“¿Cómo estás?”: evocaciones para una madre y una hija

Amelia M. González

Para mi mami, con todo el cariño.

Tengo una imagen muy vívida sobre mi madre:  yo voy entrando a su cuarto en el Centro Médico y ella está recostada, recién operada de una mastectomía de lado izquierdo. Me mira con mucha ternura y me pregunta si ya terminé de leer el libro que estaba leyendo. No sé qué decirle, porque tengo la certeza de que debería decirle tanto, pero opto por el impotente “No, ma, no lo he terminado, pero luego lo acabo de leer” y le pregunto: “¿cómo estás?”.

Apenas un segundo después me siento tonta por mi pregunta, pero ella responde -con el buen sentido del humor que siempre tiene- que está muy bien, aunque le gustaría estar ya en su casa. De nuevo me pregunta por mí, por mis cosas. Intenta sentarse, pero de inmediato le digo que no puede hacerlo y ella recuerda que ya las enfermeras le explicaron un par de veces que no puede hacer esfuerzos, pues corre el riesgo de abrirse las heridas. Nos quedamos en silencio un rato. El espacio está impregnado de ese olor dulzón y amargo que se combina con la sangre fresca del vendaje. Ese aroma que, aunque lo intentara, nunca saldría de mi memoria.

Mi mamá es afortunada, pienso en ese momento, porque está a “salvo” y porque hasta tuvo la fortuna de que le asignaran un cuarto de recuperación para ella solita. No sabemos por qué, pero el médico pidió que la llevaran sola a una habitación en la que pudiera estar cómoda y en la que pudieran estar cómodos también los familiares cuando entraran a verla. Afortunada, en el sistema de salud del país, no es poca cosa. Mi mamá dice que igual le dieron esa habitación porque cuando iba a consultas con el oncólogo, ella le llevaba dulces de contrabando y los dos hablaban “hasta por los codos”. Esto es verdad, aunque no puedo saber si estas fueron las razones por las cuales mi mamá y yo estamos en esta habitación. De todos modos, en mi interior los agradezco.

Esta imagen reaparece con fuerza en determinados momentos de mi vida, casi siempre cuando me hallo en un momento de transformación personal honda.  Ahora que la describo con palabras fijadas a través de mi escritura, me percato de lo poderosa y sencilla que en realidad es. Estoy segura de que no soy la única persona que tiene una imagen similar, desafortunadamente; sin embargo, a veces me pregunto si también todas las otras personas llevan consigo esas imágenes vitales como talismán personal, íntimo. A mí me pasa. Lejos de recordar esta escena como algo lastimoso o violento, he aprendido a atesorarla en todos sus particulares.

Algo bien concreto me motiva: en esta escena he logrado vislumbrar una lección perdurable que, de un modo bien complejo (a través del ejemplo cotidiano e inconsciente), mi madre me otorgó. Quizás cuando la platico -aunque en realidad es la primera vez que lo hago, porque a veces me da miedo ponerme vulnerable y además es un recuerdo que involucra también a otra persona- otros vean en ella estragos de dolor. Yo veo una suma de cuidados. Esta imagen que atesoro y ahora comparto me ha hecho plantearme una serie de preguntas que han terminado por transformar, irremediablemente, mi vida.

Pienso, por ejemplo, en la complejidad de eventos latentes detrás de aquella pregunta que mi mamá me hizo al reposar de la incómoda cirugía. ¿Qué lleva a una persona a preguntar primero por el bienestar del otro, antes que platicar sobre el propio? No lo sé, aunque lo intuyo. Sé que otras veces yo lo he hecho. No sé si ha sido por “herencia” de algunos hábitos de mi madre o si lo hago porque muchas veces las mujeres solemos ejecutar ese complejo gesto, esa -muchas veces dolorosa- cortesía de anteponer a los demás antes que ponernos a nosotras mismas.

Quizás en este punto algunas personas piensen que es normal que una madre lo haga. A decir verdad, nunca he comprendido con qué facilidad hablan de “las cosas que son normales cuando eres madre”. Pienso muchas veces que bien haríamos en no suponer con tanta facilidad sobre el comportamiento de los otros; de las otras, en este caso concreto. Me aterra -porque he visto y vivido las consecuencias- la facilidad con que emitimos juicios de lo que deberíamos ser al momento de “convertirnos en algo”. ¿Una se convierte en algo, así tan mágicamente? Quisiera más bien ensayar múltiples preguntas sobre esta cuestión y no quedarme quieta en ninguna respuesta que me limite y que limite las experiencias de las demás.

Mi madre vive y han pasado varios años desde esa escena del cuarto. Hemos podido platicar sobre lo acontecido. Le he preguntado directamente por qué a veces prefiere preguntarnos primero cómo estamos y a veces hasta olvida respondernos cómo está ella. Al principio decía que no sabía, que igual era “la maña de mamá” (volvemos a lo dicho); pero, conforme mi insistencia -amable aunque sí incisiva- se prolonga y vuelve al tema, ha comenzado a responder que no sabe por qué lo hace, pero quisiera cambiarlo. Lo ha hecho. Esto, desde luego, ha sido un trabajo personal muy grande.  Absolutamente todo el mérito le corresponde. De un tiempo para acá platica más sobre lo que le duele, lo que le angustia. He notado -un poco a escondidas- que suele sincerarse más ante esa genérica pregunta del “¿cómo estás?”. De alguna forma se antepone y se afirma. Escucha a los otros, pero también espera a cambio que le pregunten por ella misma. No es poco.

Volvemos a la imagen del cuarto. En aquel momento yo me cuestionaba sobre lo que vendría después. Una nunca se siente “del otro lado”, con el cáncer. Creo que incluso, aunque los médicos hablen de remisión, una siempre se siente amenazada, como esperando algo. Y según he aprendido con los años, no es porque una sea pesimista. Más bien se va haciendo consciente de que hay eventos que, en su esencia, están hechos de espirales que retornan y se alejan, pero nunca desaparecen. Se vive bien también con esto. El vértigo de la incertidumbre -como también aprendemos en los cuentos de Dávila, que ahora con toda lucidez me vienen a la memoria- nos enseña mucho a través de la trasmutación de sus abismos.

Entonces yo era otra. No me cuestionaba con tanta insistencia sobre los cuidados, sobre la reciprocidad. En ese momento no comprendía que debajo del léxico de mi madre latían múltiples preguntas que me han sanado, que nos han sanado juntas.

Compartir con otras las palabras que brotan de esta imagen de la que he hablado me ayuda también. No a cerrar un ciclo, porque ya hemos hablado de los espirales y de los “no cierres”, sino (para decirlo con palabras más certeras) a ir elaborando cómo estoy yo, procurándome mi espacio en medio de la interrogante. Yo también voy aprendiendo, como mi mamá, a responder con mayor veracidad esa genérica -y tan compleja- pregunta.

 


foto miaA Amelia M. González siempre le cuesta decir qué es. Quizás por ello se pone más lúdica en las microrreseñas personales. Estudió letras italianas, en la UNAM. Ha traducido libros (sobre todo poesía), ha sido maestra, revisora de lo que otros escriben, creadora de contenidos y hasta reportera en el mundo literario. Le gusta escribir, pero se siente más cómoda llevando diarios íntimos. Poco a poco se anima a publicar sus textos en varios lados. Es amante del pan dulce (aquí sí no teme definirse) y una buena “hacedora” de café. Ama el cine. Lectora atascada y cariñosa con los niños, gatos, perros y demás animalitos. Se ríe mucho de cosas bobas, aunque tiene cara seria.  Suele ser muy amable con las personas, pero también se permite la rabia sin miedo. Juega a veces a ser Medea o un caballo descrito por Clarice Lispector.

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