Tender

Adriana Ventura Pérez

Mi hermano me dijo hace poco que tender la cama en la mañana pone en marcha los días. Casi nunca he tendido mi cama, aunque me gustan el orden. A mi madre no le importaba esto, ni a mi padre. Y nunca les importó enseñarme.

Suelo tender la cama a veces, cuando quiero leer o mirar la ventana o sentir que soy organizada. Suelo tender la cama por las noches. Muevo a mi hijo grande, que insiste en dormir todavía con nosotros; paso al bebé a su canasta y sacudo las migajas, el polvo, las pelusas, quito la ropa sucia o limpia, los juguetes, tiendo un puente hacia los sueños y el orden.

Nunca me importó tener la cama tendida. Pero a veces me enojo si sólo soy yo quien se preocupa por tenderla. Me canso de ser la que mira esta clase de detalles y, a veces, cuando vuelvo a casa, descubro la cama tendida y también descubro que tenemos estilos diferentes para tender.

Tender la ropa tampoco me gusta. Pero al tender pienso en mi madre que adora lo limpio, lavar, y piensa siempre en el espacio propicio para colgar los tendederos, le preocupa que haya sol o trapos que necesiten asolearse. Antes me preguntaba si su amor por la aséptico venía de su profesión, pero no. Supongo que viene de los intensos diálogos que se pueden tener cuando las manos de una están en contacto con el agua, la mugre y el jabón. Así se llega a limpias conclusiones: entre trapos húmedos, listos para ser tendidos.

Recuerdo que cuando aprendí a lavar lo hacía a mano, pasaba horas jugando con la espuma y me sentía feliz e independiente; al tender, lo hacía cuidando el orden de las prendas y los colores. Ahora tender no es divertido, porque amontono las prendas y no tengo tiempo de clasificar.

Lo que me gustaría es tenderme en la playa o en el pasto y no pensar que la cama está revuelta o que siempre hay ropa en la lavadora esperando su turno para ser tendida en las cuerdas que improvisamos en el baño.

Juego con algunas palabras como si fueran un collar tendido en el cuello de mis recuerdos

porque me gusta escribir y creo que al hacerlo también tiendo un lazo desde mi boca hacia quienes me leerán.

 


 

LA AUTORA

ADYSOMBRILLA

Adriana Ventura Pérez. Nació en Cruz Grande, Guerrero, el 29 de agosto de 1985. Ha realizado estudios de licenciatura en la UAG, de especialidad en la UAM-Azcapotzalco y de maestría en la UNAM. Escribe cada vez que puede y da clases de Literatura. Hija de enfermera y sociólogo. Es madre de dos y hermana de tres.

Gatete

Abigaíl Cortés

 

Para Alejandra Eme Vázquez

I

Inesperadamente y con paso firme cual desgracia, llegó una tarde a mi patio para resguardarse de la lluvia. Por compasión, le permití quedarse ―error―, cuando olió mi pusilanimidad supo que había encontrado un lugar para vivir, para invadir, para reinar. De visitante a habitante, todas las mañanas, tardes y noches se posaba tranquilamente sobre mi patio. Al inicio quise ignorar que estaba ahí pero se aseguró de que su presencia fuera más notoria ―más aplastante―, cuando comencé a encontrar el suelo meado, cagado y con pelos blancos por todas partes. Eso fue apenas un pequeño síntoma que anunciaba una especie de enfermedad que se engendraba inadvertida.

Yo quise correrlo. ¡ssssssssssssshgato!, gritaba cada que llegaba, pero él nunca se cansaba de volver, sigiloso y constante como un viejo rencor.

II

Nunca he tenido posturas, si me preguntan izquierda o derecha digo no sé. Si me preguntan helado o pastel, digo como quieras. Si me proponen salir o quedarme en casa, contesto me da igual. Siempre me ha dado temor decidir. No obstante, la primera vez que sorprendí a esta bestia hurgando entre mi basura, comiendo y lamiendo cada bolsa con desesperación, en seguida e instintivamente decidí que no lo quería cerca.

¡ssssssssssssshgato!, grité otra vez.

El maldito, con expresión asustadiza, salió corriendo al instante y me dejó sola con mi coraje, con mis maldiciones e insultos, con mi asco de meter las manos entre cascaras, restos de carne y líquido viscoso maloliente, con el enojo de no poder castigar, con la frustración de estar siempre sola, metiendo las manos en la suciedad para limpiar y gritándole a un montón de bolsas rotas desparramadas.

Hasta ese momento, negaba que mi problema fuera tan grave, pero el cinismo del monstruo no tenía fin. Una noche, al llegar a casa, encontré huellas de comida por todas partes. Como un reflejo natural de quien predice las desgracias, corrí a la cocina y ahí estaba, de pie sobre mi mesa, metiendo su horrible hocico en el guisado que había preparado. De inmediato corrí a gritarle que se fuera—otra vez— pero él apenas me miró, tomó un trozo grande de carne y se fue. Me sentí invisible, más invisible de lo que había sido antes, me ignoraban mis conocidos, mis padres, mis novios y ahora hasta esa bestia que inminentemente se estaba apoderando de mi casa.

Así, una vez más tuve que dejar a un lado el cansancio de una jornada de trabajo larga para limpiar un reguero que no era mío pero que estaba en mi hogar. Me quedé sin cenar. Volví a gritar, a frustrarme en soledad. Siempre en soledad.

Tiré los restos de comida llenos saliva, se los pude regalar, ya le pertenecían, pero no quería premiar el hurto, así como una madre que castiga a su hijo rebelde. Horas después me di cuenta de lo estúpida que fui, a la mañana siguiente salí a mi patio y el maldito ya había sacado los restos de comida de la basura. Desde luego, una vez más tuve que limpiar.

Esta pelea de caricatura se dio otras mil veces. Yo le odiaba pero nunca quise recurrir a los golpes, me conformaba con corretearle por toda la casa hasta que se fuera o aventándole agua procurando no causar daños graves. Al igual que la tristeza, se iba por días, pero siempre volvía.

Hubo una época en la que escuchaba sus maullidos de bebé mimado, comencé a dejar que se saliera con la suya, escuchaba cómo tiraba los botes y abría las bolsas. Ya limpiaré después, pensaba. Prefería que hurgara en la basura a que se colara en mi cocina. De todos modos, estaba resignada a limpiar, he limpiado toda mi vida. Era un bicho que, al igual que la soledad, nunca supe cómo hacía para entrar a destruirlo todo.

III

Cuando le conté a mi madre mi desgracia, ella me dio la solución rápidamente: “ay, mija, ponle veneno para ratas en la comida o vas y lo pierdes. Sí, mira, lo metes en una bolsa de plástico, la amarras bien amarradita y lo vas a aventar a un basurero lejos para que se saque ese pinche animal y no pueda regresar”. ¿De dónde sacarán tanta maldad las mamás?, me expliqué toda mi infancia. Las mamás no tienen tiempo de cuidar animalejos porque tienen muchas personas que cuidar. Yo, por supuesto, soy cobarde y cuando intenté matarlo, ni siquiera pude terminar de idear un plan sin sentirme horrorizada. No quería hacerle daño.

Luego les conté a mis amigas, a ellas les causaba tanta diversión mi historia que se carcajeaban sin notar mi desesperación y mi cansancio, creyeron que mi  asco por el animal era broma. No lo era. Me cansé de oír entre coros un “¡ay, adóptalo! ¿te imaginas? ¡solterona y con gatos! ¡estás viviendo el sueño!“.

De dónde mierda me saqué a estas pinches amigas, pensé. Ellas no dejaban pasar mis tropiezos, la falta de cuidado en mi apariencia y mi soledad para reafirmar su perfección. Desde ese día dejé de frecuentarlas, me hundí más en mi soledad pero eso era mejor a estar rodeada de comentarios que me hacían dibujar una sonrisa forzada agachando la mirada como una idiota.

IV

Hablaba y nadie me escuchaba. No podía hacer que se fuera de mi casa y a nadie le interesaba ayudarme. En mi soledad, me di cuenta de que mi única compañía era un ser que me desesperaba hasta las lágrimas. Todo esto era como estar casada. Lo recuerdo bien, no hay peor cosa que compartir techo con una cosa que te da asco pero de la que no te puedes deshacer. El animal me recordaba al que fue mi marido, que también meaba el patio, dejaba manchas de comida en todos lados y que me daba asco. Me lo recordaba, me recordaba lo cansada que estaba de cuidar algo que no tenía por qué cuidar. Porque limpiar mierda es cuidar pero nunca habrá anuncios en los diarios que digan: “Ejemplar mujer limpia la mierda de un monstruo todos los días sin quejarse”. Odiaba tanto a ese animal porque estaba cansada de servir.

V

Sin embargo, ese gatete era la única compañía que yo tenía. Cuando este pensamiento llegó a mí, supe que yo no sabía nada de gatos pero también ¿por qué vivir juntos si yo no le quiero? Además tendría que darle baños ¿los gatos se bañan? ¿no se supone que odian el agua y se bañan con su saliva? Y junto a estas preguntas vino la más importante ¿por qué siento tanto odio, es que me ha hecho algo imperdonable? ¿O sólo me ponía incómoda y triste la idea de que la única cosa que no me dejara sola nunca fuera un animalejo? Sólo un animalejo quería estar conmigo.

VI

Cierta noche, el gatete tuvo una riña. Escuché los horribles maullidos que más tarde se detuvieron. Luego, desapareció un mes y yo volví a mi rutina habitual ahora ya sabiendo que la maldición regresaría en algún momento.

Cuando volvió tenía una herida que iba de la parte interior de su pierna hasta casi llegar al vientre. Yo sentía que le salían las tripas cada que lo veía cojeando. Lloré de la nada. ¿Pero qué te han hecho,  Gatete?, le dije.

Traté de revisarlo pero creía que le quería corretear como siempre, así que sólo pude ver de lejos una cortada en su pata. Sentí pena, le di leche y algo de comida. Me negué a que lo revisara un médico, a este lo tenía en mi casa porque no me quedaba de otra. No iba yo a cuidarle.

VII

Se fue algunas semanas y volvió diferente. Supe que algo había cambiado. No me importó averiguar. Las peleas siguieron, aunque cedí un poco. En ese tiempo me di cuenta de algo que parece evidente: sólo había que alimentarlo para que dejara de robarme la comida. Ese día le invité a pasar para compartir soledades y heridas. Por ejemplo, le guardaba las sobras después de comer y se las colocaba en un plato en el patio con un poco de agua, me ronroneaba, casi le quería. Comenzábamos a llevarnos mejor, pero una mañana, me dirigía a lavar ropa y encontré algo que no me esperaba. El animal estaba rodeado de gatitos recién nacidos. Gatete era  gata, ni qué decir, ni qué hacer. No se me había ocurrido siquiera que había hembras. Así de poco me había interesado saber algo de mi única compañía.

VIII

Cinco gatos pequeños: dos blancos, otro blanco con manchas negras, otro negro totalmente y el último negro con las patitas blancas. ¡Eran tan bonitos! La madre comenzó a amamantarlos y algo dentro de mí se quebró. Qué horrible es tener un cuerpo que siempre está obligado a dar a los demás. Un don o una carga, ¿qué será más? Se me constriñeron las entrañas. Me quedé ahí parada, sin moverme, recordando la sensación de tener el pecho lleno, duro, reventando inútilmente. Una blusa mojada tras otra, el sostén duro y maloliente ductos tapados, infecciones por tanta leche seca. Un despropósito total. Lo que una más quiere olvidar es lo que una más recuerda. Mucha leche para un bebé que nació muerto. Dejé de mirarme como una mujer que nunca ha sido madre porque sí lo fui. Lo dejé crecer, lo hice nacer y lo perdí queriéndolo. No dije su nombre para que nadie lo evocara pero sólo yo sé que sí tenía uno que elegí porque sentía que significaba ‘mucho amor’. Quería que mi maternidad se muriera con mi bebé pero no, viven en la ausencia. Y el hombre que me hizo perderlo no ha dejado de patear. De repente, un bebé trepando mi pierna me sacó del trance. Lo dejé junto a los otros y me encerré en mi habitación con todas mis soledades, y mis monstruos.

IX

Han pasado un par de semanas, los pequeños han crecido y se salen de la caja para comenzar a explorar. Ahora hay suciedad de seis habitantes y la comida, al igual que mi paciencia, cada vez alcanza menos. A estos bebés no los quiero, no quiero cuidar más, ni querer, ni dar, ni ser. Me tiro en la cama y hago como que no estoy llorando. Gatete ha llegado y me mira en silencio. Ya no siento que se burle de mí, parece que hasta me entiende y se compadece de mí porque se siente igual que yo. Olió en mí que no quiero nada y parece que ella tampoco. Viene y va, deja a sus niños sin comida esperando que yo me encargue pero ahora yo también los he dejado afuera. Me niego a sentir que son asunto mío.

X

Gatete me clava sus ojos inmóviles, creo que divina mis pensamientos y espero que en cualquier momento me hable y me diga “nunca más”, pero no. Sólo quiere que me haga cargo. Lo haré. Después de tanta indecisión, por fin camino hacia los bebés, los meto en una caja, subo a la habitación más alta de la casa, los aviento por la ventana que da a la calle y me voy a dormir. No quiero ver si han sobrevivido al golpe.

 


 

LA AUTORA

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Abigaíl Cortés (Ciudad de México, 1993). Es cuidadora y lectora asidua de la literatura mexicana, cree en el poder de la ficción para narrar la realidad, hace música para deshacer los bloqueos creativos, le gustan las flores, las cumbias, las tortugas, los perritos y la teoría literaria.

Cuidar es un verbo de compleja conjugación

Norma Vázquez García

Veamos:

Yo cuido. Mmhhh, pues a veces, no siempre, cuando toca. Yo sí he sido cuidada y supongo que volveré a serlo. A lo largo de los años mi relación con el cuidado va cambiando, a veces pago por un poco de cuidado para mí, y otras para que cuiden a quien yo no puedo cuidar.

Tú cuidas. ¿Tú cuidas? Es tan fácil ver el resultado del cuidado y tan difícil ponerse de acuerdo en definirlo. Cuando tú haces la comida para todas, ¿nos estás cuidando? Yo digo que sí, pero tú a veces subestimas tu esfuerzo y dices “no es nada” frente a una mesa repleta de manjares. Sospecho que es una paradoja porque si no insistimos, te enfadas. Quieres que no se note el esfuerzo, tu esfuerzo. Que lo mucho parezca nada.

Ella cuida. Seguro que sí. He conocido a muchas ellas que cuidaban. Lilian entró en mi vida cuando tenía 15 años, ella, porque yo ya tenía unos cuantos bastantes más. Era “la muchacha”, según la amiga con la que llegué a vivir a El Salvador de la posguerra. Era “la empleada”, según la definición de su esposo. Lilian, con sus 15 años sonrientes, cuidaba. La cuidaba a ella con una disposición absoluta, siempre atenta a quitarle ritmo a la escoba o a dejar de lampacear, como allá se dice, para preguntarle si quería un vaso de agua, un café, alguito. A él le cuidaba con más reparo, con distancia. A la recién llegada que le preguntó por su vida, o sea yo, le contó su triste historia de hija mayor de una madre eternamente deprimida por el abandono del padre que solo existió cuando fue a hacerlos, los hijos. Lilian, la única mujer de la prole, apenas lo recordaba, pero pensaba que ese sería también su destino: el de mujer abandonada.

Lilian quiso venir a cuidarme cuando abandoné mi calidad de huésped y tuve mi propia casa. Yo lo consulté con mi amiga en su calidad de patrona y ella no vio problema en que fuera dos tardes, después de dejar hecha la comida. Su intención de mandarla a la escuela se iba postergando mes tras mes. Ay, pero a él no le pareció buena idea, y tras mucho estire y afloje concedió una tarde y la mañana del sábado.

Lilian me cuidaba y se cuidaba en esos ratos, aunque no lo sabía entonces. Pensé que trabajaba. Pero la amistad no resistió compartir empleada doméstica: que si yo le pagaba más, que si yo no le exigía, que si se estaba haciendo vaga. Lilian me pidió pasar a trabajar a mi casa de tiempo completo. Yo no necesito tanto, Lilian, le dije, ni siquiera tengo habitación puesta para que te quedes. Decidió irse, volver al pueblo de donde volvió unos meses después con una panza de embarazo adolescente en un país donde el embarazo adolescente es la norma. Quería trabajar conmigo mientas nacía el cipotío. Se quedó para cuidar, para ser cuidada. Cuando llegó la hora del parto, fue la madre quien la sustituyó en algunos cuidados, pero su depresión era tan contagiosa y húmeda que se pegaba como el calor de su tierra, aunque tú quisieras ponerte fresca.

Lilian no volvió para cuidar y ser cuidada. Afortunadamente para ella, se abrieron las maquilas y se ocuparon a chicas a partir de los 16 años. Cómo de pesado viviría el cuidado aumentado ahora con un hijo, que Lilian consideró que la maquila era un descanso Diez horas de pie, pero por lo menos no estaba sola y, como me enteré después, no estaba a merced del amigo aquel que la llamaba “empleada”. Fue casualidad enterarse, pero insistencia saber.

Le pedí que fuera a dejar algo a esa casa de mi acogida inicial y que ahora era parte de mi vecindad. Ella alegó razones confusas, dijo que había pasado y no estaban, se puso rara. ¿Qué te hacía él?, afirmé más que preguntar. Fue él, dije, y con la mirada en su vientre le estaba preguntando si era el responsable de su embarazo. Ella lloró, suplicó que no dijera nada, que no lo enfrentara, por favor, por favor… nadie me va a creer, decía. Y tenía razón. Se fue, desapareció a pesar de mi búsqueda; él ocupa ahora un cargo mediano, pero que sin duda será alto algún día, en una entidad de cooperación que busca erradicar los embarazos adolescentes. Querría que fuera paradoja, pero es realidad.

ÉL cuida. ¿Él cuida? ¡¡Él cuida!! Seguro que no. O quién sabe, a lo mejor es uno de los pocos que lo hace y lo cuenta, lo loa, lo informa, lo publica… porque no puede cuidar sin más, tiene que hacerlo público porque el silencio doméstico no es para él.

Nosotras cuidamos. Sí. Todas, en menor o mayor medida. Con diferencias según la edad, la clase, el color. En algún momento de nuestras vidas todas hemos cuidado o todas vamos a cuidar.

Arantza se cruzó en mi vida por unas horas y junto a otras muchas y algunos muchos. El escenario era el Bilbao de mis primeros años. Un curso sobre conciliación de la vida familiar y laboral era el pretexto. Todas y todos eran empleados de uno de los prestigiosos centros de servicios que transformarían la vieja y sucia urbe industrial en un moderno escaparate y bonita ciudad.

Arantza cuenta que cuando convocaron las plazas para trabajar en ese centro, todas, TODAS, sí, insistió: TOOOODAAAAAS las ganadoras de los primeros lugares de las oposiciones eran mujeres. ¿Cómo? ¿Un nuevo escenario llamado a cambiar la ciudad sin presencia masculina? NO PUEDE SER, decidieron algunos, no da buena imagen esa discriminación, nos hace más modernos aplicar la acción positiva para ellos.

Y así quedó. Todas sabían la historia, ellos también, pero defendían la diversidad de sexos. ¿¿¡¡A estar presentes cuando no lo habían ganado le llamaban diversidad!!?? ¡Habráse visto! Pero lo que Arantza contaba con menos asombro de lo debido era cómo la mayoría de las mujeres que debían haber ocupado los puestos ganados los defendían, a ellos, los cuidaban, no fuera a ser que se derrumbara su masculinidad herida. Por cierto, una de las primeras demandas de ellos fueron políticas de conciliación de la vida familiar y laboral.

Ellos cuidan. No. En conjunto no. Ellos trabajan. Y si trabajan no cuidan porque cuidar no es trabajo.

Iñaki apareció en mi consulta cuando yo ya estaba instalada en el Bilbao cada vez más moderno y nice. Su hija mayor sufría una grave anorexia, su mujer estaba sumida en una depresión clínica. La menor soportaba el chaparrón con sus enormes ojos asustados y huía de casa cada vez que podía. No puedo lidiar con esto, me decía Iñaki angustiado (y yo olía su angustia), nunca me enseñaron, no tengo palabras (y yo veía su mudez). Se iba al bar, asustado, dolido, indignado porque se le desmoronaba la familia que lo tenía que cuidar. Desmoronarse no, le dije para empezar, se te está muriendo, así que tú decides si quieres enterrarlas una a una o todas juntas o dejas el bar y empiezas a cuidarlas. Terapia de choque, que se dice. Pasaron cuatro años, pero pude darles el alta. No es imposible. Ellos pueden aprender a cuidar, aunque parece que tiene que ser un caso de vida o muerte para que dejen el lamento y se remanguen la camisa. Nunca mejor dicho.

Ellas cuidan. Sí, cuidan a donde sea que se les necesite. Mi Bilbao de residencia se modernizó demasiado. Las mujeres, sabiendo que pueden sacar las mejores plazas laborales, no quieren cuidar, no quieren parir, no quieren emparejarse. Revuelven la ciudad con sus protestas y sus transgresiones. Yo también he dejado que se me note en el azul del pelo un poco de esa rebeldía. Pero y ahora, ¿quién cuida? Entonces, llegaron ellas. La ciudad se llenó de acentos melódicos entremezclados con el castellano recio de las vascas y vascos, con el euskera ininteligible de sus calles y, sobre todo, eventos culturales.

Ellas fueron llegando sin parar, en silencio primero, haciéndose notar después. De repente ya no solo hubo Nekanes, Nagores, Amaias, Estibalis, Maiders, Alatz, Olatz y demás. En la calle se les veía pasear a las Jessicas, Lucianas, Lupitas, Yamilets, Osmaras, Nancys.

Y ellas llegaron a cuidar, a llenar el vacío del cuidado que aquellas otras no estaban dispuestas a regalar. Ellas, dejando a sus niñas y niños al cuidado de la madre, de la hermana, de la tía, de la suegra, de la cuñada, de la vecina y una que otra vez del padre, eso sí, esperando que de inmediato llegara la remesa prometida, cruzaron el océano, o el mar, o las montañas, se murieron de frío o no tanto, aprendieron a combinar la yuca con los calamares, llenaron de calor, de color y de risas las calles tan austeras de natural.

Ellas cuidan ahora, ellas seguirán cuidando porque a las otras ellas, y sobre todo a ellos, y sobre todo a ÉL señor Estado de bienestar de capa caída, les conviene que ellas lleguen. Que lleguen con mentiras y sin papeles, con frío y con historias duras a cuestas. Mientras lleguen así, se podrán seguir conformando con salarios de miseria, convertirán la ciudad cada vez más moderna y más nice en un paraíso para la esclavitud doméstica, eso sí, ignorándola o negándola.

Nancy es la última de las muchas cuidadoras que ha aparecido en mi vida. Tiene 20 años, salió de su Honduras dejando a su bebé de diez meses con la madre, la de ella, pero que será también la de su bebé desde los diez meses. Trabaja una hora por la mañana y otra por la tarde. Cuida a una niña a quien tiene que ir a despertar, arreglar, darle el desayuno y llevarla al autobús. Luego se va a “hacer sus cosas”, o sea, busca más trabajos precarios. Y vuelve para recoger a la niña del autobús, cambiarla, darle de comer y esperar a que llegue su ama o su amama, que ya les llama así porque no les gusta que les llame madre y abuela. A veces llegan a la hora, a veces no. Pero Nancy solo cobra dos horas. Sin cobrar el pasaje ni la disponibilidad.

Nancy no se indigna cuando la interrogo sobre sus reclamos. Sonríe y me mira como si a pesar de la diferencia de edad, ella fuera la sabia. Y lo es. En Honduras ni eso puedo encontrar, me dice zanjando el tema. Ya vendrán tiempos mejores, me sigue diciendo mientras se enfunda la chamarra que le acabo de regalar para que cubra su minifalda del frío. Es lo bueno de tener 20 años y un cuerpecito que entra rápido en calor. Es que como dije que venía de vacaciones y era verano, solo shortcitos traje, me cuenta, y se va riendo por las calles de esa Bilbao ingrata que engulle su Honduras rota.

Sí, ellas cuidan. Y a ellas, ¿quién las cuida?

 


 

LA AUTORA

Norma

Norma Vázquez García. Psicóloga feminista radicada en Bilbao desde 1998. Nacida en México, ha militado en el feminismo desde hace 40 años en distintos grupos como CIDHAL (primer centro feminista en América Latina), Mujeres en Acción Sindical y la Coordinadora Feminista del D.F. Vivió en El Salvador de 1992 a 1998 trabajando con Las Dignas. En Bilbao creó Sortzen Consultoría. Su tema de interés fundamental ha sido la violencia contra las mujeres en torno a la cual ha investigado, formado y asesorado a distintas entidades.

Pensar lo doméstico: la colectiva

Premisa: tal vez lo que hace falta es que al centro de todo, de-to-do, estén los cuidados y que el trabajo en el espacio doméstico se piense y se ejecute solamente a partir de las necesidades reales de la comunidad (imagínense todo lo que cambiaría: los rituales, las relaciones, las casas, las familias, tantos placeres que tendrían que desaparecer por las opresiones que implican), pero que sobre todo sea un fenómeno colectivo.

¿Y qué significa eso de que los cuidados sean un “fenómeno colectivo”? ¿Qué papel desempeñaríamos en esa organización las mujeres, cuidadoras por asignación histórica? ¿Cómo evitamos que se convierta en ayudar, como suele suceder cuando otros sujetos toman en sus manos esas labores, o en establecer jerarquías como en los trabajos de secundaria donde el “más listo” sólo distribuye el producto que tiene preconfigurado? ¿Quién plantearía los objetivos? ¿Cómo convendríamos las pautas de cuidados? ¿Habría algún tipo de evaluación y de ser así, quién la haría?

Y vienen más preguntas, todas las preguntas.

¿Cómo aprendemos a trabajar en conjunto, por ejemplo? ¿Cómo nos sentimos en compañía de otras personas, cómo se modifican los espacios cuando hacemos comunidad, cómo nos movemos, qué aportamos, por qué necesitamos sentir que aportamos? ¿Eso que aportamos tiene alguna unidad de medida, es comparable, es desechable, es importante, es relevante, lo sufrimos, nos hace sentir bien, nos da seguridad, nos genera angustia?

¿”Colectivizar los cuidados” significa colectivizar también los conceptos de crianza, bienestar, limpieza, amor? ¿Qué tanta disposición percibimos a que eso ocurra? ¿Podemos, por ejemplo, confiar en otras mujeres y en otros hombres, en sus interpretaciones y visiones sobre lo doméstico y los cuidados? ¿Podemos, por ejemplo, concebir que el trabajo que hacen otros y otras es suficiente? ¿Podemos, por ejemplo, dejar de pasar el dedo sobre los muebles, con mirada y actitud de madrastra de Cenicienta, para buscar deliberadamente el polvo a lo que ya sacudió alguien más?

Nosotras pensamos lo doméstico y en este ciclo del círculo de lecturas en la Biblioteca Vasconcelos, que es el cuarto, nos vimos en la urgencia de experimentar qué nos significa hacer trabajo colectivo. La sesión programada para ello tuvo lugar el 7 de diciembre y estuvimos siete mujeres en total. Teníamos dos horas para crear “una pieza” relativa a lo discutido durante el ciclo. Habíamos traído objetos y materiales que nos parecía posible utilizar. Nos pareció también que las consignas debían orientarse a disfrutarlo,  valorar el proceso, hacerlo consciente y terminar ahí el resultado final sin necesidad de mayores ediciones (con la intuición de que los cuidados extra asumidos por una integrante de la comunidad podían verticalizar y desequilibrar el conjunto), con miras a reproducir esta misma metodología en la colectivización de los cuidados, que debe erigirse en posibilidad real pero nunca lo será, o eso estamos planteando aquí, si no desmenuzamos cómo nos han educado para hacer colectivos y qué debemos desmontar/replantear/recuperar para que funcionen.

Así que nuestro primer acto político como colectiva fue cocinar, entre risas y anécdotas, este tendedero:

Y ustedes, ¿cómo se piensan y se miran en lo colectivo?

Dodecálogo+1 de una madre putativa

Celia Guerrero

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1. Interfiera en una relación filial con la seguridad de que será a veces el viento que augura la inclemencia, a veces la tempestad misma.

2. Admita que para hablar en primera persona el término “putativa” resulta equívoco, como es también impreciso ser denominada madre, o como es —consecuentemente— molesto recibir el mote de “madre putativa”: matriz considerada legítima sin serlo.

3. Averigüe la receta para la preparación de la sensatez, podría ser útil en caso de tener que criar a un nohijo en un mundo hipotético en donde un pulso solar deja en la inutilidad otras tecnologías humanas.

4. Prepárese para ser considerada menos que poca cosa, porque una cosa podría ser un recipiente, uno cóncavo o multiforme, que tenga la capacidad de ser llenado o vaciado, pero que solo adquiera utilidad en la medida en que es depositario de un valor.

5. Atribuya al hereditario sedentarismo la necesidad de construir un nido, de edificar un aquí y un ahora que cimiente un mañana y que necesitará, por supuesto, una administración y un mantenimiento adecuado.

6. Siéntase como una invasora galáctica porque lo es. Después de merodear y mapear con detalle las esquinas y rincones de ese novedoso espacio podrá dejar de llamarse invasora y comenzar a ser invadida.

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7. Culpe a la materialidad cuando el trabajo se vuelva incesante, cuando la cotidianidad crezca a la par de la maleza y los trastes sucios se apareen a escondidas.

8. Coleccione artefactos para marcar el territorio íntimo, resguarde rutinas, acumule hasta lo inacumulable y pinte las paredes con caca si se le da la gana.

9. Aprenda a sentarse, señora, ¡es toda una señora! Aunque en la calle la fachada muestra una remodelación reciente, los cuartos conservan las lámparas originales, la loseta de los baños caída es irremplazable desde que fue descontinuada por el fabricante y las tuberías y el cableado original están eternamente a punto del colapso.

10. Mida el espacio en relación al silencio, no conceda su soledad ante la idea del vacío. Algunas tardes acumulará impaciencia, pero las noches —junto con los sueños— continuarán siendo suyos.

11. Disfrute los múltiples beneficios de la ilegitimidad como ignorar el despertador, no forrar libros en el ocaso del verano, vivir por temporadas de salchichas fritas y arroz precocido, o dormir siestas a las dos de la tarde.

12. Santifique, ante todo, la legitimidad: la única, la por siempre, la abnegada, la precisa, la dispuesta, la consagrada, la sin duda alguna engendradora.

+1. Analice la posibilidad de aceitar la maquinaria y echar a andar el propio aparato reproductivo. No confiera a la suerte la satisfacción de decidir.

 


 

LA AUTORA

 

_MJR3699_01Celia Guerrero Acosta (Ciudad de México, 1990) Periodista independiente. A veces el qué, cómo, cuándo y dónde no le bastan y hace/escribe otras preguntas. Desde que comprendió el “lo personal es político”, antes de salir a reportar las injusticias del mundo, vira hacia su casa. Comparte nido con Pepe y Mateo. Tiene TOC autodiagnosticado.

También puedes leerla en:

Tumblr: lawarrior-blog.tumblr.com
Blogspot: vocespasivas.blogspot.com

5:30 (Atrás de ti estoy yo. Atrás de mí, ellos)

Tatiana C. Candelario

Son las 5:30 de la mañana. No uso despertador. Hace tiempo que no lo necesito. Pero sé la hora exacta porque, después de sentir sus suaves y pequeñas manos sobre mi rostro, lo primero que hago es ver la hora en mi teléfono celular que dejo sobre el buró la noche anterior.

Cansada, aún entre el sueño y la vigilia, abro un ojo y después el otro para observar qué está haciendo. Veo su pequeña silueta a través de mi vista borrosa. Rodrigo gira, se mueve, se incorpora, me toca, me vuelve a tocar y vuelve a girar. Comienza a desesperarse. Me toca suavemente y después con toda la fuerza de la que es capaz en su primer año de vida.

Yo no quiero levantarme, lo que realmente quiero es que se vuelva a quedar dormido, pero es inevitable, él se ha despertado y ha decidido bajarse solo de la cama. Ante el temor de que pueda caerse y golpearse, pues aún es muy pequeño y no sabe bajarse solo, aunque él crea que sí, hago uso de todas mis fuerzas –que, a decir verdad son muy pocas, casi inexistentes– y logro levantarme. Lo ayudo a bajarse y, en lo que logro hacer conciencia de mi cuerpo y encuentro mis pantuflas, él ya ha sido disparado hacia su habitación en la que está su cuna sin usar y sus juguetes. Voy detrás de él. Hoy y durante los próximos años estaré corriendo detrás de él.

Estaré detrás de él para cuidar que no se haga daño al gatear, cuidarlo de que no se golpee con algún mueble, cuidarlo de que esté bien tapado siempre que haga frío. Estaré detrás de él para cuidar que no gire abruptamente y se caiga. Cuidar de él. Siempre cuidarlo. Cuidarlo de que no coma ni plástico ni muchos plátanos. Cuidarlo de objetos peligrosos –aun cuando la casa ha sido inspeccionada y se hayan retirado todos los objetos potencialmente peligrosos para un niño de corta edad–. Cuidar de que no ponga sus deditos en los enchufes o corrientes eléctricas. Ahora él es mi prioridad.

Su seguridad es mi responsabilidad. Debo estar alerta cada minuto en el que estoy con él. Y eso, aún con todo el amor que le tengo, es un paquete muy grande que cansa y estresa.

Mi vida ahora es ésta. No me molesta. Me gusta. Me encanta escuchar su risa y sus balbuceos. Me encanta cómo la casa se llena y estalla de luz con su presencia y energía. Me alegra ver sus libros y juguetes por toda la casa (un calcetín aquí, un cubo allá, sus tapetes de colores que te reciben al abrir la puerta principal, su león musical. Mi casa se ha convertido en un lugar en el que si te mueves seguramente chocarás con un juguete que al tocarlo hace música). Es él quien pone la música a mis días.

Hace años que decidí tener un hijo. La decisión se pospuso porque sabía que en el momento en que tuviera un hijo dejaría de hacer cosas y sabemos lo que ahora valora la sociedad: los logros académicos, profesionales o materiales. Y sabemos que también la sociedad actual nos vuelve más egoístas. Sabía que en el momento en que tuviera un hijo renunciaría a mi tiempo o al menos dejaría de tener tanto tiempo libre para mí. Pero nunca renuncié a la idea de tener un hijo. Era algo que anhelaba con todo mi corazón y mi mente. Así que llegó él y, a pesar de ser una decisión muy consciente, planeada y esperada, no dejo de sentirme cansada, más bien exhausta y estresada todo el tiempo.

Hace poco leí que lo que nos estresa a la madres en la actualidad, no es la maternidad en sí misma, sino las condiciones que la rodean. Y así es. […]

Son muchas horas dedicadas al cuidado de alguien más. Los minutos se vuelven horas y las horas van sumando días.

Juego con Rodrigo de las 5:30 a las 9:00 am que es la hora en la que hace su siesta. En esas tres horas y media no sólo juego con él. Tengo que dividir mi tiempo y mi cabeza. En los pequeñísimos instantes en los que él se concentra en un juguete, libro o figura geométrica aprovecho para preparar el desayuno. Obviamente lo hago por partes, apresurada. Así voy por la vida. Con la prisa pisando mis talones. Aprendemos a correr. A vivir de prisa.


 

LA AUTORA

tatiana_candelarioTatiana C. Candelario (Ciudad de México, 1978) Historiadora. Interesada en la historia social y cultural del siglo XX, particularmente del estudio de las ciudades, la urbanización y el impacto de la industrialización en los mundos del trabajo y en la transformación del paisaje. Su pasión: correr. Mamá de Rodrigo desde 2016.

 

Cuidado(s) en tiempo de tesis

Jimena Maralda

 

No tengo idea de qué estoy haciendo con mi vida. Me levanto todos los días más tarde de lo que había planeado. Desayuno… y cuando me doy cuenta, ya son pasadas las doce.

No tengo idea de qué estoy haciendo con mi vida. Mi beca terminó el mes pasado. Tengo que hacer la tesis. (¿Tengo?) Sí, mi asesora necesita que me titule antes de julio. No me gusta la palabra “necesidad”. No me gusta la necesidad ni necesitar. Muchas veces me digo a mí misma que quizá podría prescindir de muchas de esas cosas / personas / experiencias que me han dicho -o me he dicho- que necesito.

Sería bueno que terminara mi tesis y me titulara. ¿Bueno para quién? (…) La semana pasada descubrí que no tengo prisa. Mi asesora necesita que me titule antes de julio; mi papá desea que me titule lo más pronto posible; mi facultad se beneficiaría si yo (y mis amigas) me titulara cuanto antes. Pero yo no. Yo no tengo prisa. No tengo idea de qué estoy haciendo con mi vida. Mesereo cuatro días a la semana en Había una vez…, veo series con mi mamá, tomo mi diplomado de Creación Literaria; hablo, reflexiono, discuto, comparto temas que me inquietan: el género, las relaciones, los cuidados, el placer, el hacer comunidad… No tengo prisa por escribir la tesis.

No tengo idea de qué estoy haciendo, pero sé que cuando empecé a trabajar en la tesis me acerqué al feminismo y conocí personas hermosas en el camino con quienes ahora comparto experiencias, proyectos, incomodidades. No tengo prisa, porque esas relaciones solo pudieron darse en la calma. Por eso quiero seguir conociéndolas y compartiendo con ellas.

A ratos me siento mal por no estar haciendo la tesis, ¡pero es que no tengo prisa! Me gusta la quietud de la espera por el futuro. Me gusta no saber qué haré. Porque ya no quiero lo que quería hace un año. Porque sé lo que no quiero: no quiero me trague la Academia de la “amigocracia” y las palancas, no quiero escribir para hacerme merecedora de estímulos económicos pero que al final solo unos cuantos -mis pares, probablemente- me lean.

Disfruto infinitamente el tiempo con mi mamá; mis horas en el café aunque tenga las manos resecas por lavar tantos platos; amo el olor de los cafés que preparo y la sensación de espumar leche; me gusta el intercambio con Samuel, Erick, aunque a veces me llamen la atención, aunque haya clientes groseros y nefastos.

No tengo idea de qué estoy haciendo con mi vida, pero quiero aprender a hacer ropa porque estoy hasta la madre de la “fast fashion” y la producción masiva de ropa en Asia. Quiero escribir, crear, otra vez. Quiero aprender sobre barismo y también aprender a hacer pan. No sé qué estoy haciendo, pero me gusta no estar haciendo la tesis.

Me gusta ir a talleres, leer, estar con Any y Fey, las conversaciones con Cari y Nancy. No tengo prisa. ¡La prisa es de los otros! Me gusta lavar ropa a mano, ponerme mascarillas, me gusta prepararme café con chocolate, me gustan los trayectos sentada en el metrobús oyendo música. Me gusta hablar, sobre todo. Me gusta formar vínculos, hacer comunidad y procurar afectos. Y para eso no necesito la tesis.

No tengo prisa porque hay cosas más urgentes: amarme, amar a otrxs, reírme, respirar, mirar mi cuerpo desnudo en el espejo, peinarme, barrer abajo de mi cama y encontrar diez pesos.

No sé que estoy haciendo con mi vida pero hay comida, bebidas alcohólicas y café. Hay mucho pan. También ha habido besos y abrazos. Hay sexo. Hay piel de gallina. Hay frío. Hay olor a vainilla y cremitas que apapachan el cuerpo. Hay loción de menta para los pies cansados. Hay risas. No tengo prisa.

(…)

No tengo prisa. No sé qué estoy haciendo, pero pronto seguiré con la tesis. Y cuando acabe, dedicaré treinta días exclusivamente a mi placer.

Enero, 2018.


LA AUTORA

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Jimena Maralda (Ciudad de México, 1994) Egresada de Letras Hispánicas, es escritora neófita, repostera aficionada y asistente empedernida de talleres y cursos. A veces es una
tesista con conflictos existenciales que prefiere lavar platos a citar textos académicos. Cree firmemente que otras formas [de pensar, crear, amar, hacer, vivir] son posibles.