La domesticación del cuerpo y la pandemia

Ana Lilia Félix Pichardo

Los días son cortos, pero la inmensidad de ellos se agolpa en el cuerpo. Se sienten las semanas atrapadas entre la rodilla y la ingle, cada vez que los brazos sacan las manos por la ventana. Los dedos se estiran para respirar la calle como si las uñas fueran la extensión de los ojos, buscando un poco más de cerro, un poco menos de pisos sin barrer, huyendo de los trastes embarrados de comida seca y endurecida.

También los meses van doliendo en la frente. Un malestar con pies diminutos salta frenético entre una sien y otra. Va y viene, va y viene. Sus pies llegan a doler hasta el punto medio entre la frente y el centro de la cabeza, donde no te puedes sobar ni pasar los dedos tamborileando en señal de súplica y rendición.

El cabello que se suelta, en fuga de la cabeza, forma una pelusa inacabable por los suelos. Una barrida en la mañana y por la tarde ya hay otra vez rodamundos desérticos e inasibles. He descubierto en la escoba una incapaz cómplice contra el cabello abigarrado; esconde los cabellos  entre sus tubitos de plástico y luego va soltándolos camino al recogedor. La traición.

Hay toda una cultura que se desarrolla por los suelos. El polvo, las migajas, pedazos de uñas, el aceite que salta en el piso de la cocina y diminutas partes de lo que en el mundo de arriba se contempla como la alta cultura, en el nivel de lo completo. La superficie de los muebles, arriba, alberga hojas nuevas de papel, frutas, tortillas, verduras a punto de ser picadas. El margen de una fruta, el cuadrito de una cebolla, una semilla, por accidente rueda hacia el piso: la marginalidad del polvo y el cabello le abraza como si siempre hubiera pertenecido a ese otro mundo.

Las oposiciones campo-ciudad o centro-periferia nunca fueron tan abismales como la geometría de los mundos de abajo y el de arriba. Las frutas frescas, enteras, llenas de jugosos colores, arriba. Abajo, los fragmentos secos de lo que un día llegaron a formar. Todo se engricese y, poco a poco, va cruzando sus partículas con los montocitos de pelo, la envoltura de un dulce, una cáscara de semilla, hasta con un corcho de vino refugiado detrás de la pata del sillón, inaccesible para la morfología de la escoba o para la humedad del trapeador.

Hablar de la fauna es otra cosa. Coexisto con las arañas patonas que, sin vergüenza, se muestran en el techo y por las esquinas. No me temen ni les temo, a pesar de que, con los días, su apariencia de piernas esqueléticas contraste un poco con su abdomen negro y henchido. Igual mantenemos la sana distancia y todo transcurre con la modesta normalidad del tiempo atrapado entre la cocina, la cama adolescente (con la que cada vez resulta más difícil lidiar para tenderla) y el baño, que se ha convertido en el lugar más exquisito.

A veces los grillos chirrían muy fuerte. Los sigo con el oído pero no los encuentro. Estoy segura de que están adentro de la casa, pero no los veo. Tampoco me da pánico saberlos visitantes, sino hasta que, silenciosos, pasan saltando y mi mirada periférica sólo ve el movimiento de algo y me asusta. Compruebo que es un grillo y me tranquilizo, no lo saco, ni lo apachurro; es sólo que siempre me aterroriza pensar en las cucarachas. Toda la limpieza contenida en mis manos se desbordaría violenta por todo el piso, por los bordes de las ventanas, por la alacena, por mi ropero, por detrás de la estufa, bajo el refrigerador…

Y es que la ausencia de rutina ha invadido cada pequeño espacio, los muebles y las cosas están confundidos con la quietud de mi cuerpo, con la lentitud con que van mis pies de un lado a otro, como buscando algo que no encuentran hasta regresar al punto inicial. Los trastes platican con las manos y se quejan amargamente de la actitud bipolar con que se les trata, a veces se les friega una y otra vez con decisión, para luego ser ignorados por días completos. Los objetos comenzarán pronto a organizar sus quejas para atraer a las cucarachas. Tal vez sólo así la invasión de sus espacios pueda frenarse un poco.

 

Nota:

Los muebles y las cosas no comprenden cómo terminaron haciéndose cargo de mi reproducción mientras mi diminuto cuerpo vacila siempre entre mantenerse sentado terminando la tesis o correr a la cocina a limpiarlo todo, para y después de cocinar, o permanecer acostada con toda la culpa encima de no hacer ninguna de las dos anteriores alternativas.

 

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Ana Lilia Félix Pichardo. Zacatecas, 1991. Estudié Letras y también soy politóloga, escribo poesía, crónica y ensayo, pero no tengo ningún libro publicado. Cofundadora de la revista digital La Sílaba, parte del equipo de la plataforma Somos una América Abya Yala y militante abajo y a la izquierda/mujeres que luchan. 

Todos han respondido a “esa” llamada.

Wendy Méndez

Sé a dónde acudir, qué hacer y cómo hacerlo, pero nadie sabe exactamente en qué momento necesito reaccionar, excepto yo; sólo yo puedo declararlo, sólo yo puedo enviar ese mensaje, hacer esa llamada, ir hacia ese lugar… pero hay un hecho preocupante y es que este evento simplemente ocurre, no tengo un aviso previo y no siempre es llevadero, algunas veces sólo se abre un abismo dentro de mi cabeza, mi cuerpo se torna ajeno y cuando me doy cuenta estoy en medio del suceso: algunas veces he actuado conscientemente pero en otras no lo he conseguido del todo y eso es lo que me estruja el corazón acerca de este estado porque cuando pasa y puedo hacerme cargo de ello sólo debo ser capaz de poner en orden mis ideas y ejecutar el plan que tengo perfectamente trazado (ver, tocar, escuchar, oler, sentir, “vuelve, por favor”, llamar… “estás aquí y esto, esto sí es real”…), pero cuando no puedo dominarlo entonces el mundo cambia completamente, las cosas dejan de sentirse como deberían y no estoy segura de que todas las personas sepan cómo cuidarme. Hacía demasiado tiempo que no me abandonaba a la seguridad de otros, me parece que fue hace una eternidad que nadie se detiene el tiempo suficiente para aprender a mi lado y, grande como una casa, de pronto surgió este hecho imponente: a pesar de ser una mujer adulta necesito acompañamiento y cuidados.

30 de enero de 2020, 12:14 p.m.

Recibo una nota de voz de Carina; me recita un poema, después viene el texto “leí esto en la mañana y me acordé un montón de ti…”, hablamos un poco; yo respondo con mensajes de texto pero me hace feliz que ella siga enviando notas de voz, después de todo esas fibras sonoras siguen siendo igual de cálidas que todas las veces que hemos llorado abrazadas.

10 de febrero de 2020, 9:10 p.m. 

«detenerse es otra forma de fluir»; estoy enferma, Carina lo sabe porque he puesto un estado un poco vago en Facebook. Hablamos un poco y después de otros mensajes bastante regulares me pregunta si, cuando me recupere, quiero hablar de esas cosas que están ahí atravesadas. Acepto, aunque no sé si llegaré a poner esos pensamientos en palabras, resuelvo que quizá no es necesario, con lo que me quedo de esa conversación y lo que sí me repara es saber que tengo opciones, que alguien está esperando una conversación cuyo tema central es lo que tengo en el corazón, lo que tenemos, porque, cuando ella se decida, también preciso escucharla.

4 de mayo de 2020, 12:31 a.m.

“Todos queremos desaparecer”, “Son tiempos difíciles”, “Encontré esto”; Gabriela adjunta una fotografía nuestra del 2015. Responde directamente a algo que también he escrito en Facebook, no lo menciona pero se sobreentiende, el tema está en medio de nosotras dos, después me confiesa que ella tampoco quiere o puede hablar y lo entiendo; divagamos acerca de otros temas, ninguna quiere enunciar lo que nos supera y ocupa, sólo recordamos cuándo fueron tomadas otras fotografías y mientras ejecutamos ese ejercicio de acompañamiento pienso “estoy en la memoria de otra persona, alguien, lejos de mí, está recorriendo recuerdos en los que habito”, me aseguro de seguir hablando hasta que es suficiente para ambas, hasta que reafirmamos nuestra prevalencia en la vida de la otra, hasta que llegamos a un momento que entonces se vuelve trascendente y nos rescata; estos minutos nos otorgan certezas y nos devuelven el control que solemos perder. Prometemos hablarlo después, nos despedimos y trato de quedarme dormida.

8 de mayo de 2020, 5:56 p.m.

Llamo a Dalia. Es una fortuna que mi móvil tenga recepción, pero no tengo conexión a internet ni datos móviles. La llamada dura 10 minutos con 41 segundos, durante ese tiempo le pido que me ayude a conseguir nuevos números de emergencia; necesito intervención psicológica durante esta crisis de pánico y ansiedad, hablo de la manera más clara que puedo, Dalia actúa rápidamente y no deja de repetirme que no estoy sola, que ella se va a quedar conmigo al teléfono, que le importo, me dice que me quiere, repite mi nombre y me ordena que respiremos hondo, lo hace conmigo, su valor me hace llorar con más intensidad pero me concentro y sigo respirando tan bien como puedo. Me da varias opciones, incluso la línea de atención psicológica de la empresa donde trabaja, “dile que eres de mi familia” me dice “lo somos, estás haciendo algo increíble”, pienso, le digo que volveré a llamarla cuando la crisis se termine. Sé que hay algo que nos oprime duramente cuando cuelgo el teléfono, puedo sentirlo, mis manos que tiemblan lo expresan fácilmente; sé que es la incertidumbre. De algún modo creo que Dalia se pregunta si habrá respuesta la próxima vez que trate de comunicarse conmigo. Quiero poder asegurarle (y a todos) que será de ese modo, que pase lo que pase siempre trataré de volver a estar presente, que reaccionaré a tiempo, que haré lo que sea necesario, que pelearé incluso contra mí misma para poder salvarme, pero no puedo explicar todo eso mientras mi cuerpo entero está tan turbado, así que me aferro a eso que para mí es un hecho y con un esfuerzo sobrehumano surgido de la compañía y seguridad de una de mis mejores amigas al otro lado de la línea me encargo de lo más urgente y necesario.

Durante la llamada al Consejo Ciudadano alguien más me reclama a través del móvil, no respondo entonces pero consigo sonreír un poco porque el identificador dice que es Vane; en medio de este caos los vínculos con mis hermanas siguen siendo visibles y me anclan al mundo; cada vez puedo responder mejor a la intervención de la psicóloga, se llama Sonia y me hace saber que realmente escucha. Consigo retomar el control de lo que ocurre, tomo mi dosis de medicamento con los ojos hinchadísimos sintiendo cómo todo el cuerpo se me ha molido; después de beberme un litro de agua le hago saber a Dalia que estoy a salvo y vuelvo a sentirme agradecida por haber respondido esa llamada de auxilio. Me comunico con Vane enseguida. Hablamos durante 39 minutos y 40 segundos; por supuesto que lo primero que pregunta cuando la llamo es qué pasó, pero no es un reclamo, no me cuestiona enseguida para hacerme revivirlo, es sólo para saber si necesito seguir hablando de eso, y no; la intervención especializada ha cumplido su objetivo; entonces hablamos del clima y los mosquitos, antes de colgar me recuerda que siempre puedo llamarla, lo sé, no debo sentirme sola. No sentiré ese abandono de nuevo. Respiro profundamente mientras golpeo mis músculos, repaso lo ocurrido durante las últimas dos horas y pienso en todas las personas en mi vida que han respondido esa clase de llamadas, me siento agradecida.

7 de junio de 2020, 12:29 p.m. 

“Hola, Wen. Sólo escribo para desearte que vayas mejor. Te escuché muy triste ayer y me preocupé. Tómate tu tiempo. Ojalá tengas una linda semana”. Rosario debe tener mil preocupaciones en la cabeza y aún así toma un minuto para escribirme; lo que más me reconforta es que no lo ha preguntado por obligación sino porque la respuesta le interesa genuinamente; le contesto y adjunta una fotografía de Lucía; las amo profundamente, sus palabras me hacen preguntarme de nuevo ¿cómo es posible que las personas me cuiden tanto?

* * * 

Extrañamente comienzo a comprender lo que significa que cuiden de ti, es inusual, a veces no quiero que me pregunten si necesito algo, a veces quiero poder hacer algo por esas personas, como antes, como había dejado que fuera siempre; aún no me acostumbro a hablar exclusivamente de mí, a ser yo quien importe. 

Sin embargo pienso en mí, otra vez, sólo pienso y pienso. Y los demás hacen lo mismo… ahora sé que es posible que mientras me leen, cuando se encuentran mis publicaciones de Facebook en su feed o ven mis stories se cuestionen más el qué significan –si es que significan realmente algo–, lo sé, me están cuidando. 

El síndrome depresivo moderado sigue siendo un estado nuevo para mí, suelo decir que aún estoy tratando de entenderlo y es cierto; las primeras dudas que surgieron fueron ¿cómo llegué hasta aquí?, ¿cuánto tiempo voy a enfrentarlo?, ¿seré capaz de recuperarme?, ninguna pregunta ha recibido una respuesta definitiva, aunque cada una ha sido atendida con diferentes posibilidades desde que comencé a cuestionarme lo que ocurriría.

Sabía qué hacer ante un ataque de pánico, aprendí gracias a un amigo al que tuve que acompañar en el pasado, no me lo pidió, sólo supe que no podía dejarlo solo y que él necesitaba que alguien reaccionara rápido. También reconocí los signos que acompañan a un ataque de ansiedad y en mi mente estaban disponibles los ejercicios necesarios, pero cuando ambos sucesos se expresaron el quince de febrero por la mañana en mi cuerpo no supe realmente qué debía hacer frente a ellos… las horas de ese fin de semana siguen siendo interminables. Mi cuerpo y mi mente de pronto se desconectaron. Tuve un miedo irrefrenable y el tiempo comenzó a ser eterno. 

A través de la escritura de este texto me doy cuenta de cómo me construyo narrativamente a partir del comienzo de esta experiencia. He comenzado a medir el tiempo a partir de ese primer suceso y los que le siguieron. Creo que ésta es mi forma de procesarlo, de aterrizar una experiencia que aún me sobrecoge cuando la pienso.

Paulo, él supo qué hacer y se mantuvo a mi lado. En mi mente aún observo esos momentos como si hubiesen ocurrido hace sólo unos segundos. Comenzó muy rápido, en un abrir y cerrar de ojos, en el cambio de un fotograma de Birdman or The Unexpected Virtue of Ignorance a otro. Mi cuerpo se puso rígido y después comenzaron los temblores, las lágrimas surcaron mi rostro sintiéndose tibias e imparables y enmudecí, me paralicé por completo mientras él me sostenía y me llamaba por mi nombre. Aún no soy capaz de decir cuánto tiempo duró ese ataque que sentí particularmente largo o si hubo algo específico (aunque para mí irreconocible) que lo disparó. Sé que Paulo estaba ahí, sé que tomó mi mano izquierda, sé que me besó la frente, sé que me dio papel para que me limpiara los mocos, que recogió esos papeles sin asomo de asco y los tiró a la papelera, sé que evitó que me autolesionara sosteniéndome con todas sus fuerzas, sé que habló conmigo todo el tiempo, que dijo cosas muy bonitas y que me aseguró que todo [iba] a estar bien y también sé que yo me pude aferrar a esa idea porque él me estaba cuidando, porque en ese momento de impotencia absoluta tuvo mi vida entre sus manos.

Esa noche en el Instituto Nacional de Psiquiatría fue muy dolorosa. Incluso después de todo el tiempo que he dedicado a mis estudios y reflexiones acerca de salud mental me encontraba ahí sentada en la sala de espera pensando “no quiero estar aquí… no quiero que me internen…”, creo que pensé que mi vida estaba completamente derruida. 

Despedirme de la persona que amo porque, aunque ese vínculo es infinitamente más valioso que cualquiera no era su responsabilidad cuidarme, fue una de las cosas más difíciles de esa noche. Después de soltarnos y de que él diera la vuelta recibí mi diagnóstico pormenorizado y las primeras indicaciones de mi tratamiento. 

Atravesé la ciudad, me metí a mi cama y dormí sola. Al día siguiente mis padres llegaron al departamento. 

Hay muchas cosas acerca de la violencia doméstica, la desintegración familiar y la incertidumbre laboral y económica que no he detallado, pero fueron ésas las principales razones que me llevaron a expresar el síndrome que ahora padezco; no las pormenoricé aquí porque no quiero que mi experiencia verse sobre ese dolor sino sobre los cuidados surgidos, experimentados y compartidos a partir de ese momento. Cuando vi a mis padres esa mañana parados frente a mi cama y leyendo mis recetas tuve que pedirles, después de no sé cuántos años que, por favor, me cuidaran. Les dije que no podría enfrentar eso sola. Mi papá fue corriendo a la farmacia y mi mamá me preparó un caldo de pollo.

Hay un camino con un plazo ahora incierto que aún debo seguir atravesando. Trato de explicarme y declarar ordenadamente todo lo que siento frente a mis padres para que entiendan que mi cansancio no es acidia, que los pocos episodios que he tenido desde que comenzó la reclusión no son sencillos y que lidio continuamente con pensamientos de toda clase, sobre todo por las noches. Sé que no lo entienden del todo porque físicamente no hay demasiados signos que puedan percibir, pero una parte de esas conversaciones me dice que quieren comprenderlo. 

Algo está ocurriendo con los neurotransmisores en mi cerebro, lo sé aunque no puedo verlo, también tengo la certeza de que cada vez que una gota de medicamento o una pastilla entran a mi organismo estoy haciendo algo por mí, sé que si no los tomara me estaría maltratando, así que cuando pasan por mi garganta repito con convicción que me son útiles y necesarios. Mis siestas y las sesiones de llanto también son parte del autocuidado y hablar con las personas que me dedican su escucha atenta ahora es un asunto prioritario.

La comunicación con todos mis afectos es aún más valiosa en este momento. No quiero dejar ningún nombre fuera así que simplemente diré que cada mensaje e interacción tenida en este año la he valorado y dimensionado exponencialmente, aunque no todos puedan adivinarlo. Las noticias alegres son más emocionantes en estos días y la compañía es el mejor cuidado, todas las interacciones, aunque sean fugaces y de cualquier tipo marcan la diferencia, sé que a todos nos resulta preciso saber que no estamos solos y que estamos siendo escuchados así que el cierre para esta crónica episódica por ahora sería el siguiente: “seguiré viviendo con un corazón agradecido. La gente que me ama: ¡ustedes también deben ponerse como primer lugar en la vida!, ¡vivan propiamente, confiadamente, con orgullo!”.

 


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Wendy Méndez
Medievalista to be, correctora de estilo y rockstar de letras.
 
 
 

Bingo-taller de ensayo de lo privado para mujeres, con Alejandra Eme Vázquez

Copia de Damiselas sin apuros (6)

Descripción

“Damiselas sin apuros” es un taller para mujeres y se trata de escribir ensayo. Específicamente, de ese ensayo que se ha nombrado “personal” y que, para mejor definición, aquí llamaremos ensayo de lo privado. No supone contar nuestras vidas por norma, sino encontrar herramientas de escritura que permitan tender puentes entre eso que llamamos privacidad y eso que llamamos voz pública. Hay muchas vivencias, reflexiones, intuiciones que nos atraviesan y que, por lo tanto, quisiéramos llevar a la escritura, pero que parecen no encontrar su cauce; históricamente, esto se explica con la masculinización del canon literario, que se ha construido para deslegitimar lo femenino, por falta de representación de escritoras en el canon configurado a partir de lo “clásico”, de las redes de enseñanza de literatura, de la crítica literaria, del historial de premios, de la academia, de las editoriales y los discursos relacionados.

Metodología

La propuesta de este taller es lúdica en dos sentidos: primero, consiste en afirmar que existe una escritura “de mujeres” y desde ahí construir nuestros textos, lo que permitirá acceder a una variedad de información, tonos, estructuras y abordajes que normalmente se anulan en pos de escribir de manera válida; después, lo lúdico viene de manera más tangible porque tendremos como herramienta un Bingo de Escrituras en el que estará enunciada una lista básica y concreta de elementos que se pueden usar al escribir ensayo de lo privado, como punto de partida. A partir de ejercicios y modelos, se irá eligiendo el uso de esos elementos y también construiremos otras propuestas de Bingo, a manera de lista de cotejo o check-list. El taller está enfocado, entonces, en elementos estructurales, estrategias de escritura y modelos de texto, ya que la apuesta es que todas sabemos escribir ensayo de lo privado y lo que necesitamos son herramientas para proteger, potenciar, explorar y disfrutar su escritura.

Plataformas

El taller tendrá tres espacios:

1. En Moodle Cloud, que es una plataforma fija en la que se podrá acceder a las lecturas propuestas, armar conversación fuera de las videollamadas, publicar los textos o avances, hacer relatorías de los encuentros por Zoom y tener acceso a toda la información incluso cuando no tengamos videollamada.

2. En Zoom, para conversar, leer textos en voz alta, comentar y escribir en vivo, así como para explorar con más detenimiento los formatos y algunas muestras de escritura de las 35 autoras que fungirán como mentoras en cada estructura ensayística.

3. En Drive, para alojar documentos colaborativos como los criterios para el Bingo de Escrituras y la lista de libros de regalo para aquellas participantes que lo completen.

Ruta temática

No necesitas más que desear escribir ensayo de lo privado para entrar al taller. En la primera sesión vamos a establecer las pautas de este género, vamos a establecer los proyectos personales a partir de varias opciones y exploraremos el Bingo de Escrituras. Posteriormente, en las siguientes sesiones escribiremos, respectivamente, abordando cinco modelos de ensayo de lo privado:

a) Pedagógico: ensayo cuyo objetivo es acompañar aprendizajes y que, por ende, necesita reconocer elementos específicos de la comunicación para poder abordar con éxito ese objetivo.

b) Parabólico: ensayo cuya trayectoria explora las formas de no regirse por un eje específico (evitarlo, rodearlo, tensarlo) porque las formas de pensamiento también saben de divagar.

c) Casuístico: ensayo que muestra un caso específico, representante o detonador de la conversación que se desea tener, y a partir de él desarrolla tantas derivas como le interese.

d) Apologético: ensayo que defiende/ataca/demuestra vehementemente un punto, para lo cual debe valerse de herramientas persuasivas conscientes, agudeza y una estructura sólida.

e) Monológico: ensayo que, pese a ser escrito, evoca la dimensión oral de la literatura. Responde a la estructura conversacional que la ensayista desea desarrollar y aprovecha al máximo sus recursos.

Para cada ensayo se han seleccionado siete textos de ensayistas que se compartirán en pdf a través de Moodle Cloud. En la última sesión se entregarán las constancias y la retroalimentación final, además de conformar un Bingo de Escrituras grupal para concluir el taller.

Tallerista

 

AlejandraAlejandra Eme Vázquez. Pensadora de la Casa de Libra. Es escritora, docente y cuidadora. Estudió lengua y literatura. Ha colaborado regularmente como columnista en medios impresos y digitales: calcula haber publicado, hasta ahora, unos 250 textos ensayísticos de temas muy diversos. Colabora en libros de texto y en plataformas de literatura para las infancias y juventudes. Es parte del comité organizador del Encuentro de Escritoras y Cuidados y del proyecto colectivo-interdisciplinario Lucrecia se dispone a la escritura. Escribió Su cuerpo dejarán (El Periódico de las Señoras, Kaja Negra y Enjambre Literario, 2018). 

Fechas y horario de las videollamadas

Sábados 10, 17, 24, 31 de octubre; 7, 14 y 28 de noviembre

De 11 a 13 horas

Una sesión personalizada de 60 a 90 minutos con cada ensayista: a agendar según los tiempos disponibles

Costo: $1200

Cupo mínimo: 8 participantes         Cupo máximo: 16 participantes

Inscripciones: cuidadosescribiendo@gmail.com

Texto colectivo: Martes de Manos en la Masa, 30 de junio de 2020

Texto creado el 30 de junio de 2020 en el taller “Pensar lo doméstico y escritura creativa” impartido por la colectiva Pensar lo doméstico, como parte del programa Martes de Manos en la Masa de Radio Nopal. El texto fue creado en el chat de Jitsi por las participantes, quienes dieron su autorización expresa a que fuera editado y a la consignación de sus nombres de usuaria para la firma de autoría colectiva.

 

Ahora a quién le toca cocinar, pienso al filo de las 2 pm. Mi hermana viendo su celular. Mi mamá trabajando frente a su computadora. Quisiera hacer otras cosas, tal vez escribir, leer, acabar de limpiar mi cuarto. No podría, la culpa y el hambre están presentes. Voy a la cocina enojada. Respiro.

Lo he escrito muchas veces

En la banca de madera

En el papel rayado

Sin embargo, en estos años

Me he llamado Mamá

Mi pareja cocina algunos días a la semana y se encarga de lavar los trastes en la mañana. Pero es lo único que hace. Cuando él termina de cocinar debo entrar yo a limpiar todo lo que ensució alrededor del proceso de cocinar. Limpiar estufa, tarja, piso, quitar la grasa del azulejo, lavar trapos y jerga de la cocina, recoger basura, etc. A veces me pregunto si realmente lo que hace es una colaboración para la casa o más trabajo para mí.

-Mamá, tengo hambre-

He querido darme un break tipo sabático de la escuela y del trabajo. En mi casa cohabitamos mi madre, mi hermano, mi perrita y yo. Pero ésta sería mi escena cotidiana: me levanto como a las 10:30 am para hacerme mi desayuno, me encuentro que no hay nada porque lo que ya estaba hecho ya lo comió alguien más. Se me antojan unos hot cakes, pero solo de pensar el tiempo en el que se harán, me da flojera y no me los hago. Ahora hay que limpiar la casa, lavar la montaña de trastes y también ir por la comida. LA COMIDA, tengo que pensar que hacer de comer para cuando llegue mi mamá del trabajo. Solo de ir a comprar ya pasó una hora, en lo que preparo y hago todo queda justo para cuando llega mi mamá. Ahora ya no tengo ganas de hacer nada, estoy muy cansada y solo quiero dormir o ver Netflix. Quería descansar y darme un sabático pero estoy haciendo lo que mi madre hizo toda durante 23 años de mi vida.

Respiro. Si no lo hiciera comenzaría a gritar de coraje. Abro el libro de cocina de mi mamá.

-Mamá, te quiero-

Madre soltera

Mamá

Leo las recetas, las sopas, las ensaladas. Poco a poco las ideas fluyen. Me emociona tener los ingredientes. Qué fácil resulta ser. La cocina es espacio de encuentro y desencuentro. Comemos a las 3:30.

Soy muchas

Soy nadie

Soy todas

Operaron a mi gata. No quiso usar el cono ni tomar el antibiótico y casi tienen que abrirla otra vez por la infección que le dio. Me di cuenta de que no solo soy responsable porque esté feliz, comida y vacunada. Ella también se enferma y yo soy responsable de que esté bien. Esos también son cuidados y no los había visto así. Respiro.

Cuando operaron a mi papá en el 2018 alguien de la familia se tenía que quedar esa noche con él. Estaba toda la familia afuera del edificio donde se pasaría esa noche. Mis hermanas mayores entraron en conflicto porque parecía que nadie lo quería hacer. Me propuse y yo solo agradecía el hecho de que mi papá hubiera salido bien de la operación. Mis hermanas duraron molestas al menos una semana. Ver a mi papá esa noche y que me preguntara sobre la lectura del Quijote que estaba haciendo fue lo mejor de esa noche. No padecí “el cuidado”.

Mamá, qué palabra tan grande y tan sencilla

Mamá cansada

“Estoy harto de ella porque nunca hace nada” fue como mi hermano se quejó de mí con mi papá, mientras yo lloraba, lloraba porque las pechugas que había puesto a asar se habían quemado, lloraba porque solo le había pedido que le apagara a la estufa, lloraba porque tenía que ir a la escuela y no pude apagar yo la estufa por estar planchando, lloraba porque tenía que dejar la comida lista, la casa limpia y la ropa planchada para poder ir a la escuela. Yo, la que nunca hace nada.

nada

El padre de mi madre tiene 94 años y tuvo 12 descendientes, 5 de ellas mujeres; ahora en su vejez los varones hermanos de mi madre no pretenden hacerse cargo del cuidado de su padre. El señor nunca ha sido una persona amorosa, por el contrario: es violento, machista y constantemente humilla a aquellas mujeres que le rodean. Mis tías quizá no le tienen un cariño en especial pero ninguna se atreve a rechazar el cuidarle porque es «su padre». Un padre ausente y violento que jamás mostró cariño por sus hijas mujeres. La única hermana que ha decidido no cuidarle es porque su pareja no se lo permite.

Mamá sola

Mamá asustada

Qué difícil es cuidar del otro cuando se invisibiliza el cuidado propio, cuando el grito y la desacreditación son la base histórica sobre la cual muchas mujeres hemos alimentado, revisado tareas y velado el sueño de nuestr@s herman@s; cargando culpas en lugar de reconocimientos por las formas en que nos fue enseñado el cuidado.

La obligación no sólo de preparar sino también de avisar que ya está listo, que parezca una ofensa lo contrario, que sea una falta lo contrario… que la importancia radique en quién trabaja y en quién paga impuestos y aun así como espíritu pacifico hacerlo con una sonrisa en el rostro y el deseo de la paz en lo privado cuando lo público

es

tan

caótico

.

Mamá que recorre los laberintos del metro

Mamá que se pinta los labios

Mamá que cuenta las monedas

El p… color rojo. Maldito color del que deberían estar pintadas mis uñas… Desde que mi criatura hermosa está en mi vida no soporto el barniz color rojo, porque siempre termina embarrado en la pared, en mi ropa o en mis cobijas… ¡jamás! Jamás termina en mis uñas bien pintadas, ya no existe ese tiempo que disfrutaba tanto para cuidarme y estar en calma. Qué difícil se ha vuelto el cuidarme y que me cuiden.

Mamá duerme sola

Mamá llora Mamá

Llegué a burlarme de aquellas que “salían panzonas”, como si se hicieran solas. ¿Cómo pudo esto pasarme a mí? ¿Qué recuerdo de mis clases de orientación sexual? Risas y chistes morosos. Ya sabía que sabía. El autosabotaje se me ha dado muy bien. Aprender a redireccionar esa intención, a algo más nutritivo, no ha sido fácil. Me sorprendió ver cuántas a mi alrededor habían pasado por eso también. La información dispuesta era menos , nos basamos en cómo le fue a una amiga, a otra. La emergencia me llevó al hospital, donde me sentí aterrada por decir la verdad y ser encarcelada o algo así.

Soy mi madre. Soy mi abuela. Y me pierdo.

Durante la Preparatoria mi mamá se fue de casa para cuidar de mi abuela enferma. Fue un cambio completamente radical, un día estuvo conmigo y al siguiente me había quedado sola. En esta ausencia noté cuánta falta de mi parte había en el hogar; sin mi mamá la ropa no estaba limpia y la comida no estaba lista. Fue un año de muchos aprendizajes, trabajé mi capacidad para rendir en la escuela y cumplir con labores domésticas para que mi vida marchase bien. Al final, con mucho esfuerzo, sobrellevé la carga y aprendí a rendir; pero con mucha tristeza noté mi falta y que mi mamá, aun lejos de aquí, no había parado de cuidar un segundo.

Somos hormigas sobre la tierra. Todas anónimas.

El cuidado tiene consecuencias incluso años después. Acusaron a mi novio de acosador y violador. Yo estaba deshecha, tristísima, él y yo terminamos, pero me dediqué a cuidarlo. Nunca lo había dicho así: yo lo cuidé. Pero es lo que hice. En medio de mi tristeza le preguntaba si había comido, escuchaba sus relatos de lo mal que se sentía, de que se cortaría el cabello, también lo convencía de que fuera a terapia. Y a solas lloraba, buscaba a mis amigas que me cuidaban a mí, mientras yo lo cuidaba a él. No lo veo totalmente como sumisión, aunque algo hay de eso, pero en cuidarlo encontré algo de sentido, la salvadora. Lo demás lo dejé en pausa, no solo por cuidarlo a él, también por la gran crisis en la que yo me sentía. Un año después me cayó el 20, la culpa de cuidar a un acosador y el miedo de frecuentarlo. Ya no quería salir, tenía miedo de que supiera de mí. Meses y meses sin tener trabajo, por haberlo cuidado, por haberle dado prioridad. Ahora él tiene un trabajo, es un hombre “cambiado” y yo soy desempleada.

Respiro.

 

AUTORÍA COLECTIVA DE:

Juanita34

Lina

Sara Alfie

Val

Pau

Yes

Naye

Abigail

Itzel

Laura Celina

Alejandra

Susana

Olin

Nora

Chío

Ana

Machincuepa

Escribir es cantar en otra frecuencia

Gris Córdova

En la preparatoria hablaba escribía hasta por los codos. Todos los lunes, a la hora del receso, corría emocionada a donde mi profesora de filosofía para mostrarle mis papelillos nuevos:  un bonche de poemitas cursis, sonetos maltrechos, y uno que otro cuento ridículo y ganador de concursos para jóvenes escritores. Escribí tanto, que me conocían más los profesores que no me daban clases que mis compañeros de salón. Hace unos días dije en voz alta por primera vez lo que era una verdad ya muy sabida: escribía porque la pasaba terriblemente sola. 

N: ¿Cómo fue tu relación con la escritura?

G: Pues, eso, escribía porque estaba sola. Fui la hija menor, la única mujer. No tuve amigos. Los pocos que hice fueron mayores que yo y, al graduarse, partían. Escribía porque quería truequear palabras. Leía y escribía porque no entendía cómo entrarle a eso de la cofradía adolescente. O sea, ¿cómo le hacen? Ni idea. Estuve a nada de reprobar algunas materias, pero nadie lo notó. Por eso escribía más. 

Un día de bonanza, mi papá llegó a casa con libros: un diccionario enciclopédico enorme, una enciclopedia sobre materias selectas (anatomía, física, sexualidad), y un paquete de diccionarios Larousse (antónimos, sinónimos, español-inglés). Viví en esos libros hasta que se deshojaron. 

Así empezó todo, con cierto orden. Cúbito, radio, esternón, tibia y peroné, falanges, tarso, carpo, metatarso, metacarpo, metatarsiano, metacarpiano, parietal, occipital, omóplato, clavícula, vértebras cervicales, torácicas, lumbares, sacras, coxis, cresta ilíaca. Palabras que cantaba en mi cabeza. Nunca aprendí de memoria los nombres de todos los huesos, tal como me lo propuse alguna vez, pero lo intenté. Con los músculos ahí sí ya no pude. 

Otros intentos se hicieron, nobles pero estériles, en el campo de la traducción de canciones en inglés (empresa fallida pues, como se me revelaría después, la odisea de trasladar de una lengua a otra implicaba un esfuerzo mayor a ir palabra por palabra), o en el de la genealogía mitológica griega (todas las cuentas cuadraban hasta que aparecía Zeus, el muy cabrón, y mis anotaciones se iban al carajo). 

N: ¿Cómo te defines como escritora?

G: No lo sé. Escribir me duele, porque no pienso en lo que tengo que decir sino en la necesidad imperiosa de encontrar una respuesta distinta al eco. Creo que nadie responderá. Mejor no escribo. Soy la censora real de mí misma y todos los días me digo “vuelva mañana”.  

A las reuniones familiares en la playa siempre acudí acorazada con una revista o un libro. Qué rara, señalaban de a tiro por viaje el hábito peregrino. Rara pero no mala persona, no es mala persona, diría mi mamá. Y pues sí, mi familia, obreros en su mayoría, no veían el uso (a veces yo tampoco se lo veo, la verdad) ni la motivación: teniendo el mar en las narices y entre las manos un sándwich aderezado con arena, quién habría de cargar un montón de escritura que no sirve para nada. Crecí con la idea culposa de que para leer y escribir son necesarios los medios, el tiempo y un carné de legítima emprendedora del ocio. 

(¿Sirve de algo de la literatura? ¿Servicio es la palabra que realmente busco? ¿Mi carné me sirve para hablar de mis dos nacionalidades: la calle y la academia? Maldito y cerdo capitalismo cerdo, pero por favor no le digan a mis empleadores, exprofesores y/o alumnos que dije esto.)

(¿A qué hora leen los obreros? ¿Leer es lo que quieren? ¿De dónde sacamos que la dignidad se mide —si acaso es medible— con textos? Mi mamá come, descansa, camina, se sienta a la mesa, cuida sus plantas y se dedica a sus diligencias con un cuerpo obrero, un cuerpo sin tiempo para el ocio. Y yo acá, ya de adulta, picándome el ombligo y recordando que un día escribí un ripio de poema sobre justicia social. Por favor no le cuenten a Mamá que dije esto.)

En casa escuché el “ya es señorita” de mi mamá al teléfono, pero nunca la palabra vulva. De hecho, no hubo nada, ni un eufemismo: era el vacío, el agujero negro tan gravitacionalmente denso que doblaba y jalaba la luz (y la palabra) hacia su interior hasta hacerla desaparecer. Una entiende, después de mucho, que el nombrar es un oficio cartográfico concedido a muy pocos y que la fenomenología del espíritu, como dice Carla Lonzi, es la fenomenología del espíritu del varón (luego procede, hermosa, a escupirle a Hegel). Así mis credenciales: diplomada autodidacta de los cuerpos no dichos, a escondidas, criminalmente, por la escuela internacional de las escuetas secciones enciclopédicas con dibujitos. 

N: ¿Y qué tal la voz?

G: En un evento voluntario de lectura de poemas en voz alta me paré frente al micrófono. Las palabras se me cayeron hechas nudo al fondo de la garganta. Algunos pasaban esperando escuchar el gran poema rojo, pero mi voz rompió en solemne huelga durante 15 minutos. Amplia experiencia en el oficio del silencio desde 1987.

El día que compré mi primer diario pasaron dos cosas: el velorio de mi abuelo materno y que me rechazaran de la escolta en la primaria. Lloré quedito y a escondidas por lo segundo más que por lo primero, porque pensaba que un bien podría aminorar un mal, pensé que la hazaña podía volverse un “ésta va en tu honor”, un “él estaría orgulloso”. Pero la verdad es que ni nos conocíamos tan bien. 

El diario fue entonces otra cosa. Escribí sobre Abuelo y sobre dos compañeros de quinto grado. Hermano Medio leyó el diario, recopiló los nombres, y los dijo en voz alta en tono meloso cada que aparecía una escena romántica durante la telenovela de las ocho, por varias semanas. Y aunque nadie comprendiera su letanía de nombres ajenos más que yo, un día tuve suficiente y le grité que parara. Me gritó puta, pendeja. Sólo nos mandaron callar porque el capítulo estaba a punto de terminar como terminan todos los capítulos de telenovela: en el absurdo acontecer de la vida absurda que no es la de nosotros.

N: ¿Y qué escribes ahora?

G: He tomado el hábito de hacer listas: títulos de libros, cuentos, novelas y ensayos que no escribiré; nombres de personas a las que pedí un favor y me dijeron sí, sí, sí, pero a la hora de la hora pues siempre no (o nomás no dijeron nada y, pues, una asume cosas); palabras que me dan dentera (véase, por ejemplo, bikini); memorias tristes en las que habité este cuerpo triste y, con él, este mundo tristísimo. Listas en pedacitos, trocitos, obra negra, costillas flotantes, pequeñas islas cuya mayor virtud es permanecer aisladas sin que nadie, con excepción de un tsunami, les quite el sueño.  

Mamá, Papá y Hermano Mayor me cuentan ahora, a la distancia, que Sobrina se parece a mí. Encontraron escondidas unas hojas sueltas un día, membretadas por ella con el lugar común más temido: “Querido diario”. Sobrina sólo deseaba que ya acabara la pandemia para salir a jugar con sus amigos. Escribir el deseo. Se parece a ti, me dicen, lee y escribe en todas partes, se inventa miles de historias, pone en fila todos sus muñecos y les da cátedra (¿De qué? Quién sabe. Ella sola se entiende, dicen), siempre discute, escribe cartas a los abuelos cuando los visita. Se parece mucho a ti. 

(No quiero llorar

pero

mirá de quién te burlaste vos).

La historia de la ballena Whalien 52 me conmueve hasta las lágrimas. Por muchos años, eminentes biólogos marinos con muchos títulos pegados en la pared sostuvieron que no viajaba en manada porque padecía de sordera o no sabía cantar. Luego llegaron a la conclusión de que no estaba sorda y que sí cantaba, pero lo hacía en otra frecuencia. Poco sorprende entonces que le hayan concedido el errado y nada elegante epíteto de “la ballena más sola del mundo”, ignorando perversamente así que ella en realidad viaja consigo misma. 

N: ¿Estamos de acuerdo en que la palabra “resignificar” debería ser desterrada?

G: Estamos de acuerdo en que la palabra “resignificar” debería ser desterrada por horrorosa, extractivista y cobarde, sí.

Hace unos días comprendí que [no] escribo porque [todo] [me] duele [mucho]. Ya, lo dije. Como también digo que tal vez de eso va todo este asunto de volver a los cuidados, verlos con otros ojos y escucharlos con otros oídos, pensar desde allí las estrategias del autocuidado, subirse por fin sobre el lomo de la ballena para saber (como hermosamente dijo N) en qué momento las tripas se volvieron [este] corazón [tan gigante como un cetáceo].


LA AUTORA

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Gris Córdova (Sonora, 1987) Nómada y sin acento. Docente universitaria con perspectiva de cuidados porque vivo en franco emperramiento contra las pedagogías de la crueldad. Feminista visible dentro y fuera del aula. Imprimieron mal mi título y donde dice Dra. en Literatura debieron poner Hija de Obreros. Librana.

¿Soy quien quiero ser?

Alejandra Mariscal

En febrero cumplí treinta años. El círculo de mujeres que contienen mi vida y le han dado un rumbo, me decía que la edad en realidad no importa, lo que realmente trasciende es cómo te sientes con ella. Estos comentarios, aunque muy sensatos, de alguna manera han comenzado a tejer una maraña de dudas en mí, ¿Cómo me siento realmente en este punto de mi vida? ¿Me siento bien? ¿Soy quien quiero ser?

A los 25, cuando salí de casa de mis padres, sentí una libertad incontrolable; los amo a profundidad, pero nunca había sentido una conexión tan fuerte conmigo misma, una fuerza tan potente que en ocasiones me abrumaba hasta hacerme llorar. Por las noches, llegaban las dudas acerca de lograr sacar a flote mis cuentas, el pago de la renta, las provisiones de la semana, pero en el fondo sabía que merecía esa independencia, merecía amar mi soledad. Así transcurrieron un par de años. Ya con un trabajo estable y un sueldo constante pude darme algunos lujos, comprar un par de muebles que pensé nunca necesitar, plantas que sigo cuidando como si fueran mis hijas y libros que durante noches me acompañaron. Pero mi yo interior comenzó a salir a flote, como queriéndose salvar de las “olas” de comodidad y vida rutinaria que la comenzaban a llevar. 

Es así que, sin más, decidí dejar de lado mi trabajo para buscar lo que realmente me llenara. Si bien la arquitectura, el diseño y la construcción son un gusto adquirido durante la universidad, siempre sentí una atracción especial por los libros, las historias y las fotografías antiguas. No fue una decisión fácil y, de hecho, en varias ocasiones quise que algo me frenara y me dijera que ya había logrado lo que buscaba en mi vida, que no buscara más, algo así como “confórmate con lo que tienes, si lo desaprovechas puedes quedarte con las manos vacías”.

Me aparté de esa comodidad, cambié mis hábitos, dejé de comprar cosas que no necesitaba, comencé a vivir con lo necesario, me mudé de casa a donde la renta era más accesible, me salí de trabajar y me aventé a buscar una nueva aventura, algo que me alimentara el alma. 

Puse a prueba mis conocimientos y comencé a cursar la maestría en Arquitectura. La mayoría de clases hablaban de la historia de la ciudad, su proceso de crecimiento a lo largo de los años, algunos datos con fotografías que le daban vida a edificios del siglo XX, la conexión con la política, la historia y el porqué de este gran caos en el que vivimos. Todo esto me abrió puertas y ventanas a otros mundos, me dio una perspectiva nueva de todo aquello que creía que era correcto y me hizo ver que tal vez la historia y la investigación eran lo mío. Pero sigo sin saberlo.

Han sido dos años maravillosos, llenos de textos, ideas y personas increíbles, pero todo inicio tiene un fin. A unos meses de terminar con este ciclo de mi vida, ha vuelto a mí la incertidumbre y sigo haciéndome las mismas preguntas. ¿Cómo me siento realmente en este punto de mi vida? ¿Me siento bien? ¿Soy quien quiero ser? 

Todo es diferente, mis ideas, conocimientos y hábitos cambiaron, pero, en el fondo, la búsqueda de libertad y la felicidad son olas que, de vez en vez, me revuelcan contra el piso y me hacen sentir vulnerable.

Sin un trabajo, con gastos que cumplir y con muchas dudas escribo este texto; intentando encontrar una respuesta y gritando con fuerza que las decisiones a tomar durante la vida no son definitivas, pueden cambiar y transformar, hacerte amar otras cosas, ver otros paisajes, pero, sobre todo, alejarte de una zona de confort. 

Todas las preguntas hechas posiblemente no tengan respuestas concretas o correctas. Lo que se supone que debemos ser a cierta edad tampoco debería ser algo que nos controle, pues cada mujer es un universo. No tengo hijos, vivo sola, tengo una carrera universitaria, casi una maestría, y a mis treinta años sigo buscando sin saber qué quiero encontrar. Lo único que sé es que no quiero conformarme, no quiero atarme a nada; sólo busco tranquilidad y sentirme merecedora de mi felicidad.


LA AUTORA

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Alejandra Mariscal (Ciudad de México, 1990) Arquitecta de la UAM-X que sigue buscando su vocación. Amante de los paseos en bicicleta, el café y el baile de los árboles. También le gusta tejer en telar de cintura y contar historias de edificios de la Ciudad de México del siglo XX. Cursa una Maestría en Arquitectura en la UNAM. 

Intersecciones optativas

Atenea Acevedo

Un amigo psiquiatra afirmaba que las relaciones de pareja más vulnerables son aquellas donde el compromiso no se basa en necesidades, sino en el puro placer de estar. Hace veinte años nos embarcamos, F y yo, en el ensayo del gozo sin condicionamientos ni convencionalismos. No tenemos hijos en común, no compartimos las finanzas, dividimos los gastos, nunca nos casamos. En una vida caben muchas vidas y en un vínculo de largo aliento esa verdad se multiplica, no solo por dos. Hubo un tiempo, después de años de habitar cada quien su casa, en que compartimos lo doméstico en un ejercicio largo que acabó en una separación de meses, donde F, por su cuenta, y yo, por la mía, descubrimos en sendas sesiones terapéuticas que el lío no estaba en la organización de la cotidianidad, o no solo, sino en la manera en que el espacio común maquillaba cuánto me drenaba generar la argamasa emocional de la relación mientras F vivía, literalmente, en Disneylandia.

Al cerrar aquel paréntesis, hace ocho años, decidimos no volver a vivir juntos, pero preservar lo que nos une, que no es sino el deseo de seguir caminando de la mano, asumiéndonos como lo que somos: gente en constante cambio. En marzo pasado, ante el inminente encierro, menos jóvenes y más confiados, elegimos resguardarnos en el departamento hoy de F, antes nuestro. Alguna vez habíamos bromeado con la posibilidad de volver a compartir techo, cama y mesa todos los días; en cierta ocasión, ya seriamente, hablamos de que al envejecer seguramente tendríamos que encontrarle la gracia al asunto, así fuera para cuidarnos, inmersos en un sistema empeñado en arrasar con todo. «Al final, el único asidero humano será la capacidad de mirarnos a los ojos», pensaba en mis ratos más bajos. Pero ni F ni yo apresurábamos ese paso. Hasta el día en que, repentinamente, la sombra del aislamiento en la más absoluta soledad aceitó las voluntades y nos arrojó a una rutina que creíamos olvidada, a la coreografía memorizada, en otra vida, para no chocar en la cocina, al respeto incondicional de las manías ajenas, por demás conocidas. La culpa era de la pandemia, no de la vejez ni de la tentación de la falsa cualidad lineal de las relaciones amorosas (¿cuántas veces nos habían preguntado amistades bien intencionadas, después de la ruptura y reconciliación, cuándo dejaríamos de pasar solo los fines de semana juntos, cuándo dejaría mi refugio para mudarme a la que había sido mi casa?).

No imaginábamos las emociones nuevas que nos abrumarían al cabo de apenas dos semanas. La irritabilidad de F por la constancia de mi presencia, la añoranza de los colores y aromas de mi guarida, los altibajos, nunca convergentes, de nuestros estados de ánimo, mi impaciencia ante su carácter impasible, su incomprensión hacia mi tristeza. El duelo, mutuo, de sabernos incapaces de convivir. La alegría, también mutua, de reconocernos en el deseo de preservar nuestra esencia individual sin dejar de acompañarnos. Empacar, otra vez, la ropa y los libros, mi cuaderno de dibujo, el Kindle. Empacar, por una vez, no con el sabor de la derrota, sino con el perfume de la libertad que alimenta los encuentros de fin de semana, la tarde espontánea de café y mimos, el asombro de sentir, aún, la cosquilla de un futuro que se cuece a fuego lento en cada despedida efímera de domingo por la noche.

 


LA AUTORA

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Atenea Acevedo es una loba con alas que hizo nido en la Ciudad de México. Es feminista, mediadora lingüística, viajera con raíces, palabrista y fotógrafa de ocasión. Cada noche se va a la cama con una victoria y una derrota, y cada mañana despierta con un sueño y la furia renovada. Sabedora de que una vida alberga numerosas vidas, se reconoce trashumante, rebelde, acróbata, combatiente y clandestina.

Mis raíces doradas

Gema Mateo

 

Hace un mes caminaba entre una neblina que se volvía más espesa los miércoles al anochecer. Dormía, pero estaba alerta y en cuanto escuchaba la alarma, me levantaba sobresaltada.

La pandemia por el COVID-19 nos tomó por sorpresa a todas y todos. Esa colisión de agentes infecciosos alcanzó mis terrenos más cercanos, los más conocidos, atacó mis raíces y nos dio batalla.

A mediados de abril sucedió un acontecimiento que nadie se esperaba y para lo cual ninguno de los integrantes de mi familia estaba preparado. Mi padre siempre había sido un hombre sano, jamás lo había visto enfermarse.

El virus llegó como un relámpago, aterrizó y comenzó a incendiar cada una de mis raíces doradas, trató de quemarlas. Cuando mi padre nos dijo un jueves que no se sentía bien, tuve miedo; fue el primer sentimiento, lo acepto. Después de respirar y repetirme a mí misma que debía tomarlo con calma, elaboré mentalmente un mapa de cuidados.

Pasados dos días, mi padre comenzó a tener más malestar. Lo alarmante fue cuando ya no solo él se sentía mal, sino que mi mamá y mi abue también. No podía correr más riesgos, así que los tres se mantuvieron aislados; temí de nuevo al comprender que ellos pertenecen al grupo de riesgo, quería llorar, pero no lo hice sino hasta después.

Conforme corrían los días nos dimos cuenta de que ellas tenían síntomas de resfriado común, pero se mantuvieron aisladas al igual que mi padre por un mes.

Si de alguien aprendí el mágico y titánico oficio del cuidado fue de las mujeres de mi vida, quienes nos apapachaban cada vez que nos sentíamos mal; quienes curaban nuestras heridas y raspones tanto del cuerpo como del corazón; quienes preparaban platillos celestiales que, al probarlos, te regresaban las fuerzas para continuar. Quienes todavía lo hacen.

En ese sentido, asumir la tarea de cuidadora principal no me asustaba en lo absoluto. Lo que me preocupaba era su bienestar, cómo ayudarlos cuando no se puede estar cerca. Las indicaciones médicas son esperar y observar la evolución de los síntomas; solo si se complica es cuando el paciente debe internarse en un hospital.

Mis hermanos y yo emprendimos el camino de cuidarlos tal como ellos nos han cuidado cuando hemos estado enfermos. Abordamos diferentes escenarios en caso de que alguno de los tres debiera ingresar al hospital, lo cual rogamos por que no sucediera dada la situación tan crítica que se vive en ellos.

Las rutinas cambiaron de manera abrupta cuando mi hermano mayor también comenzó a sentirse mal. Mi otro hermano debía salir a trabajar al hospital y, de repente, esa neblina me envolvió tratando de asfixiarme.

Pese a ello, como lo he notado en otras situaciones de mucha presión, un chip interior se activó para continuar enfocándome en las tareas y no derrumbarme. Eso ya vendría después, me dije mientras cortaba con sosiego las zanahorias, los chayotes y calabacitas en cubitos, un desfile de verduras y frutas que me visitaban todos los días.

Cuidar de mis padres y de mi abue no solo implicó la higiene y la alimentación, sino también cuidar de ellos anímicamente, estar al pendiente de sus insomnios, de sus dolencias emocionales, para que no se deprimieran y sus defensas no bajaran más.

Después de una semana mi hermano se sintió mejor, me reconfortó saber que se encontraba bien de salud y que podía contar con ellos, que éramos un equipo. Al asumir conmigo la responsabilidad del cuidado, me di cuenta de que estaban dispuestos a aprender lo que antes no habían hecho. A la par, aprendimos el significado de lo doméstico, el cuidar de un hogar, cuidar de familiares enfermos y hacerlo sin confrontaciones de poder, sino como un conjunto de ramas que buscan rescatar sus raíces de un árbol enfermo.

En ese mes, reflexioné aún más la labor que las mujeres realizan al ser el pilar del cuidado en sus hogares. Siempre ha sido una cuestión que me interesa y en la que me implico expresando mi postura con mis hermanos u otros hombres al decirles que las tareas nos corresponden a todos.

Quien conoce la travesía que involucra ser cuidadora o cuidador sabe lo que es imaginar menús, lograr el desdoblamiento para atender la limpieza y poder cocinar en tiempo récord para que las comidas estén a su hora.

Sobre todo, la enseñanza que tuve fue con la ternura: la ternura que vive al centro del cuidado. Porque no solo se trata de hacer las diligencias correspondientes, sino de impregnar esa sensibilidad con la otra persona. La empatía y el cariño de cuidar de tus raíces.

La forma de vida capitalista no voltea a ver el valor que reside en la cultura del cuidado. Acaso porque no hay un manual sobre cómo lograrla y la vamos aprendiendo a lo largo de la vida con la forma de relacionarnos, con las estructuras familiares.

No obstante, considero que es un tema político y sé que no estoy sola en este pensamiento. Cuidar de alguien implica toda tu energía y tu destreza, sobre todo porque se trata de crecer como comunidad, de tejer redes que nos sostengan cuando flaqueamos, des sustentar la esencia de una sociedad.

La cultura del cuidado al centro de nuestra forma de vida es la idea que vengo repitiendo en mi mente. Cuidar de nuestro cuerpo, mente y emociones comienza en lo doméstico, en nuestra familia y seres queridos; porque si aprendemos a reconocer-nos, aprenderemos también la empatía que implica el proceso del desarrollo humano.

A mediados de junio el diagnóstico de mi padre fue favorable: su cuerpo había generado anticuerpos y había logrado vencer al virus. Mi mamá y mi abue, en efecto, habían tenido un resfriado y se encontraban sanas. Aunque quiero abrazarles no nos podemos acercar todavía, pero a ellas las veo sonreír por las mañanas y mi padre tiene un apetito envidiable.


LA AUTORA

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Gema Mateo. Puebla, 1990. Le gusta crear mundos cuando sueña. Maestra en Opinión Pública, amante de la literatura. Líneas de investigación en juventud, tejido social y colectivos. Atardeceres, música y ciencia ficción, su triada perfecta de sobrevivencia.

Algunas notas e imágenes sobre la casa

Érika Vitela

I.

La literatura está llena de ejemplos del héroe que parte a vivir aventuras mientras la mujer lo espera en casa. Sus hazañas, los peligros que enfrentan y sus victorias son descritas con detalle. La casa, para ellos, es lo contrario a crecer, a convertirse en hombres. Tienen que partir para encontrarse, quedarse sería no cumplir con su destino. Al relato de la espera en casa, apenas se le presta atención, de este poco se habla (salvo casos contados, como Penélope). ¿En qué se convierten ellas mientras se quedan en casa?

Lo doméstico en la literatura y en el arte empezó a tomar un lugar cuando las mujeres empezaron a narrar sus mundos, con gran frecuencia ligados a la casa.  

La Historia, en su propia historia, no tiene mucho que empezó a prestar atención al espacio doméstico. Hasta apenas el siglo XX dejó de enfocarse en guerras y relatos heroicos, protagonizados en su gran mayoría por hombres. La vida privada y lo doméstico empezó a llamar su atención y se preguntó qué hacen esas personas que se quedan en casa mientras el espacio público es ocupado por los hombres. 

Lo doméstico no es lo mismo para nosotras que para ellos. Aunque sean las mismas paredes, las mismas ventanas, puertas y muebles, la relación con la casa no es la misma. El espacio se vive de diferentes maneras. Esto va desde la violencia doméstica, cuyas víctimas en su mayoría son mujeres y niñas, hasta las tareas de limpieza, orden, preparación de los alimentos y cuidado de las crías y las personas enfermas, cuando las hay. 

¿Cuántas veces los hombres hablan entre ellos acerca del cuidado y limpieza de la casa? Aquí no me refiero a si lavan los trastes o si tienden la ropa: hablo de lo menos visible, lo que no notan porque normalmente alguien más lo hace, como limpiar el cajón de los cubiertos, ordenar los manteles, recordar que hace falta comprar azúcar o detergente para la ropa, guardar los sobrantes de comida, enjuagar con vehemencia los trapos para que no huelan mal, limpiar la mesa después de comer, o la estufa o el suelo de la cocina después de cocinar. Las mujeres solemos hacerlo de manera automática porque a muchas de nosotras nos enseñaron de niñas que era nuestra obligación. Hemos pasado años socializando e intercambiando el conocimiento doméstico; yo lo hago con muchas de mis amigas y ellas, a su vez, con otras amigas, sus hermanas, tías, madres, abuelas. 

En este contexto patriarcal, en el que a las mujeres se nos asocia con lo doméstico y sus obligaciones, la relación de nosotras con la casa no se reduce a eso sino que es compleja y multidimensional. La casa puede ser un verdadero infierno y, simultáneamente, ha sido un espacio de agencia y autoconocimiento del que no se ha hablado lo suficiente. 

Este aspecto es el que ahora me interesa.

II.

Tiene tiempo ya que empecé a interesarme en la casa como un lugar de autoconocimiento y encuentro personal. Justo se derivó de mi primera experiencia viviendo sola, que vino tras mi divorcio. Me casé muy joven y antes de ello había vivido toda mi vida con mis padres. Así que había pasado de un lugar al que daba cuenta de mis actos a otro. Aunque en ambos casos fueron espacios amorosos y de mucho afecto, en los dos yo hacía un esfuerzo —sin ser completamente consciente de ello, pero sin ignorarlo— por cumplir con los roles asignados, primero de hija, luego de esposa. Recuerdo que el reflexionar en ello me generó las dudas, y el deseo de descubrir sus respuestas que me empujaron, entre otras razones, a decidirme por el divorcio: ¿cómo sería yo si no fuera una hija o una esposa?, ¿cómo tomaría decisiones si no tuviera que dar cuenta de a dónde voy, con quién, de si paso todo el día en cama o si no lavo los trastes, de lo que gasto? ¿cómo sería esa/mi vida?

Después del divorcio, vinieron varios meses de inmensa tristeza. En ellos no viví sola, dos de mis más queridas amigas me acogieron en sus casas. Ambas me ayudaron a sobrellevarlos. En sendos casos, sus casas eran la materialización de sus cálidos corazones.

Me mudé a un departamento para mí sola en la Narvarte un año después de haber dejado la casa en la que viví con mi exmarido. Cuando por fin lo hice, cuando por fin empecé a vivir sola, fue tanta la libertad que sentí, tan nueva y tan poco conocida, que a veces no tenía idea de qué hacer con ella, se desbordaba de mis manos. La casa era un refugio y me abrigaba, pero no solo eso, también me validaba. El poder de decisión sobre todos sus rincones y objetos era la proyección del poder de decisión que tanto había buscado para mí y apenas empezaba a conocer. Estar sola en mi casa me dio tranquilidad, espacio y agencia. Iba, venía, salía, entraba, me quedaba fines de semana enteros en cama. Hacía reuniones, me visitaban mis amigas, amigos, familia, amantes. Llegaba tarde, no llegaba. Cocinaba, no cocinaba. En fin… aún ahora, el recuerdo de esos días desata en mí una nostalgia eufórica. 

Sin embargo, no todo el tiempo fue así, por momentos también me consumía. Me ahogaba. La memoria y los recuerdos no tardaron en reclamar su sitio, no estaban dispuestos a ceder, a desvanecerse. Así mismo, las dudas sobre mis decisiones, la incertidumbre por el futuro, las subidas y bajadas en mi economía, etc. me hacían sentir ansiedad. 

Empecé a evitar salir todo lo que me fuera posible y así me mantuve varios años. Solo salía a dar algunas clases pero la mayoría de mis trabajos eran desde casa. Me quedaba y me dedicaba, la mayor parte del tiempo, obsesivamente, a tomar fotos de la casa. De los rincones, los muebles, las paredes, los sobrantes de comida, los trastes, etc. Si cocinaba, si limpiaba, si me recostaba, si me bañaba. También retrataba partes de mi cuerpo. En fin, todo lo que fuera visible.

Luego, esto incrementó paulatinamente hasta que llegó a ser demasiado; enfermizo, tal vez. Tomar la foto de una planta, de una cubeta con agua o de mi mano a veces me tomaba días en los cuales me recluía y no contestaba llamadas ni mensajes, e inventaba excusas para evitar asistir a compromisos sociales. Solo quería estar encerrada en casa tomando fotos. Las imágenes eran principalmente acercamientos abstractos. No me inquietaba que no tuvieran sentido, ni que no representaran documentalmente la cosa o el momento retratado. Más que el resultado fotográfico, me interesaba simplemente la posibilidad de y el ejercicio de. 

Con el tiempo, dejé de hacerlo. 

Nunca supe bien por qué lo hacía. Ahora tampoco lo sé, supongo que fueron varias razones, aunque ahora creo que fue principalmente miedo. Miedo al paso del tiempo, a confrontar mis decisiones, y más que nada, a salir, a estar afuera, a estar expuesta; a ser lastimada, tanto física como emocionalmente. Después de mi divorcio, la mayoría de las experiencias románticas fueron un desastre; me enfrenté a un mundo al que no había estado preparada pues mi exesposo también había sido mi primer novio. No conocía las reglas del juego y aprenderlas, en varias ocasiones, me dejó muy herida. Por otro lado, la conciencia acerca de la violencia sistemática perpetuada hacia los cuerpos de las mujeres muchas veces me hacía sentir un temor intenso de estar en la calle. No es que antes no lo sintiera o no me interesara, pero ahora, “como mujer sola”, —como mi mamá con frecuencia se refería a “mi situación”—, estaba mucho más alerta; temía salir y no volver a casa, y que por días nadie lo notara. 

Creo que estar en casa y tener la sensación de control sobre cada cosa, y las imágenes de esa cosa, me ayudaba a contrarrestar esos miedos. 

De igual manera, o al menos ahora así también lo pienso, además del miedo al afuera, el quedarme en casa tanto tiempo y el tomar fotografías, mirarlas, organizarlas y ver mi cuerpo en ellas era una forma de explorarme; como se hace con una casa nueva y desconocida. Una forma de recorrer sus (mis) habitaciones, de organizarme a mí misma, como se organizan los armarios, la caja de herramientas o el bote de hilos. Abrir sus (mis) ventanas, mirar lo que hay del otro lado, cerrar puertas; levantar mi piel como se levanta una alfombra y descubrir lo oculto. Es decir, hacer de la casa un espejo para encontrar mi reflejo y mirarme. Un intento por conocerme, por descubrir cómo soy ante el tedio, el asombro, el autocuidado, la sobrevivencia y la vulnerabilidad; sin las etiquetas de hija o esposa. Aprender a habitarme con la comodidad que se habita una casa.  

III.

Estas son algunas de las fotografías de entonces. 

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Del interior del boiler

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Del agua en la olla

          De la lámpara en la noche

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De la superficie de mi viejo sartén

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De otro boiler que prendo y no me meto a bañar

De la maicena diluyéndose en agua

De una tarde de otoño       

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De cadáveres exquisitos

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De la mañana del sábado o de la cubeta con cloro, pinol y otros químicos           

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De las entrañas de una sandía

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Del “Congelo frutas porque aún no sé cómo congelar el tiempo”

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De “¿dónde está Érika? ¿alguien ha visto a  Érika?”

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De lo tibio

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De lo que hay bajo la piel (del bacalao)

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De mi piel, o de “Look, Mom, I reach my left arm!

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De agosto o la dulzura

De una montaña mágica o del  “Güerca, prepárate la masa para las tortillas”

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De pez en el agua

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De “no es que quiera tocar el cielo con las manos”

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Y de un sábado lavando vidrios


LA AUTORA

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Érika Vitela. Fotógrafa, historiadora del arte, traductora y profesora. Entre sus temas de interés se encuentran la relación entre imágenes y texto, lo doméstico, las narrativas autobiográficas y la fotografía vernácula.

   

Mi nombre

Ana Laura Contreras

Mi nombre

Lo escribí muchas veces

en la banca de madera,

en el papel rayado.

Sin embargo, en estos años

me he llamado mamá;

Mamá, tengo hambre 

mamá, te quiero

madre soltera

              mamá

 

Soy muchas,

        nadie,

         todas.

Mamá, qué palabra tan grande y tan sencilla.

Mamá cansada,

           sola,

           asustada.

Mamá que recorre los laberintos del metro,

que se pinta los labios.

Mamá que cuenta las monedas,

duerme sola.

Mamá llora, 

            mamá.

Soy mi madre,

soy mi abuela 

y me pierdo.

Somos hormigas sobre la tierra,

todas

          anónimas.

 

Jornada 

Me pregunto quién soy mientras camino sudando de vuelta al mercado. Se me tuerce un tobillo mientras avanzo, un defecto que no falta una vez al día.

Cumplí 34 años. Tengo algunas canas y suaves arrugas que dan cuenta de seis años de fatal matrimonio.

Cuando salgo de bañarme mi cuerpo refulge, recupera su juventud, porque salí de un lago, por eso me baño con agua fría, para recordarlo.  

Ese es mi momento, después de bañarme. Mirarme al espejo, untarme perfume, pintarme los labios.

Más tarde el hechizo se deshace, me pongo vieja y cansada, los ojos se me hacen chicos, las arrugas de la frente se marcan.

Me voy a la cama, no sin lavarme la cara, para intentar borrar el tiempo que pasa. 

 


LA AUTORA

Amanda y yo

 

Ana Laura Contreras. Artista visual y mamá de Amanda. Escribo para reflexionar sobre lo que acontece mientras recorro los laberintos del cuidado, la soledad, el anhelo, el tiempo.