Roberta, sus poemas

Sandra Ivette González Ruiz

Esta serie de poemas se desprenden de la historia de mi abuela materna. Roberta y su historia me enseñaron directa o indirectamente algunas cosas sobre la importancia del cuidado, el autocuidado y las tormentas que acarrea dejarse a la deriva, es decir, cuidar sin cuidarse, cuidar sin ser cuidadas. 

Para ella estas letras.

Cuerpo

1.

No te olvides de tu cuerpo

lo dejaste ahí tirado

entre los restos de los fuegos artificiales

cuando la noche era luminosa

y todo olía a verdad.

2.

Voy camino a intentar conseguir un cuerpo nuevo,

uno que sí tenga los diez kilos que perdí hace un

tiempo,

un cuerpo que no tiemble,

que se parezca más a mí,

para no sentirme tan distinta,

tan invadida.

 

Alguien hurga dentro de mi cuerpo y descubre que no

estoy ahí.

Me falto.

Alguien me nombra en voz alta,

pero no reconozco el sonido,

alguien me mira a los ojos vacíos

y no encuentra su reflejo.

Toda esa ausencia cabe en un solo cuerpo.

Explicar con palabras de este mundo

o de cualquier otro

que un día me separé de mí

y no sé cómo volver.

3.

No te olvides de tu cuerpo

porque otros ya lo olvidaron

y a otros no les importa

y otros van a querer lastimarlo

y algunos otros van a pensar en desollarlo.

 

No te olvides de tu cuerpo

no lo escondas

no le huyas

no lo castigues

no lo insultes

no te muerdas.

 

4.

Mi abuela tiene 59 años y está frente al espejo. Se mira el tumor de la espalda, es como una montaña llena de sangre. Se toca, se duele, reconoce la muerte. Me observa a través de su espejo, mis ocho años recostada en la cama, desde ahí recorro su cuerpo hasta llegar a ese montecito, aun no entiendo, aún no me entero de la muerte. Me busca los ojos, me encara desde el reflejo:

No te olvides de tu cuerpo, porque otros van a querer

olvidarlo,

no evadas el dolor, no te lo tragues,

escupe,

grita,

rompe,

escribe,

no dejes que te consuma.

No permitas que el dolor se te haga cáncer.

No te olvides de tu cuerpo,

no lo encarceles

y todas la noches, antes de dormir,

pon romero debajo de la almohada,

para calmar la angustia

para que puedas volver.

 

Roberta, sus historias sobre la plaga

Cuando era chica la abuela me contaba una historia,

una niña podía hablar con las plantas y flores,

(o algo así),

las escuchaba por horas, días y a veces hasta meses.

Las flores le contaban sus historias, hablaban sobre sus heridas y dolor,

entonces la niña elaboraba remedios especiales para cada una,

las cuidaba todos los días, las acompañaba hasta que se sentían sanas.

Y luego de eso, las escuchaba, otra vez, por días, meses y hasta años.

Las flores hablaban sobre las bondades del sol y lo refrescante de la lluvia.

 

La abuela siempre me sonreía al terminar la historia,

luego se quedaba largo rato mirándome,

entonces le regalaba una sonrisa para complacerla,

pero en las noches, debajo de mis sábanas,

lloraba desconsolada pensando en la niña,

me la imaginaba ahí, cansada, sola,

buscando cómo hacer para curar a todas las flores,

necia en su afán de que todas estuvieran bien

y ¿ella?

y sus heridas, sus miedos, su dolor.

¿Por qué ninguna flor le preguntaba a ella cómo estaba?

¿Por qué ninguna flor paraba de hablar para escucharla?

¿Por qué ninguna flor hacía el mismo esfuerzo por curarla?

 

La abuela era así, como esa niña,

hasta que cayó desmayada en la cocina

y dos meses después estábamos enterrándola.

Así, sin poder hacer nada.

Después de la muerte de mi abuela soñé varias veces con la niña,

la veía llorar a solas en un cuarto vacío.

 

La abuela nunca supo que a los 5 años, con su historia, conocí la desolación.

Y a los 17 la encarné, como una plaga.

 

Roberta, sus delirios

La abuela se desmayó en la cocina, ahí supimos que tenía cáncer

(pero eso ya lo dije).

Pasó cuatro meses en el hospital antes de morir.

En la última etapa de la enfermedad

comenzaron los delirios y alucinaciones.

Algunos días veía a un niño rondar su cama,

le tomaba la mano y le explicaba cosas sobre el dolor

(el dolor si no se nombra te invade).

Otros días veía a su hija muerta a los 5 años,

Isabel se paraba al lado de su cama y la miraba por horas,

Roberta le ofrecía disculpas por dejarla morir aquella noche,

no tenía dinero para mandar por un doctor,

no tenía forma de sacarla del pueblo para llevarla a un hospital,

no tenía nada

(nunca supimos si Isabel la perdonó).

 

En los días más duros,

los días sin tregua,

Roberta veía a Efrén sentado en el sillón frente a ella,

Efrén recorría la habitación gritando, azotando cosas,

perdido en la borrachera.

Mi madre cuenta que la abuela le decía:

“Vino tu papá, estaba ahí, vino a golpearme, mira los moretones que me dejó”,

entonces Roberta extendía sus brazos exhaustos, consumidos

y lloraba al ver esos moretones imaginarios

(después solo queda el silencio).

 

Roberta, su tumor

Mis silencios no me habían protegido. Sus silencios no las protegerán.

Audre Lorde

Esta no es la historia de mi abuela,

es la historia de su tumor.

Del tumor que anidó en su seno derecho

y poco a poco creció bajo la protección del silencio de mi abuela.

 

Negarle un cuerpo a la abuela

le sirvió a tumor para expandirse a su antojo, romper tejidos

y roer la energía de Roberta.

 

La abuela no para,

la abuela no se enferma,

nunca se enferma,

es una mujer fuerte,

la abuela no siente,

la abuela trabaja de sol a sol por amor,

la abuela ni está cansada,

la abuela no tienen nada qué decir,

es que no le gusta hablar,

no, la abuela es un roble,

la abuela no se quiebra,

la abuela no siente nada,

a la abuela no le duele nada.

Tumor abraza el seno derecho,

lo atraviesa,

tumor crece, hace del cuerpo de mi abuela su hogar,

llega hasta el pulmón y también lo invade,

tumor intenta volverse la piel de Roberta,

es como si quisiera romperla.

 

La abuela no piensa en su propio cuerpo,

o intenta no hacerlo,

intenta resistir,

aguantar,

la abuela no habla sobre el dolor,

sobre los años y años y años de dolor.

No cuenta la historia de ese cuerpo adolorido.

Roberta se calla y en las noches calienta la piedra del molcajete

y la pone sobre  su tumor, intenta quemarlo

¿Por qué tratas de cubrir un dolor con otro más grande?

 

Tumor se expande como un universo dentro de mi abuela,

estalla,

ocupa cada órgano,

tumor se adueña de cada rincón de ese cuerpo,

lo toma, lo consume, lo desgarra,

 

Roberta no puede más, grita.

 

Manchas de humedad

La humedad deja manchas de un color grisáceo,

con algo de café-verde,

la humedad debilita los techos,

desprende la pintura,

produce una especie de burbujas que nunca explotan.

Es cierto, si una se esfuerza puede encontrar formas,

como si esas manchas,

huellas de las lluvias,

imitaran a las nubes,

como cuando las huellas del dolor y la violencia

se hacen pasar por otra cosa,

se disfrazan de recuerdos tiernos para poder soportarlas.

 

En fin, las huellas de la humedad se expanden,

crecen,

amenazan con invadir,

con vencer lo sólido,

derrumbar el techo

y una casa sin techo es solo intemperie.

 

Lo sé,

porque cuando tenía ocho años miré detenidamente el techo,

por largo tiempo,

quizá cuatro o cinco horas,

estaba ahí, tumbada sobre el suelo frío

esperando la llamada.

No sabía que estaba a punto de volverme otra,

mutar,

que el mundo estaba a punto de ser otro,

la intemperie.

Todo iba a cambiar

y yo estaba ahí, en el suelo

hundida en lo que ya empezaban a ser fantasmas:

eternidad,

permanencia,

estabilidad,

estaba ahí, jugando a encontrarle formas a las manchas,

a las marcas del tiempo,

el lenguaje del desgate, la transformación.

 

El teléfono suena,

         dos, tres,

a la cuarta vez mi madre contesta.

Me levanto y me acomodo junto a mi hermana mayor,

mi hermanita se acurruca junto a mamá,

mamá llora,

cuelga y nos mira, una por una,

Murió ya, la abuela acaba de morir.

Observo el llanto de mi madre, va creciendo,

deja las manos sobre sus piernas,

baja la cabeza y llora, hace un ruido seco, duro.

Mi hermanita está ahí, acurrucada, solloza bajito,

mientras mi hermana la mayor suelta ese llanto acompañado de espasmos,

tiembla.

Las observo un minuto más,

las examino intrigada,

sus lágrimas me producen curiosidad,

miro los movimientos involuntarios que produce el llanto,

como si el cuerpo por fin se rebelara,

se entregara al dolor.

Mamá ya está gritando, sigue con la cabeza agachada,

como si le diera vergüenza estar destrozada.

La pequeña se limpia los mocos,

mi hermana se tapa la cara con las manos

y empieza a repetir de forma compulsiva una sola palabra: NO.

 

Ahí empiezo a derramar mis primeras lágrimas,

(¿a dónde dijeron que fue la abuela?)

mi llanto es lento, pausado, crece poco a poco,

se quiebra, me quiebra,

me invade,

empiezo a hacer un ruido,

me quejo,

muevo el pie,

me balanceo,

me cubro la cara,

me agacho,

me limpio los mocos,

grito,

me abrazo, me suelto,

ya no sé qué  hacer con las manos,

el llanto me devora.

 

El mundo ha cambiado

y apenas lo entiendo,

ya no soy la de antes,

la de cinco minutos antes de que el teléfono timbrara,

antes de ese momento:

antes de aprender a llorar así, de la forma en que sigo haciéndolo hasta ahora,

antes de mamá llorando, de mis hermanas llorando,

antes de, entre mujeres, construir mi primera memoria del dolor.

 

Intento escuchar…

Intento escuchar la voz de mi abuela,

pero no puedo,

mis oídos están sellados

y no logro descifrar su secreto.

Roberta está frente a mí,

de su boca salen palabras,

puedo sentir el aire rozar mi piel,

la abuela está tranquila,

me mira,

no sabe que no puedo oír.

Olvidé el conjuro para detener la plaga,

no sé cómo no dejarme pudrir.

Qué voy a hacer cuando las palabras me falten,

hacia dónde tendré que huir,

cómo voy a cuidarme del miedo,

cómo voy a nombrar el miedo.

 

Mi vacío se llama Roberta

El vacío se llama Roberta. Lo supe una noche mientras lloraba como una niña de cinco años o más exactamente como una niña de 8 años que acaba de quedarse sin abuela materna, ahí entendí mis característicos desconsuelos: el vacío se llama Roberta. Siempre que tengo ataques de ansiedad o tristeza, siempre que camino en los límites del fracaso y la desesperación vuelvo a mis ocho años sentada al lado de mi madre y frente a mis dos hermanas, ese momento en  el que llamaron para avisar que mi abuela había muerto.

            La enfermedad fue larga y desgastante pero no acompañamos todo el proceso porque Roberta se aguantó el dolor hasta que no pudo más, hasta que su cuerpo gritó, hasta que cayó desmayada en la  cocina de su casa y vimos el tumor gigante que ya le traspasaba el pulmón. Recuerdo que cuando vi el tumor entendí la muerte, por lo menos entendí que la muerte estaba ya instalada. Roberta se fue apagando, la vida se le escapó y a mí la infancia se me hacía añicos sin que nadie me explicara que eso que estaba pasando no era un abandono sino la muerte, la inevitable muerte. La viejita alcanzó a mirarme una ocasión más, me sonrío desde su cama, después se me escapó. Yo creo que ahí nació mi desconsuelo. Mi vacío se llama Roberta.

            La noche de la despedida (otra despedida) en la que lloraba junto a alguien que lloraba igual o más que yo, esa noche del dolor pensaba en Roberta mientras ofrecía mis abrazos adoloridos y sangrantes, yo sabía que la muerte estaba ya instalada, que la noche había ganado y otra vez tenía que recoger mis esperanzas, mis sueños, mis miedos, los monstruos que esparcí, guardarlos en la maleta e irme. Toda despedida es una muerte, por lo menos para mí lo es, y no lo digo por ser fatalista sino para entender  que algo termina de una vez y para siempre, que lo que sigue se tiene que construir distinto, diferente, quizá mejor o quizá peor, pero me estaba despidiendo de algo que no volvería nunca. Que nunca volvió. Ese día mientras empezaba el duelo de mis expectativas, de un proyecto en el  que creí con el cuerpo entero, de una batalla que di hasta donde las contradicciones me alcanzaron caí en la desesperación y la ansiedad, esa dolorida ansiedad, y supe que no había consuelo porque todo lo que quería era que Roberta me abrazara, me sonriera, me cuidara. Enterrarme en su regazo suavecito y quedarme ahí mientras me acariciaba el pelo. Y esa imposibilidad me fracturó. Mi vacío se llama Roberta, se llama abuela muerta, se llama abandono, se llama…

Ayer por la mañana empecé rituales de sanación, hice conjuros con las plantas, hoy me corté el cabello, mañana me voy a esconder entre las almohadas, voy a transpirar fracaso y mi abuela no estará. Aprender a vivir en un mundo sin mi abuela Roberta es el proceso más difícil de mi vida. Lo asumo. Asumo la muerte y las despedidas. Asumo mis imposibilidades y mis limitaciones emocionales, me asumo sin Roberta, me asumo rota y devastada. Me amarro un hilito rojo a la muñeca mientras conjuro la vida para que la peste no me invada, no me coma, para aceptar al sol cuando entre, para dejar que me nutra, para que la tierra sea noble conmigo y me cure, para que el agua me alimente, para que el viento no me doble, para soportar el duelo y volver a florecer.

 

Conjuros y diálogos con las plantas mientras les amarras un hilito rojo para evitar que la plaga se las coma:

Para que no sucumbas a las adversidades.

Para que sobrevivas a todos los climas.

 

Para que crezcas grande, fuerte y poderosa.

Para que no te coman, para que no te coman,

para que n o t e c o m a n .

 

Para que no te rompas cuando el viento pegue fuerte.

Para que el sol no te canse y aprendas a aceptar su luz,

a nutrirte con su luz.

 

Para que florezcas.

Para que sobrevivas.

Para que vivas.

Para que el verde gane.

 

Para que la tierra sea noble contigo y abrace tus raíces

y cure tus enfermedades.

Para que el agua te alimente.

Para el fuego no te consuma.

Para que te cuiden y aprendas a cuidar.

Para que des tranquilidad, para que acompañes las tristezas,

para que nutras.

Para masticar la noche y detenerla

 

Para que te sostengas.

Para que la vida gane.

Para que la vida gane.

Sigue viva

En 1993 Roberta Ruiz Arrazola me reveló un secreto: “si le amarras un hilo rojo a las plantas puedes evitar que la plaga las consuma, la plaga del mundo de afuera y la de adentro”. A los 5 años una no entiende del todo, sé que esa voz de mi abuela se me quedó guardada en alguna parte del cuerpo, quizá debajo del brazo izquierdo.

Después de unos años conocí varias plagas de adentro y de afuera. Detuve algunas, luego aprendí a detener otras en colectivo, luego detuve las plagas de otras y otras detuvieron las mías. Algunas plagas me invadieron y lograron acabar con varios de mis sueños.

Veinticinco años después de aquella tarde en el huerto de mi abuela, el secreto de Roberta floreció en mí en mitad de una tormenta. Como una semilla sembrada con paciencia, con ternura, con sabiduría, que justo cuando más la necesitas suelta su primera flor. La plaga me invadió, me devoró, me quemó por dentro y dejó cenizas ardientes por todo el cuerpo. A veces el dolor parece infinito. Pero mientras eso sucedía otras me plantaron nuevas semillas, removieron mis partes quebradas, cosieron mis agujeros, limpiaron mis heridas, me dejaron dormir junto al retrato de mi abuela, con un hilo rojo atado a la muñeca.

El 7 de noviembre del 2019, en el aniversario luctuoso de mi abuela, es decir a 23 años de su muerte, entendí su secreto (por lo menos una parte). A las 12:30 tomé un té con Abigail, hacía casi un año que no nos veíamos. Hacia el final de nuestro encuentro me dijo “te tengo un regalo” y sacó una plantita de sombra, una calathea: “¿Te acuerdas que hace dos años me diste una planta por mi cumpleaños?, es la única que sigue viva. Todas mis plantas se mueren, se murieron, pero esa sigue viva, soportó lluvias e inviernos y resistió. Recuerdo que yo pasaba por un mal momento cuando me la diste, me acompañaste, me diste esa planta con mucho amor y sigue viva. Por eso, ahora que tú pasas por un mal momento te doy esta planta, con mucho amor”.

Sigue viva. Ese era el secreto de la abuela. El hilo rojo contra la plaga nos une, nos junta en el cuidarnos, está en las semillas que unas a otras nos sembramos. Esa es la manera en la que sobrevivimos en mitad de la muerte cuidándonos unas a otras. Caminé bajo el sol de otoño o del invierno adelantado con mi calathea bajo el brazo, llorando.

Sigue viva, hermana, sigue viva,

sé que a veces eso es pedir demasiado,

mira que tienes el derecho a estar agotada,

cansada,

a llorar en cualquier parte,

a romper cosas,

gritar,

temblar,

rayar paredes,

hacer hogueras,

y volver a llorar.

Porque las batallas parecen estar en todas partes,

hasta en abrir los ojos, levantarte de la cama,

caminar, seguir respirando.

El tiempo incesante de la guerra es abrumador

y nuestras cuerpas también están hechas de fragilidades.

Rómpete,

vomita o escupe o ambas.

Revuélcate si quieres en las almohadas,

sácate las costras,

deja que algunas heridas se infecten

y si quieres no te limpies la pus.

Tienes derecho a morirte de vez en cuando.

Pero sigue viva, hermana, sigue viva,

acá te guardo la luz

para cuando la necesites,

para cuando tus semillas florezcan,

para cuando te den ganas de descubrir tus secretos,

para cuando descubras que la plaga no te puede matar,

no la vamos a dejar.

Sigue viva,

Sigue viva, hermana.

 


LA AUTORA

 

Sandra Ivette González Ruiz es Licenciada en Comunicación por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Maestra en Estudios Latinoamericanos, UNAM y doctoranda en Estudios Latinoamericanos. Investiga sobre poesía escrita por mujeres en dictadura. Docente, poeta y bordadora feminista, viene de una genealogía de mujeres oaxaqueñas. Es parte de diversas colectivas feministas y de La Jardinera. Club de Lectura y Casa Editorial donde publicó su poemario Apuntes para entrar en un jardín. 

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