¿Soy quien quiero ser?

Alejandra Mariscal

En febrero cumplí treinta años. El círculo de mujeres que contienen mi vida y le han dado un rumbo, me decía que la edad en realidad no importa, lo que realmente trasciende es cómo te sientes con ella. Estos comentarios, aunque muy sensatos, de alguna manera han comenzado a tejer una maraña de dudas en mí, ¿Cómo me siento realmente en este punto de mi vida? ¿Me siento bien? ¿Soy quien quiero ser?

A los 25, cuando salí de casa de mis padres, sentí una libertad incontrolable; los amo a profundidad, pero nunca había sentido una conexión tan fuerte conmigo misma, una fuerza tan potente que en ocasiones me abrumaba hasta hacerme llorar. Por las noches, llegaban las dudas acerca de lograr sacar a flote mis cuentas, el pago de la renta, las provisiones de la semana, pero en el fondo sabía que merecía esa independencia, merecía amar mi soledad. Así transcurrieron un par de años. Ya con un trabajo estable y un sueldo constante pude darme algunos lujos, comprar un par de muebles que pensé nunca necesitar, plantas que sigo cuidando como si fueran mis hijas y libros que durante noches me acompañaron. Pero mi yo interior comenzó a salir a flote, como queriéndose salvar de las “olas” de comodidad y vida rutinaria que la comenzaban a llevar. 

Es así que, sin más, decidí dejar de lado mi trabajo para buscar lo que realmente me llenara. Si bien la arquitectura, el diseño y la construcción son un gusto adquirido durante la universidad, siempre sentí una atracción especial por los libros, las historias y las fotografías antiguas. No fue una decisión fácil y, de hecho, en varias ocasiones quise que algo me frenara y me dijera que ya había logrado lo que buscaba en mi vida, que no buscara más, algo así como “confórmate con lo que tienes, si lo desaprovechas puedes quedarte con las manos vacías”.

Me aparté de esa comodidad, cambié mis hábitos, dejé de comprar cosas que no necesitaba, comencé a vivir con lo necesario, me mudé de casa a donde la renta era más accesible, me salí de trabajar y me aventé a buscar una nueva aventura, algo que me alimentara el alma. 

Puse a prueba mis conocimientos y comencé a cursar la maestría en Arquitectura. La mayoría de clases hablaban de la historia de la ciudad, su proceso de crecimiento a lo largo de los años, algunos datos con fotografías que le daban vida a edificios del siglo XX, la conexión con la política, la historia y el porqué de este gran caos en el que vivimos. Todo esto me abrió puertas y ventanas a otros mundos, me dio una perspectiva nueva de todo aquello que creía que era correcto y me hizo ver que tal vez la historia y la investigación eran lo mío. Pero sigo sin saberlo.

Han sido dos años maravillosos, llenos de textos, ideas y personas increíbles, pero todo inicio tiene un fin. A unos meses de terminar con este ciclo de mi vida, ha vuelto a mí la incertidumbre y sigo haciéndome las mismas preguntas. ¿Cómo me siento realmente en este punto de mi vida? ¿Me siento bien? ¿Soy quien quiero ser? 

Todo es diferente, mis ideas, conocimientos y hábitos cambiaron, pero, en el fondo, la búsqueda de libertad y la felicidad son olas que, de vez en vez, me revuelcan contra el piso y me hacen sentir vulnerable.

Sin un trabajo, con gastos que cumplir y con muchas dudas escribo este texto; intentando encontrar una respuesta y gritando con fuerza que las decisiones a tomar durante la vida no son definitivas, pueden cambiar y transformar, hacerte amar otras cosas, ver otros paisajes, pero, sobre todo, alejarte de una zona de confort. 

Todas las preguntas hechas posiblemente no tengan respuestas concretas o correctas. Lo que se supone que debemos ser a cierta edad tampoco debería ser algo que nos controle, pues cada mujer es un universo. No tengo hijos, vivo sola, tengo una carrera universitaria, casi una maestría, y a mis treinta años sigo buscando sin saber qué quiero encontrar. Lo único que sé es que no quiero conformarme, no quiero atarme a nada; sólo busco tranquilidad y sentirme merecedora de mi felicidad.


LA AUTORA

Alejandra.

Alejandra Mariscal (Ciudad de México, 1990) Arquitecta de la UAM-X que sigue buscando su vocación. Amante de los paseos en bicicleta, el café y el baile de los árboles. También le gusta tejer en telar de cintura y contar historias de edificios de la Ciudad de México del siglo XX. Cursa una Maestría en Arquitectura en la UNAM. 

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