelph-Humber. En 2014 fue seleccionada entre los Top 10 Most Successful Mexicans in Canada, y en 2015 entre los Top Ten Most Influential Hispanic-Canadians.

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