La domesticación del cuerpo y la pandemia

Ana Lilia Félix Pichardo

Los días son cortos, pero la inmensidad de ellos se agolpa en el cuerpo. Se sienten las semanas atrapadas entre la rodilla y la ingle, cada vez que los brazos sacan las manos por la ventana. Los dedos se estiran para respirar la calle como si las uñas fueran la extensión de los ojos, buscando un poco más de cerro, un poco menos de pisos sin barrer, huyendo de los trastes embarrados de comida seca y endurecida.

También los meses van doliendo en la frente. Un malestar con pies diminutos salta frenético entre una sien y otra. Va y viene, va y viene. Sus pies llegan a doler hasta el punto medio entre la frente y el centro de la cabeza, donde no te puedes sobar ni pasar los dedos tamborileando en señal de súplica y rendición.

El cabello que se suelta, en fuga de la cabeza, forma una pelusa inacabable por los suelos. Una barrida en la mañana y por la tarde ya hay otra vez rodamundos desérticos e inasibles. He descubierto en la escoba una incapaz cómplice contra el cabello abigarrado; esconde los cabellos  entre sus tubitos de plástico y luego va soltándolos camino al recogedor. La traición.

Hay toda una cultura que se desarrolla por los suelos. El polvo, las migajas, pedazos de uñas, el aceite que salta en el piso de la cocina y diminutas partes de lo que en el mundo de arriba se contempla como la alta cultura, en el nivel de lo completo. La superficie de los muebles, arriba, alberga hojas nuevas de papel, frutas, tortillas, verduras a punto de ser picadas. El margen de una fruta, el cuadrito de una cebolla, una semilla, por accidente rueda hacia el piso: la marginalidad del polvo y el cabello le abraza como si siempre hubiera pertenecido a ese otro mundo.

Las oposiciones campo-ciudad o centro-periferia nunca fueron tan abismales como la geometría de los mundos de abajo y el de arriba. Las frutas frescas, enteras, llenas de jugosos colores, arriba. Abajo, los fragmentos secos de lo que un día llegaron a formar. Todo se engricese y, poco a poco, va cruzando sus partículas con los montocitos de pelo, la envoltura de un dulce, una cáscara de semilla, hasta con un corcho de vino refugiado detrás de la pata del sillón, inaccesible para la morfología de la escoba o para la humedad del trapeador.

Hablar de la fauna es otra cosa. Coexisto con las arañas patonas que, sin vergüenza, se muestran en el techo y por las esquinas. No me temen ni les temo, a pesar de que, con los días, su apariencia de piernas esqueléticas contraste un poco con su abdomen negro y henchido. Igual mantenemos la sana distancia y todo transcurre con la modesta normalidad del tiempo atrapado entre la cocina, la cama adolescente (con la que cada vez resulta más difícil lidiar para tenderla) y el baño, que se ha convertido en el lugar más exquisito.

A veces los grillos chirrían muy fuerte. Los sigo con el oído pero no los encuentro. Estoy segura de que están adentro de la casa, pero no los veo. Tampoco me da pánico saberlos visitantes, sino hasta que, silenciosos, pasan saltando y mi mirada periférica sólo ve el movimiento de algo y me asusta. Compruebo que es un grillo y me tranquilizo, no lo saco, ni lo apachurro; es sólo que siempre me aterroriza pensar en las cucarachas. Toda la limpieza contenida en mis manos se desbordaría violenta por todo el piso, por los bordes de las ventanas, por la alacena, por mi ropero, por detrás de la estufa, bajo el refrigerador…

Y es que la ausencia de rutina ha invadido cada pequeño espacio, los muebles y las cosas están confundidos con la quietud de mi cuerpo, con la lentitud con que van mis pies de un lado a otro, como buscando algo que no encuentran hasta regresar al punto inicial. Los trastes platican con las manos y se quejan amargamente de la actitud bipolar con que se les trata, a veces se les friega una y otra vez con decisión, para luego ser ignorados por días completos. Los objetos comenzarán pronto a organizar sus quejas para atraer a las cucarachas. Tal vez sólo así la invasión de sus espacios pueda frenarse un poco.

 

Nota:

Los muebles y las cosas no comprenden cómo terminaron haciéndose cargo de mi reproducción mientras mi diminuto cuerpo vacila siempre entre mantenerse sentado terminando la tesis o correr a la cocina a limpiarlo todo, para y después de cocinar, o permanecer acostada con toda la culpa encima de no hacer ninguna de las dos anteriores alternativas.

 

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Ana Lilia Félix Pichardo. Zacatecas, 1991. Estudié Letras y también soy politóloga, escribo poesía, crónica y ensayo, pero no tengo ningún libro publicado. Cofundadora de la revista digital La Sílaba, parte del equipo de la plataforma Somos una América Abya Yala y militante abajo y a la izquierda/mujeres que luchan. 

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