La costumbre de olvidarte

Jazive Jiménez

Una y otra vez, por días, por meses y me atrevo a decir que por años, años de trabajo duro que sin querer, o queriendo un poco, tus padres te enseñaron a ser “responsable”, una mujer independiente que no necesitaría de nadie para salir adelante. “Aprende a cocinar para que nada nunca te falte, una sopa y unos huevos, con eso la haces.”

¡Acomedirse! Limpiar la mesa después de cada comida, barrer para que el polvo no toque los muebles, fijarse en el cesto que la ropa necesita lavarse, no te olvides del baño que jamás debe estar sucio. 

Y mientras todo eso pasa, piensas una y otra vez en lo que harás cuando el quehacer termine. Prenderás la computadora para sentarte a escribir, buscarás ese curso que tanto estás posponiendo. Tal vez le hablarás a esa amiga que tanto extrañas o pensarás en leer esas últimas páginas del libro que tuviste que botar. Todo lo piensas mientras los deberes del hogar te consumen y sigues fregando esas jergas una y otra vez. 

Por fin terminas, o eso parece. Te sientas un momento en el sillón, respiras profundo para acordarte que no hay nada en la alacena, te levantas y el refrigerador cuenta con un par de cebollas y un jitomate echado a perder. Te agarras el cabello, tomas las llaves y vas a surtirte de todo lo que haga falta para no hacer rugir de más las lombrices del estómago. 

Llegas, preparas algo rápido de comer porque ya estás cansada, comes con la fatiga de un largo día de trabajo en el hogar —sin olvidar el segundo trabajo fuera de casa—, para enseguida lavar los platos sucios y ahora sí darte el tiempo que necesitabas para terminar eso que dejaste pendiente.

Te sientas en el sofá o al borde de la cama para comenzar. Sin embargo, lo único que quieres es despejarte. Quitarte los zapatos, el chongo del cabello y dejar de pensar. Entonces el sueño te vence, las ganas de seguir son escasas y lo único que buscas es ponerte la piyama. 

El día acaba para comenzar otro igual, donde el tiempo te consume antes de consumirlo. Todos los días hay deberes que cumplir porque desde niñas nos enseñaron que las cosas no se hacen solas y que una casa limpia siempre hablará bien de ti. Desde niñas nos dijeron que aun cuando el berrinche se nos notara en el rostro, terminaríamos haciéndolo y con el tiempo nos acostumbraríamos, como maquinitas de limpieza. 

Lo que se les olvidó enseñarnos es que antes del hogar la prioridad deberíamos ser nosotras mismas. Que los trastes sucios pueden esperar, que el polvo en los muebles regresará y que los deberes ahí estarán. Pero nuestros sueños no. Que las metas necesitan constancia. Que limpiarnos a nosotras mismas debería ser el principal hábito: enjuagar los ojos, barrer el cabello, sacudir los sentimientos y trapear las ideas para que un día, a diferencia de los otros, nosotras también podamos disfrutar, para conocernos y reconocernos todos los días un poco más, para crear y dejar atrás que la única costumbre es un hogar limpio. Y que la verdadera costumbre sea no olvidarte.

 


LA AUTORA

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Jazive Jiménez. Periodista de tiempo completo, amante de que las letras resuenen y sean un grito de esperanza. Sueña despierta y ríe al mínimo suspiro.

Un comentario sobre “La costumbre de olvidarte

  1. Este relato es tan detallado que me llevó en el tiempo atrás para ver a mis ancestras hasta llegar a mi madre guardando lealtades al Deber ser porque si no haces lo que corresponde a tu rol es como faltarle a tu madre a tu abuela y más allá. Gracias Jazive

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