Manual de mudanza

Abia Castillo

Sea por necesidad o decisión propia, debido a una llegada o a una partida, toda mudanza implica una estricta clasificación: lo valioso y lo insignificante, lo que se rompe y lo que se dobla, lo que sirve y lo que no.

Desde esta perspectiva podría parecer una labor eterna y, para evitarlo, procedes bajo el supuesto de que el orden lo es todo. Comienzas habitación por habitación, de la recámara al estudio, de la sala a la cocina, etcétera. Primero clasificas lo pequeño: los papeles, la ropa del clóset, los trastes apilados en el horno de la estufa. Entonces cualquier objeto ofrece un recuento de tu historia en cuyos fragmentos es fácil perderse sólo para decidir si vale la pena llevarte una cacerola o conservar tal o cual libro.

Cuando creías que al fin cargabas con lo esencial, durante la tarea te sigues topando con viejos fantasmas: una alhaja rota, pilas de discos compactos, los trabajos de tus ex compañeros de escuela, fotos que no deseas ver. Tirar cosas a la basura es un acto de cuidado y amor hacia ti. Con cada pérdida (descubres) algo se cura, se fortalece. Lo mismo pasa al conservar aquello que te hace bien y te funciona: la funda de la laptop, un buen abrigo y la caja de herramientas son amor puro. Es muy útil hacer bloques respecto a lo que se queda (en la basura) y lo que se va (en la mudanza), y almacenarlos en su lugar correspondiente para no ahogarte en ese cúmulo de decisiones respecto al destino de las cosas.

Considera que la regla general de toda mudanza es precisamente mantener la ligereza y por ello se aconseja deshacerse del peso muerto, aunque también salvar aquello que realmente sirve. Entonces las cajas se convierten en prioridad: las de huevo son bastante funcionales (las compras en la tienda por cinco pesos), pero es posible utilizar alguna mochila, una maleta de viajero, las bolsas del súper.

Una vez vacíos los cajones, repisas y alacenas, procedes a clasificar lo grande. Alguna vez pensaste que la televisión empotrada en la pared y las persianas que fueron a instalarte estarían siempre en el mismo lugar y, curiosamente, apenas caes en cuenta de que todo está destinado a la mutación perpetua, inclusive tú. Entonces te dispones a desmontar, desarmar, descolgar, descongelar e incluso desenterrar lo “inamovible”.

Otra vez recuerdas, pues ya te lo habías dicho en otro momento tan fugaz como liberador, que todo parece indispensable hasta comprobar que nada lo es. Esta simple idea hará tu mudanza mucho más compacta y a ti, mucho más segura a la hora de clasificar. Se siente raro ver las ventanas desnudas y los hoyos del taladro sobre las paredes vacías pero la extrañeza dura poco. Es hora de hacer llamadas. Pedir ayuda tal vez no sea lo tuyo pero éste también es un acto de cuidado hacia ti misma. De ser posible, amigos y/o familiares pueden encargarse del traslado del perro y de todo lo delicado, pues el camión de la mudanza se llevará consigo lo grande según la clasificación previamente hecha.

Antes de abandonar la casa que ocupaste por ¿meses, años? probablemente te replantees el ciclo de tu existencia: eso de moverse de un lado a otro era algo que tal vez ya no harías más, quizás llegaste a pensar que sería ésta la coordenada definitiva, que aquí echarías raíces y te harías vieja (qué gracioso es, saber que serás vieja). Si este fuera el caso, lo más aconsejable es sacudir el polvo, limpiar y barrer, asegurarte de que no olvidas nada en el piso. Por el contrario, estos últimos momentos pueden ser provechosos para definir en dónde pasearás al perro de hoy en adelante y cuáles son las rutas del transporte público más cercanas a tu nuevo vecindario.

Mientras estás enfrascada en estos pendientes, el olor a pino y a cloro te infunde una tranquilidad imprevista. Aunque lo habías olvidado en el proceso, suele pasar: la experiencia te dice que en medio de cada vaivén tú conservas un hogar intacto, ese que llevas contigo y te abriga dondequiera que estés. Lo demás son circunstancias, son territorios, podrías repetirte en voz alta.

Como otras veces, ya puedes cerrar la puerta de esta casa y trasladar tu hogar a otro lado. No olvides entregar las llaves.


LA AUTORA

Foto-Abia Castillo

Abia Castillo. Hija de Abi, nieta de Celia y Elizabeth. Escritora de guiones y ahora de una novela de ficción con tintes históricos. Entusiasta de las libretas, las amigas, las cafeterías y todo lo dulce. Tiene un pitbull, se llama Tomás.

2 comentarios sobre “Manual de mudanza

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s