¿A qué edad te quieres casar?

Ingrid Cruz

Alrededor de mis 10 u 11 años, cuando aún cursaba la primaria, estaba de moda el juego del piojito de papel. Las niñas de mi salón lo jugaban seguido, así que eventualmente también yo lo hice. La primera vez, entre curiosa y confundida, prestaba mucha atención a sus respuestas, pues nunca me había detenido a pensar a qué edad quería casarme ni cuántos hijos quería tener, mientras que ellas parecían tener su respuesta muy bien definida. Recuerdo que las edades anotadas en el piojito oscilaban entre los 22 y los 25 años, la mayoría de niñas escogían la edad más temprana para casarse, argumentando que querían ser madres jóvenes. Cuando mi turno llegó, aún confundida, decidí que lo mejor era copiar las respuestas que más se habían repetido. No había problema, todas coincidimos que, en efecto, era mejor ser una madre joven.

Haber jugado únicamente logró que un conflicto naciera en mí: ahora sí que me había puesto a pensar a qué edad quería casarme y cuántos hijos quería tener. Yo siempre tuve el privilegio de tener un cuarto propio, así que en aquellos momentos me encerraba en él por horas a pensar y hacer cuentas, pensando si la vida me iba alcanzar para poder ser una madre joven… Todo mientras seguía en la primaria.

Desde que era muy pequeña, viajar se convirtió en una de mis metas principales, por lo que, después de jugar al piojito, también se convirtió en mi mayor preocupación. Me preocupaba no poder viajar tanto como yo quería, porque según mis cuentas, si terminaba mi carrera universitaria a los 22, y luego trabajaba por una año para ahorrar, luego, otro año para viajar (ingenua y claramente sin tomar en cuenta ni una sola complicación), al siguiente año cumpliría 24 y esa era la edad indicada para casarse: no podía alargar más el tiempo de viaje. Pero un solo año para viajar me parecía muy poco, el mundo tan grande y el tiempo tan corto me comían el cerebro, el matrimonio se había vuelto un gran impedimento para cumplir mis sueños.

Finalmente, cuando entré a la secundaria, descubrí que había personas que no se casaban ni tenían hijos, lo mejor de todo era que no lo hacían porque simplemente no querían. Este dato fue el que finalmente me abrió las puertas del mundo; pensar en el matrimonio nunca fue emocionante, sino angustiante, así que decidí no casarme. Sin embargo, siempre estuve bajo los típicos comentarios del estilo “eso dices ahora, pero espérate a que crezcas”, “¿y quién te va a cuidar cuando seas mayor?”, “te vas a sentir sola y te vas a querer casar”,  lo que provocó que por mucho tiempo también me cerrara a opciones, hasta que entendí que no era cuestión de obligación, sino de decisión. 

No es secreto que a las niñas se nos asigna un rol en la sociedad desde que nacemos. La maternidad es nuestra única opción para ser felices, a los ojos de la sociedad, es casi como si no pudiéramos ser mujeres si no somos madres. Los juguetes son un gran ejemplo, nos van inculcando los roles a través de ellos: los niños juegan con carros, herramientas y superhéroes que salvan al mundo, mientras que las niñas se limitan a tener bebés de juguetes y muñecas bonitas que tienen un novio guapo. Los hombres tienen las puertas del mundo abiertas, nosotras tenemos que abrirlas a empujones, porque se nos enseñó a creer que un hombre que no se casa puede ser escritor, militar, chef, empresario, científico, etc., pero si una mujer decide no casarse, su única opción es la de convertirse en “la loca de los gatos”.

Después de mucho tiempo logré darle un mejor uso a mi cuarto, ahora que diversos caminos se presentaban ante mí y liberada de las cadenas que tanto tiempo me tuvieron atada e inmovilizada en espera de una maternidad temprana, al fin pude pensar lo que yo quería hacer, y no lo que otros me decían que tenía qué hacer.


LA AUTORA

Ingrid Cruz Tiene 20 años, vive en la tierra de Rosario Castellanos (en sus palabras, su mayor logro hasta ahora): Comitán de Dominguez. Es una persona caserita, le gusta estar con su familia y cuidar plantas, pero que sean de las que les gusta la sombrita porque a ella no le gusta el calor

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