Se arreglan niños-Dios

Tatiana Candelario

¿Quién cuida a los que cuidan? Me pregunto una y otra vez. A veces lo hago en silencio, a veces en voz bajita, muy bajita, pero en realidad quisiera gritarlo. ¿Quién te cuidará ahora a ti que yaces tendida en la cama con un tanque de oxigeno a tu lado? ¿Quién cuidará tu casa, tus plantas, tus niños-Dios? ¿Quién arreglará tu máquina de coser con la paciencia y la habilidad con que lo hacías tú? ¿Quién arrullará sueños y recibirá los besos de su nieto para guardarlos en su corazón?

¿Quién te cuidará a ti, Martha? ¿Quién te llevará hacia un puerto seguro? A ti, que estuviste toda tu vida cuidando a los demás. Primero a tus padres y muy pronto, siendo casi una niña, a tus hermanos porque así lo dicta la tradición-cultura-machista-terrenal; después, tuviste que cuidar a tu recién marido, con quien estarías casada hasta el final de tus días y a quien le cocinabas y preparabas la comida aunque tuvieras que ir al centro a comprar las cosas para arreglar niños-Dios, porque a eso te dedicaste los últimos años, o a buscar la tela para hacer y vender disfraces para las festividades de Halloween. Le dejabas preparado todo porqué él nunca aprendió a cuidar de sí mismo.

Desde que te conocí supe que hacías magia con las manos. César siempre me lo dijo. Y apenas nos mudamos juntos lo pude constatar: cosiste cortinas, una funda para mi sillón blanco y viejo que tenía desde que vivía sola, una funda para mi computadora y un mantel. En cuanto nació mi hijo, tu nieto, le tejiste algunas chambritas, varios zapatitos y pantuflas, unas pequeñas sábanas para su cuna. Conforme fue creciendo le fuiste tejiendo más cosas. Tus manos tejían sueños, las ilusiones las hacías realidad. Desde un “Príncipe Ratón”, sus dinosaurios favoritos, una pequeña tortuga. También le tejiste y le pusiste un suéter al conejo de Rodrigo. Qué gesto tan más tierno. Le quedó perfecto.

No sólo son objetos. Es tiempo, es trabajo invertido, es presencia y es cuerpo. Cuando a tu nieto comenzaron a gustarle muchísimo los Voladores de Papantla, le hiciste un gorro y su traje completo para que él jugara a ser niño-pájaro por toda la casa. En su primer cumpleaños le hiciste un traje de Moomin y muchos gorros de su mejor amigo Snufkin para todos los invitados. En su cumpleaños número dos le hiciste unas bolsitas de Mickey Mouse para dar los recuerdos a los invitados. ¿Te acuerdas qué bonitas se veían con sus botones y listones? Y cuando cumplió tres años, hace apenas ocho meses, te dije que su fiesta sería de monstruos y nos pusimos a buscar la tela apropiada para hacer muchos monstruos para los invitados, y muchos más para adornar la mesa de dulces. No sólo hicimos monstruos de tela: hicimos colmillos, ojos deformes, bocas espantosas y pelo alborotado de papel y fieltro para adornar las bolsitas de dulces y los botes para las botanas. Hicimos unas lámparas de monstruo que quedaron increíbles y que, por tantos adornos, al final se nos olvidó colgar.

Nadie como tú me seguía la corriente para las fiestas de Rodrigo. Nunca me dijiste que no. Nunca te pareció un exceso. Al contrario, me alentabas, me ayudabas, me dabas cuerda. Aquel cumpleaños número tres hicimos tantos monstruos para tener una verdadera fiesta monstruosa, los había de papel, de tela, de cartón, de fieltro. No sabíamos que sería la última en la que te tendríamos con nosotros. Hace apenas ocho meses estábamos en la Parisina escogiendo la tela y los colores para esos monstruos. Te pregunté: “¿Y si le hacemos también una manta grande que diga ‘Feliz cumpleaños, Rodrigo’?”. “Por supuesto”, respondiste.

Gracias, Martha. Siempre te lo dije. Siempre quise retribuir tu cariño, tu presencia, tu trabajo. Aunque ahora todo parece poco. Aparece la culpa ante tu muerte y la certeza de que siempre se puede hacer más por las personas que nos cuidan, que nos quieren. Cuidar a quienes nos cuidan. Rodrigo alcanzó a cuidarte, aunque fuera un poco al final de tus días; la penúltima vez que te vio te dio masaje en tus piernas y te tapó con una cobijita para quitarte el frío. Al final, quien es cuidado aprende a cuidar. O por lo menos así debería de ser.

“Se arreglan niños-dioses” dice el local que ahora tiene la cortina cerrada afuera de tu casa al sur de la ciudad en una calle sin pavimentar. Tu sueño se quedó inconcluso: una casa grande con un jardín. Las últimas plantas que sembraste se secaron; en cambio, el pasto está verde. Llevaré nuevas plantas y florecerán en su momento y, si el tiempo nos lo permite, también plantaremos un huerto y Rodrigo lo cuidará. Ahí depositará los besos que te mandaba con la mano y que tú atrapabas en el aire y guardabas en tu corazón. Las semillas, cuando se cuidan, siempre terminan por germinar.


LA AUTORA

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Tatiana Candelario. Historiadora (y ex corredora). Interesada en la historia social y cultural del siglo XX, particularmente en los procesos de urbanización e industrialización. Mamá de Rodrigo desde el invierno de 2016.

2 comentarios sobre “Se arreglan niños-Dios

  1. “Aparece la culpa ante tu muerte y la certeza de que siempre se puede hacer más por las personas que nos cuidan, que nos quieren.“

    Tuve la fortuna de cuidar a mi madre 3 meses antes de que falleciera. Tratar de regresar un poco de los cuidados que ella me dio. De los que siempre dio, porque al igual que Martha desde muy niña, cuidó; primero a sus 6 hermanos, luego a sus 4 hijos y después a sus 6 nietos. Tienes razón, siempre se pudo hacer más, nos damos cuenta ya que no se puede hacer nada. Al final hicimos lo que estuvo en nuestras manos tratando de emular los cuidados que aprendimos gracias a los suyos.
    Qué bonito agradecimiento a tu suegra. Se me aguaron los ojos leyéndote.

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  2. Sí, me he dado cuenta con mi hijo de 3 años que réplica las acciones de cuidado que se le dan. Así cuida a los animales, a su papá, a mí y a otros niños
    Siento la pérdida de alguien tan maravilloso.
    Saludos

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