Todos han respondido a “esa” llamada.

Wendy Méndez

Sé a dónde acudir, qué hacer y cómo hacerlo, pero nadie sabe exactamente en qué momento necesito reaccionar, excepto yo; sólo yo puedo declararlo, sólo yo puedo enviar ese mensaje, hacer esa llamada, ir hacia ese lugar… pero hay un hecho preocupante y es que este evento simplemente ocurre, no tengo un aviso previo y no siempre es llevadero, algunas veces sólo se abre un abismo dentro de mi cabeza, mi cuerpo se torna ajeno y cuando me doy cuenta estoy en medio del suceso: algunas veces he actuado conscientemente pero en otras no lo he conseguido del todo y eso es lo que me estruja el corazón acerca de este estado porque cuando pasa y puedo hacerme cargo de ello sólo debo ser capaz de poner en orden mis ideas y ejecutar el plan que tengo perfectamente trazado (ver, tocar, escuchar, oler, sentir, “vuelve, por favor”, llamar… “estás aquí y esto, esto sí es real”…), pero cuando no puedo dominarlo entonces el mundo cambia completamente, las cosas dejan de sentirse como deberían y no estoy segura de que todas las personas sepan cómo cuidarme. Hacía demasiado tiempo que no me abandonaba a la seguridad de otros, me parece que fue hace una eternidad que nadie se detiene el tiempo suficiente para aprender a mi lado y, grande como una casa, de pronto surgió este hecho imponente: a pesar de ser una mujer adulta necesito acompañamiento y cuidados.

30 de enero de 2020, 12:14 p.m.

Recibo una nota de voz de Carina; me recita un poema, después viene el texto “leí esto en la mañana y me acordé un montón de ti…”, hablamos un poco; yo respondo con mensajes de texto pero me hace feliz que ella siga enviando notas de voz, después de todo esas fibras sonoras siguen siendo igual de cálidas que todas las veces que hemos llorado abrazadas.

10 de febrero de 2020, 9:10 p.m. 

«detenerse es otra forma de fluir»; estoy enferma, Carina lo sabe porque he puesto un estado un poco vago en Facebook. Hablamos un poco y después de otros mensajes bastante regulares me pregunta si, cuando me recupere, quiero hablar de esas cosas que están ahí atravesadas. Acepto, aunque no sé si llegaré a poner esos pensamientos en palabras, resuelvo que quizá no es necesario, con lo que me quedo de esa conversación y lo que sí me repara es saber que tengo opciones, que alguien está esperando una conversación cuyo tema central es lo que tengo en el corazón, lo que tenemos, porque, cuando ella se decida, también preciso escucharla.

4 de mayo de 2020, 12:31 a.m.

“Todos queremos desaparecer”, “Son tiempos difíciles”, “Encontré esto”; Gabriela adjunta una fotografía nuestra del 2015. Responde directamente a algo que también he escrito en Facebook, no lo menciona pero se sobreentiende, el tema está en medio de nosotras dos, después me confiesa que ella tampoco quiere o puede hablar y lo entiendo; divagamos acerca de otros temas, ninguna quiere enunciar lo que nos supera y ocupa, sólo recordamos cuándo fueron tomadas otras fotografías y mientras ejecutamos ese ejercicio de acompañamiento pienso “estoy en la memoria de otra persona, alguien, lejos de mí, está recorriendo recuerdos en los que habito”, me aseguro de seguir hablando hasta que es suficiente para ambas, hasta que reafirmamos nuestra prevalencia en la vida de la otra, hasta que llegamos a un momento que entonces se vuelve trascendente y nos rescata; estos minutos nos otorgan certezas y nos devuelven el control que solemos perder. Prometemos hablarlo después, nos despedimos y trato de quedarme dormida.

8 de mayo de 2020, 5:56 p.m.

Llamo a Dalia. Es una fortuna que mi móvil tenga recepción, pero no tengo conexión a internet ni datos móviles. La llamada dura 10 minutos con 41 segundos, durante ese tiempo le pido que me ayude a conseguir nuevos números de emergencia; necesito intervención psicológica durante esta crisis de pánico y ansiedad, hablo de la manera más clara que puedo, Dalia actúa rápidamente y no deja de repetirme que no estoy sola, que ella se va a quedar conmigo al teléfono, que le importo, me dice que me quiere, repite mi nombre y me ordena que respiremos hondo, lo hace conmigo, su valor me hace llorar con más intensidad pero me concentro y sigo respirando tan bien como puedo. Me da varias opciones, incluso la línea de atención psicológica de la empresa donde trabaja, “dile que eres de mi familia” me dice “lo somos, estás haciendo algo increíble”, pienso, le digo que volveré a llamarla cuando la crisis se termine. Sé que hay algo que nos oprime duramente cuando cuelgo el teléfono, puedo sentirlo, mis manos que tiemblan lo expresan fácilmente; sé que es la incertidumbre. De algún modo creo que Dalia se pregunta si habrá respuesta la próxima vez que trate de comunicarse conmigo. Quiero poder asegurarle (y a todos) que será de ese modo, que pase lo que pase siempre trataré de volver a estar presente, que reaccionaré a tiempo, que haré lo que sea necesario, que pelearé incluso contra mí misma para poder salvarme, pero no puedo explicar todo eso mientras mi cuerpo entero está tan turbado, así que me aferro a eso que para mí es un hecho y con un esfuerzo sobrehumano surgido de la compañía y seguridad de una de mis mejores amigas al otro lado de la línea me encargo de lo más urgente y necesario.

Durante la llamada al Consejo Ciudadano alguien más me reclama a través del móvil, no respondo entonces pero consigo sonreír un poco porque el identificador dice que es Vane; en medio de este caos los vínculos con mis hermanas siguen siendo visibles y me anclan al mundo; cada vez puedo responder mejor a la intervención de la psicóloga, se llama Sonia y me hace saber que realmente escucha. Consigo retomar el control de lo que ocurre, tomo mi dosis de medicamento con los ojos hinchadísimos sintiendo cómo todo el cuerpo se me ha molido; después de beberme un litro de agua le hago saber a Dalia que estoy a salvo y vuelvo a sentirme agradecida por haber respondido esa llamada de auxilio. Me comunico con Vane enseguida. Hablamos durante 39 minutos y 40 segundos; por supuesto que lo primero que pregunta cuando la llamo es qué pasó, pero no es un reclamo, no me cuestiona enseguida para hacerme revivirlo, es sólo para saber si necesito seguir hablando de eso, y no; la intervención especializada ha cumplido su objetivo; entonces hablamos del clima y los mosquitos, antes de colgar me recuerda que siempre puedo llamarla, lo sé, no debo sentirme sola. No sentiré ese abandono de nuevo. Respiro profundamente mientras golpeo mis músculos, repaso lo ocurrido durante las últimas dos horas y pienso en todas las personas en mi vida que han respondido esa clase de llamadas, me siento agradecida.

7 de junio de 2020, 12:29 p.m. 

“Hola, Wen. Sólo escribo para desearte que vayas mejor. Te escuché muy triste ayer y me preocupé. Tómate tu tiempo. Ojalá tengas una linda semana”. Rosario debe tener mil preocupaciones en la cabeza y aún así toma un minuto para escribirme; lo que más me reconforta es que no lo ha preguntado por obligación sino porque la respuesta le interesa genuinamente; le contesto y adjunta una fotografía de Lucía; las amo profundamente, sus palabras me hacen preguntarme de nuevo ¿cómo es posible que las personas me cuiden tanto?

* * * 

Extrañamente comienzo a comprender lo que significa que cuiden de ti, es inusual, a veces no quiero que me pregunten si necesito algo, a veces quiero poder hacer algo por esas personas, como antes, como había dejado que fuera siempre; aún no me acostumbro a hablar exclusivamente de mí, a ser yo quien importe. 

Sin embargo pienso en mí, otra vez, sólo pienso y pienso. Y los demás hacen lo mismo… ahora sé que es posible que mientras me leen, cuando se encuentran mis publicaciones de Facebook en su feed o ven mis stories se cuestionen más el qué significan –si es que significan realmente algo–, lo sé, me están cuidando. 

El síndrome depresivo moderado sigue siendo un estado nuevo para mí, suelo decir que aún estoy tratando de entenderlo y es cierto; las primeras dudas que surgieron fueron ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿cuánto tiempo voy a enfrentarlo?, ¿seré capaz de recuperarme?, ninguna pregunta ha recibido una respuesta definitiva, aunque cada una ha sido atendida con diferentes posibilidades desde que comencé a cuestionarme lo que ocurriría.

Sabía qué hacer ante un ataque de pánico, aprendí gracias a un amigo al que tuve que acompañar en el pasado, no me lo pidió, sólo supe que no podía dejarlo solo y que él necesitaba que alguien reaccionara rápido. También reconocí los signos que acompañan a un ataque de ansiedad y en mi mente estaban disponibles los ejercicios necesarios, pero cuando ambos sucesos se expresaron el quince de febrero por la mañana en mi cuerpo no supe realmente qué debía hacer frente a ellos… las horas de ese fin de semana siguen siendo interminables. Mi cuerpo y mi mente de pronto se desconectaron. Tuve un miedo irrefrenable y el tiempo comenzó a ser eterno. 

A través de la escritura de este texto me doy cuenta de cómo me construyo narrativamente a partir del comienzo de esta experiencia. He comenzado a medir el tiempo a partir de ese primer suceso y los que le siguieron. Creo que ésta es mi forma de procesarlo, de aterrizar una experiencia que aún me sobrecoge cuando la pienso.

Paulo, él supo qué hacer y se mantuvo a mi lado. En mi mente aún observo esos momentos como si hubiesen ocurrido hace sólo unos segundos. Comenzó muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos, en el cambio de un fotograma de Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance a otro. Mi cuerpo se puso rígido y después comenzaron los temblores, las lágrimas surcaron mi rostro sintiéndose tibias e imparables y enmudecí, me paralicé por completo mientras él me sostenía y me llamaba por mi nombre. Aún no soy capaz de decir cuánto tiempo duró ese ataque que sentí particularmente largo o si hubo algo específico (aunque para mí irreconocible) que lo disparó. Sé que Paulo estaba ahí, sé que tomó mi mano izquierda, sé que me besó la frente, sé que me dio papel para que me limpiara los mocos, que recogió esos papeles sin asomo de asco y los tiró a la papelera, sé que evitó que me autolesionara sosteniéndome con todas sus fuerzas, sé que habló conmigo todo el tiempo, que dijo cosas muy bonitas y que me aseguró que todo [iba] a estar bien y también sé que yo me pude aferrar a esa idea porque él me estaba cuidando, porque en ese momento de impotencia absoluta tuvo mi vida entre sus manos.

Esa noche en el Instituto Nacional de Psiquiatría fue muy dolorosa. Incluso después de todo el tiempo que he dedicado a mis estudios y reflexiones acerca de salud mental me encontraba ahí sentada en la sala de espera pensando “no quiero estar aquí… no quiero que me internen…”, creo que pensé que mi vida estaba completamente derruida. 

Despedirme de la persona que amo porque, aunque ese vínculo es infinitamente más valioso que cualquiera no era su responsabilidad cuidarme, fue una de las cosas más difíciles de esa noche. Después de soltarnos y de que él diera la vuelta recibí mi diagnóstico pormenorizado y las primeras indicaciones de mi tratamiento. 

Atravesé la ciudad, me metí a mi cama y dormí sola. Al día siguiente mis padres llegaron al departamento. 

Hay muchas cosas acerca de la violencia doméstica, la desintegración familiar y la incertidumbre laboral y económica que no he detallado, pero fueron ésas las principales razones que me llevaron a expresar el síndrome que ahora padezco; no las pormenoricé aquí porque no quiero que mi experiencia verse sobre ese dolor sino sobre los cuidados surgidos, experimentados y compartidos a partir de ese momento. Cuando vi a mis padres esa mañana parados frente a mi cama y leyendo mis recetas tuve que pedirles, después de no sé cuántos años que, por favor, me cuidaran. Les dije que no podría enfrentar eso sola. Mi papá fue corriendo a la farmacia y mi mamá me preparó un caldo de pollo.

Hay un camino con un plazo ahora incierto que aún debo seguir atravesando. Trato de explicarme y declarar ordenadamente todo lo que siento frente a mis padres para que entiendan que mi cansancio no es acidia, que los pocos episodios que he tenido desde que comenzó la reclusión no son sencillos y que lidio continuamente con pensamientos de toda clase, sobre todo por las noches. Sé que no lo entienden del todo porque físicamente no hay demasiados signos que puedan percibir, pero una parte de esas conversaciones me dice que quieren comprenderlo. 

Algo está ocurriendo con los neurotransmisores en mi cerebro, lo sé aunque no puedo verlo, también tengo la certeza de que cada vez que una gota de medicamento o una pastilla entran a mi organismo estoy haciendo algo por mí, sé que si no los tomara me estaría maltratando, así que cuando pasan por mi garganta repito con convicción que me son útiles y necesarios. Mis siestas y las sesiones de llanto también son parte del autocuidado y hablar con las personas que me dedican su escucha atenta ahora es un asunto prioritario.

La comunicación con todos mis afectos es aún más valiosa en este momento. No quiero dejar ningún nombre fuera así que simplemente diré que cada mensaje e interacción tenida en este año la he valorado y dimensionado exponencialmente, aunque no todos puedan adivinarlo. Las noticias alegres son más emocionantes en estos días y la compañía es el mejor cuidado, todas las interacciones, aunque sean fugaces y de cualquier tipo marcan la diferencia, sé que a todos nos resulta preciso saber que no estamos solos y que estamos siendo escuchados así que el cierre para esta crónica episódica por ahora sería el siguiente: “seguiré viviendo con un corazón agradecido. La gente que me ama: ¡ustedes también deben ponerse como primer lugar en la vida!, ¡vivan propiamente, confiadamente, con orgullo!”.

 


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Wendy Méndez
Medievalista to be, correctora de estilo y rockstar de letras.
 
 
 

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