Mis raíces doradas

Gema Mateo

 

Hace un mes caminaba entre una neblina que se volvía más espesa los miércoles al anochecer. Dormía, pero estaba alerta y en cuanto escuchaba la alarma, me levantaba sobresaltada.

La pandemia por el COVID-19 nos tomó por sorpresa a todas y todos. Esa colisión de agentes infecciosos alcanzó mis terrenos más cercanos, los más conocidos, atacó mis raíces y nos dio batalla.

A mediados de abril sucedió un acontecimiento que nadie se esperaba y para lo cual ninguno de los integrantes de mi familia estaba preparado. Mi padre siempre había sido un hombre sano, jamás lo había visto enfermarse.

El virus llegó como un relámpago, aterrizó y comenzó a incendiar cada una de mis raíces doradas, trató de quemarlas. Cuando mi padre nos dijo un jueves que no se sentía bien, tuve miedo; fue el primer sentimiento, lo acepto. Después de respirar y repetirme a mí misma que debía tomarlo con calma, elaboré mentalmente un mapa de cuidados.

Pasados dos días, mi padre comenzó a tener más malestar. Lo alarmante fue cuando ya no solo él se sentía mal, sino que mi mamá y mi abue también. No podía correr más riesgos, así que los tres se mantuvieron aislados; temí de nuevo al comprender que ellos pertenecen al grupo de riesgo, quería llorar, pero no lo hice sino hasta después.

Conforme corrían los días nos dimos cuenta de que ellas tenían síntomas de resfriado común, pero se mantuvieron aisladas al igual que mi padre por un mes.

Si de alguien aprendí el mágico y titánico oficio del cuidado fue de las mujeres de mi vida, quienes nos apapachaban cada vez que nos sentíamos mal; quienes curaban nuestras heridas y raspones tanto del cuerpo como del corazón; quienes preparaban platillos celestiales que, al probarlos, te regresaban las fuerzas para continuar. Quienes todavía lo hacen.

En ese sentido, asumir la tarea de cuidadora principal no me asustaba en lo absoluto. Lo que me preocupaba era su bienestar, cómo ayudarlos cuando no se puede estar cerca. Las indicaciones médicas son esperar y observar la evolución de los síntomas; solo si se complica es cuando el paciente debe internarse en un hospital.

Mis hermanos y yo emprendimos el camino de cuidarlos tal como ellos nos han cuidado cuando hemos estado enfermos. Abordamos diferentes escenarios en caso de que alguno de los tres debiera ingresar al hospital, lo cual rogamos por que no sucediera dada la situación tan crítica que se vive en ellos.

Las rutinas cambiaron de manera abrupta cuando mi hermano mayor también comenzó a sentirse mal. Mi otro hermano debía salir a trabajar al hospital y, de repente, esa neblina me envolvió tratando de asfixiarme.

Pese a ello, como lo he notado en otras situaciones de mucha presión, un chip interior se activó para continuar enfocándome en las tareas y no derrumbarme. Eso ya vendría después, me dije mientras cortaba con sosiego las zanahorias, los chayotes y calabacitas en cubitos, un desfile de verduras y frutas que me visitaban todos los días.

Cuidar de mis padres y de mi abue no solo implicó la higiene y la alimentación, sino también cuidar de ellos anímicamente, estar al pendiente de sus insomnios, de sus dolencias emocionales, para que no se deprimieran y sus defensas no bajaran más.

Después de una semana mi hermano se sintió mejor, me reconfortó saber que se encontraba bien de salud y que podía contar con ellos, que éramos un equipo. Al asumir conmigo la responsabilidad del cuidado, me di cuenta de que estaban dispuestos a aprender lo que antes no habían hecho. A la par, aprendimos el significado de lo doméstico, el cuidar de un hogar, cuidar de familiares enfermos y hacerlo sin confrontaciones de poder, sino como un conjunto de ramas que buscan rescatar sus raíces de un árbol enfermo.

En ese mes, reflexioné aún más la labor que las mujeres realizan al ser el pilar del cuidado en sus hogares. Siempre ha sido una cuestión que me interesa y en la que me implico expresando mi postura con mis hermanos u otros hombres al decirles que las tareas nos corresponden a todos.

Quien conoce la travesía que involucra ser cuidadora o cuidador sabe lo que es imaginar menús, lograr el desdoblamiento para atender la limpieza y poder cocinar en tiempo récord para que las comidas estén a su hora.

Sobre todo, la enseñanza que tuve fue con la ternura: la ternura que vive al centro del cuidado. Porque no solo se trata de hacer las diligencias correspondientes, sino de impregnar esa sensibilidad con la otra persona. La empatía y el cariño de cuidar de tus raíces.

La forma de vida capitalista no voltea a ver el valor que reside en la cultura del cuidado. Acaso porque no hay un manual sobre cómo lograrla y la vamos aprendiendo a lo largo de la vida con la forma de relacionarnos, con las estructuras familiares.

No obstante, considero que es un tema político y sé que no estoy sola en este pensamiento. Cuidar de alguien implica toda tu energía y tu destreza, sobre todo porque se trata de crecer como comunidad, de tejer redes que nos sostengan cuando flaqueamos, des sustentar la esencia de una sociedad.

La cultura del cuidado al centro de nuestra forma de vida es la idea que vengo repitiendo en mi mente. Cuidar de nuestro cuerpo, mente y emociones comienza en lo doméstico, en nuestra familia y seres queridos; porque si aprendemos a reconocer-nos, aprenderemos también la empatía que implica el proceso del desarrollo humano.

A mediados de junio el diagnóstico de mi padre fue favorable: su cuerpo había generado anticuerpos y había logrado vencer al virus. Mi mamá y mi abue, en efecto, habían tenido un resfriado y se encontraban sanas. Aunque quiero abrazarles no nos podemos acercar todavía, pero a ellas las veo sonreír por las mañanas y mi padre tiene un apetito envidiable.


LA AUTORA

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Gema Mateo. Puebla, 1990. Le gusta crear mundos cuando sueña. Maestra en Opinión Pública, amante de la literatura. Líneas de investigación en juventud, tejido social y colectivos. Atardeceres, música y ciencia ficción, su triada perfecta de sobrevivencia.

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