Espacios que nos cuiden

Brenda Isabel Pérez

¿Qué espacios tenemos y cuáles necesitamos?

Este libro es una compilación de collages realizados durante el cuarto módulo del ciclo colectivo de Pensar lo doméstico, en el que leímos fragmentos de “Ciudad sin cocina” de la arquitecta Anna Puigjaner para cuestionar e imaginar diferentes formas de habitar el espacio doméstico.
Algunos cuestionamientos detonadores fueron: ¿Cómo te imaginarías un espacio doméstico que pudiera cuidarte? ¿Qué materiales imaginas que tendrían que arropar este espacio utópico? ¿Qué amplitud y formas tendría ese espacio?

Para muchas de nosotras ha sido difícil intentar seguir con nuestras actividades “normales” mientras habitábamos 24/7 un espacio que no nos hacía felices o nos incomodaba, ¿Cómo continuar con las actividades normales cuando no se tiene un cuarto propio? ¿Cómo se puede pensar sin condiciones materiales dignas?

Esta colección me provoca desear que algún día pueda existir una ciudad con todos estos espacios reunidos, que existan espacios que nos nombren, que nos cuiden, que nos apapachen, que existan espacios donde nuestra energía y deseo se encuentre en el centro.
Agradezco de corazón a todas las pensadoras de lo doméstico por este regalo que ha sido conocerlas desde sus espacios.

Gracias por esta guía.
Nos deseo más encuentros espaciales y afectivos.

Brenda Isabel Pérez, tallerista del ciclo colectivo de Pensar lo doméstico.


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Autoras:

Alejandra Mariscal, Ana Cordelia Aldama, Carol Chávez, Dairee Ramírez, Dan Hernández, Georgina Rivera, Laura Celina Martínez Carreño, Maili Rodríguez, Pamela Ballesteros, Rebeca Lorea, Vania Macías Osorno, Verónica Díaz.

Escribir(nos)

Esta carta colectiva viene formándose desde el 29 de agosto de 2020 como parte de las actividades del Sexto ciclo de Pensar lo doméstico. Este texto fue hilado a partir de la escritura individual de misivas por parte de las participantas de la actividad Escribir-nos. Las escritoras dieron su autorización expresa para que se seleccionaran fragmentos de sus cartas, se hilaran en una voz colectiva y se publicaran en esta espacia.

 

I

20 de diciembre de 2020

Querida niña:

He tenido que tomarme mucho tiempo antes de empezar a escribirte porque casi no te recordaba, aunque me duela aceptarlo, te pienso cada vez menos. Lo siento. 

Cierro los ojos y recuerdo

Trato de imaginar, traer tus recuerdos, olores, reflejos, compañeras, emociones para sentir los momentos que te permitieron empezar a escribir, pero la verdad en realidad creo que aprendiste en casa –por las noches– cuando te ayudaba tu prima Érika mientras te cuidaba, porque mamá y papá siempre tenían que salir a trabajar. Sospecho que por ella escribes con la mano izquierda, porque es zurda; sin querer se sentaba detrás de ti, te tomaba de la mano para que trazaras sobre el papel con el lado que ella siempre usaba.  Tu abuelo también era zurdo, me gusta recordarlo así, tocando la guitarra y comiendo dulces.

Alguna vez leímos que quién sabe dónde o cómo es que una aprende a hacer cartas, no importa mucho en este momento, el chiste es que aprendimos a hacer cartas y a través de ellas (re)aprendimos a hablar. Digamos que si hay una constante en nuestra escritura, esa constante son las cartas. De hecho, esta carta para ti, para nosotras, es una muestra de que debemos escribir por las posibilidades que abre, por lo que nos ayuda a entender, porque es como un viaje.  Ya no te digas que no, mi niña, no te frenes. Hay lugares donde sí y, sin duda, la escritura es uno de ellos. Escribe con cuidado. Di: no vas sola porque las cartas siempre están y, de los textos que hacemos, las cartas son las que, hasta ahora, sí han llegado a puerto. 

Antes que nada quiero decirte que lamento mucho esta mala memoria. Muchas veces me ayuda a dejar ir y continuar, pero también me ha dejado muchísimos huecos entre la persona que soy y entre todas las que he sido. Entre las dos. También me gustaría que supieras que, a diferencia de lo que te han dicho, no pasa nada si este escrito te aburre y lo dejas pendiente por un tiempecito. Después vas a entender lo divertido y valiente que puede ser el seguir más a tu corazón, y menos a las reglas inventadas por los adultos de este mundo. O quizá ya lo sabes. Tal vez lo has pensado, y es por eso que yo lo entiendo ahora.

Te escribo desde el futuro

No me acuerdo de cómo aprendiste a leer y a escribir. A veces no me da la vida para perderme en las maravillosas dudas e incertidumbres; por el contrario, la incertidumbre me pone muy nerviosa. Después de todo, en este futuro no has perdido la manía de lanzar preguntas al aire e incluso ser un poco imprudente. Abandoné la danza, pero nunca pierdo la oportunidad de bailar una buena cumbia. No seguí el camino de la filosofía, de la astronomía, ni de la arqueología, como soñabas en aquel tiempo, aunque mucho de eso hay en mi hacer actual. Vago por el pensamiento, las experiencias, los objetos y las prácticas de las personas, intentando entender por qué somos como somos. 

Vendrán épocas más desordenadas en el futuro,
pero que después te empujarán a volver a colocar

¿Quién querías ser? Estoy segura de que esa pregunta la hicimos muchas veces, pero no encuentro una respuesta. Te puedo contar un poco de quiénes somos hoy, a ver si refresca nuestra memoria. Escribo esta carta porque me decidí a utilizar las letras para contar historias vivas, crear mundos nuevos, construir un hogar. Estamos acompañadas en este proceso por mujeres increíbles.

Ahora estoy segura de que te preguntarás por qué te estoy contando todas estas cosas tan extrañas, seguro pensarás que sí te acuerdas de cómo pasó todo eso y que, de ser cierto que nos estamos escribiendo desde el futuro, por qué perder el tiempo recordándolo. Hoy no quiero contarte demasiado sobre qué va a ser de ti tantos años después –concuerdo con las sabias palabras que Doc le dice a Marty en Volver al futuro: “nadie debe saber demasiado sobre su propio futuro”–, pero lo que sí quiero es hacerte saber que todo va a estar bien. Y que leer y escribir –y quizá escribir sobre leer– van a una gran parte de la razón de que así sea.

Había muchas cosas que nosotras no entendíamos por qué eran así

Hago el esfuerzo de acordarme para contarte de la a, de la b, de la c y de cómo comenzaste a juntar las letras para formar con ellas palabras y, de verdad, no me acuerdo. Lo curioso es que en el futuro amarás las palabras y la magia que es para tu yo adulta leer una frase y sentir muchas cosas a partir de ella. Una sola palabra puede encerrar un gran significado

g-r-a-c-i-a-s, m-a-m-á, e-s-c-u-e-l-a

Lo que sí recuerdo es que papá no era amoroso y mamá, para equilibrar la balanza,  era como un vasito de agua en el desierto.

Una vez te expulsaron por tres días. Tuviste una única buena amiga.
No hay dos historias iguales. Todo tiene que ver con todo.

No entendíamos por qué teníamos que usar estos zapatos molestos y gigantes que harían que camináramos mejor y que no son para nada bonitos como los de tus otras compañeras o por qué los demás niños podían correr tan rápido y nosotras no, o por qué teníamos que pasar tanto tiempo haciendo esas terapias que nos chocaban hacer porque a veces el cuerpo se nos ponía rígido y dolía mucho. Por eso la escuela fue nuestro refugio, porque ahí sí entendíamos qué era lo que pasaba, las maestras nos explicaban y nosotras les entendíamos y creo que nuestra mente, a diferencia de nuestro cuerpo, trabajaba muy bien. Ahí no teníamos que quedarnos sentadas en la banca preguntando qué se sentirá ser tan libre. No, en las clases éramos libres, lo entendíamos todo y por primera vez creíamos tener un superpoder y eso nos ayudó a defendernos, a cubrirnos de lo demás.

Tú llorabas y llorabas mientras te frotabas un pie con otro. Por algún motivo,
cuando eras niña, siempre te dio mucha pena que te vieran los pies en público.
Te quiero infinito

Un cuadernillo muy completo con muchas listas de cotejo y rúbricas y comentarios pone en evidencia el mismo problema: trabaja sucio, descuido en los trabajos, bajas notas en matemáticas y otros aspectos (tenía varios loritos en mis libros y cochinitos en mis cuadernos). En la boleta, pedía a mis padres, la maestra (una monja josefina), que me pusieran más atención en lo escolar.

Ese año, recordarás que mamá hablaba sola sin darse cuenta

Me encantaría encontrar mis trazos y mis primeras historias. Creo que esa es la razón principal por la que guardo estos tesoros, para que cuando miren atrás tengan físicamente un trocito de su historia. Mis trazos iniciales fueron duros, como una carrera de obstáculos. Coger mal el lápiz no estaba bien visto. Folios y más folios de trazos que Manoli, mi primera profesora de primaria, me ponía de tareas entre semana, fines de semana y vacaciones.

Sigo cogiendo mal el lápiz. O no. Simplemente lo cojo como me gusta. Como nos gusta. Escribo como me gusta. El lápiz se apoya en mi dedo como yo me apoyo en él. Ayer por la tarde fuimos a pasear Carlos, Alex y yo. Mochila, agua, hidrogel, mascarilla y skate. De camino a nuestro destino me encontré a Manoli, nuestra profesora.

Con la mascarilla no me conocía, pero el brillo de mis ojos (de tus ojos) le dio una pista. A ambas nos alegra mucho encontrarnos. Me gusta ver que sigue bien y a ella le gusta ver que sigo bien. A sus amigas les dijo: “una alumna de las que dejan huella”. No hay rencor por los trazos, porque los trazos me llevaron a descubrir otros caminos.

Y yo pensé, huella dejaste tú
y fue una huella bonita

La escritura que llegó tras la lectura de Ana Frank fue la del alma. La de querer decir. La de poder decir: expresar lo propio y no sólo repetir o copiar lo impuesto por otros. Así que llenaste un cuaderno y luego otro, con tu propio diario. Y seguiste leyendo lo que te daba la gana y por eso todo –lo de tu mundo no escolar– se relaciona con todo: lo que vivías y lo que escribías.

Estabas en tercero de secundaria. La maestra de matemáticas, una mujer alta, flaca y apretada, súper peinada y súper cabrona, quiso saber qué querían ser (hacer) en la vida los alumnos, a qué se querían dedicar cuando fueran mayores. Cada uno se fue poniendo de pie y diciendo lo que se le ocurría o lo que de veras pensaba. Cuando te tocó a ti, ni abriste la boca, ni tiempo de levantarte tuviste; ella respondió por ti: “¡Ya sé, tú vas a ser mamá!… ¡A ver, el que sigue!”

Ta-qui-me-ca-no-gra-fí-a
Si eso tenía algo que ver con la escritura,
nunca lo entendiste ni lo entiendes ahora

Sabes escribir desde tan chiquita que ni te acuerdas de cómo aprendiste, pero sí recuerdas aquel día en que entraste a la primaria. Te hicieron muchos exámenes porque eras lista y parecía que no necesitabas hacer los seis años de la primaria. Así te saltaste primero. Y entonces, de ser la más lista fuiste, por un breve tiempo, la más burra del salón ¿Quién tenía tanta prisa de que terminaras más rápido la primaria cuando ni siquiera la habías comenzado?

Lo siento mucho

Problema de matemáticas: no tenías ni la más remota idea de qué hacer; el amable niño con quien compartías la banca te dijo quedito: “Tienes que poner: Datos, Operaciones y Resultado”, y tú así lo escribiste, porque eso lo sabes hacer bien. Y sacaste cero, porque resulta que había que hacer más que escribir esas tres palabras.

Nadie se da cuenta, pero yo sé también que estás muy cansada

Te cansa más otra parte de ti que te hace sentir profundamente insegura en cualquier cosa que hagas en el día a día. Sé que te agobia no poder decir todo lo que sientes y lo que piensas, porque tu lengua se atora entre tus dientes, se pega en tu paladar, o es jalada por unos duendes diminutos que viven en tu campanilla y que les gusta molestarte cada vez que quieres decir algo que es importante para ti.

Sé que has preferido vivir callada, quedarte con conversaciones imaginarias en tu cabeza. Sé la humillación que sientes cuando no puedes hablar y sólo te queda escuchar las risas de tu hermana, o cuando te das cuenta de las expresiones en las caras de las personas que se quedan esperando a que termines una frase o hasta una palabra. Sé que tienes muchas cosas guardadas que están a punto de desbordarse, como agua en una cubeta, que puede parecer no ser mucha, hasta que metes un trapeador y se eleva y encharca todo a su alrededor. Tú eres capaz de transmitir tus ideas hablando, de tener una conversación larga, de hablar en público, ¡hasta de hacerlo con micrófono!

 

II

Pienso en ella, y pienso en mariposas,
en alas de muchos colores revoloteando a tu alrededor.
Y pienso en las galaxias y en los planetas que se veían
en el techo-cielo del observatorio del planetario

Estás recostada en el sillón de la casa que todavía habitamos. Te escondes entre los cojines, llevas puesto un peto azul, a papá le encantaba vestirnos así. Tus pequeñas manos sostienen una revista doblada. Sonríes, la complicidad se asoma en tus ojos cafés. Siempre intentando comprender el mundo.

Mamá te leía a veces, si no estaba muy ocupada y cansada como siempre, tenía una hermosa voz ¿recuerdas el Libro mágico?, cómo te gustaba, el papel para calcar era lo máximo. Mirabas al cielo y a las montañas, te perdías en su inmensidad y ninguna palabra era suficiente para comprender el mundo.

¿Qué hay afuera de la Tierra?,
¿a dónde vamos cuando morimos?,
¿se puede viajar en el tiempo?

Dejaron de sobrarte las palabras porque encontraste dónde colocarlas para no olvidarlas. Aunque quizá también fue tu manera de protegerte, de encerrar tus pensamientos en las letras y no exponerlas a los juicios de los demás. 

Ahora que te pienso me explico tantas cosas, como el amor por las letras en su forma y valor propio, y en las palabras como conceptos y significados. La pasión por el poder de nombrar para hacer realidad. Hoy tienes una pequeña libreta en la que anotas el glosario de tus días.

“Las Flores de los sentimientos. Para: Mi abuelita”
dice en la verde portada decorada con lentejuelas

En sus amarillas páginas pegaste recortes de sus flores favoritas, hay tulipanes, rosas, girasoles, margaritas, nochebuenas y peonias; y junto a ellas, una cualidad de aquella mujer a la que amaste tanto: cariñosa, risueña, amorosa, tierna, mejor amiga

Mamá nos compró Escalofríos. Abuelita nos regaló los primeros cinco libros de Harry Potter. Empezamos por el tercero, porque habíamos visto las primeras dos películas. Pero cuando acabamos el quinto, regresamos al primero y al segundo. Juntando lo de cuatro domingos, adquirimos la Historia Interminable. Después un amigo nos prestó los de Narnia y papá nos compró Moby Dick porque teníamos que leer los “clásicos”. Terminamos el quinto capítulo y cerramos el libro. No lo hemos vuelto a abrir desde entonces.

hay palabras que nos escogen y hay otras que no quieren quedarse

 Pero aún bajo esa advertencia, no hemos parado de leer. Descubrimos que hay mundos fantásticos con reglas, y ordinarios sin ellas, que viajar en el tiempo es solo cuestión de decisión, que vivir en las estrellas es estar atenta, no distraída, que la princesa puede ser rescatada por ella misma, que no siempre los dragones son despiadados; que a veces no hay finales felices, que el amor romántico no es lo único que rompe corazones.

Descubrir la FILIJ fue una aventura como pocas. Después te avergonzaste o te hicieron sentir avergonzada porque a tus 12 años aún leías algunos libros de “la sección infantil”. Este futuro desde el que te hablo se construyó gracias a todas esas cosas que hiciste para hacer lo que te gusta y te divierte. Eso incluye los libros infantiles, los trucos en patines y los bailes raros.

El cuento que escribiste de “Don Pepino” es muy bello, disculpa si lo dejé botado por ahí. Disculpa si desconfié de tu talento y de ese espíritu florido. Prometo tenerlo muy cerca y releerlo cada vez que una duda se me cruce por la cabeza.

qué mejor que en un cartel grande para que nos lean todas,
para que compartamos con ellas

Mis abuelos en ese entonces vivían enseguida de nuestra casa, las casas conectadas por el jardín permitían que nos visitara a cualquier hora, cualquier día. Me acuerdo que mi abuelito llegaba a la sala directo y agarraba un tomo de la enciclopedia británica y se sentaba a leer horas. Otras veces agarraba cuentos y se los leía a Elena y a ti. Leía cuentos de princesas que se escapaban en la noche a bailar hasta que se les destruían los zapatos, de reyes tercos que caminaban en las calles en calzones e historias de mitología griega.

Mi abuelo con su letra no muy común, la G la hacía como caracol y parecía como si estuviera dibujando en lugar de estar escribiendo. Como tú, era zurdo y  por esto te hacía sentir muy especial. Fuiste su primera nieta y la única zurda de todxs.

Mi abuelo sembró las palmeras que están en el jardín,
sembró los mangos, los limones, el árbol de guayaba arrayán y el de lichis

Desafortunadamente conforme fuiste creciendo se empezaron a burlar de ti por escribir cuentos y poemas y dejaste de imaginar otros mundos. Sé que estás ahí, en algún lado, lista para poder sanar eso que te alejó de mí tantos años. Pero quiero que sepas que no te he olvidado, tu partida dejó un hueco en esta casa de piel y huesos que yo he tenido que habitar sola, consolándome con tus libros y tus palabras. Mucho tiempo escribí, preguntándome para quién lo hacía. Ahora sé que te escribía todo el tiempo a ti, con la esperanza de encontrarte. Creo que lo he hecho.

¿Recuerdas cuando memorizabas libros enteros porque todavía no aprendías a leer? ¿Te acuerdas de las ganas que tenías de tomar esos libros coloridos de la casa de tus abuelos, de descubrir si los rojos eran diferentes de los azules o los verdes? ¿Te acuerdas de que aprendiste a leer viendo a tus hermanas hacerlo? Porque la última de cinco hijos ya “aprende como por osmosis”, diría alguien en alguna de esas casas llenas de gente ¿Te acuerdas que cuando aprendiste a escribir tu letra nunca fue tan bonita como deseabas, como la de nuestra hermana? Pero de todos modos seguías escribiendo. Y tomabas dictado para las cartas de tu abuelo y escribías tus propias cartas y tus propios mundos y canciones y diarios y cosas. Porque decías que querías ser escritora.

Gracias por no temer a este eterno descubrimiento

Para escribirte esta carta tuve que recurrir a la memoria de mamá y papá. En mi cabeza armé mil historias, imaginaba cuentos y aventuras que podría contarte, pero cual castillo de arena, todo se vino abajo. Bastaba con ver sus caras para saber que no habría nada de eso: aprendiste muy fácil, en la escuela, con tu maestra. Tu psicomotricidad era muy buena. Ibas en una escuela activa, no había tareas. Por lo que eso que quieres escuchar de que nos sentamos contigo a guiarte en ese proceso, no sucedió. Lo que aprendiste, lo aprendiste en la escuela.

Tu proceso de aprendizaje fue tan amable y amoroso, que te permitió disfrutar la escuela y pasar las tardes en el jardín, jugando, riendo, conviviendo, viviendo y no angustiada frente a un cuaderno. No te lo voy a negar, por un momento sentí cómo se apachurraba el corazón, pero la sensación se fue rápido. Fueron contando historias,  y así descubrí que aprendiste a leer y a escribir en el kínder, a los 4 años, no en la primaria, a los 6, como yo creía. Recordé que, si bien papá no te leía, siempre lo viste leer y eso siembra curiosidad en quien observa.

Como rayo, me vino a la mente, el momento en el que Maru, tu maestra de segundo de primaria, te dio tu primera pluma azul. Recuerdo lo orgullosa y satisfecha que te sentías, pero sobre todo lo feliz que estabas, esa pluma significaba que ya eras una “niña grande” y que tu escritura era tan buena que el uso del lápiz quedaba atrás.

la importancia y significado de cómo somos nombradas

Tu papá, maestro de primer grado de primaria y tu mamá, maestra en un programa de regularización para maquiladores en Ciudad Juárez notaron que cuando preparaban material para enseñar a sus alumnos tú te mostraste muy interesada. Preguntaste para qué era todo eso y te llamaron la atención las letras que recortaban para que después sus alumnos formaran palabras. Entonces ellos empezaron a preparar material también para ti, y te compraron un abecedario que pegaron en la habitación para que te familiarizaras con las letras. Te ponían una tabla en el sillón, a forma de escritorio para que recortaras y empezaras a escribir. Imagino que para ellos debió ser muy lindo ver como ibas aprendiendo hasta que fuiste capaz de leer palabras y oraciones completas.

También pasó algo que me gustaría preguntarte cómo te hizo sentir: mamá y papá, al ver que a tus cuatro años aprendiste a leer, decidieron no esperar más y te inscribieron en primer grado en la escuela donde trabaja tu papá. Al parecer no te acoplaste muy bien porque no hiciste amigos y te la pasas solita. 💔

¿es porque son mas grandes que tú?,
¿no te invitan a jugar con ellos?
Espero que no te hayas sentido muy tristita.

Desde prepri te sentías muy orgullosa de leer sin silabear. Si-la-be-ar. Así decía tu mamá. Eso quiere decir que leías de corrido sin cortar las palabras. Y te emocionaba leer en voz alta por eso. Y siempre querías que te pusieran a leer y te desesperaba cuando tus compañeros le-í-an-a-sí. Y a lo mejor por eso te gustaba más leer y escribir, porque te sentías especial. Sentías que destacabas. Hasta que estuviste en tercero de primaria. Porque ahí Miss Eva, la maestra de inglés, te dijo que agarrabas mal el lápiz, porque siempre has agarrado el lápiz usando todos-los-dedos-de-tu-mano. Y eso no le gustaba. Te dijo que era con el cordial, el índice y el pulgar, y te enseñó que se te debía hacer un callito en el dedo por la fricción. Pero a ti te dolía la mano y no te sentías cómoda y entonces hacías una letra “muy fea”. Y no podías hacerlo a tu manera porque Miss Eva te sentó delante de su escritorio para ver que agarraras “bien” el lápiz, pero luego dijo que tenías que mejorar tu letra en las planas. Porque escribías muchas planas para la clase de inglés, para el spelling. Y entonces escribías como podías.

Pero leer siempre te gustó. Muy pronto leíste sola. A lo mejor fue la primera cosa con la que te sentiste autosuficiente y reconocida a la vez. Te gustaba que dijeran de ti “qué bien lee”. Y luego también empezaste a escribir historias y canciones y cartas a tus amigas y maestras, y entradas de diario, muchas de ellas. Encontraste cierto poder y habilidad en las palabras y eso te hacía feliz.

Las palabras escritas y los libros siempre
te han relacionado amorosamente con el mundo.
Aún hoy. Abraza eso.

Entre tus principales referentes diría que está mamá, ella siempre escribía cartas y notas para TO-DO, hábito que no tardaste en adoptar. ¿Recuerdas cuando la veías escribir cartas a papá? ¿recuerdas cuando por las mañanas encontrabas, en tu escritorio o en la mesa, una nota que decía “te quiero mucho, buen día” o bien, “no me gustó tu comportamiento, hablemos”? Déjame decirte que eso sigue sucediendo y guardas cada nota en tu caja especial.

Pensé en aquel día en donde juntaste tus ahorros y compraste un disco de chocolate, ese día el chocolate se rompió y probaste un poco, estaba delicioso… ¡te lo comiste todo! Jajaja. Le escribiste una carta a mamá (que aún conserva  y se la entregaste junto con la caja vacía además de la nota del perdón).

Lo que me gusta de ti es que escribías sin miedo a que no fueras lo suficientemente buena

Lo que descubriste tiempo después fue que escribir para ti, te salvaría de muchas maneras. Ahora te gusta leerte a través de los años. No tienes que sentirte mal por estar aprendiendo. Lograrás hacerlo. En el futuro te gustará escribir mucho a mano y, aunque ya haya mucha gente que encuentre obsoletos la pluma y el papel, tú seguirás usándolos mucho. Disfrutarás de esa sensación de la pluma deslizándose por el papel. Algún día escribirás mucho y lo harás bien.

No debes sentirte mal porque unos adultos decidieron clasificar a los estudiantes y poner a “los mejores” en el grupo A y “los peores” en el C, para, supuestamente, tener un mejor control, sobre todo de los malos estudiantes. No querían ayudarles, querían etiquetarlos

A pesar de todo ello un día amarás tanto leer que tu casa se llenará de libros y un día escribirás mucho. No tengas miedo. No hay nada malo en ti. Cruzarás y lograrás atravesar la incertidumbre. No sin antes navegar por mares oscuros y, en ocasiones sentirás que caminas sobre fuego, un fuego invisible pero que quema fuerte. Pero eso pasará.

El fuego comenzará a ceder en los pies y en cambió comenzará a arder en tu corazón
y sentirás una especie de dicha y orgullo al mirar el camino recorrido

La mujer que te enseñó las demás letras lo hizo con tanto amor y dedicación que a mitad del primer año ya sabías leer y escribir. Letty era su nombre: ella, que orgullosa siempre hablaba de sus hijos con un brillo en los ojos, que te regañaba cuando te parabas a platicar pero que te decía que te quería y te regaló un DVD de Betty Boop porque a ti te gustaba mucho, que la última vez que la vimos aún se acordaba de nosotras, ella.

Aún recuerdo esos ejercicios de caligrafía que dejaba y que seguías de manera religiosa todos los días, hasta que se te entumía la mano de hacer tantos círculos, tantos zigzags, tantas líneas y curvas. Y aprendiste a escribir –aunque no muy decentemente, debo decir– gracias a esos. Los llegaste a aborrecer en un momento. Yo lo agradezco.

entonces entendimos lo lejos que pueden llegar nuestras letras,
y lo cerquita que pueden hacernos sentir de otras

Inventabas historias y decías muchas mentiras. Te sentías segura y confiabas en ti. No dejes que te quiten eso nunca, cree en ti, más allá de lo que las y los otros piensen o esperen de ti. Cree en lo que piensas, sientes e intuyes. No dejes que las comparaciones te hagan dudar. No te creas que unas niñas son mejores que otras, que hay que competir con ellas y ser la mejor, no. No necesitas ser la mejor para que te quieran.

Qué bello me parece ahora que puedas saltar, correr y ensuciar las calcetas blancas con valentía. A mí no me molesta ni me espantan tus rodillas raspadas. Es más, me hacen sentir orgullosa. Tampoco me sorprenden los hilos que salen de tu uniforme, pienso firmemente que te dan estilacho.

Yo sé que te gusta escribir cartas y que vas llenando una mochilita transparente de todas las que te llegan (las que te avientan en el salón). Incluso sé que disfrutas mucho escribir cartas-ficciones sobre situaciones que imaginas, cosas que quieres vivir. Y gracias por eso, porque imaginar otras realidades nos ha salvado la vida. 

Te hicieron creer que si crecías rápido todo sería mejor,
pero ahora sé que en realidad crecemos y decrecemos en espiral
y que las cosas que te hacen feliz ahí dónde estás,
también me hacen feliz acá, donde estoy ahora

En la facultad escribimos, irónicamente, sin mucha conciencia de lo que hacíamos, pero nos iba bien, bueno, sabíamos citar y hacer que esas citas compaginaran, pero nos costaba (cuesta) trabajo hablar sin “Las Voces” que nos respalden, que nos validen, que nos den la certeza de que lo que decimos sí importa. Por eso nos dan ganas de que todo sea carta, porque ahí todo y, claro, entre esos están los disensos que también nos estimulan el pensar.

No olvido que siempre te ha gustado crear: te encantaba dibujar, pero también escribir. Le escribiste un poema a tu tortuga cuando se murió, escribiste un periódico de la familia llamado “El Verorial”, en el que escribías las últimas noticias de lo que pasaba en la casa: Cosas como cuando pintamos las paredes o los regalos que les dieron a ti y a tu hermana en uno de sus cumpleaños, hasta pusiste una sección de caricaturas sobre tu hermano para burlarte de él. Es una pena que ahora sólo conserve un sólo número, pero te aseguro que toda la familia todavía recuerda el periódico con cariño.

Escribiste mucho, tuviste una libreta por año, a veces más. Y lo sigues haciendo. Me alegra mucho que siempre has encontrado un desahogo en la escritura, una manera de desenredar poco a poco la madeja de sentimientos que a veces tenemos dentro para poder comprender cómo nos sentimos.

¡Qué bonita estaba mamá!, ¡Qué sonriente!

Recordaba aquél haikú que escribiste en segundo de primaria. ¿Lo recuerdas? Con él ganaste el segundo lugar de un concurso. Nunca te (nos) ha gustado competir.

Los haikús de otras niñas y otros niños junto con otros árboles y otras estrellas y otras olas del mar. 

Luna de luces
estrellas fulgurosas
nubes azules

 

Lo que a ti más te gustó fue ver a tu mamá aplaudiéndote desde el público

 

 

III

Ahora estoy en una etapa en la que tengo herramientas y alternativas muy amplias para ser la escritora que decido ser, y eso me enorgullece; pero también pienso a menudo que ojalá no fuera escritora, o no esta escritora. Porque mi escritura, nuestra escritura, siempre ha sido para acomodar lo que nos ha hecho vivir sobrepasadas, para sublimar el terror, denunciar la violencia, controlar el daño, sentirnos dueñas de nosotras porque el mundo nos dice que solamente así podemos funcionar pero al mismo tiempo nos hostiliza a puntos incomprensibles. Puedo decirte ahora que al menos yo no conozco otro tipo de escritura porque así como nunca he tenido conciencia de qué significa ver el mundo sin muchos grados de miopía de por medio, tampoco sé qué significa no vivir con el cuerpo violentado, no tener secretos que me aterrorizan y no estar enojada con las circunstancias. La escritura es una herramienta que aprendí, sí, y la acepto como mi forma de mediar mi realidad, pero lo que más quisiera es que tú y yo no hubiéramos tenido que pasar por lo que pasamos, y así de solas. 

En este momento lo único que deseo es que nos recuperemos: una a la otra y a nosotras mismas. Si ahora mismo escribo para acomodar lo que necesito, honradamente espero que esa urgencia de poner todo en palabras termine algún día no muy lejano para dar paso a una vida que no me indigne vivir. Y si eso significa que se me acabe la escritura, que así sea.

podemos correr, jugar, gritar sin sentir que la vida se nos escapa. 
Respira, ¿lo sientes? Estamos vivas.

Creo que me avergüenza un poco encontrarnos en esta situación: yo sintiendo que floto en la nada, con las palabras atoradas en alguna parte del cuerpo, y el cuerpo tratando de enmendarse. Sé que no está como lo dejaste, pero sigo tratando de sanarlo. He aprendido que lleva su tiempo, que a veces es lento y una tiene que esperar, algo que nunca te gustó hacer. Te diré un secreto, con el paso de los años has logrado ser más paciente contigo.

Te pido una disculpa por haberte hecho dudar de ti misma mientras crecías. Por hacernos dudar de todo lo que somos y creemos y soñamos e imaginamos.  A veces sólo quisiera regresar a ti y saberme con esa alma libre que se atrevía a crear. Seré honesta, quisiera regresar porque muchos días no sé qué hago ni sé quién soy. En algún punto del camino toda la certeza de llegar a ser la que tanto quisiste se fue del cuerpo. No he podido encontrarla de nuevo, pero me he dado cuenta que reclamarnos con dureza no sirve y no servirá, pues sólo nos impide entender la capacidad que tenemos para seguir sembrando nuestros sentires y cultivando nuestras letras.  

siempre leíste y escribiste en el espacio doméstico. Eso fue lo raro, lo paradójico:
ese leer, ese escribir que sí te gustaba y que era tuyo y voluntario, te hizo.
Así, como lo escuchas: te hizo, te formó, te constituyó, te hizo independiente.
Se convirtió en tu oficio y tu sustento

Esta noche, sin saber quién quiero ser, tengo la fortaleza suficiente para decirte –y decirnos–que debes seguir atreviéndote a nombrar lo nuevo y a compartir lo que vive en ti. Hazlo con cariño. Si debes soltar algo que sea el temor a equivocarte, porque los errores son una forma de reconocernos en caminos de aprendizaje constante. Abraza siempre las palabras que salen con el deseo de ser escritas. Escribe. Escribe mucho, poco, lo que sea necesario, y no permitas que el miedo a no saberte escuchada te llene, porque tú lo haces y quienes te acompañan también. 

Hay que escribir

Escribe para recordar, escribe para saber quién eres, escribe para aprender, escribe para enseñar, escribe para ti, escribe para otras personas, escribe algo que te haya pasado, escribe algo que hayas imaginado, escribe lo que sueñas, escribe cartas aunque no vayas a entregarlas hasta cinco años después. Escribe lo que sea, pero no dejes de escribir cada vez que sientas mucho, o cada vez que quieras decir algo. No dejes de escribir, porque te falta tanto por vivir y sobrevivir, que a veces será lo único que tengas.

No te voy a estropear la sorpresa, no te diré qué somos ni qué hicimos. Ese proceso debes vivirlo por ti misma, sin que nadie te diga lo que te espera al final de cada una de las decisiones que tomes.

Tenemos la capacidad de crear, recuérdalo

Confía en ti, confía en lo que sientes y en las personas que quieres y en la persona que eres; disfruta de leer todo lo que se te antoje y de seguir escribiendo tus sueños que parecen una gran historia de película; disfruta de regresar infinitas veces a tus libros y películas favoritos; sigue soñando y sigue con la disposición para aprender de ti y del mundo; sobre todo, nunca olvides que los libro y las plumas están ahí para ti, para ser todo lo que necesites que sean.

Te quiero siempre. Nos quiero siempre

Tenemos que aprender a querernos y a cuidarnos. Te extraño, extraño ser tú, extraño esa seguridad, extraño que para ti no exista algo que no se pueda cuestionar.

Y quiero pedirte disculpas

Déjame decirte que sigo escribiendo por placer, para mis proyectos profesionales y personales, no como una vocación, pero me considero una gran lectora.  He encontrado en los libros y en escribir, un placer vital, un aquí y ahora, es como hablar con los vivos y los muertos. Me gusta acordarme de esto. Pensar en que escribiste porque querías escribir y no por ganar o por evitar perder. Me viene muy bien la enseñanza en este momento.

Gracias

Todavía no entiendo por qué quisiste una alberca cuando estábamos en invierno, pero yo sigo sintiendo antojo de helado cada que hace frío, así que no voy a cuestionar tus decisiones.

Te/nos quiero mucho

Suelta la culpa, no necesitas ser perfecta para nadie, ni siquiera para ti misma. Escribe, escribe, escribe. No importa que no sea perfecto, no importa que no sea como se supone que debe de ser, no importa que no sea brillante, no importa que no sea el mejor. No dejes que te hagan odiar escribir, que te de tanto miedo no ser lo suficientemente buena que dejes de hacerlo.

Sé libre y sé tú. Te amo siempre.

 

nos amo

 


1540002886058Atentamente:
Verónica Díaz, Vania Macias Osorno, Tania Cázares Herrera, Sofía Castro Guerrero, Paulina Márquez, Nelly García, Nayeli Gutiérrez, Natalia Lomelí, Mayra Nakamura, Rebeca Lorea, Maili Rodríguez, Laura Celina Martínez Carreño, Laura Aguirre, Jimena Maralda, Ivonne Anahí Orozco, Elena Lebrato, Daniela Jiménez, Dan Hernández, Dairee Ramírez, Carol Chávez, Carina Vallejo, Tatiana Candelario, Anel Bobadilla, Andrea R. Calderón, Ana Georgina Riahu, Ana Cordelia Aldama, Alejandra Eme Vázquez

 

Descarga el libro: A muchas voces. Escritura desde la maternidad

PRÓLOGO

Isabel Zapata

En el último párrafo de Las ciudades invisibles, de Italo Calvino, Marco Polo le responde a Kublai Kan con las siguientes palabras: “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio”.

Esta sentencia cobra especial relevancia en 2020, el año de la Gran Pandemia, en el que tantas cosas hemos perdido. Durante estos meses en que el infierno de los vivos ha puesto a prueba la imaginación y resistencia de un planeta entero, las mujeres que participamos en A muchas voces hemos repensado el mundo desde una posición distinta, a partir de la experiencia compartida de ser madres durante la crisis (con las exigencias físicas y emocionales que eso implica).

A manera de introducción, hemos decidido incluir nuestro “Manifiesto de madres en pandemia”, un texto escrito de manera colectiva durante la primera edición del taller, que se llevó a cabo durante los meses más álgidos de la crisis. En él, alzamos la voz para derrumbar el mito de la madre perfecta y cuestionar la maternidad idealizada y su mandato de ternura radical. Al manifiesto le siguen una serie de textos de diversos géneros –en su mayoría diarios íntimos, cuentos y crónicas, pero no exclusivamente–, que son resultado de varias semanas de trabajo arduo y retroalimentación en los distintos grupos. Estos relatos, incluso los que están construidos a partir de la ficción, constituyen una muestra de algunas experiencias que hemos vivido a puertas cerradas: al interior de una casa, sí, pero también al interior de nosotras mismas. Si “Pequeñas labores” tuvo como objetivo crear las condiciones para que habláramos –lo cual es ya un acto revolucionario–, esta antología es un esfuerzo por lograr que nuestras voces sean escuchadas.

Las palabras, dice Rebecca Solnit, son instrumentos con los que protegemos y definimos nuestras vidas. Nuestras palabras, juntas, toman fuerza y cuentan historias que son signos de posibilidad. Ésta es entonces la memoria no sólo de un taller de escritura, sino de un largo diálogo entre mujeres que buscan deshacerse de ideas y prejuicios que juegan en contra de una maternidad más gozosa y libre, menos solitaria.

Cada sesión del taller fue para mí una lección de solidaridad y admiración que encuentra continuidad en las historias que componen este libro y en los afectos que con ellas se tejen. Hoy tengo más claro que nunca que la escritura que me interesa se construye en compañía y que la compañía es un extraño fenómeno que puede darse a pesar de la distancia física. Si estas palabras llegan hasta otras madres y logran iluminar sus horas más oscuras, el propósito estará cumplido. Viajen pues estas páginas como una forma de resistencia y de amistad.

Ciudad de México, octubre de 2020

 

Pensar lo doméstico: antología completa

PENSAR LO DOMÉSTICO - Antología completa-1_page-0001Queridas pensadoras de lo doméstico, venimos con una noticia muy emocionante: nuestra querida Lorena Rojas, escritora, gestora cultural, mediadora de lectura y colaboradora de este blog, eligió leer este blog de Pensar lo Doméstico para la consigna de labores de cuidados de la maratón #GuadalupeReinas2020, organizada por la colectiva Libros b4 Tipos.

Pero no solamente eso, sino que para hacer más sustentable su lectura, la propia Lorena reunió todas las colaboraciones (sí, ¡todas las colaboraciones!) en un precioso pdf que ahora nos comparte con muchísima generosidad, por si alguna de ustedas quiere añadirlo a sus consignas de la maratón de lectura o bien, por si quieren leer lo que se ha generado a través de los tres años de vida que tiene esta espacia.

Esta es una publicación sin fines de lucro y equivale a entrar a los links correspondientes a publicaciones literarias de este blog, en orden cronológico. Pero sobre todo, es una muestra de que como dijo Gaby Damián Miravete, precisamente en el marco del Guadalupe Reinas 2019: las lectoras salvan.

Gracias infinitas, Lorena. Y a todas nuestras lectoras, esperamos que disfruten este pdf que pueden descargar dando clic en el enlace a continuación:

“¿Cómo estás?”: evocaciones para una madre y una hija

Amelia M. González

Para mi mami, con todo el cariño.

Tengo una imagen muy vívida sobre mi madre:  yo voy entrando a su cuarto en el Centro Médico y ella está recostada, recién operada de una mastectomía de lado izquierdo. Me mira con mucha ternura y me pregunta si ya terminé de leer el libro que estaba leyendo. No sé qué decirle, porque tengo la certeza de que debería decirle tanto, pero opto por el impotente “No, ma, no lo he terminado, pero luego lo acabo de leer” y le pregunto: “¿cómo estás?”.

Apenas un segundo después me siento tonta por mi pregunta, pero ella responde -con el buen sentido del humor que siempre tiene- que está muy bien, aunque le gustaría estar ya en su casa. De nuevo me pregunta por mí, por mis cosas. Intenta sentarse, pero de inmediato le digo que no puede hacerlo y ella recuerda que ya las enfermeras le explicaron un par de veces que no puede hacer esfuerzos, pues corre el riesgo de abrirse las heridas. Nos quedamos en silencio un rato. El espacio está impregnado de ese olor dulzón y amargo que se combina con la sangre fresca del vendaje. Ese aroma que, aunque lo intentara, nunca saldría de mi memoria.

Mi mamá es afortunada, pienso en ese momento, porque está a “salvo” y porque hasta tuvo la fortuna de que le asignaran un cuarto de recuperación para ella solita. No sabemos por qué, pero el médico pidió que la llevaran sola a una habitación en la que pudiera estar cómoda y en la que pudieran estar cómodos también los familiares cuando entraran a verla. Afortunada, en el sistema de salud del país, no es poca cosa. Mi mamá dice que igual le dieron esa habitación porque cuando iba a consultas con el oncólogo, ella le llevaba dulces de contrabando y los dos hablaban “hasta por los codos”. Esto es verdad, aunque no puedo saber si estas fueron las razones por las cuales mi mamá y yo estamos en esta habitación. De todos modos, en mi interior los agradezco.

Esta imagen reaparece con fuerza en determinados momentos de mi vida, casi siempre cuando me hallo en un momento de transformación personal honda.  Ahora que la describo con palabras fijadas a través de mi escritura, me percato de lo poderosa y sencilla que en realidad es. Estoy segura de que no soy la única persona que tiene una imagen similar, desafortunadamente; sin embargo, a veces me pregunto si también todas las otras personas llevan consigo esas imágenes vitales como talismán personal, íntimo. A mí me pasa. Lejos de recordar esta escena como algo lastimoso o violento, he aprendido a atesorarla en todos sus particulares.

Algo bien concreto me motiva: en esta escena he logrado vislumbrar una lección perdurable que, de un modo bien complejo (a través del ejemplo cotidiano e inconsciente), mi madre me otorgó. Quizás cuando la platico -aunque en realidad es la primera vez que lo hago, porque a veces me da miedo ponerme vulnerable y además es un recuerdo que involucra también a otra persona- otros vean en ella estragos de dolor. Yo veo una suma de cuidados. Esta imagen que atesoro y ahora comparto me ha hecho plantearme una serie de preguntas que han terminado por transformar, irremediablemente, mi vida.

Pienso, por ejemplo, en la complejidad de eventos latentes detrás de aquella pregunta que mi mamá me hizo al reposar de la incómoda cirugía. ¿Qué lleva a una persona a preguntar primero por el bienestar del otro, antes que platicar sobre el propio? No lo sé, aunque lo intuyo. Sé que otras veces yo lo he hecho. No sé si ha sido por “herencia” de algunos hábitos de mi madre o si lo hago porque muchas veces las mujeres solemos ejecutar ese complejo gesto, esa -muchas veces dolorosa- cortesía de anteponer a los demás antes que ponernos a nosotras mismas.

Quizás en este punto algunas personas piensen que es normal que una madre lo haga. A decir verdad, nunca he comprendido con qué facilidad hablan de “las cosas que son normales cuando eres madre”. Pienso muchas veces que bien haríamos en no suponer con tanta facilidad sobre el comportamiento de los otros; de las otras, en este caso concreto. Me aterra -porque he visto y vivido las consecuencias- la facilidad con que emitimos juicios de lo que deberíamos ser al momento de “convertirnos en algo”. ¿Una se convierte en algo, así tan mágicamente? Quisiera más bien ensayar múltiples preguntas sobre esta cuestión y no quedarme quieta en ninguna respuesta que me limite y que limite las experiencias de las demás.

Mi madre vive y han pasado varios años desde esa escena del cuarto. Hemos podido platicar sobre lo acontecido. Le he preguntado directamente por qué a veces prefiere preguntarnos primero cómo estamos y a veces hasta olvida respondernos cómo está ella. Al principio decía que no sabía, que igual era “la maña de mamá” (volvemos a lo dicho); pero, conforme mi insistencia -amable aunque sí incisiva- se prolonga y vuelve al tema, ha comenzado a responder que no sabe por qué lo hace, pero quisiera cambiarlo. Lo ha hecho. Esto, desde luego, ha sido un trabajo personal muy grande.  Absolutamente todo el mérito le corresponde. De un tiempo para acá platica más sobre lo que le duele, lo que le angustia. He notado -un poco a escondidas- que suele sincerarse más ante esa genérica pregunta del “¿cómo estás?”. De alguna forma se antepone y se afirma. Escucha a los otros, pero también espera a cambio que le pregunten por ella misma. No es poco.

Volvemos a la imagen del cuarto. En aquel momento yo me cuestionaba sobre lo que vendría después. Una nunca se siente “del otro lado”, con el cáncer. Creo que incluso, aunque los médicos hablen de remisión, una siempre se siente amenazada, como esperando algo. Y según he aprendido con los años, no es porque una sea pesimista. Más bien se va haciendo consciente de que hay eventos que, en su esencia, están hechos de espirales que retornan y se alejan, pero nunca desaparecen. Se vive bien también con esto. El vértigo de la incertidumbre -como también aprendemos en los cuentos de Dávila, que ahora con toda lucidez me vienen a la memoria- nos enseña mucho a través de la trasmutación de sus abismos.

Entonces yo era otra. No me cuestionaba con tanta insistencia sobre los cuidados, sobre la reciprocidad. En ese momento no comprendía que debajo del léxico de mi madre latían múltiples preguntas que me han sanado, que nos han sanado juntas.

Compartir con otras las palabras que brotan de esta imagen de la que he hablado me ayuda también. No a cerrar un ciclo, porque ya hemos hablado de los espirales y de los “no cierres”, sino (para decirlo con palabras más certeras) a ir elaborando cómo estoy yo, procurándome mi espacio en medio de la interrogante. Yo también voy aprendiendo, como mi mamá, a responder con mayor veracidad esa genérica -y tan compleja- pregunta.

 


foto miaA Amelia M. González siempre le cuesta decir qué es. Quizás por ello se pone más lúdica en las microrreseñas personales. Estudió letras italianas, en la UNAM. Ha traducido libros (sobre todo poesía), ha sido maestra, revisora de lo que otros escriben, creadora de contenidos y hasta reportera en el mundo literario. Le gusta escribir, pero se siente más cómoda llevando diarios íntimos. Poco a poco se anima a publicar sus textos en varios lados. Es amante del pan dulce (aquí sí no teme definirse) y una buena “hacedora” de café. Ama el cine. Lectora atascada y cariñosa con los niños, gatos, perros y demás animalitos. Se ríe mucho de cosas bobas, aunque tiene cara seria.  Suele ser muy amable con las personas, pero también se permite la rabia sin miedo. Juega a veces a ser Medea o un caballo descrito por Clarice Lispector.

Despedida y restos materiales

Iliana Pichardo Urrutia

1.

Comenzó con F. Estaba segura de que un día se iría y trataba de dar significado a su partida. Imaginaba que tomaría una foto de él con su acordeón delante del edificio en el que vivía y que después, cuando partiera, tomaría otra fotografía del edificio solo. Lo que quería era comprobar si era posible ver la ausencia. Probar cómo se modifica un espacio cuando un cuerpo deja de habitarlo. 

Pero después nunca se fue y tampoco tomé esa fotografía. Sin embargo, la idea de retratar la ausencia permaneció y comencé a rastrear los primeros lugares en los que yo misma comencé a habitar sola, como si tratara de reconstruir la geografía de los agujeros que fui dejando en mi mapa. Una fotografía del edificio conmigo adelante, otra del edificio solo sin mí.

2.

Otras formas de ausencia:

A) Ultrasonidos del antes y el después de mi primer embarazo fugaz. La imagen de una partícula (debo confesar que no escuché su latido). Y tres semanas después, la misma imagen vacía de presencia, un océano nocturno y sin olas.

B) En casa de mi abuela apareció el acta de defunción de mi hermano menor. Buscaba otro papel pero de pronto apareció ese con textura de libro viejo que lleva muchos años intacto. El golpe fue para mis manos que de pronto sintieron la ausencia como algo que sí fue real y corpóreo. En el acta se lee su edad: ocho minutos. Ocho. Un agujero infinito.

3.

A esta casa llegó Emilia cuando su cabeza apenas alcanzaba el borde de la mesa del comedor. Pronto comenzó a no medir distancias y a golpearse con las esquinas de madera. Lo que más me gustó siempre de esta casa fue el piso. Mosaicos de los años cuarenta de un color ámbar con figuras geométricas. Resistentes a los sonidos y a los terremotos. También los techos altos, el árbol de jacarandas del edificio de enfrente y la luz de media tarde entrando por la ventana, creando estelas sobre el piso.

Nos estamos mudando cuando Santiago el menor tiene la edad que Emilia tenía cuando llegó a esta casa. Su cabeza ya supera el borde de la mesa y el llanto de golpearse en las esquinas es un lamento anunciado y conocido. El otro día se pelearon porque Santiago destruyó la ciudad de bloques que construyó Emilia. Ella reaccionó con ira. En mi absoluta fatiga estaba a punto de gritarles cuando F. me dijo: Se le está resquebrajando su mundo. Ahí me di cuenta de que mis paredes también se estaban cuarteando, mi propio mundo estaba colapsando.

4.

Los barrios también son mapas. La esquina en la que está dibujado el avioncito sobre el que nos gustaba saltar a Emilia y a mí. La panadería con la banca blanca en la banqueta en la que nos sentamos a comer orejas y café. El edificio inmenso en el que vivía F. que ha estado por caerse desde el 85, con los bares debajo –ahora clausurados-, en uno de los cuales lo conocí a él. Las tiendas de vestidos de novia sobre la avenida Insurgentes y el edificio azul que fue nuestra primera casa juntos. El puesto de jugos, las librerías de viejo, y el edificio beige sobre la calle Medellín al cual llegamos cuando ya éramos tres.

Nuestra historia familiar hasta ahora ha transcurrido en este barrio que aún se resiste a cambiar a pesar de que la Roma Norte quiere alcanzar a esta parte Sur. Nuestra relación con el lugar puede resumirse en esta frase de la película Tren nocturno a Lisboa: “Dejamos algo de nosotros mismos detrás al irnos de un lugar. Permanecemos ahí aunque nos hayamos ido. Por eso, hay cosas de nosotros que sólo podemos encontrar de nuevo volviendo a esos lugares. Viajamos a nosotros mismos cuando volvemos a un lugar que habitamos por un tiempo de nuestra vida; no importa qué tan corto haya sido, es un viaje hacia uno mismo”.

Restos materiales dispersos en la geografía y conservados a través del tiempo.

Una arqueología de nosotros mismos.

5.

Esta vez no me olvidaré de tomar una fotografía de los cuatro antes de irnos. Después, tomaré otra del edificio solo una tarde de domingo. Nuestra ausencia y un comienzo nuevo en otro país. Una maestra dice que las personas viejas son más sabías simplemente porque han amado más. Y han amado más porque han tenido más pérdidas.

Tal vez entre más agujeros tenga mi mapa significa que estoy más presente. Y que irónicamente me voy completando, con todas mis ausencias.


Iliana Pichardo

Iliana Pichardo Urrutia (1980). Mamá de Emilia y Santiago. Escribe ensayos, poesía y novelas que empieza y nunca termina. También hace ficciones y documentales que escribe y/o filma en Buñuelos Comunidad Creativa. Le gustan los viajes y el movimiento en las fronteras, aunque en este momento lo que experimenta es un gran salto al vacío.

Ritmo, mal humor y cicatrices

Lorena Rojas

Desde que tengo memoria, mamá tiene cicatrices en los brazos. Una media sonrisa en su antebrazo a la altura del codo. A veces son rojas o rosadas, otras más bien oscuras, cafés como la bebida en su taza, menguando poco a poco hasta casi desaparecer.

Un par de años antes que yo naciera, mamá ya trabajaba sin parar en la cocina. Ella y mi padre decidieron un buen día que lo mejor era mudarse, dejar su trabajo (el de él) y poner un restaurante aunque nunca antes se hubieran dedicado a ello.

La vida siempre fue así. Mis hermanos y yo crecimos entre las mesas del salón principal y la cocina, comiendo a cada rato una porción de esto y aquello, el olor a caldo de camarón flotando en el aire. Los sábados eran mi día favorito porque el negocio cerraba, era día libre para ir al parque o al cine. El peor —para una niña que no comprendía la importancia de aquello— era el domingo porque el restaurante se atiborraba de gente que tenía sus días libres mientras el nuestro era un caos. Eso lo aprendimos bien: “Cuando otros festejan, nosotros trabajamos”; día de las madres y cumpleaños, día del padre y de la independencia, cuando era día de fiesta había que estar listos para recibir comensales.

Mamá cocina delicioso, los pescados y mariscos son su especialidad, así que la gente acudía y sabíamos que lo primero era ser amables, llevar su comida a tiempo, con premura pero con mucho cuidado. Parece contradictorio, pero se vuelve esencial ser veloz. Todo en la cocina es una sinfonía, a  veces más bien un jazz; rápido, estudiado pero muy necesariamente improvisado. Mamá es veloz, precisa, un descuido de pronto y lo resuelve rápido, cuidadosamente. Creo que mal-aprendí eso y me llevó a ser más bien desesperada, perfeccionista pero impaciente, una suerte de remedo que desarrolló el mal humor pero no el talento.

Lo que aprendí bien fue cuánto amor puede esconder un platillo hecho en casa —porque el restaurante siempre fue nuestra casa—, los hervores de un caldo puesto al fuego desde el amanecer mientras los niños duermen todavía, los manteles de cada mesa lavados la noche anterior y las tostadas friéndose en lo que está listo todo para abrir.

Una cadena de cuidados para que un plato llegue sano y salvo a la mesa, para que la gente coma y se sienta contenta, para que se vayan satisfechos, dejen propina y sea un buen día para todos. Una cadena de cuidados que no termina, que sigue en la trastienda donde los niños requieren otra cadena igual o más exigente.

Cuando crecía me repetía a mí misma que no me dedicaría a cocinar, que era desgastante. Pasé la adolescencia sin hacer siquiera la carlota del taller de cocina en la secundaria, pero a la vez sorprendida al ir conociendo gente adulta que no era capaz de alimentarse a sí misma o de usar la estufa. Para nosotros era natural, mis hermanos y yo sabíamos hacerlo perfectamente; sin embargo, me sentía harta sin siquiera haberme dedicado a ello en carne propia, otra reacción en cadena.

A esas alturas, mi hermano mayor ya cocinaba. El siguió ese camino desde joven como extensión de unos cuidados heredados y aprendidos de corazón: cocinar es cuidar, tanto al platillo y al proceso como al comensal, pero en nuestra familia cocinar era también cuidarnos a nosotros y asegurar nuestra comida en la mesa.

Las cicatrices en los brazos se sonríen entre ellas. Nacieron de meter algo al horno, de menear las ollas altas y rozar sin querer una de sus paredes, de ir con prisa entre las freidoras para sacar las papas a tiempo. Cicatrices de evitar errores, de menguar el hambre y el mal humor que con ella se acrecienta. Cicatrices de cuidar.

Con el tiempo y los kilómetros de por medio, me di cuenta de la herencia del ritmo. No me gustaba la cocina pero aun así siempre me dio curiosidad y siempre, siempre, traía la preocupación de servir a tiempo, de no tardar pero presentar bonito aunque fuera sólo algo sencillo que comer en casa. De leer recetas cuando algo en especial se antojaba y sacarlas desde cero aunque nunca antes lo hubiera hecho. Le llamo “ritmo” a esa prisa, a ese desliz por un piso que apenas y me conocía porque antes todo era microondas; le llamo ritmo pero le podría decir cuidado o mal humor, que crece cuando hay un error que lo arruina todo o un alguien que tarda en sentarse a la mesa cuando el plato está servido. O cuando, sin querer, mi brazo toca ese borde caliente que dibujará la media sonrisa que, ahora pienso, es mi sino.

Cicatrices en los brazos por sacar de horno, por hacer lo que pensé que no haría pero que me persiguió hasta encontrarme y que me ha enseñado a disfrutar y hallar el ritmo.

Cocinar para cuidarnos, para hablarnos y compartirnos, de cierto modo, es un lenguaje que a todos nos habla. Cocinamos y nos cuidamos, cocinamos y recordamos, yo recuerdo: las recetas de postres de mi abuela, los consejos prácticos de mi madre y sus medidas —puños, pizcas, chorritos, palmas— y la ligereza de mi hermano que no se preocupa, sólo cocina e improvisa, que al final para eso estamos.

 


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Lorena Rojas (Cerritos, SLP, 1992). Estudió Lengua y Literatura en la UASLP. Se ha dedicado a corregir, editar y redactar textos para distintas revistas y medios digitales, así como a leer y difundir autoras más por gusto que por trabajo. Es feminista de las que se pelean y escribe cuentos y monólogos teatrales. Recién abrió—junto a su esposo— en un pueblo mágico de Tamaulipas su Cafebrería Ítaca, donde ahora lee y hace postres. No es buena cuidadora ni repostera, pero le está echando ganas.

La costumbre de olvidarte

Jazive Jiménez

Una y otra vez, por días, por meses y me atrevo a decir que por años, años de trabajo duro que sin querer, o queriendo un poco, tus padres te enseñaron a ser “responsable”, una mujer independiente que no necesitaría de nadie para salir adelante. “Aprende a cocinar para que nada nunca te falte, una sopa y unos huevos, con eso la haces.”

¡Acomedirse! Limpiar la mesa después de cada comida, barrer para que el polvo no toque los muebles, fijarse en el cesto que la ropa necesita lavarse, no te olvides del baño que jamás debe estar sucio. 

Y mientras todo eso pasa, piensas una y otra vez en lo que harás cuando el quehacer termine. Prenderás la computadora para sentarte a escribir, buscarás ese curso que tanto estás posponiendo. Tal vez le hablarás a esa amiga que tanto extrañas o pensarás en leer esas últimas páginas del libro que tuviste que botar. Todo lo piensas mientras los deberes del hogar te consumen y sigues fregando esas jergas una y otra vez. 

Por fin terminas, o eso parece. Te sientas un momento en el sillón, respiras profundo para acordarte que no hay nada en la alacena, te levantas y el refrigerador cuenta con un par de cebollas y un jitomate echado a perder. Te agarras el cabello, tomas las llaves y vas a surtirte de todo lo que haga falta para no hacer rugir de más las lombrices del estómago. 

Llegas, preparas algo rápido de comer porque ya estás cansada, comes con la fatiga de un largo día de trabajo en el hogar —sin olvidar el segundo trabajo fuera de casa—, para enseguida lavar los platos sucios y ahora sí darte el tiempo que necesitabas para terminar eso que dejaste pendiente.

Te sientas en el sofá o al borde de la cama para comenzar. Sin embargo, lo único que quieres es despejarte. Quitarte los zapatos, el chongo del cabello y dejar de pensar. Entonces el sueño te vence, las ganas de seguir son escasas y lo único que buscas es ponerte la piyama. 

El día acaba para comenzar otro igual, donde el tiempo te consume antes de consumirlo. Todos los días hay deberes que cumplir porque desde niñas nos enseñaron que las cosas no se hacen solas y que una casa limpia siempre hablará bien de ti. Desde niñas nos dijeron que aun cuando el berrinche se nos notara en el rostro, terminaríamos haciéndolo y con el tiempo nos acostumbraríamos, como maquinitas de limpieza. 

Lo que se les olvidó enseñarnos es que antes del hogar la prioridad deberíamos ser nosotras mismas. Que los trastes sucios pueden esperar, que el polvo en los muebles regresará y que los deberes ahí estarán. Pero nuestros sueños no. Que las metas necesitan constancia. Que limpiarnos a nosotras mismas debería ser el principal hábito: enjuagar los ojos, barrer el cabello, sacudir los sentimientos y trapear las ideas para que un día, a diferencia de los otros, nosotras también podamos disfrutar, para conocernos y reconocernos todos los días un poco más, para crear y dejar atrás que la única costumbre es un hogar limpio. Y que la verdadera costumbre sea no olvidarte.

 


LA AUTORA

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Jazive Jiménez. Periodista de tiempo completo, amante de que las letras resuenen y sean un grito de esperanza. Sueña despierta y ríe al mínimo suspiro.

Roberta, sus poemas

Sandra Ivette González Ruiz

Esta serie de poemas se desprenden de la historia de mi abuela materna. Roberta y su historia me enseñaron directa o indirectamente algunas cosas sobre la importancia del cuidado, el autocuidado y las tormentas que acarrea dejarse a la deriva, es decir, cuidar sin cuidarse, cuidar sin ser cuidadas. 

Para ella estas letras.

Cuerpo

1.

No te olvides de tu cuerpo

lo dejaste ahí tirado

entre los restos de los fuegos artificiales

cuando la noche era luminosa

y todo olía a verdad.

2.

Voy camino a intentar conseguir un cuerpo nuevo,

uno que sí tenga los diez kilos que perdí hace un

tiempo,

un cuerpo que no tiemble,

que se parezca más a mí,

para no sentirme tan distinta,

tan invadida.

 

Alguien hurga dentro de mi cuerpo y descubre que no

estoy ahí.

Me falto.

Alguien me nombra en voz alta,

pero no reconozco el sonido,

alguien me mira a los ojos vacíos

y no encuentra su reflejo.

Toda esa ausencia cabe en un solo cuerpo.

Explicar con palabras de este mundo

o de cualquier otro

que un día me separé de mí

y no sé cómo volver.

3.

No te olvides de tu cuerpo

porque otros ya lo olvidaron

y a otros no les importa

y otros van a querer lastimarlo

y algunos otros van a pensar en desollarlo.

 

No te olvides de tu cuerpo

no lo escondas

no le huyas

no lo castigues

no lo insultes

no te muerdas.

 

4.

Mi abuela tiene 59 años y está frente al espejo. Se mira el tumor de la espalda, es como una montaña llena de sangre. Se toca, se duele, reconoce la muerte. Me observa a través de su espejo, mis ocho años recostada en la cama, desde ahí recorro su cuerpo hasta llegar a ese montecito, aun no entiendo, aún no me entero de la muerte. Me busca los ojos, me encara desde el reflejo:

No te olvides de tu cuerpo, porque otros van a querer

olvidarlo,

no evadas el dolor, no te lo tragues,

escupe,

grita,

rompe,

escribe,

no dejes que te consuma.

No permitas que el dolor se te haga cáncer.

No te olvides de tu cuerpo,

no lo encarceles

y todas la noches, antes de dormir,

pon romero debajo de la almohada,

para calmar la angustia

para que puedas volver.

 

Roberta, sus historias sobre la plaga

Cuando era chica la abuela me contaba una historia,

una niña podía hablar con las plantas y flores,

(o algo así),

las escuchaba por horas, días y a veces hasta meses.

Las flores le contaban sus historias, hablaban sobre sus heridas y dolor,

entonces la niña elaboraba remedios especiales para cada una,

las cuidaba todos los días, las acompañaba hasta que se sentían sanas.

Y luego de eso, las escuchaba, otra vez, por días, meses y hasta años.

Las flores hablaban sobre las bondades del sol y lo refrescante de la lluvia.

 

La abuela siempre me sonreía al terminar la historia,

luego se quedaba largo rato mirándome,

entonces le regalaba una sonrisa para complacerla,

pero en las noches, debajo de mis sábanas,

lloraba desconsolada pensando en la niña,

me la imaginaba ahí, cansada, sola,

buscando cómo hacer para curar a todas las flores,

necia en su afán de que todas estuvieran bien

y ¿ella?

y sus heridas, sus miedos, su dolor.

¿Por qué ninguna flor le preguntaba a ella cómo estaba?

¿Por qué ninguna flor paraba de hablar para escucharla?

¿Por qué ninguna flor hacía el mismo esfuerzo por curarla?

 

La abuela era así, como esa niña,

hasta que cayó desmayada en la cocina

y dos meses después estábamos enterrándola.

Así, sin poder hacer nada.

Después de la muerte de mi abuela soñé varias veces con la niña,

la veía llorar a solas en un cuarto vacío.

 

La abuela nunca supo que a los 5 años, con su historia, conocí la desolación.

Y a los 17 la encarné, como una plaga.

 

Roberta, sus delirios

La abuela se desmayó en la cocina, ahí supimos que tenía cáncer

(pero eso ya lo dije).

Pasó cuatro meses en el hospital antes de morir.

En la última etapa de la enfermedad

comenzaron los delirios y alucinaciones.

Algunos días veía a un niño rondar su cama,

le tomaba la mano y le explicaba cosas sobre el dolor

(el dolor si no se nombra te invade).

Otros días veía a su hija muerta a los 5 años,

Isabel se paraba al lado de su cama y la miraba por horas,

Roberta le ofrecía disculpas por dejarla morir aquella noche,

no tenía dinero para mandar por un doctor,

no tenía forma de sacarla del pueblo para llevarla a un hospital,

no tenía nada

(nunca supimos si Isabel la perdonó).

 

En los días más duros,

los días sin tregua,

Roberta veía a Efrén sentado en el sillón frente a ella,

Efrén recorría la habitación gritando, azotando cosas,

perdido en la borrachera.

Mi madre cuenta que la abuela le decía:

“Vino tu papá, estaba ahí, vino a golpearme, mira los moretones que me dejó”,

entonces Roberta extendía sus brazos exhaustos, consumidos

y lloraba al ver esos moretones imaginarios

(después solo queda el silencio).

 

Roberta, su tumor

Mis silencios no me habían protegido. Sus silencios no las protegerán.

Audre Lorde

Esta no es la historia de mi abuela,

es la historia de su tumor.

Del tumor que anidó en su seno derecho

y poco a poco creció bajo la protección del silencio de mi abuela.

 

Negarle un cuerpo a la abuela

le sirvió a tumor para expandirse a su antojo, romper tejidos

y roer la energía de Roberta.

 

La abuela no para,

la abuela no se enferma,

nunca se enferma,

es una mujer fuerte,

la abuela no siente,

la abuela trabaja de sol a sol por amor,

la abuela ni está cansada,

la abuela no tienen nada qué decir,

es que no le gusta hablar,

no, la abuela es un roble,

la abuela no se quiebra,

la abuela no siente nada,

a la abuela no le duele nada.

Tumor abraza el seno derecho,

lo atraviesa,

tumor crece, hace del cuerpo de mi abuela su hogar,

llega hasta el pulmón y también lo invade,

tumor intenta volverse la piel de Roberta,

es como si quisiera romperla.

 

La abuela no piensa en su propio cuerpo,

o intenta no hacerlo,

intenta resistir,

aguantar,

la abuela no habla sobre el dolor,

sobre los años y años y años de dolor.

No cuenta la historia de ese cuerpo adolorido.

Roberta se calla y en las noches calienta la piedra del molcajete

y la pone sobre  su tumor, intenta quemarlo

¿Por qué tratas de cubrir un dolor con otro más grande?

 

Tumor se expande como un universo dentro de mi abuela,

estalla,

ocupa cada órgano,

tumor se adueña de cada rincón de ese cuerpo,

lo toma, lo consume, lo desgarra,

 

Roberta no puede más, grita.

 

Manchas de humedad

La humedad deja manchas de un color grisáceo,

con algo de café-verde,

la humedad debilita los techos,

desprende la pintura,

produce una especie de burbujas que nunca explotan.

Es cierto, si una se esfuerza puede encontrar formas,

como si esas manchas,

huellas de las lluvias,

imitaran a las nubes,

como cuando las huellas del dolor y la violencia

se hacen pasar por otra cosa,

se disfrazan de recuerdos tiernos para poder soportarlas.

 

En fin, las huellas de la humedad se expanden,

crecen,

amenazan con invadir,

con vencer lo sólido,

derrumbar el techo

y una casa sin techo es solo intemperie.

 

Lo sé,

porque cuando tenía ocho años miré detenidamente el techo,

por largo tiempo,

quizá cuatro o cinco horas,

estaba ahí, tumbada sobre el suelo frío

esperando la llamada.

No sabía que estaba a punto de volverme otra,

mutar,

que el mundo estaba a punto de ser otro,

la intemperie.

Todo iba a cambiar

y yo estaba ahí, en el suelo

hundida en lo que ya empezaban a ser fantasmas:

eternidad,

permanencia,

estabilidad,

estaba ahí, jugando a encontrarle formas a las manchas,

a las marcas del tiempo,

el lenguaje del desgate, la transformación.

 

El teléfono suena,

         dos, tres,

a la cuarta vez mi madre contesta.

Me levanto y me acomodo junto a mi hermana mayor,

mi hermanita se acurruca junto a mamá,

mamá llora,

cuelga y nos mira, una por una,

Murió ya, la abuela acaba de morir.

Observo el llanto de mi madre, va creciendo,

deja las manos sobre sus piernas,

baja la cabeza y llora, hace un ruido seco, duro.

Mi hermanita está ahí, acurrucada, solloza bajito,

mientras mi hermana la mayor suelta ese llanto acompañado de espasmos,

tiembla.

Las observo un minuto más,

las examino intrigada,

sus lágrimas me producen curiosidad,

miro los movimientos involuntarios que produce el llanto,

como si el cuerpo por fin se rebelara,

se entregara al dolor.

Mamá ya está gritando, sigue con la cabeza agachada,

como si le diera vergüenza estar destrozada.

La pequeña se limpia los mocos,

mi hermana se tapa la cara con las manos

y empieza a repetir de forma compulsiva una sola palabra: NO.

 

Ahí empiezo a derramar mis primeras lágrimas,

(¿a dónde dijeron que fue la abuela?)

mi llanto es lento, pausado, crece poco a poco,

se quiebra, me quiebra,

me invade,

empiezo a hacer un ruido,

me quejo,

muevo el pie,

me balanceo,

me cubro la cara,

me agacho,

me limpio los mocos,

grito,

me abrazo, me suelto,

ya no sé qué  hacer con las manos,

el llanto me devora.

 

El mundo ha cambiado

y apenas lo entiendo,

ya no soy la de antes,

la de cinco minutos antes de que el teléfono timbrara,

antes de ese momento:

antes de aprender a llorar así, de la forma en que sigo haciéndolo hasta ahora,

antes de mamá llorando, de mis hermanas llorando,

antes de, entre mujeres, construir mi primera memoria del dolor.

 

Intento escuchar…

Intento escuchar la voz de mi abuela,

pero no puedo,

mis oídos están sellados

y no logro descifrar su secreto.

Roberta está frente a mí,

de su boca salen palabras,

puedo sentir el aire rozar mi piel,

la abuela está tranquila,

me mira,

no sabe que no puedo oír.

Olvidé el conjuro para detener la plaga,

no sé cómo no dejarme pudrir.

Qué voy a hacer cuando las palabras me falten,

hacia dónde tendré que huir,

cómo voy a cuidarme del miedo,

cómo voy a nombrar el miedo.

 

Mi vacío se llama Roberta

El vacío se llama Roberta. Lo supe una noche mientras lloraba como una niña de cinco años o más exactamente como una niña de 8 años que acaba de quedarse sin abuela materna, ahí entendí mis característicos desconsuelos: el vacío se llama Roberta. Siempre que tengo ataques de ansiedad o tristeza, siempre que camino en los límites del fracaso y la desesperación vuelvo a mis ocho años sentada al lado de mi madre y frente a mis dos hermanas, ese momento en  el que llamaron para avisar que mi abuela había muerto.

            La enfermedad fue larga y desgastante pero no acompañamos todo el proceso porque Roberta se aguantó el dolor hasta que no pudo más, hasta que su cuerpo gritó, hasta que cayó desmayada en la  cocina de su casa y vimos el tumor gigante que ya le traspasaba el pulmón. Recuerdo que cuando vi el tumor entendí la muerte, por lo menos entendí que la muerte estaba ya instalada. Roberta se fue apagando, la vida se le escapó y a mí la infancia se me hacía añicos sin que nadie me explicara que eso que estaba pasando no era un abandono sino la muerte, la inevitable muerte. La viejita alcanzó a mirarme una ocasión más, me sonrío desde su cama, después se me escapó. Yo creo que ahí nació mi desconsuelo. Mi vacío se llama Roberta.

            La noche de la despedida (otra despedida) en la que lloraba junto a alguien que lloraba igual o más que yo, esa noche del dolor pensaba en Roberta mientras ofrecía mis abrazos adoloridos y sangrantes, yo sabía que la muerte estaba ya instalada, que la noche había ganado y otra vez tenía que recoger mis esperanzas, mis sueños, mis miedos, los monstruos que esparcí, guardarlos en la maleta e irme. Toda despedida es una muerte, por lo menos para mí lo es, y no lo digo por ser fatalista sino para entender  que algo termina de una vez y para siempre, que lo que sigue se tiene que construir distinto, diferente, quizá mejor o quizá peor, pero me estaba despidiendo de algo que no volvería nunca. Que nunca volvió. Ese día mientras empezaba el duelo de mis expectativas, de un proyecto en el  que creí con el cuerpo entero, de una batalla que di hasta donde las contradicciones me alcanzaron caí en la desesperación y la ansiedad, esa dolorida ansiedad, y supe que no había consuelo porque todo lo que quería era que Roberta me abrazara, me sonriera, me cuidara. Enterrarme en su regazo suavecito y quedarme ahí mientras me acariciaba el pelo. Y esa imposibilidad me fracturó. Mi vacío se llama Roberta, se llama abuela muerta, se llama abandono, se llama…

Ayer por la mañana empecé rituales de sanación, hice conjuros con las plantas, hoy me corté el cabello, mañana me voy a esconder entre las almohadas, voy a transpirar fracaso y mi abuela no estará. Aprender a vivir en un mundo sin mi abuela Roberta es el proceso más difícil de mi vida. Lo asumo. Asumo la muerte y las despedidas. Asumo mis imposibilidades y mis limitaciones emocionales, me asumo sin Roberta, me asumo rota y devastada. Me amarro un hilito rojo a la muñeca mientras conjuro la vida para que la peste no me invada, no me coma, para aceptar al sol cuando entre, para dejar que me nutra, para que la tierra sea noble conmigo y me cure, para que el agua me alimente, para que el viento no me doble, para soportar el duelo y volver a florecer.

 

Conjuros y diálogos con las plantas mientras les amarras un hilito rojo para evitar que la plaga se las coma:

Para que no sucumbas a las adversidades.

Para que sobrevivas a todos los climas.

 

Para que crezcas grande, fuerte y poderosa.

Para que no te coman, para que no te coman,

para que n o t e c o m a n .

 

Para que no te rompas cuando el viento pegue fuerte.

Para que el sol no te canse y aprendas a aceptar su luz,

a nutrirte con su luz.

 

Para que florezcas.

Para que sobrevivas.

Para que vivas.

Para que el verde gane.

 

Para que la tierra sea noble contigo y abrace tus raíces

y cure tus enfermedades.

Para que el agua te alimente.

Para el fuego no te consuma.

Para que te cuiden y aprendas a cuidar.

Para que des tranquilidad, para que acompañes las tristezas,

para que nutras.

Para masticar la noche y detenerla

 

Para que te sostengas.

Para que la vida gane.

Para que la vida gane.

Sigue viva

En 1993 Roberta Ruiz Arrazola me reveló un secreto: “si le amarras un hilo rojo a las plantas puedes evitar que la plaga las consuma, la plaga del mundo de afuera y la de adentro”. A los 5 años una no entiende del todo, sé que esa voz de mi abuela se me quedó guardada en alguna parte del cuerpo, quizá debajo del brazo izquierdo.

Después de unos años conocí varias plagas de adentro y de afuera. Detuve algunas, luego aprendí a detener otras en colectivo, luego detuve las plagas de otras y otras detuvieron las mías. Algunas plagas me invadieron y lograron acabar con varios de mis sueños.

Veinticinco años después de aquella tarde en el huerto de mi abuela, el secreto de Roberta floreció en mí en mitad de una tormenta. Como una semilla sembrada con paciencia, con ternura, con sabiduría, que justo cuando más la necesitas suelta su primera flor. La plaga me invadió, me devoró, me quemó por dentro y dejó cenizas ardientes por todo el cuerpo. A veces el dolor parece infinito. Pero mientras eso sucedía otras me plantaron nuevas semillas, removieron mis partes quebradas, cosieron mis agujeros, limpiaron mis heridas, me dejaron dormir junto al retrato de mi abuela, con un hilo rojo atado a la muñeca.

El 7 de noviembre del 2019, en el aniversario luctuoso de mi abuela, es decir a 23 años de su muerte, entendí su secreto (por lo menos una parte). A las 12:30 tomé un té con Abigail, hacía casi un año que no nos veíamos. Hacia el final de nuestro encuentro me dijo “te tengo un regalo” y sacó una plantita de sombra, una calathea: “¿Te acuerdas que hace dos años me diste una planta por mi cumpleaños?, es la única que sigue viva. Todas mis plantas se mueren, se murieron, pero esa sigue viva, soportó lluvias e inviernos y resistió. Recuerdo que yo pasaba por un mal momento cuando me la diste, me acompañaste, me diste esa planta con mucho amor y sigue viva. Por eso, ahora que tú pasas por un mal momento te doy esta planta, con mucho amor”.

Sigue viva. Ese era el secreto de la abuela. El hilo rojo contra la plaga nos une, nos junta en el cuidarnos, está en las semillas que unas a otras nos sembramos. Esa es la manera en la que sobrevivimos en mitad de la muerte cuidándonos unas a otras. Caminé bajo el sol de otoño o del invierno adelantado con mi calathea bajo el brazo, llorando.

Sigue viva, hermana, sigue viva,

sé que a veces eso es pedir demasiado,

mira que tienes el derecho a estar agotada,

cansada,

a llorar en cualquier parte,

a romper cosas,

gritar,

temblar,

rayar paredes,

hacer hogueras,

y volver a llorar.

Porque las batallas parecen estar en todas partes,

hasta en abrir los ojos, levantarte de la cama,

caminar, seguir respirando.

El tiempo incesante de la guerra es abrumador

y nuestras cuerpas también están hechas de fragilidades.

Rómpete,

vomita o escupe o ambas.

Revuélcate si quieres en las almohadas,

sácate las costras,

deja que algunas heridas se infecten

y si quieres no te limpies la pus.

Tienes derecho a morirte de vez en cuando.

Pero sigue viva, hermana, sigue viva,

acá te guardo la luz

para cuando la necesites,

para cuando tus semillas florezcan,

para cuando te den ganas de descubrir tus secretos,

para cuando descubras que la plaga no te puede matar,

no la vamos a dejar.

Sigue viva,

Sigue viva, hermana.

 


LA AUTORA

 

Sandra Ivette González Ruiz es Licenciada en Comunicación por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán. Maestra en Estudios Latinoamericanos, UNAM y doctoranda en Estudios Latinoamericanos. Investiga sobre poesía escrita por mujeres en dictadura. Docente, poeta y bordadora feminista, viene de una genealogía de mujeres oaxaqueñas. Es parte de diversas colectivas feministas y de La Jardinera. Club de Lectura y Casa Editorial donde publicó su poemario Apuntes para entrar en un jardín. 

Agua para chocolate, higos para la ensalada

Paulina Macías

Seguido pienso en todas las cosas que pude haber sido, pero no soy. Pienso más en todas las cosas que quisieron que fuera, pero decidí no ser. El día de hoy deseé haber nacido hombre o, al menos, deshacerme de los deberes que adjudican en mi contra. Los domingos siempre celebramos algo y el mandato es hacer comida de tres tiempos, cuando menos. Otro mandato es: las mujeres cocinamos, los hombres esperan.

Me gusta mucho cocinar, pero odio hacerlo cuando es una obligación tácita, mandato y justificación de la naturalización de mi género. Un par de manos cocinan y hornean para que cinco bocas coman. Tres tiempos, preparar aperitivos, poner la mesa y verse impecable en el proceso es obligación de una sola persona, mientras que los cuidados a mi abuela enferma le corresponden a la otra mujer de la casa: mi mamá. Cuando no es ella, es alguna de las enfermeras, mujeres también. Las dos personas restantes (claramente hombres) esperan y se quejan de cuánto tarda en estar la comida, forzados a encontrar una actividad para entretenerse. ¡Gracias al dios del fútbol que hoy es final de la Champions! Bienaventurado el hombre que tenga actividad que lo entretenga de la espera de cocción de su comida, bienaventurado el que tiene como deber único ser servido.

Remuevo la pasta, pico higos para la ensalada y preparo una salsa al mismo tiempo. Me parece que los hombres a mi alrededor creen que nací sabiendo cómo hacer un quiche. Con las prisas me quemo el dedo y refuto su teoría. En lo que espero a que el panqué en el horno esponje, lavo los trastes que he usado. La tierra es de quien la trabaja y la limpieza es de quién cocina: cocinar y mantener limpio es un trabajo de tiempo completo. Pienso en lo tardado que es tener una comida lista y en lo fácil que se les hace a las personas que solamente llegan a comerla. Me pregunto si las personas creen que la comida es algo que mágicamente aparece y no un proceso que suele tomar horas, cuidado y planeación; veo la carne molida que se me olvidó descongelar ayer en la noche y pienso en que necesito sumar una nueva agenda para todos los pendientes del hogar.

Lo pongo en perspectiva y me siento en desventaja. Pienso en todos los hombres que están viendo el partido, mientras en la habitación contigua hay una mujer cocinando. ¿A cuántos de ellos les solicitarán su presencia en el horno? Pedir ayuda implicaría, en el mejor de los casos, aceptar las labores culinarias y la espera de instrucciones a seguir; me imagino un tácito «da gracias que te ayudo», acompañado por una palmada de autosuficiencia mental y moral: “soy el hombre ideal porque decidí renunciar al merecido tiempo de ocio”. Y el ocio es una palabra que no existe en el vocabulario femenino.

Probablemente estos individuos soliciten que la mujer tome el papel de líder: «te ayudo, pero divide las tareas. No propongo, solo sigo. Es tu espacio, solo estoy apoyando, ¿dónde recojo mi medalla?». En la misma línea estará el que se escude en que no ayuda porque no le dan el instructivo exacto sobre cómo proceder. Se viene una carga extra para la que ya estaba cocinando: ¡distribuye las tareas, ponte la gorra de capitán y comparte un poco de tu naturalización culinaria!

(¿Pensarán que antes de aprender a gatear ya sabía hornear galletas?)

Habrá hombres que digan que no saben, que están impedidos naturalmente porque no tienen “el sazón”. Reflexiono sobre mi primer recuerdo en una cocina: no tendría mas de cuatro años. Pienso que yo tampoco sabía cómo cocinar, que nací sin noción de cómo prender un horno o usar la olla exprés. Aun así, aprender a distinguir cuando la carne está cocida o el caramelo derretido fue parte importante de mi formación. En el imaginario colectivo, para mí era vital saber qué era el punto de turrón y para mi hermano, no.

(Pienso en otras cosas que separaron nuestra formación. Me pregunto si alguna vez le dijeron que no abriera las piernas al sentarse, si lo regañaron por no ser dulce o por usar botas de combate. Si alguna vez lo sentaron para hablar del “tipo de marido” al que debía aspirar, si únicamente a mí me enseñaron cómo coser, tejer, lavar, trapear, espumar. Me pregunto si le enseñaron cómo cuidar. Seguro a él también le enseñaron que su aspecto físico era fundamental y que siempre tenía que verse radiante, sin importar que estuviera cansado, triste o demás, ¿verdad? Siempre me he preguntado si sabe bordar en punto de cruz.)

Parece que existieron dos escuelas bajo el mismo techo.

Sigo pensando en todas las mujeres que piden ayuda en el quehacer de preparar alimentos. Habrá a quien le digan que están muy ocupados para ayudar. Pienso en que tener otras obligaciones jamás ha sido un impedimento para cumplir las actividades del hogar. Veo la cocina y me abruma lo que tendré que limpiar, pero también los pendientes del trabajo y la escuela que aún no termino y me esperan en mi escritorio.

Ser mujer es esto: tener, al menos, dos trabajos de tiempo completo. Uno por el que te pagan dinero, otro que haces por “amor”. Uno por el que te tuviste que certificar y otro que “naturalmente” surgió de tu condición: los cuidados y el trabajo del hogar son innatos ante los ojos de quien no cuida.

(Me entristece cómo las labores domésticas se profesionalizan y realzan cuando las hacen hombres en la esfera pública: cocinar en la casa es obligación femenina y es lo mínimo a esperar, pero la mayoría de los chefs famosos son hombres ¿Dónde se pierden todas las estrellas Michelin que correspondían a las mujeres?)

Hace mucho calor. Abro la puerta al patio y veo que la perrita no tiene comida. Cuidar implica todas las actividades tendientes al mantenimiento de la vida. Cuidar es una tarea que implica adquirir conciencia sobre la fragilidad y el tiempo que necesita todo lo que nos rodea. Cuidar implica tiempo. Muevo las papas que se cuecen a fuego lento y salgo a limpiar y atender a Nina. Menos mal no tengo hijes, la maternidad es la triple o cuádruple jornada con la que no podría cargar hoy en día, ¿cómo metes tantas vidas en 24 horas?

(Llevo años diciendo que no quiero tener hijes. Me tomó tiempo poner en palabras lo que realmente sentía. Me daría pavor tener una hija y atar mi vida al miedo: a que viva en un país feminicida, a que no regrese, a que la limite la expectativa.)

Dejo el miedo en medio del patio y regreso a la cocina. Apago la estufa y saco el plato principal del horno. Pienso en las mujeres que viven con miedo de no cumplir con el rol que les fue impuesto.

(Otra vez el miedo, ¿cuándo aprendí a vivir con él?)

Pienso en las que no pueden salir y se ven obligadas a repetirse todos los días que esa es la vida que quieren (¿realmente la quieren?). Recuerdo a mi tía Delia y todo el amor que le puso al recetario que tardó años en hacer, la nota que lo acompañó el día que me lo regaló y todo lo que tuvo que pasar para que, hoy día, yo esté replicando una receta fechada en 1982. Me reprendo a mí misma: lo mejor que me ha dado el feminismo es entender que todas las elecciones de vida son valiosas, le agrego un “siempre y cuando la elección sea consciente y auténtica”. No dejo de pensar en qué es realmente una elección entre expectativas y estructuras de poder. Pienso en todas las mujeres que piden ayuda y reciben gritos en respuesta. Pienso que otras reciben cosas peores. Me salen las lágrimas y caen en la pasta (¿qué importa, si al final de cuentas le faltaba sal?). Las enjuago rápido y rehago el chongo que traigo, casi rompo la regla de oro: una mujer siempre debe verse impecable.

Pongo flores al centro de la mesa del comedor y acomodo las servilletas y los cubiertos (¿a todo el mundo le enseñan dónde debe ir la cuchara del postre y la copa de vino blanco?). Acomodo la comida para que todo se vea estético y pongo los aperitivos según el gusto de cada persona (¿me volví tan meticulosa y detallista porque estoy acostumbrada a trabajar extra para que todas se sientan cómodas con detalles imperceptibles? ¿serán imperceptibles para ellas? ¿de dónde viene esa necesidad de cumplir con simetría y estética?).

Nos sentamos las cinco en la mesa. «Qué rico está, no sé cómo le haces», «la salsa está muy picosa». Nadie agradece, seguro no sienten gratitud: no le hice un favor a nadie, solo cumplí con mi rol en la casa. Me gusta mucho cocinar, odio hacerlo cuando es una obligación tácita bajo la premisa del amor: cuando es renunciar a ser persona para ser expectativa. Todos los domingos celebramos algo. Espero que pronto llegue el domingo en que celebre que todas las mujeres que cocinan lo hacen por gusto y cobran sus cuatro jornadas de tiempo completo.


foto pmo

Paulina Macías. Le gusta caminar la ciudad, salir a bailar y descubrir cafés. Nunca dice que no a una copa de vino rosado. Feminista con tres tesis pendientes. Ya se quiere jubilar para pasar el día viendo películas.