Eso que sientes de alguna forma tiene que salir

Ana Cervantes

Pienso en las emociones como acompañantes en nuestras actividades cotidianas. Me viene a la mente mi mamá, que cuando está enojada suele guardar los sartenes de manera brusca y llega hasta mí el sonido que hacen al chocar con las ollas; o yo, cuando estoy trapeando y me siento feliz cantando alguna canción. Me acuerdo de esa parte del poema “Autorretrato”, de Rosario Castellanos, en donde dice: “lloro cuando se quema el arroz” y lo traslado a un escenario similar, cuando la cebolla nos hace llorar al rebanarla: empezar a sentir el picor en los ojos y después, si esas lágrimas despiertan o remueven alguna tristeza que teníamos guardada, seguir llorando. Una amiga de mi mamá le ha dicho que ella aprovecha para llorar cuando pica cebolla porque así nadie en su casa le pregunta qué le pasa.

Como no queriendo, he puesto a prueba lo que ella decía y, efectivamente, funciona: quien te llegue a ver llorar da por hecho que la razón es que estas picando cebolla. Entonces pienso en esa tendencia casi inconsciente de vivir nuestras emociones, dejarlas fluir mientras hacemos alguna actividad del hogar. Incluso se pueden convertir en una especie de refugio en el que nos permitimos sentir sin dar explicaciones.

Considero que esa es una vía para dejar que nuestras emociones fluyan, además de que es importante contar con espacios en los que nos sintamos a salvo, que nos ofrezcan calorcito y nos reconforten, ya sean nuestros hogares, un parque, un jardín. Refugiarnos en ellos puede ser funcional cuando estamos tratando de ordenar lo que se siente o ponerle nombre, pero también creo que como personas a veces nos escondemos con todo y nuestras emociones detrás de una actividad, como si fuera malo solo expresarte libremente y enojarte o reírte, ponerte a llorar, sentir miedo o asco. Así, sin más.

Pienso que un ideal sería el poder expresar nuestras emociones sin temor a ser juzgadas, contar con espacios seguros y poder recurrir a actividades que nos den paz y también tener redes de apoyo, para que en conjunto se vaya perdiendo poco a poco el miedo a vivir nuestras emociones, conocernos a nosotras mismas a través de ellas, cuidar de nuestra salud mental, pedir ayuda, recibir atención de algún profesional si lo sentimos necesario. Si bien cuando la amiga de mi mamá o yo lloramos cuando estamos picando cebolla resulta liberador, no debería ser nuestra única opción para expresar dolor.

 


LA AUTORA

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Ana Cervantes. Egresada de Trabajo Social. Lectora, silenciosa y caminante.


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