Tengo un doctorado en lavar platos antes que mi título como Licenciada en Relaciones Internacionales

Karime Barrón.

Escribo esto desde mi profunda privacidad en una casa del sur de la Ciudad de México; privacidad por la que tanto he luchado, y heme aquí el día de hoy, quejándome de su principal componente: una dosis generosa de absoluta soledad y silencio, que me lleva a reflexionar sobre lo siguiente.

Nací en el norte de México en el seno de una familia con una cultura del trabajo y el esfuerzo bien arraigada hasta la médula. Después de varios años, me mudé con esa misma familia al sur del país, yendo a caer por obra del destino en un municipio llamado Comalcalco, famoso por ser la tierra del cacao.

En los roles impuestos de la familia, siempre me tocó lavar los platos a tal punto que mi mamá me decía muy sarcásticamente, “tú ya tienes un doctorado en lavar platos, y aunque no te guste, lo haces muy bien”. Tenía razón aquella mujer que me conocía como la palma de su mano: nunca me gustó lavar los platos. Pero entre quejas y una que otra mueca, terminaba haciéndolo con orgullo, sintiendo un nudo en la garganta… y a medida que lavaba cada plato y le quitaba las migajas, enjuagaba con agua y con jabón para luego limpiar las gotas de agua, sentía como todo ese proceso lo interiorizaba a mi persona, purificando mi cuerpo y mi mente de lo que ya no me servía y no tenía que cargar.

1)      Primero quitaba la mugre y restos de comida con la mano (quito todo lo que me molesta de mi camino y me impide ser yo misma con total paz);

2)      Después lavo bien con agua y con jabón (me aseguro de enjuagar restos de las piedras en el camino, tales como rencor, orgullo, coraje);

3)      Y finalmente seco con un trapo (seco cada rastro de lágrima y dolor para no dejar prueba alguna).

Con los años y por los caminos de la vida, decidí irme de aquel pueblito de Tabasco, tomé mis cosas que consistían en ropa de verano y mis libros, y llegué a la Ciudad de México. No conocía a nadie y nadie me conocía a mí…y eso me gustaba. Tampoco tenía reglas ni una autoridad en casa por encima de mí; yo era mi autoridad y mi limitante también.

En aquel entonces tuve miedo de quedarme en un lugar chiquito del mundo fregando platos para toda la eternidad. Lo que yo quería era leer, escribir, pasear y conocer… conocer mucho. Ahora llevo cinco años viviendo sola en la Ciudad de México, he leído mucho, escribo novelas y una tesis de licenciatura y he paseado mucho a tal grado que le di la vuelta al mundo en 170 días… pero, ¿sabes algo? Al final del día, después de cocinar mis comidas, sigo lavando los platos: le quito los restos de comida, enjuago con agua y con jabón y limpio las gotas de agua. Y me gusta. Me gusta porque me recuerda a aquellos días calurosos en el sur de México en donde sentía un nudo en la garganta, el cual ahora comprendo que era miedo.

Vivo sola y la mayoría de los días durante esta cuarentena me voy a la cama sin haber pronunciado una simple palabra. Platico con amigos y mi familia por el celular, pero no tengo a nadie con quien expresar mis sentires y que me mire a los ojos, y en ese momento, siento un nudo en la garganta, y me pongo a lavar los platos para purificarme y sentirme mejor. Mi mamá tenía razón, tengo un doctorado en lavar los platos.

 


LA AUTORA

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Karime Barrón. Nací en la capital de Sinaloa y luego me mudé a Tabasco. Emprendí mi vida sola en la Ciudad de México hace cinco años, luego me fui a Varsovia por 5 meses y terminé viviendo en Tokio por otros dos. Nómada por naturaleza y tesista por la UNAM.

 

 

 

Cuidadora y Aislamienta

Jennifer Olvera

 

En estos meses de encierro, mis emociones han hecho conmigo lo que se les da su chingada gana. Algunos días son buenos; otros, sin embargo, pasan demasiado lento y no puedo evitar pensar en todas las certezas (me gusta creer que alguna vez hubo) que se desvanecieron, que se han ido. 

Durante uno de esos días que parecieran no obedecer a mi reloj y que prefieren ir a su pesado ritmo, platiqué con mi mamá sobre cómo me afecta estar sin salir de casa. En un tono medio burlón me dijo que era una exagerada, y yo me enojé porque no sabía si no lograba explicarme o si ella no comprendía cómo me siento. Después lo entendí. Por supuesto que no lo comprendía. No podría comprender que este aislamiento implica para mí una pausa, un momento para (des)aprender y estar estática. ¿Por qué? Porque el cuidado nunca para; atender necesidades ajenas en un tiempo en el que la casa está repleta no se detiene, al contrario: se acentúa. 

¿Qué sucede cuando Cuidadora y Aislamienta se juntan? Para mi mamá, poco o nada ha cambiado. Sigue despertando temprano para prepararse y prepararle el desayuno a su familia, sigue lavando ropa, trastes, baños, miedos, yendo al mercado, haciendo comida, y un largo etcétera. Además, ahora que pasamos el tiempo en un restringido número de metros cuadrados, siente una especie de hiperactividad doméstica. Yakimeshi, pasta, vino, pastel casero, agüita fresca a todas horas, caldito, un tentempié. ¿Qué más van a querer?

Es la mayor de cuatro hermanxs, y desde niña aprendió a dejar el cuerpo para servirles. Así pasó su infancia: cuidando niñxs, limpiando la casa y cocinando. Y así pasó también su adolescencia. Y su juventud. Y su adultez. Desde que tenía mi edad comenzó a responsabilizarse de su marido e hijo (ahora tres), con todas las asimetrías afectivas que puedan imaginar. 

¿Mi mamá ha entendido su felicidad en función de qué tanto destaca en el trabajo doméstico y en los cuidados que nos da? Ha sido cuidadora de cuerpos y emociones ajenas por mucho tiempo, lo cual conlleva un gran esfuerzo mental y físico. Cada día me hago más consciente de esto y ya no hay marcha atrás. 

El tema de los cuidados es transversal: lo encontramos en lo público y en lo privado. Sin embargo, nos han enseñado que lo que se hace en privado —un espacio al que se ha relegado a las mujeres— es por amor, por amabilidad, por voluntad, y a través de estos discursos altruistas el trabajo en lo doméstico ha sido invisibilizado (porque un trabajo, bajo la lógica económica androcéntrica, es el que genera ingresos, el que es remunerado). 

Hace poco más de un año, como tarea para mi clase de géneros periodísticos, entrevisté a mi mamá. Estaba nerviosa y me dijo que tenía miedo. ¿Cómo no tener miedo a hablar sobre ti, sobre tus preocupaciones, dolores y sentimientos cuando te has dedicado a reprimirlos para estar ahí siempre que se te necesite? Me habló de la época en la que su mamá falleció y mi papá estuvo hospitalizado; de cuando perdió dos hijos y le hicieron sentir como si sólo hubiese tenido una gripa. Me habló de cómo tuvo que mantenerse fuerte, a pesar del debilitamiento emocional y físico que no se permitió manifestar hasta que le dio una parálisis facial. Me dijo que siempre ha sido quien cuida a lxs demás, pero nunca ha habido alguien que la cuide.  

No hubo un momento en el que dejara de llorar mientras transcribía la entrevista. A pesar de ello, no fui capaz de problematizar sobre mis propios cuidados. ¿De qué hablamos cuando hablamos de cuidar?, ¿cómo hacerlo?, ¿qué debemos esperar a cambio? Y es que cuidar significa también ser cuidada. 

Escribo esto para (re)conocer mis descuidos (y autodescuidos). Reconozco que debo gestionar cuidados, porque toda relación debe construirse desde ellos. Lo escribo para sanar y cultivar el hogar político en el que habitamos mi mamá y yo; un hogar que servirá para aprendernos, pensarnos, escucharnos y amarnos desde la responsabilidad, cariño y cuidado mutuos. 

Cuando Cuidadora y Aislamienta se juntan es imposible no pensar en el discurso político de lo doméstico. Cuando Cuidadora y Aislamienta están juntas se hace más evidente la urgencia de romper con la dicotomía ideológica público-privado; de no despolitizar lo que ocurre en espacios privados; de voltear a mirar a las mujeres que cuidan diariamente, y de pensar en una ética feminista del cuidado porque aquellas que lo ejercen renuncian a sí mismas y en políticas públicas en torno a estos trabajos porque no sólo sostienen la vida, sino también al Estado que, evidentemente, no cuida a esas mujeres. 

 


LA AUTORA

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Jennifer Olvera. Nacida en el Estado de México, cuando el sol estaba en virgo y la luna en géminis. Cuentacuentos amateur y eterna aprendiz. También soy estudiante de periodismo interesada en narrativas con perspectiva de género.

El poder de escucharnos

Brenda Isabel Pérez

 

Este texto es resultado de una transcripción inicial de varios audios grabados para mí misma. Últimamente he pensado que hace falta contarse a una misma las cosas importantes.

 

Con este audio que eventualmente voy a transcribir y será publicado en las redes de mi querido Pensar lo doméstico, quiero hablarles sobre la importancia de la voz en colectiva, de escuchar, de hablar y ser escuchadas, porque estoy muy segura que encontrar y compartir voces es lo que me ha salvado de la locura en momentos difíciles como el confinamiento. 

Probablemente tenga más de 6 años la época en la que comencé a tomar el gusto de la lectura en voz alta, le leía a mis novios poemas, fragmentos de cuentos, cosas propias; les leía con mucho entusiasmo y sobretodo, con cariño. Recuerdo haber leído uno de mis textos favoritos de Rosario Castellanos a alguien para después ver cómo le resultaba completamente indiferente, como si le estuviera leyendo a la pared, eran espejos que me regresaban imágenes borrosas. También hubieron parejas que honestamente hacían el intento por leerme, pero casi siempre el ejercicio resultaba inerte, a veces eran los textos a veces su voz, terminaba arrepentida de haber sugerido la lectura.

En 2019, tras el último enamoramiento primaveral, decidí darme de baja temporal con el amor romántico, con cualquier presentación o insinuación de este. Nunca se me habría ocurrido que pasar un tiempo sin el eco de voces masculinas opinando iba a cambiar tantas cosas en mi vida. Estuve así durante meses, muchas personas parecían preocuparse por la decisión, como si de pronto hubiera declarado algún odio que más que hacerle daño a terceros, me haría daño a mí misma, pero no fue el caso, quería descansar. Tuve días buenos, días muy buenos, días malos y días muy malos.

Soy una persona que tiende a aferrarse a la nostalgia, al pasado, a las cosas que duelen, los hubiera; soy una persona que tiende a ser triste. Durante los días malos me cuestionaba la decisión de haber pausado al amor romántico. Durante los días malos me sentía sola y quería de vuelta la utopía romántica que culmina en besos, abrazos y frases consoladoras.

Un día recordé lo mucho que me había gustado leerle a la última persona de la que me enamoré ese año y se me ocurrió que quizá lo valioso no era haberle leído a él, sino escucharme. Así tal cual, pensé: “quiero leerle en voz alta a otras personas”.

Soy tímida y aunque conozco personas que les leen en voz alta a niños o al público en algún escenario, yo no me habría sentido identificada con esas posibilidades, me gusta que haya una intención o cariño hacia las personas a las que les leemos. Entonces, publiqué en twitter si alguien quería hacer un chat/canal de lecturas en voz alta. La única que me contestó explícitamente que sí y con la que se realizó ese diálogo, fue con Sylvia Aguilar Zéleny, intercambiamos algunos audios y así conocí su voz, lecturas nuevas y así, me sentí acompañada durante los días malos. 

Tuve por primera vez esa interlocución que no había tenido con ningún ex. Cuando me sentía triste en el transcurso del día, escuchaba varias veces algún audio y pensaba: “alguien te mandó esta lectura bellísima con la intención de que te sintieras mejor, podríamos simplemente ponerle atención e intentar pensar en ese gesto tan maravilloso”. 

Claro que, con en el paso del tiempo cada una se dispuso a resolver la vida y la interlocución pausó, esas cosas ocurren, pero definitivamente apareció una idea muy importante en mí: existe la posibilidad de encontrarnos y conciliarnos entre nosotras.

Los primeros días de confinamiento por COVID-19 fueron tristísimos para mí, el exceso de noticias me causaba dolor de cabeza y paranoia, dormía más horas que antes, mi ansiedad se elevó, tenía pequeños arranques de llanto que no sabía nombrar. Ya había tenido la experiencia de trabajar en casa y casi no salir por falta de dinero cuando era freelance, pero esto era muy distinto, la posibilidad de distracción se reducía a la computadora y al departamento y por el contrario, las tareas incrementaron para concentrarse en un sólo espacio, el espacio doméstico. Cortar de un día para otro con las pequeñas cosas que nos distraen o con otros espacios físicos que te hacer sentir segura, te desestabiliza emocionalmente. 

El primer recuerdo de bienestar que tuve fue el chat con Sylvia y quise repetirlo, volví a preguntar en redes sociales si alguien quería hacer un chat o canal de telegram para intercambiarnos audios. Esta vez recibí respuestas de algunas chicas que decían que sí muy entusiasmadas y fue entonces cuando Ale Eme Vázquez me animó a convocar desde Pensar lo doméstico. Me emocioné y de inmediato dije que sí, que me parecía una idea increíble. La verdad es que todo lo que es convocado desde Pensar lo doméstico está construido con un cariño que siempre me motiva y además, honestamente me daba un poco de miedo que nadie mandara audios, que las mujeres que me contestaron en Facebook realmente no se sintieran en confianza de mandar cosas, después de todo la inseguridad que tengo hacia ser escuchada es la misma que muchas otras mujeres tienen, lo sabemos. Así pues, convocamos y creamos el canal en Telegram. La descripción del canal dice: 

“Creamos este canal colaborativo para enviar y recibir audios con textos cortos entre mujeres. La idea es dialogar entre nosotras a través/desde lecturas en voz alta. Nuestros espacios son de y para mujeres”.

En menos de 24 de publicar en twitter ya éramos 74 suscriptoras en el canal, por un momento me sentí abrumada, no estoy acostumbrada a sentir que la gente me observa, no quería equivocarme o provocar algún desencanto, pero todas mis compañeras en la colectiva son mi espacio seguro y me encontraba acompañada. Con los días fuimos siendo más mujeres, la crisis que sentí al inicio del confinamiento se fue disipando, se fue acotando a una preocupación normal, Ale y yo aprendimos cosas nuevas de Telegram (porque somos señoras que no habíamos hecho un canal, por supuesto) y con los días no sólo descubrí nuevas lecturas, descubrí voces maravillosas, todos los audios me parecen fascinantes, algunos traían pájaros cantando de fondo, música muy bajita o distintos tonos de voz en el mismo audio. Todos tienen una intención en común: compartir con otra algo que una le parezca valioso. En tan solo unos días, se logró construir un espacio seguro (gracias a Ale por ser La Sacabatos oficial) virtual que aún me cuesta trabajo asimilar, que me da toda la esperanza del mundo. 

Han pasado dos meses de la creación del canal y somos más de 200 suscriptoras y quiero decirles que hacer eco con ustedes es un oasis frente a la realidad en la que nos encontramos y que todas confrontamos en situaciones distintas. Quiero decirles que además de escuchar lo que nos comparten, leo con mucha emoción todos los comentarios que dejan para todas y que jamás habría pensado que somos tantas las que conciliamos el día a día con los audios, porque acompañándonos, nos cuidamos y fortalecemos. No estamos solas.


LA AUTORA

Isabel

 

Brenda Isabel Pérez. Pensadora de la Casa de Capricornio. Concluyó arquitectura con el pretexto de poder describir, ordenar, dibujar desordenar, coordinar y almacenar espacios. No realiza todo al mismo tiempo, pero intenta. 

Somos señoras

Paola Barragán Vargas

 

Si hace tres años me hubieran dicho que mi rutina diaria iba a ser levantarme, salir a correr algunos días, desayunar algo nutritivo, revisar el agua de cada una de mis plantas, alimentar mi masa madre y todo antes de ir a trabajar, hubiera exclamado: ¡Qué horror, me convertí en una señora!

La primera vez que a una mujer le dicen señora en público queda marcada para siempre: en mi caso tenía unos 26 años e iba en la ruta 62 camino a casa, después de un día de trabajo. De pie, apretada entre tantas otras personas que regresaban también, logré empujarme al fondo del autobús para tener “más espacio” (entre comillas porque, como bien sabemos, a la hora pico nunca hay espacio suficiente en el transporte público). Ahí iban sentadas unas niñas de unos 12 o 13 años con uniforme de escuela, riéndose de algún chiste. Al verme, una de ellas se levantó cediéndome amablemente su lugar con un: “Siéntese, señora”. Fue tanto mi terror que no acepté el asiento fingiendo que ya casi era mi parada y me aguanté las ganas de llorar hasta llegar a mi casa. Hasta ese momento, nunca me había considerado ya en ese renglón de la división social.

Casi siempre que alguien me dice “ya eres toda una señora”, va por ahí escondido un tono entre despectivo o condescendiente, el mismo tono que alguna vez utilicé para referirme yo a quien empezaba a formar parte de esta transformación.  

Ahora que lo veo desde el otro lado, puedo darme cuenta de que no es ni remotamente malo, como me lo esperaba. La forma en que tenemos interiorizado el rol de “las señoras”, como tienen que ser y actuar, así como nuestro miedo irracional a dejar de ser jóvenes y atractivas, al menos en mi caso fue llenando la olla del sentimiento viscoso y amargo que acompañaba la acción de reconocerme señora.

Nombrarme señora también implicaba colocarme en el mismo escalón del que forman parte mi mamá y mis abuelas, entendiendo por primera vez muchas actitudes que tuve cuando no comprendía el espacio que necesitaban, los sufrimientos escondidos y su forma de ir navegando la vida bajo un sistema que nos va orillando a tomar ese rol de cuidadora y responsable de todos, independientemente de las actividades propias (ya sean profesionales, personales o recreativas), si es que llegara a existir, de pura chiripa, un pedacito de tiempo libre. 

Si bien por elección comparto mi vida con una pareja estable, legalmente no estoy casada ni soy madre, aun así mi Yo Joven me tildaría de señora de la misma manera en que algunas amistades lo hacen al escuchar las actividades que realizo, que (sin afán de sonar redundante) no tienen nada de extraordinario más que el procurarme a mí, a mi pareja, a mi espacio, a mi contexto y a mi familia. Desde pequeñas nos empiezan a bombardear con ideas de que nuestro destino es convertirnos en esa mujer que deja de ser ella misma para preocuparse por los demás. 

He aprovechado estos días de encierro y pandemia par repensar conceptos y espacios, tratando de encontrar sentido a todo lo que sucede a mi alrededor. Durante estos tiempos de reflexión viene a mi mente un recuerdo en particular con mi mamá que no deja de resonar en mí desde que sucedió y cada tanto vuelve y vuelve porque me dejó helada desde el momento en que lo escuché:

“Cuando te vuelves mamá dejas de ser (inserte nombre aquí) y pasas a ser la mamá de, a veces ni siquiera conozco el nombre de las mamás de tus amigas y amigos, las conozco como la mamá de Fulanita y Perenganito”. 

Después de ese día, y mientras más avanza la vida, el amor y admiración por mi mamá no deja de crecer porque ahora entiendo todo lo que dejó de ser y hacer por darnos a mí y a mis hermanos hasta lo imposible. 

Este recuerdo tiene probablemente unos 15 años, pero resonó tan fuerte en mí que le atribuyo a ese sentimiento de pérdida de identidad, gran parte del terror que me provocaba pensarme señora. No quería dejar de ser yo, no quería dejar de ser Paola. 

Ahora, algunos años después y tras varios esfuerzos por repensar(me) y replantear(me), ya no lo veo como un insulto sino como una reafirmación de que estoy aprendiendo a quererme, a procurarme, a cuidar mi entorno, y que no depende únicamente de mí. Que también estoy para recibir cuidados y compartirlos. Estoy entendiendo también que tenemos que resignificar todas las actividades que involucran el cuidar porque todas y todos tenemos que formar parte de esta transformación, considerando que la revolución debe ser compartida sin importar edad, género ni creencias.

Y si las señoras son quienes cuidan y se preocupan por ellas mismas, por los demás y lo que las rodea, me atrevo a concluir que TODOS deberíamos ser señoras.

 


LA AUTORA

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Paola Barragán Vargas. Treintona nacida en la Ciudad de México, amante de las siestas y últimamente llora en casi cada película que ve. Arquitecta interesada en (re)pensar sobre los espacios domésticos. Su pasatiempo favorito es hacer listas de cosas, aunque no sepa para qué.

Patiecitos de ciudad

Andrea Ortiz Morales

 

Para la Magüe y para quien un día fue mi cómplice

Para empezar su cuento El patio cuadrado, Amparo Dávila escribió: “Atardecía y desde el patio descubierto se podía ver un crepúsculo tan enrojecido como un incendio o como un mar de púrpura. Era uno de esos patios de provincia, cuadrados, con corredores y habitaciones a cada lado”. La única diferencia entre esta imagen completa del patio cuadrado y el de mi abuela es muy seguramente la cantidad de plantas y flores que tiene el de ella: es uno de esos patios de provincia, cuadrados, con un montón de plantas perfectamente acomodadas, con corredores y habitaciones a cada lado.

Yo creo que hay aficiones que se heredan sin querer. Cuando menos me di cuenta, en el primer departamento donde viví ya había comenzado a meter muchas plantas con el consentimiento y complicidad de mi compañera de entonces; estoy casi segura de que fue ella quien terminó por persuadirme al arte del cuidado de las plantas. Todo lo demás fue innato: levantarme tarde (nunca he podido hacerlo temprano), poner la cafetera, ver a la planta, bañarme, tocar otra planta, cambiarme, ver una planta, tomar el café mientras veo la siguiente planta y le platico que ya se me fue la hora y tengo que correr, volver al departamento, ver plantas, leer, tocar plantas, regarlas cuando les toca, acosarlas con la promesa de tierra y unas macetas nuevas (pero de plástico, porque no puedo cargar de cerámica), limpiarles la tierra de las hojas y percatarme del hormigueo de mis piernas por estar en cuclillas sin moverme, sacudirme y despedirme. Hasta mañana, plantas.

El segundo departamento tuvo la complicidad de un acompañante intermitente que, en su obsesión por la esteticidad de los espacios, del contraste de los tonos verdosos, amarillos y azules con la blancura de las paredes, terminó por instruirme en la disciplinada limpieza y organización del cuidado rutinario de las plantas (y de mí misma). Para este momento había tenido tres maestrxs a quienes, a lo largo del tiempo y de la convivencia con ellxs, observaba en silencio y con profundo respeto. Sobre todo, a mi abuela y al cómplice; me detenía más que nada en el movimiento dancístico de sus manos alargadas, fuertes e impecables que se toman el tiempo necesario para perfeccionar cada detalle: una hoja seca, un animalito metiche, acumulación de polvo indeseado.

Me gradué a marchas forzadas de sus enseñanzas. De ella porque hace años no vivimos en la misma ciudad, pero cuando vuelvo, no me pierdo sus inevitables clases silenciosas. De él, porque las complicidades acaban y fue al término de ésta que dejé ir un croto, una planta de jitomate, un arbolito que adoptamos juntos y las ganas innatas por cuidar plantas. El tercer departamento de las que quedaron (de interior) y yo se volvió un hogar al que ellas tardaron en acostumbrarse. Tal vez por eso de que las plantas resienten las emociones. Cuando me di cuenta, ya tenían pocas hojas y estaban decaídas, pero nada se alteraba en mí. Tan inmiscuida como estaba en la rutina del trabajo y producción de conocimiento para lo que se supone será mi vida profesional, ignoré por completo lo que sucedía a mi alrededor y en mí misma. Las plantas y yo estábamos heridas.

Aunque había decidido inconscientemente abandonarlas, en mis momentos de lucidez readopté otro croto, planté una nueva planta y, con el inicio del encierro, una de mis nuevas compañeras me dejó a cargo sus suculentas. A éstas las saqué al patiecito de servicio donde llega un poco más el sol: es uno de esos patios de ciudad, cerrados, rectangulares, con lavadero, enseres de limpieza y la entrada a la cocina de un lado. Todas las mañanas, entre el tránsito de mi habitación a la cocina, debía soportar las miradas suplicantes de mis plantas de interior y después, al poner la cafetera, de las que aguantaban afuera también clamando mi atención; me fui haciendo consciente de ello y me dolió saber que nos tenía dejadas a nuestra suerte. Las heridas estaban ahí, decidí ignorarlas.

Entonces llegó la catarsis y nos reconciliamos. El teléfono que tiene cinco años conmigo, la hojas de sandía y la hojas de lápiz se estaban muriendo. Las saqué al patio, las regué todos los días, les cambié la tierra y en el punto máximo de mi ensimismamiento, en el claustro imaginario donde sólo cabíamos ellas y yo, que supuso una cura efectiva para el corazón roto, les salieron hojas nuevas. Reverdecieron. Volvimos a crear una rutina juntas donde ya no fue necesario clamar mi atención, exhortarme al cariño. Yo creo que ahora les alivia mi ausencia, sobre todo a los nuevos brotes. Planté unas semillas de albahaca y una dalia hace unas semanas, las estuve regañando porque no germinaban.

Esta nueva rutina: levantarme (tarde), ver la planta, poner el café, ver otra planta…, me ha dejado claro que nos necesitábamos para sanar juntas, que las catarsis y las curaciones de esa catarsis no tienen que hacerse a solas. Viéndola desde afuera, mi abuela nunca ha abandonado a sus plantas, aun cuando su edad supone menos momentos de atención; y, no sé, tal vez hace un tiempo se dio cuenta de esto que apenas aprendí: la curación casi mágica de tenerlas y apapacharlas, que, ahora sé, es más que una afición. Es una suerte de terapia.

Si soy consciente de que mis plantas están conmigo, ni yo estaré contra mí.

 


LA AUTORA

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Andrea Ortiz Morales. Cuevanense. Restauradora, estudiante de letras hispánicas y feminista. Le gusta la época novohispana, el chocolate caliente y leer a escritoras. Forma parte del comité editorial de la revista Página Salmón, donde lee y cuida textos.

El cuidado en tiempos de pandemia. Relato a tres voces

Perla Myrell Méndez Soto

 

Este texto se escribió como parte de la exploración del fragmento como un género literario, a la luz de “Laboratorio de Escrituras” (taller en línea) de Alejandra Eme Vázquez. El fragmento como episodio escrito, como constancia de que algo aconteció y fue capturado, semejante a un recorte de periódico, o una fotografía.

En este texto se busca explorar las dimensiones múltiples del cuidado, desde la mirada de quien es cuidada, en un contexto específico: el de la pandemia mundial por COVID-19.

Primera Voz. El presente.

la crisis económica, el sistema de salud, la ausencia de prestaciones laborales, el personal de limpieza, el personal médico, muchos de estos temas inscritos en el ámbito visible, de lo público, de la noticia. A la par, mujeres escritoras organizaron encuentros virtuales, cursos, talleres, tertulias a distancia, para escribir sobre la otra cara de la pandemia, la de lo doméstico, la de los arreglos en las casas para sortear todos los desafíos de la cuaren…

IV

Pasa que me da culpa que me cuiden.

No sé ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí.

Recibo el cuidado como favor,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurto en silencio.

Pasa que cuando tengo el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té

o en la tranquilidad de ser cubierta del frío,

abro los ojos un poco más y miro hacia arriba como pidiendo disculpas.

Me miro dependiente y me dan ganas de llorar,

entonces me da más culpa,

la culpa por necesitar que me acerquen un vaso con agua,

por requerir que me provean alimento…

La vergüenza por mostrar la desnudez por estar enferma,

y no por placer o por lo lúdico.

Me ofende mi necesidad del otr

Segunda Voz. El futuro cercano.

ejar los espacios y las escrituras. Pasar a otro sitio donde todas las ideas tendrían que abrazarse en la memoria

 

IV

Pasa que siempre me dio culpa que me cuidaran.

Nunca supe ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí, porque cuidar era algo que las mujeres regalábamos, no algo que nos dieran.

Recibí los cuidados como favor, aun cuando el cuerpo los requería,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurtaba en silencio. Tomaba un poco de vida de los otros para seguir viviendo yo. En el periodo que precisé de cuidados me los tuvieron que brindar dos hombres (mi pareja y mi hermano). Era la villana recostada en su cama que sometía a modo de venganza a dos hombres sanos, fuertes, productivos.

Cuando tuve el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té,

o en la tranquilidad de que me cubrieran del frío,

yo abría los ojos un poco más como pidiendo disculpas, con cara de aflicción.

Las mujeres en ese entonces éramos casi por decreto de gobierno las cuidadoras de los otros. Sí, principalmente de LOS OTROS (así, en masculino).

Me miré y me viví dependiente, llorona, chantajista…

entonces me daba más culpa.

La culpa porque necesitaba que me acercaran un vaso con agua,

porque requería que me proveyeran alimentos, tan escasos en ese entonces. Había que hacer filas largas para hacer las compras con lo que quedaba del último pago de los sueldos para empleadas y empleados de gobierno, antes de que las instituciones del Estado se declaran en quiebra.

No había casa que no fuera hospital. No había espacio que no precisara de los cuidados.

Entre tanto caos, todavía resuena en mi cabeza la vergüenza por haberme mostrado desnuda sin que en la otra mirada hubiera deseo.

Me ofendía mi necesidad del otr

Tercera voz. El futuro futuro

relatos fragmentados en torno a los cuidados, oscilantes, vagabund

IV

Pasa que me da culpa que me cuiden.

No sé ser cuidada. Nadie me enseñó.

De nadie aprendí.

Recibo el cuidado como favor,

como regalo no merecido,

a veces incluso como un robo…

como algo que hurto en silencio.

Sucede que cuando tengo el cuidado en el calor de la sopa,

en la expresión de un té

o en la tranquilidad de ser cubierta del frío,

abro los ojos un poco más y miro con una sonrisa en el rostro, mientras finjo una dolencia más. “La enferma” era mi etiqueta, el yugo de los otros con quienes me forzó la pandemia a compartir. Yo reía sigilosamente entre las dolencias porque era la revancha por la historia de cuidados que las mujeres de mi familia habían tenido que brindar “por amor”.

Le miraba dependiente y me daban ganas de llorar,

yo sólo quería correr, pero tenía demasiado comprometido el cuerpo…

Me impuse una voluntad prefabricada.

Ante un escenario así, ¿cómo puede vencer el cansancio?

Acercaba a Ser el vaso con agua dejando asomar el desgane, el hartazgo,

porque Ser requería que yo le proveyera alimento, con sonrisa, con fanfarria.

No quería la desnudez de Ser así, tan frágil, tan cotidiana, como recordatorio de la pandemia que sacudía al mundo.

Llegué a impacientarme porque el contagio no me alcanzaba para dejarnos a Ser y a mí en la plena y oscura soledad, moribundos, sin bañarnos. Pero no ocurría, ni a las 6:00 am, ni a las 2:50 pm… Ni siquiera en la madrugada que dormía con la ventana abierta. No llegó nunca, por eso hoy tengo tiempo de deshebrar la pantanosa rutina de esos días.

Renuncié a dormir. Abnegada. Cuidar me alimentaba, me aliste como voluntaria para el cuidado de viejitas y viejitos, esto cuando la pandemia ya me había dejado sin mis dos personas importantes en el mund

 


LA AUTORA

 

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Perla Myrell Méndez Soto. Defensora de los derechos de las mujeres, feminista y aprendiz de escrituras. Nació en la Ciudad de México, y es coleccionista de dudas a falta de certezas desde 1985. 

Aves caídas

Andrea Gibet

 

Las aves se retienen en las ramas mejor pobladas de hojas.

Manuel Gutiérrez Nájera

 

“Es bueno recordar que nadie tiene un cuarto propio si no existe una casa y, alrededor y dentro de la casa, una comunidad que la constituye y la afecta.”

Leo un texto de Cristina Rivera Garza, La primera persona del plural, y lo que ella llama habitaciones impropias. Retoma la habitación propia de Woolf, que más que propia se convirtió en la nuestra, la de todas. Leo esta frase que me remite a un intento de poema que escribí (o vomité) en algún momento del año pasado mientras confundía mis clases de literatura hispanoamericana contemporánea con terapia y tenía que hacer un esfuerzo para no ponerme demasiado confesional y hablar de que yo no he encontrado una forma de volver a casa. Para eso estaban los epígrafes.

Dejo el texto de Rivera Garza ahí y cierro el libro para volcarme en esta escritura que últimamente siento tan impropia, regreso a buscar el poema del que solo recuerdo las últimas frases que al escribir se sintieron como ladrillos cayendo. Llevo reescribiendo la metáfora de la casa más de dos años ya y sigo soñando con la calle donde crecí, solo que ahora llevo dos niñas pequeñas de la mano y encontramos huevos de pájaros y vemos como se abren. Es la primavera, me digo. O quizás es algo más que aún está por revelarse.

Rechacé por años la idea de que la casa eran los otros, luego asimilé que bastaba con habitarse a una misma, que una lleva el hogar dentro de sí y se fuerza a romper el cascarón para salir incluso cuando no hay nido. Pienso en Aves sin nido de Clorinda Matto y recuerdo también La ciudad de los Tísicos, que no leí pero hay un poema de Valdelomar que ahora llevo a todas partes. Tristitia.

Abro mi cuaderno en el que más que escribir me he dedicado a transcribir lo que otros si han podido decir y cae, sin haberlo buscado, la imagen de un pajarito con este poema de Jean Caubère impreso detrás:

 

Le nid tiède et calme

Où chante l’oiseau

Rappelle les chansons, les charmes

Le seuil pur

De la vieille maison.

 

Pájaros que ponen huevos en otros nidos.

Pájaros que ponen huevos en el suelo.

Pájaros que ponen huevos sin nido.

Qué significa cuando un pájaro hace un nido en tu casa.

Tenemos casi tres años viviendo en esta casa y desde que llegamos recuerdo haber visto a varias conguitas intentar anidar en la malla de protección que hay en el patio. Su trabajo me parecía inútil pues el alambrado no es lo suficientemente grueso para sostener las ramitas y plumas que usaban para construir el nido y a los días de intentarlo sin conseguirlo, se marchaban. A mí me preocupaba que lograran construirlo y por la fragilidad del lugar se cayera. O que bajaran al jardín en busca de alimento y mi gato se diera cuenta antes que yo.

Hace unas semanas me enfermé y duré varios días sin salir de mi cuarto -un cuarto que es impropio desde hace varios años ya-, pasado el reposo voluntario para recuperarme y emocionada por sentirme lo suficientemente bien para lavar mi ropa, estando en el patio me di cuenta de que unas conguitas lo habían conseguido y ya tenían su nido en la alambrada. La primavera es de las tórtolas, supongo.

Renegaba también de la idea de hacer un hogar en el otro, de abandonarme en los brazos del otro. Me parecía una imagen lánguida. Luego llegó una primavera y florecieron los azahares y las pastillas perdieron su efecto y me encontré a mí misma aprendiendo a abrazar.

Regreso entonces a ese intento de poema con el que nunca quise hacer nada precisamente porque me parecía demasiado mío, exceso de yo, de pasado, de jugar con las mismas palabras que he estado masticando una y otra vez dentro de mí. La historia de los padres, los poemas de los hijos.

Tengo un año mudándome de mí misma.

Y no sé por qué se hizo tan difícil vivir aquí

En mí.

Tengo un año jugando a ser el arquitecto que no soy

Ni seré.

Porque uno no nace sabiendo construir un hogar sino habitar y ser habitado.

Porque uno no nace sabiendo construir un hogar sino habitar y ser habitado; sin embargo, yo tuve que aprender a habitar. Y creo que como mujeres, todas aprendimos a habitar los espacios que no nos correspondían, más allá de nuestros cuartos propios. Incluso tuvimos que aprender a habitar nuestros propios cuerpos, habitar el dolor, la bendición de cada mes. Aprender que nuestros cuerpos pueden ser habitados por algo más que el pasado y las herencias.

Pienso entonces en la casa donde crecí, en la otra casa en donde creí estaba mi verdadero hogar, en el departamento en el cuarto piso donde aprendí qué es la distancia, en la casa donde me di cuenta de que los fantasmas los trae una misma, en la casa en la que ahora me reciben con un abrazo y en la casa desde donde escribo ahora, en la que esos pájaros encontraron su nido.

Pienso en la primera persona del plural y pienso en las mujeres que habitan esta familia, acostumbradas a emigrar, y yo soy ese pajarito que no sabe qué hacer desde que se cayó del nido.

 


LA AUTORA

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Andrea Gibet (Guadalajara, 1995) Estudiante de letras hispánicas. Escribe mens(tr)ualmente, con la influencia de la luna y sus mareas.