Calamidades domésticas

Thania Aguilar Ramos

“Es que vi cómo ella sí podía y dije ¿por qué yo no voy a poder?”.

La primera vez que escuché a mi mamá decir eso, habían pasado dos días desde su primera clase de spinning y ya no podía dar un paso sin que se soltara a reír y a lamentarse del dolor muscular. Una chica que le doblaba el peso y la velocidad de su patada fueron suficientes para que olvidara que llevaba años sin hacer ejercicio y sustituyera su agotamiento físico con un ímpetu loco durante el último cuarto de la clase. Al temblor que sintió en las piernas al bajarse de la bici le siguieron siete días de calambres y quizá uno de temperatura.

La última vez que escuché esa frase fue a través del teléfono, en la semana siete de la cuarentena. La soltó con la naturalidad propia de quien explica cómo hacer enchiladas o rajitas con crema sin mucha complicación. El pensamiento lógico y natural que te lleva a subirte a una patineta a tus cincuenta y siete años: “Es que vi que Alejandra sí podía y dije ¿por qué yo no voy a poder?”.

Estos días del fin del mundo he descubierto que no estoy preparada para ser Thania del futuro. No estoy preparada para afrontar mis catástrofes personales ni mis apocalipsis intimísimos. No soy ningún Terminator ni la Jill Valentine del colapso emocional. Soy Thania del presente con un umbral del dolor tan bajo que no se levanta ni dos centímetros del suelo. Soy Thania del presente a la que se le contrajo cada milímetro del tejido interno cuando se enteró de que su mamá estaba en el hospital.

No era Covid. Era una fractura en la muñeca. O, como decía el reporte médico, una fractura distal de radio. Fractura distal de radio que fijaron con tubos y tornillos externos y que en estos tiempos sugiere que el futuro postapocalíptico tendrá una pinta más cyberpunk. Por lo menos para mi mamá. Lo que el reporte no incluyó fue que el incidente de la patineta también desataría la misma serie de calamidades domésticas, tan sutiles como corrosivas, que suelen formar parte de la dinámica familiar.

Estos días he pensado que las familias son caldos de ansiedades. Hervideros de estrés y desequilibrio emocional. Que mi familia constantemente haga ebullición y se derrame en la estufa es una condición que a veces me causa insomnio. Que a veces hasta me lleva a pensar con urgencia que podría conseguir un departamento atrás del Expiatorio para poder ir a comer con mi mamá de vez en cuando. Tener a mis sobrinos en mi sala. Salir a dar la vuelta con mis hermanas e invitarlas a dormir. Decirle a mi papá que todo está bien, que ya puede salir de esa coraza de hierro que se le ha encarnado con los años. Al diablo con ser editora en la Ciudad de México, puedo poner una panadería en Guadalajara y encontrar nuevas formas de ser feliz.

A veces quisiera ser como mi mamá. Después de años y años de haber sostenido a la figura paterna como modelo de lo que debería ser alguien, hoy solo espero poder parecerme cada día un poco más a ella. Tener mi rincón desbordado de plantitas. Reírme siempre con escándalo y desparpajo. Incluso tomar el riesgo de romperme la muñeca derecha, si en el proceso pienso que voy a lograr mantenerme en esa patineta más de treinta segundos.

Pensarme perfectamente capaz y no arrepentirme por ello.

 


LA AUTORA

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Thania Aguilar Ramos (Villahermosa, 1990) estudió Comunicación en la UNAM y es editora. A veces escribe, pero se lleva mejor con los textos ajenos. Gusta del pan dulce y piensa que la vida es una serie de eventos ridículos.

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