“¿Cómo estás?”: evocaciones para una madre y una hija

Amelia M. González

Para mi mami, con todo el cariño.

Tengo una imagen muy vívida sobre mi madre:  yo voy entrando a su cuarto en el Centro Médico y ella está recostada, recién operada de una mastectomía de lado izquierdo. Me mira con mucha ternura y me pregunta si ya terminé de leer el libro que estaba leyendo. No sé qué decirle, porque tengo la certeza de que debería decirle tanto, pero opto por el impotente “No, ma, no lo he terminado, pero luego lo acabo de leer” y le pregunto: “¿cómo estás?”.

Apenas un segundo después me siento tonta por mi pregunta, pero ella responde -con el buen sentido del humor que siempre tiene- que está muy bien, aunque le gustaría estar ya en su casa. De nuevo me pregunta por mí, por mis cosas. Intenta sentarse, pero de inmediato le digo que no puede hacerlo y ella recuerda que ya las enfermeras le explicaron un par de veces que no puede hacer esfuerzos, pues corre el riesgo de abrirse las heridas. Nos quedamos en silencio un rato. El espacio está impregnado de ese olor dulzón y amargo que se combina con la sangre fresca del vendaje. Ese aroma que, aunque lo intentara, nunca saldría de mi memoria.

Mi mamá es afortunada, pienso en ese momento, porque está a “salvo” y porque hasta tuvo la fortuna de que le asignaran un cuarto de recuperación para ella solita. No sabemos por qué, pero el médico pidió que la llevaran sola a una habitación en la que pudiera estar cómoda y en la que pudieran estar cómodos también los familiares cuando entraran a verla. Afortunada, en el sistema de salud del país, no es poca cosa. Mi mamá dice que igual le dieron esa habitación porque cuando iba a consultas con el oncólogo, ella le llevaba dulces de contrabando y los dos hablaban “hasta por los codos”. Esto es verdad, aunque no puedo saber si estas fueron las razones por las cuales mi mamá y yo estamos en esta habitación. De todos modos, en mi interior los agradezco.

Esta imagen reaparece con fuerza en determinados momentos de mi vida, casi siempre cuando me hallo en un momento de transformación personal honda.  Ahora que la describo con palabras fijadas a través de mi escritura, me percato de lo poderosa y sencilla que en realidad es. Estoy segura de que no soy la única persona que tiene una imagen similar, desafortunadamente; sin embargo, a veces me pregunto si también todas las otras personas llevan consigo esas imágenes vitales como talismán personal, íntimo. A mí me pasa. Lejos de recordar esta escena como algo lastimoso o violento, he aprendido a atesorarla en todos sus particulares.

Algo bien concreto me motiva: en esta escena he logrado vislumbrar una lección perdurable que, de un modo bien complejo (a través del ejemplo cotidiano e inconsciente), mi madre me otorgó. Quizás cuando la platico -aunque en realidad es la primera vez que lo hago, porque a veces me da miedo ponerme vulnerable y además es un recuerdo que involucra también a otra persona- otros vean en ella estragos de dolor. Yo veo una suma de cuidados. Esta imagen que atesoro y ahora comparto me ha hecho plantearme una serie de preguntas que han terminado por transformar, irremediablemente, mi vida.

Pienso, por ejemplo, en la complejidad de eventos latentes detrás de aquella pregunta que mi mamá me hizo al reposar de la incómoda cirugía. ¿Qué lleva a una persona a preguntar primero por el bienestar del otro, antes que platicar sobre el propio? No lo sé, aunque lo intuyo. Sé que otras veces yo lo he hecho. No sé si ha sido por “herencia” de algunos hábitos de mi madre o si lo hago porque muchas veces las mujeres solemos ejecutar ese complejo gesto, esa -muchas veces dolorosa- cortesía de anteponer a los demás antes que ponernos a nosotras mismas.

Quizás en este punto algunas personas piensen que es normal que una madre lo haga. A decir verdad, nunca he comprendido con qué facilidad hablan de “las cosas que son normales cuando eres madre”. Pienso muchas veces que bien haríamos en no suponer con tanta facilidad sobre el comportamiento de los otros; de las otras, en este caso concreto. Me aterra -porque he visto y vivido las consecuencias- la facilidad con que emitimos juicios de lo que deberíamos ser al momento de “convertirnos en algo”. ¿Una se convierte en algo, así tan mágicamente? Quisiera más bien ensayar múltiples preguntas sobre esta cuestión y no quedarme quieta en ninguna respuesta que me limite y que limite las experiencias de las demás.

Mi madre vive y han pasado varios años desde esa escena del cuarto. Hemos podido platicar sobre lo acontecido. Le he preguntado directamente por qué a veces prefiere preguntarnos primero cómo estamos y a veces hasta olvida respondernos cómo está ella. Al principio decía que no sabía, que igual era “la maña de mamá” (volvemos a lo dicho); pero, conforme mi insistencia -amable aunque sí incisiva- se prolonga y vuelve al tema, ha comenzado a responder que no sabe por qué lo hace, pero quisiera cambiarlo. Lo ha hecho. Esto, desde luego, ha sido un trabajo personal muy grande.  Absolutamente todo el mérito le corresponde. De un tiempo para acá platica más sobre lo que le duele, lo que le angustia. He notado -un poco a escondidas- que suele sincerarse más ante esa genérica pregunta del “¿cómo estás?”. De alguna forma se antepone y se afirma. Escucha a los otros, pero también espera a cambio que le pregunten por ella misma. No es poco.

Volvemos a la imagen del cuarto. En aquel momento yo me cuestionaba sobre lo que vendría después. Una nunca se siente “del otro lado”, con el cáncer. Creo que incluso, aunque los médicos hablen de remisión, una siempre se siente amenazada, como esperando algo. Y según he aprendido con los años, no es porque una sea pesimista. Más bien se va haciendo consciente de que hay eventos que, en su esencia, están hechos de espirales que retornan y se alejan, pero nunca desaparecen. Se vive bien también con esto. El vértigo de la incertidumbre -como también aprendemos en los cuentos de Dávila, que ahora con toda lucidez me vienen a la memoria- nos enseña mucho a través de la trasmutación de sus abismos.

Entonces yo era otra. No me cuestionaba con tanta insistencia sobre los cuidados, sobre la reciprocidad. En ese momento no comprendía que debajo del léxico de mi madre latían múltiples preguntas que me han sanado, que nos han sanado juntas.

Compartir con otras las palabras que brotan de esta imagen de la que he hablado me ayuda también. No a cerrar un ciclo, porque ya hemos hablado de los espirales y de los “no cierres”, sino (para decirlo con palabras más certeras) a ir elaborando cómo estoy yo, procurándome mi espacio en medio de la interrogante. Yo también voy aprendiendo, como mi mamá, a responder con mayor veracidad esa genérica -y tan compleja- pregunta.

 


foto miaA Amelia M. González siempre le cuesta decir qué es. Quizás por ello se pone más lúdica en las microrreseñas personales. Estudió letras italianas, en la UNAM. Ha traducido libros (sobre todo poesía), ha sido maestra, revisora de lo que otros escriben, creadora de contenidos y hasta reportera en el mundo literario. Le gusta escribir, pero se siente más cómoda llevando diarios íntimos. Poco a poco se anima a publicar sus textos en varios lados. Es amante del pan dulce (aquí sí no teme definirse) y una buena “hacedora” de café. Ama el cine. Lectora atascada y cariñosa con los niños, gatos, perros y demás animalitos. Se ríe mucho de cosas bobas, aunque tiene cara seria.  Suele ser muy amable con las personas, pero también se permite la rabia sin miedo. Juega a veces a ser Medea o un caballo descrito por Clarice Lispector.

Despedida y restos materiales

Iliana Pichardo Urrutia

1.

Comenzó con F. Estaba segura de que un día se iría y trataba de dar significado a su partida. Imaginaba que tomaría una foto de él con su acordeón delante del edificio en el que vivía y que después, cuando partiera, tomaría otra fotografía del edificio solo. Lo que quería era comprobar si era posible ver la ausencia. Probar cómo se modifica un espacio cuando un cuerpo deja de habitarlo. 

Pero después nunca se fue y tampoco tomé esa fotografía. Sin embargo, la idea de retratar la ausencia permaneció y comencé a rastrear los primeros lugares en los que yo misma comencé a habitar sola, como si tratara de reconstruir la geografía de los agujeros que fui dejando en mi mapa. Una fotografía del edificio conmigo adelante, otra del edificio solo sin mí.

2.

Otras formas de ausencia:

A) Ultrasonidos del antes y el después de mi primer embarazo fugaz. La imagen de una partícula (debo confesar que no escuché su latido). Y tres semanas después, la misma imagen vacía de presencia, un océano nocturno y sin olas.

B) En casa de mi abuela apareció el acta de defunción de mi hermano menor. Buscaba otro papel pero de pronto apareció ese con textura de libro viejo que lleva muchos años intacto. El golpe fue para mis manos que de pronto sintieron la ausencia como algo que sí fue real y corpóreo. En el acta se lee su edad: ocho minutos. Ocho. Un agujero infinito.

3.

A esta casa llegó Emilia cuando su cabeza apenas alcanzaba el borde de la mesa del comedor. Pronto comenzó a no medir distancias y a golpearse con las esquinas de madera. Lo que más me gustó siempre de esta casa fue el piso. Mosaicos de los años cuarenta de un color ámbar con figuras geométricas. Resistentes a los sonidos y a los terremotos. También los techos altos, el árbol de jacarandas del edificio de enfrente y la luz de media tarde entrando por la ventana, creando estelas sobre el piso.

Nos estamos mudando cuando Santiago el menor tiene la edad que Emilia tenía cuando llegó a esta casa. Su cabeza ya supera el borde de la mesa y el llanto de golpearse en las esquinas es un lamento anunciado y conocido. El otro día se pelearon porque Santiago destruyó la ciudad de bloques que construyó Emilia. Ella reaccionó con ira. En mi absoluta fatiga estaba a punto de gritarles cuando F. me dijo: Se le está resquebrajando su mundo. Ahí me di cuenta de que mis paredes también se estaban cuarteando, mi propio mundo estaba colapsando.

4.

Los barrios también son mapas. La esquina en la que está dibujado el avioncito sobre el que nos gustaba saltar a Emilia y a mí. La panadería con la banca blanca en la banqueta en la que nos sentamos a comer orejas y café. El edificio inmenso en el que vivía F. que ha estado por caerse desde el 85, con los bares debajo –ahora clausurados-, en uno de los cuales lo conocí a él. Las tiendas de vestidos de novia sobre la avenida Insurgentes y el edificio azul que fue nuestra primera casa juntos. El puesto de jugos, las librerías de viejo, y el edificio beige sobre la calle Medellín al cual llegamos cuando ya éramos tres.

Nuestra historia familiar hasta ahora ha transcurrido en este barrio que aún se resiste a cambiar a pesar de que la Roma Norte quiere alcanzar a esta parte Sur. Nuestra relación con el lugar puede resumirse en esta frase de la película Tren nocturno a Lisboa: “Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo”.

Restos materiales dispersos en la geografía y conservados a través del tiempo.

Una arqueología de nosotros mismos.

5.

Esta vez no me olvidaré de tomar una fotografía de los cuatro antes de irnos. Después, tomaré otra del edificio solo una tarde de domingo. Nuestra ausencia y un comienzo nuevo en otro país. Una maestra dice que las personas viejas son más sabías simplemente porque han amado más. Y han amado más porque han tenido más pérdidas.

Tal vez entre más agujeros tenga mi mapa significa que estoy más presente. Y que irónicamente me voy completando, con todas mis ausencias.


Iliana Pichardo

Iliana Pichardo Urrutia (1980). Mamá de Emilia y Santiago. Escribe ensayos, poesía y novelas que empieza y nunca termina. También hace ficciones y documentales que escribe y/o filma en Buñuelos Comunidad Creativa. Le gustan los viajes y el movimiento en las fronteras, aunque en este momento lo que experimenta es un gran salto al vacío.

Ritmo, mal humor y cicatrices

Lorena Rojas

Desde que tengo memoria, mamá tiene cicatrices en los brazos. Una media sonrisa en su antebrazo a la altura del codo. A veces son rojas o rosadas, otras más bien oscuras, cafés como la bebida en su taza, menguando poco a poco hasta casi desaparecer.

Un par de años antes que yo naciera, mamá ya trabajaba sin parar en la cocina. Ella y mi padre decidieron un buen día que lo mejor era mudarse, dejar su trabajo (el de él) y poner un restaurante aunque nunca antes se hubieran dedicado a ello.

La vida siempre fue así. Mis hermanos y yo crecimos entre las mesas del salón principal y la cocina, comiendo a cada rato una porción de esto y aquello, el olor a caldo de camarón flotando en el aire. Los sábados eran mi día favorito porque el negocio cerraba, era día libre para ir al parque o al cine. El peor —para una niña que no comprendía la importancia de aquello— era el domingo porque el restaurante se atiborraba de gente que tenía sus días libres mientras el nuestro era un caos. Eso lo aprendimos bien: “Cuando otros festejan, nosotros trabajamos”; día de las madres y cumpleaños, día del padre y de la independencia, cuando era día de fiesta había que estar listos para recibir comensales.

Mamá cocina delicioso, los pescados y mariscos son su especialidad, así que la gente acudía y sabíamos que lo primero era ser amables, llevar su comida a tiempo, con premura pero con mucho cuidado. Parece contradictorio, pero se vuelve esencial ser veloz. Todo en la cocina es una sinfonía, a  veces más bien un jazz; rápido, estudiado pero muy necesariamente improvisado. Mamá es veloz, precisa, un descuido de pronto y lo resuelve rápido, cuidadosamente. Creo que mal-aprendí eso y me llevó a ser más bien desesperada, perfeccionista pero impaciente, una suerte de remedo que desarrolló el mal humor pero no el talento.

Lo que aprendí bien fue cuánto amor puede esconder un platillo hecho en casa —porque el restaurante siempre fue nuestra casa—, los hervores de un caldo puesto al fuego desde el amanecer mientras los niños duermen todavía, los manteles de cada mesa lavados la noche anterior y las tostadas friéndose en lo que está listo todo para abrir.

Una cadena de cuidados para que un plato llegue sano y salvo a la mesa, para que la gente coma y se sienta contenta, para que se vayan satisfechos, dejen propina y sea un buen día para todos. Una cadena de cuidados que no termina, que sigue en la trastienda donde los niños requieren otra cadena igual o más exigente.

Cuando crecía me repetía a mí misma que no me dedicaría a cocinar, que era desgastante. Pasé la adolescencia sin hacer siquiera la carlota del taller de cocina en la secundaria, pero a la vez sorprendida al ir conociendo gente adulta que no era capaz de alimentarse a sí misma o de usar la estufa. Para nosotros era natural, mis hermanos y yo sabíamos hacerlo perfectamente; sin embargo, me sentía harta sin siquiera haberme dedicado a ello en carne propia, otra reacción en cadena.

A esas alturas, mi hermano mayor ya cocinaba. El siguió ese camino desde joven como extensión de unos cuidados heredados y aprendidos de corazón: cocinar es cuidar, tanto al platillo y al proceso como al comensal, pero en nuestra familia cocinar era también cuidarnos a nosotros y asegurar nuestra comida en la mesa.

Las cicatrices en los brazos se sonríen entre ellas. Nacieron de meter algo al horno, de menear las ollas altas y rozar sin querer una de sus paredes, de ir con prisa entre las freidoras para sacar las papas a tiempo. Cicatrices de evitar errores, de menguar el hambre y el mal humor que con ella se acrecienta. Cicatrices de cuidar.

Con el tiempo y los kilómetros de por medio, me di cuenta de la herencia del ritmo. No me gustaba la cocina pero aun así siempre me dio curiosidad y siempre, siempre, traía la preocupación de servir a tiempo, de no tardar pero presentar bonito aunque fuera sólo algo sencillo que comer en casa. De leer recetas cuando algo en especial se antojaba y sacarlas desde cero aunque nunca antes lo hubiera hecho. Le llamo “ritmo” a esa prisa, a ese desliz por un piso que apenas y me conocía porque antes todo era microondas; le llamo ritmo pero le podría decir cuidado o mal humor, que crece cuando hay un error que lo arruina todo o un alguien que tarda en sentarse a la mesa cuando el plato está servido. O cuando, sin querer, mi brazo toca ese borde caliente que dibujará la media sonrisa que, ahora pienso, es mi sino.

Cicatrices en los brazos por sacar de horno, por hacer lo que pensé que no haría pero que me persiguió hasta encontrarme y que me ha enseñado a disfrutar y hallar el ritmo.

Cocinar para cuidarnos, para hablarnos y compartirnos, de cierto modo, es un lenguaje que a todos nos habla. Cocinamos y nos cuidamos, cocinamos y recordamos, yo recuerdo: las recetas de postres de mi abuela, los consejos prácticos de mi madre y sus medidas —puños, pizcas, chorritos, palmas— y la ligereza de mi hermano que no se preocupa, sólo cocina e improvisa, que al final para eso estamos.

 


IMG-20201006-WA0006

 

Lorena Rojas (Cerritos, SLP, 1992). Estudió Lengua y Literatura en la UASLP. Se ha dedicado a corregir, editar y redactar textos para distintas revistas y medios digitales, así como a leer y difundir autoras más por gusto que por trabajo. Es feminista de las que se pelean y escribe cuentos y monólogos teatrales. Recién abrió—junto a su esposo— en un pueblo mágico de Tamaulipas su Cafebrería Ítaca, donde ahora lee y hace postres. No es buena cuidadora ni repostera, pero le está echando ganas.

La costumbre de olvidarte

Jazive Jiménez

Una y otra vez, por días, por meses y me atrevo a decir que por años, años de trabajo duro que sin querer, o queriendo un poco, tus padres te enseñaron a ser “responsable”, una mujer independiente que no necesitaría de nadie para salir adelante. “Aprende a cocinar para que nada nunca te falte, una sopa y unos huevos, con eso la haces.”

¡Acomedirse! Limpiar la mesa después de cada comida, barrer para que el polvo no toque los muebles, fijarse en el cesto que la ropa necesita lavarse, no te olvides del baño que jamás debe estar sucio. 

Y mientras todo eso pasa, piensas una y otra vez en lo que harás cuando el quehacer termine. Prenderás la computadora para sentarte a escribir, buscarás ese curso que tanto estás posponiendo. Tal vez le hablarás a esa amiga que tanto extrañas o pensarás en leer esas últimas páginas del libro que tuviste que botar. Todo lo piensas mientras los deberes del hogar te consumen y sigues fregando esas jergas una y otra vez. 

Por fin terminas, o eso parece. Te sientas un momento en el sillón, respiras profundo para acordarte que no hay nada en la alacena, te levantas y el refrigerador cuenta con un par de cebollas y un jitomate echado a perder. Te agarras el cabello, tomas las llaves y vas a surtirte de todo lo que haga falta para no hacer rugir de más las lombrices del estómago. 

Llegas, preparas algo rápido de comer porque ya estás cansada, comes con la fatiga de un largo día de trabajo en el hogar —sin olvidar el segundo trabajo fuera de casa—, para enseguida lavar los platos sucios y ahora sí darte el tiempo que necesitabas para terminar eso que dejaste pendiente.

Te sientas en el sofá o al borde de la cama para comenzar. Sin embargo, lo único que quieres es despejarte. Quitarte los zapatos, el chongo del cabello y dejar de pensar. Entonces el sueño te vence, las ganas de seguir son escasas y lo único que buscas es ponerte la piyama. 

El día acaba para comenzar otro igual, donde el tiempo te consume antes de consumirlo. Todos los días hay deberes que cumplir porque desde niñas nos enseñaron que las cosas no se hacen solas y que una casa limpia siempre hablará bien de ti. Desde niñas nos dijeron que aun cuando el berrinche se nos notara en el rostro, terminaríamos haciéndolo y con el tiempo nos acostumbraríamos, como maquinitas de limpieza. 

Lo que se les olvidó enseñarnos es que antes del hogar la prioridad deberíamos ser nosotras mismas. Que los trastes sucios pueden esperar, que el polvo en los muebles regresará y que los deberes ahí estarán. Pero nuestros sueños no. Que las metas necesitan constancia. Que limpiarnos a nosotras mismas debería ser el principal hábito: enjuagar los ojos, barrer el cabello, sacudir los sentimientos y trapear las ideas para que un día, a diferencia de los otros, nosotras también podamos disfrutar, para conocernos y reconocernos todos los días un poco más, para crear y dejar atrás que la única costumbre es un hogar limpio. Y que la verdadera costumbre sea no olvidarte.

 


LA AUTORA

WhatsApp Image 2020-08-25 at 7.13.40 PM

Jazive Jiménez. Periodista de tiempo completo, amante de que las letras resuenen y sean un grito de esperanza. Sueña despierta y ríe al mínimo suspiro.

Roberta, sus poemas

Sandra Ivette González Ruiz

Esta serie de poemas se desprenden de la historia de mi abuela materna. Roberta y su historia me enseñaron directa o indirectamente algunas cosas sobre la importancia del cuidado, el autocuidado y las tormentas que acarrea dejarse a la deriva, es decir, cuidar sin cuidarse, cuidar sin ser cuidadas. 

Para ella estas letras.

Cuerpo

1.

No te olvides de tu cuerpo

lo dejaste ahí tirado

entre los restos de los fuegos artificiales

cuando la noche era luminosa

y todo olía a verdad.

2.

Voy camino a intentar conseguir un cuerpo nuevo,

uno que sí tenga los diez kilos que perdí hace un

tiempo,

un cuerpo que no tiemble,

que se parezca más a mí,

para no sentirme tan distinta,

tan invadida.

 

Alguien hurga dentro de mi cuerpo y descubre que no

estoy ahí.

Me falto.

Alguien me nombra en voz alta,

pero no reconozco el sonido,

alguien me mira a los ojos vacíos

y no encuentra su reflejo.

Toda esa ausencia cabe en un solo cuerpo.

Explicar con palabras de este mundo

o de cualquier otro

que un día me separé de mí

y no sé cómo volver.

3.

No te olvides de tu cuerpo

porque otros ya lo olvidaron

y a otros no les importa

y otros van a querer lastimarlo

y algunos otros van a pensar en desollarlo.

 

No te olvides de tu cuerpo

no lo escondas

no le huyas

no lo castigues

no lo insultes

no te muerdas.

 

4.

Mi abuela tiene 59 años y está frente al espejo. Se mira el tumor de la espalda, es como una montaña llena de sangre. Se toca, se duele, reconoce la muerte. Me observa a través de su espejo, mis ocho años recostada en la cama, desde ahí recorro su cuerpo hasta llegar a ese montecito, aun no entiendo, aún no me entero de la muerte. Me busca los ojos, me encara desde el reflejo:

No te olvides de tu cuerpo, porque otros van a querer

olvidarlo,

no evadas el dolor, no te lo tragues,

escupe,

grita,

rompe,

escribe,

no dejes que te consuma.

No permitas que el dolor se te haga cáncer.

No te olvides de tu cuerpo,

no lo encarceles

y todas la noches, antes de dormir,

pon romero debajo de la almohada,

para calmar la angustia

para que puedas volver.

 

Roberta, sus historias sobre la plaga

Cuando era chica la abuela me contaba una historia,

una niña podía hablar con las plantas y flores,

(o algo así),

las escuchaba por horas, días y a veces hasta meses.

Las flores le contaban sus historias, hablaban sobre sus heridas y dolor,

entonces la niña elaboraba remedios especiales para cada una,

las cuidaba todos los días, las acompañaba hasta que se sentían sanas.

Y luego de eso, las escuchaba, otra vez, por días, meses y hasta años.

Las flores hablaban sobre las bondades del sol y lo refrescante de la lluvia.

 

La abuela siempre me sonreía al terminar la historia,

luego se quedaba largo rato mirándome,

entonces le regalaba una sonrisa para complacerla,

pero en las noches, debajo de mis sábanas,

lloraba desconsolada pensando en la niña,

me la imaginaba ahí, cansada, sola,

buscando cómo hacer para curar a todas las flores,

necia en su afán de que todas estuvieran bien

y ¿ella?

y sus heridas, sus miedos, su dolor.

¿Por qué ninguna flor le preguntaba a ella cómo estaba?

¿Por qué ninguna flor paraba de hablar para escucharla?

¿Por qué ninguna flor hacía el mismo esfuerzo por curarla?

 

La abuela era así, como esa niña,

hasta que cayó desmayada en la cocina

y dos meses después estábamos enterrándola.

Así, sin poder hacer nada.

Después de la muerte de mi abuela soñé varias veces con la niña,

la veía llorar a solas en un cuarto vacío.

 

La abuela nunca supo que a los 5 años, con su historia, conocí la desolación.

Y a los 17 la encarné, como una plaga.

 

Roberta, sus delirios

La abuela se desmayó en la cocina, ahí supimos que tenía cáncer

(pero eso ya lo dije).

Pasó cuatro meses en el hospital antes de morir.

En la última etapa de la enfermedad

comenzaron los delirios y alucinaciones.

Algunos días veía a un niño rondar su cama,

le tomaba la mano y le explicaba cosas sobre el dolor

(el dolor si no se nombra te invade).

Otros días veía a su hija muerta a los 5 años,

Isabel se paraba al lado de su cama y la miraba por horas,

Roberta le ofrecía disculpas por dejarla morir aquella noche,

no tenía dinero para mandar por un doctor,

no tenía forma de sacarla del pueblo para llevarla a un hospital,

no tenía nada

(nunca supimos si Isabel la perdonó).

 

En los días más duros,

los días sin tregua,

Roberta veía a Efrén sentado en el sillón frente a ella,

Efrén recorría la habitación gritando, azotando cosas,

perdido en la borrachera.

Mi madre cuenta que la abuela le decía:

“Vino tu papá, estaba ahí, vino a golpearme, mira los moretones que me dejó”,

entonces Roberta extendía sus brazos exhaustos, consumidos

y lloraba al ver esos moretones imaginarios

(después solo queda el silencio).

 

Roberta, su tumor

Mis silencios no me habían protegido. Sus silencios no las protegerán.

Audre Lorde

Esta no es la historia de mi abuela,

es la historia de su tumor.

Del tumor que anidó en su seno derecho

y poco a poco creció bajo la protección del silencio de mi abuela.

 

Negarle un cuerpo a la abuela

le sirvió a tumor para expandirse a su antojo, romper tejidos

y roer la energía de Roberta.

 

La abuela no para,

la abuela no se enferma,

nunca se enferma,

es una mujer fuerte,

la abuela no siente,

la abuela trabaja de sol a sol por amor,

la abuela ni está cansada,

la abuela no tienen nada qué decir,

es que no le gusta hablar,

no, la abuela es un roble,

la abuela no se quiebra,

la abuela no siente nada,

a la abuela no le duele nada.

Tumor abraza el seno derecho,

lo atraviesa,

tumor crece, hace del cuerpo de mi abuela su hogar,

llega hasta el pulmón y también lo invade,

tumor intenta volverse la piel de Roberta,

es como si quisiera romperla.

 

La abuela no piensa en su propio cuerpo,

o intenta no hacerlo,

intenta resistir,

aguantar,

la abuela no habla sobre el dolor,

sobre los años y años y años de dolor.

No cuenta la historia de ese cuerpo adolorido.

Roberta se calla y en las noches calienta la piedra del molcajete

y la pone sobre  su tumor, intenta quemarlo

¿Por qué tratas de cubrir un dolor con otro más grande?

 

Tumor se expande como un universo dentro de mi abuela,

estalla,

ocupa cada órgano,

tumor se adueña de cada rincón de ese cuerpo,

lo toma, lo consume, lo desgarra,

 

Roberta no puede más, grita.

 

Manchas de humedad

La humedad deja manchas de un color grisáceo,

con algo de café-verde,

la humedad debilita los techos,

desprende la pintura,

produce una especie de burbujas que nunca explotan.

Es cierto, si una se esfuerza puede encontrar formas,

como si esas manchas,

huellas de las lluvias,

imitaran a las nubes,

como cuando las huellas del dolor y la violencia

se hacen pasar por otra cosa,

se disfrazan de recuerdos tiernos para poder soportarlas.

 

En fin, las huellas de la humedad se expanden,

crecen,

amenazan con invadir,

con vencer lo sólido,

derrumbar el techo

y una casa sin techo es solo intemperie.

 

Lo sé,

porque cuando tenía ocho años miré detenidamente el techo,

por largo tiempo,

quizá cuatro o cinco horas,

estaba ahí, tumbada sobre el suelo frío

esperando la llamada.

No sabía que estaba a punto de volverme otra,

mutar,

que el mundo estaba a punto de ser otro,

la intemperie.

Todo iba a cambiar

y yo estaba ahí, en el suelo

hundida en lo que ya empezaban a ser fantasmas:

eternidad,

permanencia,

estabilidad,

estaba ahí, jugando a encontrarle formas a las manchas,

a las marcas del tiempo,

el lenguaje del desgate, la transformación.

 

El teléfono suena,

         dos, tres,

a la cuarta vez mi madre contesta.

Me levanto y me acomodo junto a mi hermana mayor,

mi hermanita se acurruca junto a mamá,

mamá llora,

cuelga y nos mira, una por una,

Murió ya, la abuela acaba de morir.

Observo el llanto de mi madre, va creciendo,

deja las manos sobre sus piernas,

baja la cabeza y llora, hace un ruido seco, duro.

Mi hermanita está ahí, acurrucada, solloza bajito,

mientras mi hermana la mayor suelta ese llanto acompañado de espasmos,

tiembla.

Las observo un minuto más,

las examino intrigada,

sus lágrimas me producen curiosidad,

miro los movimientos involuntarios que produce el llanto,

como si el cuerpo por fin se rebelara,

se entregara al dolor.

Mamá ya está gritando, sigue con la cabeza agachada,

como si le diera vergüenza estar destrozada.

La pequeña se limpia los mocos,

mi hermana se tapa la cara con las manos

y empieza a repetir de forma compulsiva una sola palabra: NO.

 

Ahí empiezo a derramar mis primeras lágrimas,

(¿a dónde dijeron que fue la abuela?)

mi llanto es lento, pausado, crece poco a poco,

se quiebra, me quiebra,

me invade,

empiezo a hacer un ruido,

me quejo,

muevo el pie,

me balanceo,

me cubro la cara,

me agacho,

me limpio los mocos,

grito,

me abrazo, me suelto,

ya no sé qué  hacer con las manos,

el llanto me devora.

 

El mundo ha cambiado

y apenas lo entiendo,

ya no soy la de antes,

la de cinco minutos antes de que el teléfono timbrara,

antes de ese momento:

antes de aprender a llorar así, de la forma en que sigo haciéndolo hasta ahora,

antes de mamá llorando, de mis hermanas llorando,

antes de, entre mujeres, construir mi primera memoria del dolor.

 

Intento escuchar…

Intento escuchar la voz de mi abuela,

pero no puedo,

mis oídos están sellados

y no logro descifrar su secreto.

Roberta está frente a mí,

de su boca salen palabras,

puedo sentir el aire rozar mi piel,

la abuela está tranquila,

me mira,

no sabe que no puedo oír.

Olvidé el conjuro para detener la plaga,

no sé cómo no dejarme pudrir.

Qué voy a hacer cuando las palabras me falten,

hacia dónde tendré que huir,

cómo voy a cuidarme del miedo,

cómo voy a nombrar el miedo.

 

Mi vacío se llama Roberta

El vacío se llama Roberta. Lo supe una noche mientras lloraba como una niña de cinco años o más exactamente como una niña de 8 años que acaba de quedarse sin abuela materna, ahí entendí mis característicos desconsuelos: el vacío se llama Roberta. Siempre que tengo ataques de ansiedad o tristeza, siempre que camino en los límites del fracaso y la desesperación vuelvo a mis ocho años sentada al lado de mi madre y frente a mis dos hermanas, ese momento en  el que llamaron para avisar que mi abuela había muerto.

            La enfermedad fue larga y desgastante pero no acompañamos todo el proceso porque Roberta se aguantó el dolor hasta que no pudo más, hasta que su cuerpo gritó, hasta que cayó desmayada en la  cocina de su casa y vimos el tumor gigante que ya le traspasaba el pulmón. Recuerdo que cuando vi el tumor entendí la muerte, por lo menos entendí que la muerte estaba ya instalada. Roberta se fue apagando, la vida se le escapó y a mí la infancia se me hacía añicos sin que nadie me explicara que eso que estaba pasando no era un abandono sino la muerte, la inevitable muerte. La viejita alcanzó a mirarme una ocasión más, me sonrío desde su cama, después se me escapó. Yo creo que ahí nació mi desconsuelo. Mi vacío se llama Roberta.

            La noche de la despedida (otra despedida) en la que lloraba junto a alguien que lloraba igual o más que yo, esa noche del dolor pensaba en Roberta mientras ofrecía mis abrazos adoloridos y sangrantes, yo sabía que la muerte estaba ya instalada, que la noche había ganado y otra vez tenía que recoger mis esperanzas, mis sueños, mis miedos, los monstruos que esparcí, guardarlos en la maleta e irme. Toda despedida es una muerte, por lo menos para mí lo es, y no lo digo por ser fatalista sino para entender  que algo termina de una vez y para siempre, que lo que sigue se tiene que construir distinto, diferente, quizá mejor o quizá peor, pero me estaba despidiendo de algo que no volvería nunca. Que nunca volvió. Ese día mientras empezaba el duelo de mis expectativas, de un proyecto en el  que creí con el cuerpo entero, de una batalla que di hasta donde las contradicciones me alcanzaron caí en la desesperación y la ansiedad, esa dolorida ansiedad, y supe que no había consuelo porque todo lo que quería era que Roberta me abrazara, me sonriera, me cuidara. Enterrarme en su regazo suavecito y quedarme ahí mientras me acariciaba el pelo. Y esa imposibilidad me fracturó. Mi vacío se llama Roberta, se llama abuela muerta, se llama abandono, se llama…

Ayer por la mañana empecé rituales de sanación, hice conjuros con las plantas, hoy me corté el cabello, mañana me voy a esconder entre las almohadas, voy a transpirar fracaso y mi abuela no estará. Aprender a vivir en un mundo sin mi abuela Roberta es el proceso más difícil de mi vida. Lo asumo. Asumo la muerte y las despedidas. Asumo mis imposibilidades y mis limitaciones emocionales, me asumo sin Roberta, me asumo rota y devastada. Me amarro un hilito rojo a la muñeca mientras conjuro la vida para que la peste no me invada, no me coma, para aceptar al sol cuando entre, para dejar que me nutra, para que la tierra sea noble conmigo y me cure, para que el agua me alimente, para que el viento no me doble, para soportar el duelo y volver a florecer.

 

Conjuros y diálogos con las plantas mientras les amarras un hilito rojo para evitar que la plaga se las coma:

Para que no sucumbas a las adversidades.

Para que sobrevivas a todos los climas.

 

Para que crezcas grande, fuerte y poderosa.

Para que no te coman, para que no te coman,

para que n o t e c o m a n .

 

Para que no te rompas cuando el viento pegue fuerte.

Para que el sol no te canse y aprendas a aceptar su luz,

a nutrirte con su luz.

 

Para que florezcas.

Para que sobrevivas.

Para que vivas.

Para que el verde gane.

 

Para que la tierra sea noble contigo y abrace tus raíces

y cure tus enfermedades.

Para que el agua te alimente.

Para el fuego no te consuma.

Para que te cuiden y aprendas a cuidar.

Para que des tranquilidad, para que acompañes las tristezas,

para que nutras.

Para masticar la noche y detenerla

 

Para que te sostengas.

Para que la vida gane.

Para que la vida gane.

Sigue viva

En 1993 Roberta Ruiz Arrazola me reveló un secreto: “si le amarras un hilo rojo a las plantas puedes evitar que la plaga las consuma, la plaga del mundo de afuera y la de adentro”. A los 5 años una no entiende del todo, sé que esa voz de mi abuela se me quedó guardada en alguna parte del cuerpo, quizá debajo del brazo izquierdo.

Después de unos años conocí varias plagas de adentro y de afuera. Detuve algunas, luego aprendí a detener otras en colectivo, luego detuve las plagas de otras y otras detuvieron las mías. Algunas plagas me invadieron y lograron acabar con varios de mis sueños.

Veinticinco años después de aquella tarde en el huerto de mi abuela, el secreto de Roberta floreció en mí en mitad de una tormenta. Como una semilla sembrada con paciencia, con ternura, con sabiduría, que justo cuando más la necesitas suelta su primera flor. La plaga me invadió, me devoró, me quemó por dentro y dejó cenizas ardientes por todo el cuerpo. A veces el dolor parece infinito. Pero mientras eso sucedía otras me plantaron nuevas semillas, removieron mis partes quebradas, cosieron mis agujeros, limpiaron mis heridas, me dejaron dormir junto al retrato de mi abuela, con un hilo rojo atado a la muñeca.

El 7 de noviembre del 2019, en el aniversario luctuoso de mi abuela, es decir a 23 años de su muerte, entendí su secreto (por lo menos una parte). A las 12:30 tomé un té con Abigail, hacía casi un año que no nos veíamos. Hacia el final de nuestro encuentro me dijo “te tengo un regalo” y sacó una plantita de sombra, una calathea: “¿Te acuerdas que hace dos años me diste una planta por mi cumpleaños?, es la única que sigue viva. Todas mis plantas se mueren, se murieron, pero esa sigue viva, soportó lluvias e inviernos y resistió. Recuerdo que yo pasaba por un mal momento cuando me la diste, me acompañaste, me diste esa planta con mucho amor y sigue viva. Por eso, ahora que tú pasas por un mal momento te doy esta planta, con mucho amor”.

Sigue viva. Ese era el secreto de la abuela. El hilo rojo contra la plaga nos une, nos junta en el cuidarnos, está en las semillas que unas a otras nos sembramos. Esa es la manera en la que sobrevivimos en mitad de la muerte cuidándonos unas a otras. Caminé bajo el sol de otoño o del invierno adelantado con mi calathea bajo el brazo, llorando.

Sigue viva, hermana, sigue viva,

sé que a veces eso es pedir demasiado,

mira que tienes el derecho a estar agotada,

cansada,

a llorar en cualquier parte,

a romper cosas,

gritar,

temblar,

rayar paredes,

hacer hogueras,

y volver a llorar.

Porque las batallas parecen estar en todas partes,

hasta en abrir los ojos, levantarte de la cama,

caminar, seguir respirando.

El tiempo incesante de la guerra es abrumador

y nuestras cuerpas también están hechas de fragilidades.

Rómpete,

vomita o escupe o ambas.

Revuélcate si quieres en las almohadas,

sácate las costras,

deja que algunas heridas se infecten

y si quieres no te limpies la pus.

Tienes derecho a morirte de vez en cuando.

Pero sigue viva, hermana, sigue viva,

acá te guardo la luz

para cuando la necesites,

para cuando tus semillas florezcan,

para cuando te den ganas de descubrir tus secretos,

para cuando descubras que la plaga no te puede matar,

no la vamos a dejar.

Sigue viva,

Sigue viva, hermana.

 


LA AUTORA

 

Sandra Ivette González Ruiz es Licenciada en Comunicación por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Maestra en Estudios Latinoamericanos, UNAM y doctoranda en Estudios Latinoamericanos. Investiga sobre poesía escrita por mujeres en dictadura. Docente, poeta y bordadora feminista, viene de una genealogía de mujeres oaxaqueñas. Es parte de diversas colectivas feministas y de La Jardinera. Club de Lectura y Casa Editorial donde publicó su poemario Apuntes para entrar en un jardín. 

Agua para chocolate, higos para la ensalada

Paulina Macías

Seguido pienso en todas las cosas que pude haber sido, pero no soy. Pienso más en todas las cosas que quisieron que fuera, pero decidí no ser. El día de hoy deseé haber nacido hombre o, al menos, deshacerme de los deberes que adjudican en mi contra. Los domingos siempre celebramos algo y el mandato es hacer comida de tres tiempos, cuando menos. Otro mandato es: las mujeres cocinamos, los hombres esperan.

Me gusta mucho cocinar, pero odio hacerlo cuando es una obligación tácita, mandato y justificación de la naturalización de mi género. Un par de manos cocinan y hornean para que cinco bocas coman. Tres tiempos, preparar aperitivos, poner la mesa y verse impecable en el proceso es obligación de una sola persona, mientras que los cuidados a mi abuela enferma le corresponden a la otra mujer de la casa: mi mamá. Cuando no es ella, es alguna de las enfermeras, mujeres también. Las dos personas restantes (claramente hombres) esperan y se quejan de cuánto tarda en estar la comida, forzados a encontrar una actividad para entretenerse. ¡Gracias al dios del fútbol que hoy es final de la Champions! Bienaventurado el hombre que tenga actividad que lo entretenga de la espera de cocción de su comida, bienaventurado el que tiene como deber único ser servido.

Remuevo la pasta, pico higos para la ensalada y preparo una salsa al mismo tiempo. Me parece que los hombres a mi alrededor creen que nací sabiendo cómo hacer un quiche. Con las prisas me quemo el dedo y refuto su teoría. En lo que espero a que el panqué en el horno esponje, lavo los trastes que he usado. La tierra es de quien la trabaja y la limpieza es de quién cocina: cocinar y mantener limpio es un trabajo de tiempo completo. Pienso en lo tardado que es tener una comida lista y en lo fácil que se les hace a las personas que solamente llegan a comerla. Me pregunto si las personas creen que la comida es algo que mágicamente aparece y no un proceso que suele tomar horas, cuidado y planeación; veo la carne molida que se me olvidó descongelar ayer en la noche y pienso en que necesito sumar una nueva agenda para todos los pendientes del hogar.

Lo pongo en perspectiva y me siento en desventaja. Pienso en todos los hombres que están viendo el partido, mientras en la habitación contigua hay una mujer cocinando. ¿A cuántos de ellos les solicitarán su presencia en el horno? Pedir ayuda implicaría, en el mejor de los casos, aceptar las labores culinarias y la espera de instrucciones a seguir; me imagino un tácito «da gracias que te ayudo», acompañado por una palmada de autosuficiencia mental y moral: “soy el hombre ideal porque decidí renunciar al merecido tiempo de ocio”. Y el ocio es una palabra que no existe en el vocabulario femenino.

Probablemente estos individuos soliciten que la mujer tome el papel de líder: «te ayudo, pero divide las tareas. No propongo, solo sigo. Es tu espacio, solo estoy apoyando, ¿dónde recojo mi medalla?». En la misma línea estará el que se escude en que no ayuda porque no le dan el instructivo exacto sobre cómo proceder. Se viene una carga extra para la que ya estaba cocinando: ¡distribuye las tareas, ponte la gorra de capitán y comparte un poco de tu naturalización culinaria!

(¿Pensarán que antes de aprender a gatear ya sabía hornear galletas?)

Habrá hombres que digan que no saben, que están impedidos naturalmente porque no tienen “el sazón”. Reflexiono sobre mi primer recuerdo en una cocina: no tendría mas de cuatro años. Pienso que yo tampoco sabía cómo cocinar, que nací sin noción de cómo prender un horno o usar la olla exprés. Aun así, aprender a distinguir cuando la carne está cocida o el caramelo derretido fue parte importante de mi formación. En el imaginario colectivo, para mí era vital saber qué era el punto de turrón y para mi hermano, no.

(Pienso en otras cosas que separaron nuestra formación. Me pregunto si alguna vez le dijeron que no abriera las piernas al sentarse, si lo regañaron por no ser dulce o por usar botas de combate. Si alguna vez lo sentaron para hablar del “tipo de marido” al que debía aspirar, si únicamente a mí me enseñaron cómo coser, tejer, lavar, trapear, espumar. Me pregunto si le enseñaron cómo cuidar. Seguro a él también le enseñaron que su aspecto físico era fundamental y que siempre tenía que verse radiante, sin importar que estuviera cansado, triste o demás, ¿verdad? Siempre me he preguntado si sabe bordar en punto de cruz.)

Parece que existieron dos escuelas bajo el mismo techo.

Sigo pensando en todas las mujeres que piden ayuda en el quehacer de preparar alimentos. Habrá a quien le digan que están muy ocupados para ayudar. Pienso en que tener otras obligaciones jamás ha sido un impedimento para cumplir las actividades del hogar. Veo la cocina y me abruma lo que tendré que limpiar, pero también los pendientes del trabajo y la escuela que aún no termino y me esperan en mi escritorio.

Ser mujer es esto: tener, al menos, dos trabajos de tiempo completo. Uno por el que te pagan dinero, otro que haces por “amor”. Uno por el que te tuviste que certificar y otro que “naturalmente” surgió de tu condición: los cuidados y el trabajo del hogar son innatos ante los ojos de quien no cuida.

(Me entristece cómo las labores domésticas se profesionalizan y realzan cuando las hacen hombres en la esfera pública: cocinar en la casa es obligación femenina y es lo mínimo a esperar, pero la mayoría de los chefs famosos son hombres ¿Dónde se pierden todas las estrellas Michelin que correspondían a las mujeres?)

Hace mucho calor. Abro la puerta al patio y veo que la perrita no tiene comida. Cuidar implica todas las actividades tendientes al mantenimiento de la vida. Cuidar es una tarea que implica adquirir conciencia sobre la fragilidad y el tiempo que necesita todo lo que nos rodea. Cuidar implica tiempo. Muevo las papas que se cuecen a fuego lento y salgo a limpiar y atender a Nina. Menos mal no tengo hijes, la maternidad es la triple o cuádruple jornada con la que no podría cargar hoy en día, ¿cómo metes tantas vidas en 24 horas?

(Llevo años diciendo que no quiero tener hijes. Me tomó tiempo poner en palabras lo que realmente sentía. Me daría pavor tener una hija y atar mi vida al miedo: a que viva en un país feminicida, a que no regrese, a que la limite la expectativa.)

Dejo el miedo en medio del patio y regreso a la cocina. Apago la estufa y saco el plato principal del horno. Pienso en las mujeres que viven con miedo de no cumplir con el rol que les fue impuesto.

(Otra vez el miedo, ¿cuándo aprendí a vivir con él?)

Pienso en las que no pueden salir y se ven obligadas a repetirse todos los días que esa es la vida que quieren (¿realmente la quieren?). Recuerdo a mi tía Delia y todo el amor que le puso al recetario que tardó años en hacer, la nota que lo acompañó el día que me lo regaló y todo lo que tuvo que pasar para que, hoy día, yo esté replicando una receta fechada en 1982. Me reprendo a mí misma: lo mejor que me ha dado el feminismo es entender que todas las elecciones de vida son valiosas, le agrego un “siempre y cuando la elección sea consciente y auténtica”. No dejo de pensar en qué es realmente una elección entre expectativas y estructuras de poder. Pienso en todas las mujeres que piden ayuda y reciben gritos en respuesta. Pienso que otras reciben cosas peores. Me salen las lágrimas y caen en la pasta (¿qué importa, si al final de cuentas le faltaba sal?). Las enjuago rápido y rehago el chongo que traigo, casi rompo la regla de oro: una mujer siempre debe verse impecable.

Pongo flores al centro de la mesa del comedor y acomodo las servilletas y los cubiertos (¿a todo el mundo le enseñan dónde debe ir la cuchara del postre y la copa de vino blanco?). Acomodo la comida para que todo se vea estético y pongo los aperitivos según el gusto de cada persona (¿me volví tan meticulosa y detallista porque estoy acostumbrada a trabajar extra para que todas se sientan cómodas con detalles imperceptibles? ¿serán imperceptibles para ellas? ¿de dónde viene esa necesidad de cumplir con simetría y estética?).

Nos sentamos las cinco en la mesa. «Qué rico está, no sé cómo le haces», «la salsa está muy picosa». Nadie agradece, seguro no sienten gratitud: no le hice un favor a nadie, solo cumplí con mi rol en la casa. Me gusta mucho cocinar, odio hacerlo cuando es una obligación tácita bajo la premisa del amor: cuando es renunciar a ser persona para ser expectativa. Todos los domingos celebramos algo. Espero que pronto llegue el domingo en que celebre que todas las mujeres que cocinan lo hacen por gusto y cobran sus cuatro jornadas de tiempo completo.


foto pmo

Paulina Macías. Le gusta caminar la ciudad, salir a bailar y descubrir cafés. Nunca dice que no a una copa de vino rosado. Feminista con tres tesis pendientes. Ya se quiere jubilar para pasar el día viendo películas.

Se arreglan niños-Dios

Tatiana Candelario

¿Quién cuida a los que cuidan? Me pregunto una y otra vez. A veces lo hago en silencio, a veces en voz bajita, muy bajita, pero en realidad quisiera gritarlo. ¿Quién te cuidará ahora a ti que yaces tendida en la cama con un tanque de oxigeno a tu lado? ¿Quién cuidará tu casa, tus plantas, tus niños-Dios? ¿Quién arreglará tu máquina de coser con la paciencia y la habilidad con que lo hacías tú? ¿Quién arrullará sueños y recibirá los besos de su nieto para guardarlos en su corazón?

¿Quién te cuidará a ti, Martha? ¿Quién te llevará hacia un puerto seguro? A ti, que estuviste toda tu vida cuidando a los demás. Primero a tus padres y muy pronto, siendo casi una niña, a tus hermanos porque así lo dicta la tradición-cultura-machista-terrenal; después, tuviste que cuidar a tu recién marido, con quien estarías casada hasta el final de tus días y a quien le cocinabas y preparabas la comida aunque tuvieras que ir al centro a comprar las cosas para arreglar niños-Dios, porque a eso te dedicaste los últimos años, o a buscar la tela para hacer y vender disfraces para las festividades de Halloween. Le dejabas preparado todo porqué él nunca aprendió a cuidar de sí mismo.

Desde que te conocí supe que hacías magia con las manos. César siempre me lo dijo. Y apenas nos mudamos juntos lo pude constatar: cosiste cortinas, una funda para mi sillón blanco y viejo que tenía desde que vivía sola, una funda para mi computadora y un mantel. En cuanto nació mi hijo, tu nieto, le tejiste algunas chambritas, varios zapatitos y pantuflas, unas pequeñas sábanas para su cuna. Conforme fue creciendo le fuiste tejiendo más cosas. Tus manos tejían sueños, las ilusiones las hacías realidad. Desde un “Príncipe Ratón”, sus dinosaurios favoritos, una pequeña tortuga. También le tejiste y le pusiste un suéter al conejo de Rodrigo. Qué gesto tan más tierno. Le quedó perfecto.

No sólo son objetos. Es tiempo, es trabajo invertido, es presencia y es cuerpo. Cuando a tu nieto comenzaron a gustarle muchísimo los Voladores de Papantla, le hiciste un gorro y su traje completo para que él jugara a ser niño-pájaro por toda la casa. En su primer cumpleaños le hiciste un traje de Moomin y muchos gorros de su mejor amigo Snufkin para todos los invitados. En su cumpleaños número dos le hiciste unas bolsitas de Mickey Mouse para dar los recuerdos a los invitados. ¿Te acuerdas qué bonitas se veían con sus botones y listones? Y cuando cumplió tres años, hace apenas ocho meses, te dije que su fiesta sería de monstruos y nos pusimos a buscar la tela apropiada para hacer muchos monstruos para los invitados, y muchos más para adornar la mesa de dulces. No sólo hicimos monstruos de tela: hicimos colmillos, ojos deformes, bocas espantosas y pelo alborotado de papel y fieltro para adornar las bolsitas de dulces y los botes para las botanas. Hicimos unas lámparas de monstruo que quedaron increíbles y que, por tantos adornos, al final se nos olvidó colgar.

Nadie como tú me seguía la corriente para las fiestas de Rodrigo. Nunca me dijiste que no. Nunca te pareció un exceso. Al contrario, me alentabas, me ayudabas, me dabas cuerda. Aquel cumpleaños número tres hicimos tantos monstruos para tener una verdadera fiesta monstruosa, los había de papel, de tela, de cartón, de fieltro. No sabíamos que sería la última en la que te tendríamos con nosotros. Hace apenas ocho meses estábamos en la Parisina escogiendo la tela y los colores para esos monstruos. Te pregunté: “¿Y si le hacemos también una manta grande que diga ‘Feliz cumpleaños, Rodrigo’?”. “Por supuesto”, respondiste.

Gracias, Martha. Siempre te lo dije. Siempre quise retribuir tu cariño, tu presencia, tu trabajo. Aunque ahora todo parece poco. Aparece la culpa ante tu muerte y la certeza de que siempre se puede hacer más por las personas que nos cuidan, que nos quieren. Cuidar a quienes nos cuidan. Rodrigo alcanzó a cuidarte, aunque fuera un poco al final de tus días; la penúltima vez que te vio te dio masaje en tus piernas y te tapó con una cobijita para quitarte el frío. Al final, quien es cuidado aprende a cuidar. O por lo menos así debería de ser.

“Se arreglan niños-dioses” dice el local que ahora tiene la cortina cerrada afuera de tu casa al sur de la ciudad en una calle sin pavimentar. Tu sueño se quedó inconcluso: una casa grande con un jardín. Las últimas plantas que sembraste se secaron; en cambio, el pasto está verde. Llevaré nuevas plantas y florecerán en su momento y, si el tiempo nos lo permite, también plantaremos un huerto y Rodrigo lo cuidará. Ahí depositará los besos que te mandaba con la mano y que tú atrapabas en el aire y guardabas en tu corazón. Las semillas, cuando se cuidan, siempre terminan por germinar.


LA AUTORA

unnamed

 

Tatiana Candelario. Historiadora (y ex corredora). Interesada en la historia social y cultural del siglo XX, particularmente en los procesos de urbanización e industrialización. Mamá de Rodrigo desde el invierno de 2016.

Tita Chela

Lorena Oaxaca Barrera 

Hoy he estado pensando mucho en mi abuela materna. Mi Tita Chela. De niña, la veía tres o cuatro veces al año. Cuando íbamos a Fresnillo a pasar Navidad y en el verano. A veces iba a visitarnos a México o a cuidarnos si mis papás se iban de viaje. En Fresnillo, la verdad es que apenas le hacía caso. Estaba mucho más emocionada por jugar con mis primos. Eso sí, el tiempo que pasaba con ellos lo dedicaba a ver sus cosas por horas y horas. La verdad es que para describir sus pertenencias no encuentro mejor palabra que “icónicas”. 

Icónica. Toda ella. Su estilo. Desde que te llamas Marcela y escoges que te digan Chela. Me fascinaba su pelo. Tenía el pelo canoso, entre gris y dorado. Un día estábamos Tita, mi mamá y mis primas en la sala platicando y nos dijo que se le hacía raro que en la casa todos tuviéramos el pelo negro, si ella lo tenía tan güero que cuando paseaba en la plaza, las muchachas le decían: “Ahí va la güera piruja”. Mi mamá casi se va de espaldas. “¿Por qué te decían piruja?”. “Porque creían que mi pelo no era natural, que me lo trataba”, “¿Pero qué tiene que ver piruja?”, “Ay, no, quería decir güera oxigenada”. Lloramos de la risa esa tarde.

Su peinado. No sé de qué época era, pero definitivamente no de la nuestra. No conozco a nadie más que se peine así. Hay señoras que se hacen algo parecido, pero nunca tan alto. 

Tres veces por semana iba al salón de belleza a peinarse. Se hacía un crepé enorme.  Era como entre un nido, un huevo y la novia de Frankenstein. Fascinante. Mis primos y yo siempre nos preguntábamos si alguien había visto a Tita sin su peinado, pero nunca nadie lo hizo. Queríamos saber cómo dormía, cómo se bañaba. Por algo nadie tiene ese peinado, exigía verdadero compromiso y sacrificios.

Su casa también estaba atrapada en otra época. Qué casa. Había una oficina verde: la alfombra era verde, el papel tapiz era verde, un escritorio negro, libreros negros. Me encantaba jugar ahí. Un recibidor rosa. Un baño amarillo. Una sala café con un estampado de suéter de hipster. Otra sala solo para Navidad, mi favorita; era blanca con dorado, tenía unos sillones que se me hacían de la realeza. Yo decía que Tito se sentaba en el sillón del rey y Tita en el de la reina. Había unos cojines como de seda, bordados con hilo dorado y motivos chinos, como grullas y dragones. Había un mueble empotrado de caoba con una colección de palomas. Una mesa chaparrita de mármol con huevos y hongos de cristal. El papel tapiz tenía garigoles de terciopelo, la alfombra era de flores, había un candil dorado con cristales y otra lámpara en la esquina, arriba de una mesita de un mantel con borlitas que tenía un nacimiento rosa y dorado que era una artesanía. Esa lámpara de la esquina era mi favorita. Tenía piedras de colores incrustadas. Si la prendías la sala se llenaba de destellos brillantes y nosotros le dábamos vueltas para que pareciera que estábamos en una disco. Más grandes teníamos el chiste de que íbamos a abrir un antro ahí que se llamaría el Tito´s Perreos House o TPH para los cuates. 

Para llegar al cuarto de mis abuelos tenías que pasar por un pasillo que tenía cuatro ventanas alargadas que daban a la segunda estancia: una sala de tele con unos sillones cafés llenos de holanes y tapizados con flores. Uno de nuestros juegos favoritos era pretender que estábamos en el drive-thru de McDonald’s y obligarnos a pasar de ventanilla en ventanilla. 

La casa debió de ser impresionante en sus buenas épocas, pero a mí me tocó ver el principio de la decadencia y el deterioro total. La sala en lugar de blanca se fue haciendo gris, todo estaba cubierto por una capa de polvo que no había manera de quitar. Los cuartos se fueron clausurando poco a poco. La alfombra de la estancia se infló, como si un pequeño volcán hubiera empezado a crecer en medio de la casa. Ahorita está deshabitada. Probablemente se venda como terreno. Dicen que ya salieron más bolas en el piso, no saben si es gas y un día va a estallar o es un árbol que está echando raíces monstruosas. Ahora hay otro chiste de que la rentaremos como pista de motocross llena de dunas.

Sus cosas. Tenía una pulsera de oro que tenía dos bolitas doradas que se abrían y cerraban para ajustarse a su muñeca. Me encantaba. Siempre cargaba con su cigarrera, de esa tela que es como de lentejuelas negras, que tocas y se sienten suaves, para cerrarse también tenía dos bolitas de metal con las que varias veces me machuqué. Tenía muchas cosas con bolitas que se juntaban; cada vez que encuentro algo que las tenga, me acuerdo de ella. 

Cuando iba a México llegaba con una maletita azul de Samsonite que ella llamaba su neceser. Me parecía excesivamente glamuroso traer una maleta aparte nada más para llevar spray para el pelo, perfumes y maquillaje. Cuando murió yo pedí quedarme con él y aquí lo tengo guardado.

Mi Tita era muy miedosa y nerviosa. Creo que le heredé muchos miedos. Ninguna de las dos quisimos manejar. Cuando teníamos doce y diez años nos llevó a mi hermana y a mí a la feria. Estábamos muy emocionadas, veíamos El Martillo, El Ratón Loco, Los Troncos y no sabíamos a cuál subirnos. No nos dejó montarnos en ninguno. Para el único que tuvimos autorización fue el de Los Pulpitos, un carrusel para niños de tres años. Cada vez que pasábamos frente a ella, nos gritaba con los ojos saltados por los nervios: “Agárrense muy duro”. Al final nos compró bolsas y pulseras en los puestitos y la perdonamos. 

No tuvo una vida fácil. Aunque apenas alcancé a vislumbrar un pedacito de su existencia, con el paso del tiempo he ido conectando los puntos. Sé que se casó muy grande para su época. Casi cuando iba a cumplir treinta. Antes de eso era maestra. Tengo un vago recuerdo de que una vez me dijo que había sido maestra del papá de Jaime Camil, pero no estoy del todo segura. Conoció a mi abuelo en una mascarada. Se casaron. Tuvieron seis hijos, el último nació cuando ella tenía cuarenta y tres años. Luego uno de los hermanos de Tita Chela murió. Fue un golpe durísimo. Se quedó años deambulando por la casa en sus batas de dubetina, hasta la fecha mi mamá no soporta verlas. La depresión y el cansancio dividieron a sus hijos en dos camadas. Mi mamá pertenece a la primera: las tres estudiaron una carrera y se casaron con “buenos muchachos”. Con la segunda, el desgaste la llevó a refugiarse en el “no me mortifiquen”. 

Mi abuelo tuvo una prominente carrera política en el estado. En sus buenos tiempos fue muy reconocido, a donde fueran la gente se desvivía por don Armando y su distinguida esposa. Hasta que, como siempre pasa, dejó de estar arriba. Ya no había ni perro que le ladrara y se empezó a ir para abajo. Después de un rato dejó de trabajar y empezaron los síntomas de Alzheimer. Cuando yo llegué a vivir a Fresnillo, esa era la situación en casa. Mis abuelos se la pasaban el día viendo la tele en su cuarto y ahí íbamos a visitarlos. Siempre me ha dado miedo terminar así, no entiendo por qué no salieron, por qué se quedaron de brazos cruzados a ver cómo su casa y su salud se iban deteriorando. Hasta hoy voy cayendo en cuenta de que no tengo nada que reprocharles. No vinieron a la tierra nada más a ser mis abuelos o los papás de mi madre. Bastantes broncas tuvieron como para que encima yo me ponga a juzgarlos.

Esta semana soñé con ellos. Yo iba camino a una fiesta con mi hermana, discutíamos, nos separábamos y yo me subía al elevador por mi parte. Como no sabía el piso, me iba asomando en cada uno y en una de esas entraba al cuarto de mis abuelos. Me acostaba en su cama, en medio de los dos y nos poníamos a ver la tele. Sin decir nada. Nada más sintiendo un calorcito que me recorría y que me aliviaba.

Desperté y me di cuenta de algo que he estado sintiendo desde que empezó la cuarentena. A veces lo mejor que puedes hacer es sentarte a ver la tele rodeada de tu familia, todos juntos, mientras afuera el mundo se acaba.


LA AUTORA

image

 

Lorena escribe en https://depesoligero.wordpress.com/

Siete Blancanieves y un enanito

Judith Díaz

Un hogar debe ser cálido, al llegar debes respirar profundo y retomar energía para seguir; podrías llegar a recostarte en tu cama y preparar café. 

En casa siempre nos enseñaron a ser cuidadosas con las cosas y que la limpieza es muy importante; así que muchas vacaciones de verano nos dedicábamos a hacer limpieza profunda. Para mis padres era común pensar en el qué dirán “¿qué van a decir las visitas de una casa sucia habiendo en ella tantas mujeres?”. 

La casa es resultado del trabajo conjunto que mis padres hicieron para construirla, desde el techo de lámina hasta los cimientos de piso. Pero también significa lo que no lograron mantener más: un matrimonio que se convirtió en el juego “A ver quién aguanta más”. Mi padre se fue a vivir una aventura en su crisis de los cuarenta años (aunque en realidad desde hace tiempo ya tenía ganas de irse). Y nosotras, las Blancanieves, nos quedamos en la casa e intentamos avanzar con nuestras vidas, y digo intentamos porque ha sido un proceso complicado.

En cambio, mi madre tuvo un despertar y se deshizo de la jaula donde vivía. Se cansó de limpiar, de administrar, de aguantar las aventuras “de un enanito”. En el proceso fue a parar al hospital y tuvo que usar collarín. Llegó al Ministerio Público para enfrentar el interrogatorio de un hombre que no dejaba de preguntar: “¿Segura que quiere denunciar?”. Piso el CAVI, el Centro de Atención a Víctimas, donde le dijeron que se veía emocionalmente fuerte y que seguramente ella sabría qué hacer, le dieron carpetazo al proceso legal, pero antes vivió en un albergue para mujeres, condicionada para darle seguimiento a las denuncias.

La casa es el desgaste de una relación que fue cada vez más violenta y también el caos sin resolver. Mi padre regresó a tratar de recuperarla y comenzó una nueva construcción dentro de ella. Pero volvió a irse y dejó una obra negra que trajo consigo ratas. Así como espacios abandonados donde ahora se guardan las chácharas; son lugares intocables donde mi papá conserva sus cosas.

Aun así, mis tres hermanas, mis pequeñas sobrinas, mi madre y yo intentamos tener ordenada la casa, limpiar, darle mantenimiento, pero ¿a dónde se pueden llevar tantas cosas? El qué dirán resuena todavía en mi cabeza: ¿Cómo es posible que cinco mujeres y dos niñas no pueden con una simple casa?

Pero también esa mirada crítica cada vez me hace menos sentido puesto que las personas realmente no saben cómo vivimos. Nosotras trabajamos, limpiamos, administramos, ordenamos, cooperamos. La casa se mantiene y nosotras comemos, vestimos, salimos, convivimos, nos reencontramos, nos reconocemos y… sobre todo vivimos. 

Paradójicamente, que mi padre se fuera, implicó más carencias económicas, pero también mayor libertad para algunas cosas. A veces viene de visita y tiene frases muy hechas ya, cosas que hemos aprendido de memoria: “Ustedes no merecen esta casa, sólo viven aquí a causa de mi buena fe, no se les olvide que esta casa es mía”. Y ahí están sus cosas y una recámara cerrada con llave que nos recuerda su presencia invisible.

Tenía pocos meses de salir de la universidad cuando en los sismos del 2017 una parte del aplanado de la casa se cayó. En medio de tanta confusión e inestabilidad, me gusta pensar que el sismo me vino a sacudir la vida. Con ello, el mundo idílico con el que soñaba se derrumbó.  Nunca volví a ser la misma, para ser sincera, hasta la fecha, no sé dónde empiezo yo, no soy como antes, pero tampoco lamento nada. Después de todo, pude acercar a mi madre al feminismo y así ayudarle a entender las violencias que vivió; que pese a todo no hay decisión de  la cual arrepentirse.

Es complicado crecer en un hogar machista, pero probablemente para ese machista debe ser igual de complicado vivir en un hogar rodeado de mujeres rebeldes y nombradas ahora bajo el feminismo.

Para el enanito debe ser difícil también porque ya no es participe de nuestras vidas y siente nuestro rechazo. A veces nos deja entrever ese dolor y ese enojo, pero lo cierto es que se ganó un lugar limitado entre nosotras. 

Las feministas señalamos el machismo y yo señalo el de mi padre, pero no significa que no vea sus raíces y que no lo vea a él y a su historia. Aun así, sé que para mí ha sido sano no tenerlo cerca. 

Siete Blancanieves y un enanito, siete mujeres que han aprendido a hacerse cargo de su persona porque es importante aprender a hacernos cargo de nuestra vida con todo lo que eso implica y tomar la vida como viene, nunca callar y caminar juntas. Nosotras sí aprendimos. Como en los cuentos, los enanitos no crecen y viven con esa estatura toda su vida. Lástima. 

Aunque tampoco es fácil; en mi cabeza, y seguro en la de ellas también, viven algunas creencias: qué merezco, tengo que hacerlo bien, soy lo suficiente para x o y cosa, cuál es mi lugar

A veces me parece que mi casa ha dejado de ser un hogar. Fue una casa que significó el progreso y terminó en campo de sobrevivencia; una casa que significa también mis lazos estrechos con las seis mujeres de mi vida y a la vez unas cadenas invisibles que acotan mis decisiones y la vida con la que sueño.

Siempre voy a querer a mis padres con sus fallas y sus aciertos porque soy una mujer que se ha encontrado en algunos puntos y porque crecí con el camino que he recorrido. La vida que quiero empieza a partir de que me reconozco a través del feminismo y hoy tengo muchos deseos de construir mi vida sin chácharas, sin ratas y sabiendo que me merezco el mundo.


LA AUTORA 
Judith Díaz. Nacida en la CDMX, chilanga de corazón e iztapalapense para rematar. Es una mujer que convive con sus contradicciones y que en su adultez aún se busca, a veces escribe poemas y práctica danza árabe.

Compartir y resistir en lo inhabitable.

Marion Rubio

Es innegable que el confinamiento vino a sacudir nuestras dinámicas, impactándolas en todas sus formas. Muchas de ellas, para mal, como negarlo, pero también resignificando otras.

Las tareas domésticas en mi hogar siempre habían sido hechas de acuerdo a los tiempos de cada miembro de la casa y su rutina, rutinas que regían hasta antes de que un virus microscópico cambiará todo nuestro paradigma en un dos por tres. Salíamos, comíamos, estábamos, descansábamos, entrábamos, socializábamos en distintas horas y días, a excepción del domingo, día de descanso (de todo, también de el quehacer) y día familiar, por lo que estas tareas se hacían repartidas y en solitario, y si, no voy a negar que aquellas relacionadas a la cocina, recaían, en su mayoría en mi madre. En momentos distintos, alguien se ocupaba de la limpieza profunda semanal, alguien se encargaba de la limpieza y el orden más superficial del día a día, alguien de la ropa y cada quien de su habitación.

Pero con todos encerrados en casa, esto cambió. Más platos que ocupar, lavar y regresar a la alacena, más comida por preparar, el  polvo siempre acumulado. Y lo evidente pasó, el trabajo doméstico se intensificó, porque irremediablemente, éste viene incluido en lo que representa una casa con vida. Aquélla donde hay vida es dónde se existe, se habita, se cuida y se limpia, así nuestra percepción de “qué tanto estamos viviendo realmente”, se encuentra en constante cuestionamiento.

Lo peor del confinamiento, no ha sido el aumento de las actividades domésticas, a pesar de que se repiten en un loop infinito y de la misma forma sea lunes, martes o jueves. No, lo que más ha golpeado ha sido el crecimiento exponencial de la toxicidad y paranoia de mi padre ante el Covid, con medidas no sólo preventivas, sino que caen en lo absurdo, en recriminaciones por salir a comprar lo más básico del mercado, discursos que señalan, el egoísmo y las discusiones desgastantes una y otra vez, el machaque emocional para resto de quienes habitamos aquí. Me reservo los detalles más personales, únicamente me queda por decir, que la casa comenzó a sentirse inhabitable, un lugar del que deseas salir, donde lo que más te atormenta es la sensación interna, mucho más que la situación existente fuera de ese departamento. Mi habitación se convirtió, más que nunca, en mi espacio de refugio.

Mi padre limpia y sanitiza la casa incontables veces al día, aún cuando la máxima salida fue por las calles solitarias de la colonia paseando a la perrita, él hace esta actividad en solitario, ataviado de cubrebocas, guantes y goggles. Ésta es su contribución al quehacer doméstico del hogar, después de ello, vuelve a su habitación,  a seguir viendo noticias de la pandemia de forma ininterrumpida. De la dinámica anterior, en solitario, nada cambió, sólo se atavió con un par de elementos nuevos.

Todo lo contrario ocurrió entre mi mamá, mi hermana y yo. El quehacer doméstico de pronto se convirtió en otro momento de reunión y de compartir. Las mismas tareas cotidianas, pero haciéndolas dentro del mismo tiempo y espacio, cosa que además el pequeño departamento permite lograr con bastante facilidad. El lavar platos dejó de ser ese tiempo muerto individual donde sólo enjabonas mientras ves hacia el horizonte de la ventana que tienes enfrente. El trapear dejó de ser esa actividad mecánica que haces mientras pones play a tus canciones preferidas del momento, con los audífonos al máximo.

Caímos en las recetas de Tik Tok y una de ellas nos gustó tanto, que la hemos perfeccionado haciéndola continuamente, todo ello, mientras hablamos de recuerdos y mi madre nos cuenta de recetas y platillos familiares. Incluso, ya replicamos el panqué de canela, receta de la abuela. Nunca he tenido especial interés en la cocina, pero confieso que he disfrutado estos momentos de compartir por medio de ella.

Por la tarde, alguna termina de secar y guardar los platos de vuelta a la alacena, mientras la otra, recoge lo que queda en la cocina o talla su ropa en el lavadero, espacio que se presta para platicar del último capítulo que vimos de X serie o para enseñarnos el meme que circula en Twitter.

Lo mecánico, lo individual, aburrido o pesado que puede ser el trabajo doméstico, aun repartido, se ha transformado en una actividad común, donde la actividad pasa a segundo plano y lo que destaca es el acompañamiento, las redes tejidas y potencializadas, el compartirse. Tal vez la casa se siente inhabitable y asfixiante por las condiciones creadas por mi padre, sí, pero nosotras hemos hecho habitables nuestros momentos, nuestros espacios de compartir.

No pretendo romantizar el quehacer doméstico, pero sí señalar que éste ha cobrado otro sentido y, lejos de sentirse como otra actividad asfixiante, ahora es otro espacio, un momento de compartirnos, de acompañarnos y de resistir.


LA AUTORA

MarionR

Marion Rubio. Ser nocturno. Investigadora de profesión, ilustradora por diversión. Sensible todas las temporadas del año. Leer, caminar por la ciudad, ver películas, videos de maquillajes que jamás hará y pasear con su perrita le dan vida. Coleccionista de labiales y libretas.