Sobre mis ganas de cocinar

Michelle Pérez-Lobo

A diario me pregunto si mis ganas de cocinar son de verdad mías. Si disfruto buscar recetas en internet, lavar la verdura, picarla, hervir agua, sazonar un plato, sacar una sartén sólo para tostar semillas y luego sumarla a la torre de trastes. A veces no sé si mi deseo de estar en la cocina proviene de una inquietud auténtica por ejercer mi creatividad o si se trata más bien del rol de género que fui educada para representar y que yo ingenuamente interpreto como propio.

Con la pandemia por COVID-19, al estar encerrada conviviendo tan de cerca con mis rutinas y mi cuerpo, el espacio de mi hogar ha fungido como espejo magnificador. Esta relación cada vez más íntima conmigo misma me ha hecho cuestionar los rasgos que me conforman, todo esto que creo que soy, y aquello que, según yo, disfruto hacer. Podría escribir un párrafo sobre cada uno de los aspectos que le atribuyo a mi personalidad pero que de pronto no sé si genuinamente me pertenecen: mi obsesión por la limpieza, la costumbre de ir lavando a la vez que cocino, de ayudar a recoger cuando soy invitada en una casa; mi forma de priorizar el cuidado a otros seres, humanos y no humanos; mi inseguridad con la hiperhidrosis que padezco desde niña y la lucha constante por no cuestionar mi autoestima ante el estándar estético del momento; la costumbre de rasurarme las axilas y las piernas; lo mucho que me gusta pintarme los ojos con delineador de colores, y un agotador etcétera. Observar mi reflejo así, agrandado, desnudo, ha sido muy desgastante, porque me he dado cuenta de que mucho de lo que he sentido mío en realidad me es ajeno.

Pero también desde y por el encierro he podido establecer un diálogo (virtual) más estrecho con mi familia y con muchas mujeres, descubrir varias lecturas feministas y otros medios de deconstrucción. Gracias a ellas he caído en cuenta de que todo lo que me oprime y me da inseguridad, eso que me hace cuestionar lo que soy, corporal y mentalmente, proviene de afuera, de una sociedad patriarcal que nos lastima a todas de múltiples formas cada día, y que nos impone sus expectativas y normas arbitrarias que, curiosamente, siempre atentan contra aquello que ya somos.

(A propósito de lastimar: durante la pandemia, la violencia en contra de las mujeres mexicanas ha aumentado de forma considerable: las cifras de las llamadas de auxilio relacionadas con violencia doméstica, la apertura de investigaciones penales por violencia familiar y los asesinatos de mujeres desde que empezó el encierro presentaron un aumento preocupante. Recomiendo, como análisis introductorio a este tema, el informe “Las dos pandemias. Violencia contra las mujeres en México en el contexto de COVID-19”, en https://equis.org.mx/…/08/informe-dospandemiasmexico.pdf.)

Desde mi casa, en este espacio redescubierto, concibo la lucha feminista como una labor íntima, familiar, corporal, cotidiana. Su impacto depende en gran medida de qué tanto nos abrimos a tener conversaciones que incomoden, a nosotras mismas y a los demás; de alzar la voz y desarticular los estereotipos que coartan nuestra libertan y nos simplifican. Creo que esta lucha va de la mano de la disposición que tengamos a modificar nuestras relaciones, a formar comunidades de apoyo y comunicación abierta con todas las personas, de todas las edades. Necesitamos hablar, enunciar quiénes somos, (re)apropiarnos de lo que nos constituye y desechar las imposiciones que nos han sido heredadas a través de roles arcaicos e hirientes. Espejearnos en nuestras amigas, acompañarnos en nuestra desnudez.  

Es así, pues, que hoy vengo a declarar que a mí, Michelle, me encanta cocinar; que amo cuidar a las personas y a los animales, y que mi existencia es más llevadera en un hogar limpio.

8 de marzo de 2021

Gracias a la plataforma Pensar lo doméstico por ser el detonador para decir todo esto. Gracias, Adriana Ventura y Viera Khovliáguina, por leer estas palabras y hacerme sentir acompañada durante el proceso de su escritura. Gracias, Ana Karen Sahagún, por el hermoso video “PASTEL”, una metáfora visual que me ayudó a articular muchas cosas justo en el momento en que lo necesitaba (disponible en MEOW Magazine: https://meowmag.mx/pastel-una-metafora-donde-la-mujer-se-define-a-si-misma-8m/).

Michelle Pérez-Lobo (Ciudad de México, 1990) estudió literatura y una maestría en lexicografía. Publicó la plaquette Lo que perdimos y otros poemas (Aquelarre Editoras) en 2018, y ese mismo año montó su exposición gráfica un texto es un lienzo es un texto en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Escribe poesía y hace otros experimentos y juegos con la palabra poética; publica sus hallazgos en diversas revistas impresas y digitales. Obtuvo una beca del FONCA en 2019-2020 en poesía. Lo realmente importante es que vive con dos gatas, un gato y una tortuga, y que ama la cocina vegana.

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