Intentos

Viridiana Martínez 

Hoy desperté con el corazón más sentido y la mente abrumada, hecha pedacitos. Sé que esto no está mal y entonces me levanto lentamente de la cama con una náusea tremenda pero con el fuego interno atizado, por esos rinconcitos que me animan. Me decido y planto los pies en el suelo para iniciar con los andares del día, inmersa en una realidad que parece irreal.

Comienzo con un ritualito que me recuerda a vivencias presentes y pasadas: me estiro, respiro y miro a mi alrededor para ir ubicando los símbolos, risas, aromas y memorias del hogar, espacio pequeño, cálido y desajustado que en estos meses he vuelto a habitar junto con mi madre y hermanas, mis acompañantes en medio de las mareas inestables de mi vida. También contamos con la presencia de Kenai, amigo perruno que de repente me sorprende porque le urge salir a dar el rol y hacer sus necesidades. Me decido a cambiarme y medio despabilarme, con los cabellos enredados que reflejan el vaivén de los sueños de la noche anterior.

Mientras salimos a dar la vuelta siento el rocío de la mañana. Paro un poco y me siento en una banca, mirando los pasillos vacíos pero no ausentes, pues ese ambiente se mantiene vivo y habitado por el canto de las aves; este bello y raro ambiente me traslada a recordar lo acontecido en los últimos meses y entonces pienso que nunca es demasiado tiempo cuando éste se encuentra lleno de turbulencias e incertidumbres que están recorriendo cada geografía, corazón y organización social.

Estos tiempos se encuentran airados por otros lenguajes. Se construyen desde las ausencias, palabras, besos, deseos, caricias y abrazos petrificados que aguardan en alguna invención del no despido y esto se va traduciendo en dolores colectivos, que como grietas nos recuerdan lo frágiles que somos, no tanto por el virus sino por el negocio de la acumulación del capital, el racismo, colonialismo y patriarcado. Me pregunto si en algún momento de este tiempo frágil se activará nuestra memoria histórica y dará cuenta de que desde tiempo atrás, se ha estado decidiendo qué vidas merecen ser vividas.

De pronto, Kenai me mira con sus ojos profundos para recordarme que tenemos que volver al hogar y ahora pienso: ¿cómo iremos cuidando y procurando los hogares-cuerpos habitados por aquello que nos duele y conmueve? Eso que recorre de pies a cabeza este cuerpo que tiene necesidad de hablar e incomodar, representar y dar cuenta de las pérdidas de esas vidas que están quedando en el camino; y no necesariamente por dejar este plano terrenal, sino por todos aquellos que quedaremos al margen de una “nueva construcción social” que seguramente se traducirá a través del olvido, la precariedad, silencios, hambres y agonía.

Vuelvo a mí, me escucho, miro al cielo y tengo un momento de nostalgia, de extrañeza, de recuerdo por volver a mirarnos, olernos, abrazarnos. Iniciamos el camino, ahora distinto, para ir buscando algo que nos recuerde las intenciones. Para seguir imaginando. Para hacer de los ritos, despedidas y espiritualidad actos políticos que nos permitan  recordar que aquellos detalles más inmediatos y sutiles nos hacen más sensibles a apreciar lo que implica vivir. Sé que no bastarán sólo como prácticas para la sanación, pero al mismo tiempo nos permiten la comprensión de aquellas energías personales y colectivas intencionadas para habitar vidas vivibles y dignas. Entonces, vuelvo a cerrar los ojos para iniciar nuevamente desde las extrañezas.


LA AUTORA

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Viridiana Martínez. Descendiente de muchas mujeres que hasta ahora son fuego que acompaña su andar, es una mujer apasionada, habitada por contradicciones,  magias y placeres que animan  la construcción de otras redes de afectos y solidaridades.

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