Euge, yo y el arte

Lucila Navarrete

Texto publicado originalmente en la columna de la autora en Milenio, con el título “Arte para resistir”

“El escritor como tal no está enfermo, es médico, médico de sí mismo y del mundo”, dice Gilles Deleuze en un entrañable ensayo. “La salud como literatura, como escritura, consiste en inventar un pueblo que falta”, resuenan muy dentro de mí estas palabras en el incesante fluir de los días que vivo (¿vivimos? ¿muchos? ¿algunos? ¿los que podemos?) en este tiempo otro y esta isla -guarida inefable. Hace semanas, cuando entendí que no podía articular ni comunicar lo que siento, me aislé para buscar respuestas en el “delirio de la literatura”, en el arte como “iniciativa de salud”. Mientras afuera algunos hospitales colapsan, los contagios se disparan, el hambre asedia y la prisa por retomar la “normalidad” nos incapacita para dimensionar esta tragedia, le resté horas al sueño para refugiarme en el arte, como lectora y espectadora virtual.

Dice Deleuze, también, que la creación es “una línea mágica que escapa del sistema dominante” porque inventa un lenguaje dentro de otro: fabulación y fármaco de un mundo, cuyos síntomas son los de una larga y endémica enfermedad: el disciplinamiento. Mientras todo sea desolación, mientras espere aquí en esta, mi isla, me queda el arte para resistir, el arte para desafiar la muerte y la enfermedad.

Resisto, entonces, en la poesía y los cuentos de mi admirada Esther Seligson, los entrañables relatos de Las noventa Habanas de Dainerys Machado, el poemario Yo, carnicero de la monclovense Mercedes Luna Fuentes, el streaming de un concierto que ofreció desde su casa  la pianista británica Isata Kanneh-Mason. Pero sobre todo, no sucumbo gracias al teatro: a la cantidad de materiales que se han exhibido en festivales virtuales a través de vimeo y youtube, a las magníficas obras que liberó temporalmente la compañía neoyorquina The  Wooster Group; al terso y magistral monólogo Sea Wall de Simon Stephens e interpretado por Andrew Scott, al teatro virtual ofertado por la argentina Timbre4, a la cartelera infinita de Teatro UNAM, especialmente los “15 ejercicios de liberación virtual” y la sobrecogedora y brutal pieza documental de Mario Espinosa, “Verdecruz o los últimos lazaretos”.

Resisto, articulo un poco mi presente, aderezo de cordura este ritual infinito de aseo, alimentos y trabajo virtual, resisto mientras mi hija hace un circo de peluches, monta obras de teatro, compone versos, aprende sola, cocina, crea un mundo a su medida, hermoso y sin límites. Ella me habla de dinosaurios, del pleistoceno y animales marinos, de sirenas y unicornios, me instruye, también, sobre las dictaduras del Cono Sur porque ha visto a “Zamba” en Pakapaka; confecciona flores de papel, acampa en la sala durante días para luego regresar a mi cama y, a veces, consolarme: “ya no llores, mami, ¿qué pasa, Ma?, te voy a hacer una función”. Sin saberlo, ella se escribe a sí misma en este fragmento de espacio y se salva: edifica un universo infinito en esta pequeña trinchera: nuestra casa. “De grande quiero ser paleontóloga, mami, ¿qué necesito para estudiar fósiles? Voy a escarbar en el jardín y montaré en el comedor un museo con lo que encuentre”, me dice mientras preparo la crema de cilantro y pienso que, si esa noche no llego tan cansada al final de la jornada, quizás pueda ver la emisión del día del Festival de la Red Eurolatinoamericana de Artes Escénicas.

En el día mi hija habita plenamente su imaginación, mora ese “contraespacio” que purifica y neutraliza todo lo que ha quedado afuera: la rutina de la escuela, el trajín de las prisas, la presión de ser “normal”. Su utopía, al decir de Foucault en un precioso texto, se consagra en el fondo del jardín, en la cama –la mía, porque es más grande- donde descubre el océano, el cielo y también el bosque, la noche y sus fantasmas. “Hoy me sentí feliz”, escribe en su diario y nos dibuja a ambas junto a la niña sirena de Ponyo en el acantilado. Ella me da lecciones de adaptación y me invita a imaginar.

Mientras, yo busco cómo estar tranquila durante el día para sobrellevar el trabajo y el ritual infinito de aseo y alimentos, cómo reponerme a la noticia de que, por el momento, la universidad no me pagará un trabajo ya realizado y por el que ni siquiera firmé contrato. Ideo cómo rehabilitarme de la angustia, la depresión, los planes detenidos, cómo llegar al día quince y poder pagar la renta, cómo serenarme después de ver mi cuenta bancaria, cómo resignarme a que este año no terminaré los artículos académicos que esperaba remitir porque no consigo más de media hora de concentración. Me limito a sacar la chamba para pagar las viandas de la semana.

Me ha quedado reinventarme, preguntar qué es esto de “estar”, “transcurrir”, “ser” aquí en este mundo, ahora. La pandemia me confronta con algo que jamás he experimentado: no poder concebirme como continuidad, como narrativa en el espacio y en el tiempo. “Un día a la vez”, me digo a diario. Mañana comenzaré de nuevo. Me quedo, como en otros momentos de crisis, con la poesía y mi devoción por el teatro: fármacos, lenguas dentro de la lengua. Me levanto un día más y, cuando tengo energía, me entrego a la grandeza de mi hija y sus utopías, tan parecidas a las mías.

 


LA AUTORA

_MG_4728Lucila Navarrete Turrent (Torreón, 1980). Es madre, docente, ciclista, investigadora latinoamericanista y periodista cultural. Ha publicado en diversos medios regionales y nacionalesObtuvo el premio de Periodismo Cultural de la Universidad Autónoma de Coahuila en 2019, en la categoría de crónica. Se formó como comunicóloga e hizo su posgrado en Estudios Latinoamericanos en la UNAM. Ha dictado conferencias y cursos relacionados con la crítica literaria latinoamericana, y los trasvases entre periodismo y literatura. Actualmente radica en su ciudad natal, donde cría a su hija, imparte clases, talleres y seminarios, y practica ciclismo de montaña.

Cuando el confinamiento llegó antes que la epidemia

Alejandra Hernández Vidal

Me lastimé el 30 de septiembre de 2019, cuando el metro frenó inesperadamente, las mujeres que iban a bajar en Chabacano a las ocho de la mañana se vinieron sobre mí y mi rodilla se salió de su lugar. Ahí inició mi confinamiento.

Sentía culpa por ser cuidada, sentía las atenciones como un favor no merecido. No recuerdo cuántas veces me desbordé dando las gracias: gracias por acercarme y empujarme la silla de ruedas, gracias por llevarme la comida, gracias por llevarme o traerme a mis citas o al metro, gracias por cuidarme, gracias por amarme, gracias, gracias, gracias.

No estuve sola pero la compañía la sentía como un hurto, un robo, necesitaba ayuda y, sin embargo, no sabía cómo pedirla. Sabía del amor que me tenían mi mamá, mi papá, mi hermana, mis amigas, amigos y hasta mi entonces mi novio, sabía de su disposición para cuidarme, apapacharme, quitarme un poco las responsabilidades, pero no quería aceptar todo. Buena parte de mi vida busqué ser independiente, capaz, con dos trabajos que me gustaban y que no quería dejar; ser dependiente y vulnerable me daba miedo.

Fueron meses de depresión, angustia y ansiedad hasta enero del 2020, cuando empecé a ir más regularme al Hospital General. Ahí, en la Unidad de Ortopedia, vi a quienes históricamente han sido las encargadas de cuidar: madres, esposas, hijas, hermanas cuidando a los rotos, a los maltrechos; en esa sala pública llena de muletas, sillas de ruedas y olor a yeso, lo privado era visible. Mujeres que se sabían los expedientes completos de sus familiares. Pocos hombres, la mayoría pacientes, desinteresados, sumergidos en los celulares mientras las mujeres organizaban las filas, platicaban, abrazaban, sostenían. La carga en los cuidados recaía en las mujeres y era visible.

No era algo exclusivo de Ortopedia. En los aproximadamente ochocientos metros de pasillos laberínticos no deje de ver a mujeres en Neurología, Urgencias, Laboratorio Central, haciendo un trabajo afectivo fundamental pero llevando a cuestas un trabajo de cuidados tan poco reconocido en un lugar tan doloroso.

Cuando recibí el diagnostico de dos meniscos rotos, atrofia muscular con un importante desgaste, cuando supe que mi movilidad se iba a ver reducida y no volvería a correr se me heló la sangre y lloré desde ese consultorio hasta mi casa. Era una cirugía cara y de emergencia. Un día antes mi novio me terminó por un WhatsApp. Había dejado de darme atención afectiva y emocional, llevaba semanas sin ser la misma; pese a ir a terapia, estaba triste y rebasada. Mi ex decidió redireccionar por completo la responsabilidad afectiva hacia una amiga que estaba pasando por un rompimiento; me demostró que algunos tienen un tanquecito limitado de responsabilidad emocional y cuidados que quitan a una persona para dárselo a otras.

No lo culpo, era un desastre; sin embargo, me hizo falta su presencia, sentir que no era difícil amarme. Y con el corazón apretado, con la rodilla despedazada y aprendiendo de mis emociones, me decidí a salir adelante. Necesitaba rentar un artroscopio y eso solamente rebasaba los quince mil pesos, sin contar la hospitalización, honorarios, anestesia y más gastos; cuando hice público que me hacía falta mucho dinero mis amigas y amigos me salvaron: “¿cómo te ayudo?, ¿cómo te cuido?”.

Iniciamos una colecta, vendí libros y gas pimienta, hasta rifaron un rebozo oaxaqueño. Más y más amigas y amigos me ayudaron, del programa de radio feminista Ya Siéntese Señora donde participo, del trabajo, la universidad, de la preparatoria, de mis antiguos trabajos, de lugares donde estuve becada, del gimnasio, de talleres de historia, hasta del Twitter, todos empezaron a cuidarme. Cuando necesite sangre, Jessica, una amiga de Twitter que no conocía en persona, llegó a donar y Jimena, una de mis mejores amigas, fue a hacer lo mismo saliendo de su trabajo.

Esos días no deje de llorar, de tan conmovida; en el momento en el que me sentía tan vulnerable, una red de cuidados que creé de manera inconsciente volvió para acuerparme, porque las redes que tejemos nos sostienen y nos cuidan. Me ingresaron para mi cirugía, estuve en un cuarto con otras cinco mujeres que pasaban por lo mismo y esa noche todas platicamos, lloramos: sabíamos qué sentíamos.

Después de cinco meses de dolor y confinamiento, pero también de mucho amor y cuidados que aprendí a entender que sí merezco, me operaron el 27 de febrero. Se venía una recuperación larga, más larga de la esperada porque la madrugada del 28 se registró el primer caso de COVID-19 en México.

 


LA AUTORA

AlejandraAlejandra Hernández Vidal. Hice de la Historia mi vocación y del feminismo mi postura política, soy una piscis que vive, siente, sufre y presume ser de la salitrosa Neza donde los mexicas soltaban collares al lago; bisnieta y nieta de curanderas mixtecas que se fregó la rodilla y creyó en la ciencia pero disfruta más la ciencia ficción; investigo del México Contemporáneo, divulgo Historia en mi Twitter, me quejo con una amiga en el podcast Ya Siéntese Señora y de vez en cuando me gano becas por ser muy lista.

Hablar de cuidados también es hablar de dolor

Brisa Ruiz

Escribir y reflexionar sobre los cuidados también es escribir y reflexionar sobre el dolor que atravesamos en ciertas etapas de la vida. Es nombrar al fantasma de la culpa, ese con el que aprendimos a convivir desde los primeros años. Una amiga dice que si las mujeres no viviéramos con culpa, ya habríamos tirado al patriarcado.

Cuando tenía nueve años, mi papá sufrió un accidente cerebrovascular que lo dejó paralizado de medio cuerpo. Ahí empezó mi historia de cuidados, que por supuesto compartí con mis dos hermanos mayores y mi madre, pero gracias al feminismo (y a la terapia) descubrí que probablemente mi experiencia y la de mi madre fueron muy diferentes.

Mi madre asumió, sin cuestionarse, el rol de enfermera: aprendió rápidamente cómo hacer curaciones y baños de esponja, cómo dar terapia física a un cuerpo casi inerte para que pudiera moverse de nuevo; dedicó noches  y días enteros a la escucha, a convencer a mi padre de todas las razones que tenía para “no tirar la toalla” y mantenerse con vida. Y digo “asumió” porque su historia de cuidadora empezó a los cinco años: ella era la encargada de preparar el desayuno a sus hermanos,  lavar la ropa y hacer tortillas, por ser la mayor, pero sobre todo por ser la mujer. Le tocó crecer en un hogar en donde su educación era impensable porque hacía mejor otras cosas como cuidar y servir.

Pese a eso, mi mamá siempre quiso que yo estudiara. Le emocionaba la idea de que yo no sufriera como ella, pero al igual que todas (en algún momento) creía que a diferencia de mis hermanos “yo tenía un corazón más bueno” para acompañarla todas las tardes y noches de fines de semana que nos quedábamos cuidando a mi papá. Pensaba que, a diferencia de mis hermanos, yo la comprendía y se sentía más tranquila cuando yo la reemplazaba en los cuidados. Así aprendí a cocinar desayunos balanceados, a dar dosis exactas de medicamentos, a escuchar dolencias ajenas y a calentar bien las tortillas, pero sobre todo aprendí a sentirme incómoda y culpable cuando decidía “escaparme” para ver a mis amigas, ir al cine o estar lejos de mi rol de cuidadora.

Así construí mi vida, priorizando los cuidados de otros antes que los míos. Así vivió mi madre, sesenta y siete años, dedicando su vida a los cuidados. El día que murió mi padre ella no tenía ningún bien material, ni pensión, ni certificado de fisioterapeuta, ni de psicóloga. Nada, pese a que se hizo especialista en cuidados paliativos.

Gracias a que ella siempre impulsó mis estudios, hoy puedo hacerme cargo de sus gastos, para que por primera vez pueda decidir qué hacer con su tiempo, para que por primera vez dedique tiempo a cuidarse. ¿Y yo? A veces escribo y reflexiono sobre los cuidados para apaciguar la culpa de ponerme al centro de todo.

 


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BRISA RUIZ                                                       

Es feminista, diseñadora integral y especialista en producción editorial. Un día se dio cuenta que si hubiera conocido antes las ciencias sociales, habría estudiado política pública. Sobrevivió a una maestría en derechos humanos. Trabaja como investigadora y ahora quiere contar historias para el cambio social a través de la imagen.

 

Cuando digo casa en realidad quiero decir cuerpo

Adriana Rodríguez Ruiz

Quisiera no pensar en la pandemia. Quisiera no sumergirme en esta corriente de cifras, datos, teorías, estudios, reportajes, artículos de opinión, porcentajes, golpeteos, conspiraciones, oposición, noticias de agresiones, noticias de agresiones, noticias de agresiones. Quisiera dejar de desayunar, comer y cenar coronavirus. Quisiera (con todo y la simpatía que en mí también ha generado el subsecretario de Salud de México) no ver más la “telenovela de las siete”. Quisiera que el Covid19 dejara de ser un tema para estas entradas, quisiera que dejara de ser el tema. Pero no puedo.

Me voy a robar una anécdota que me pareció hermosa. La familia de mi pareja vive en San Sebastián. Su sobrina tiene dos hijas pequeñas. Yo no soy madre, pero veo en las maternidades cercanas a mí los retos que la pandemia ha planteado para continuar con crianzas responsables en espacios limitados. Me pregunto por la curiosidad hambrienta de la infancia, sus corporalidades cautivas, conteniendo la efervescencia del juego y el aprendizaje del mundo. Oihana (la sobrina de mi pareja), como tantas otras madres y padres, llevaba semanas dedicándose no solo al teletrabajo, sino también, a la ingeniosa tarea de reproducir para sus hijas el cosmos dentro de casa. Cuando, tras cuarenta y tres días de confinamiento, el gobierno español finalmente dejó salir a niñas y niños durante una hora. La madre de las pequeñas armó una mochila con patín y bicicleta esperando aprovechar todo aquello que el exterior había reservado en la cuarentena. Ante este kit de ida y vuelta la más pequeña, la de cuatro años, dijo: “Amá, yo solo quiero correr”.

Durante el tiempo que esta familia lleva encerrada no ha habido mayor viaje que el desplazamiento de la recámara a la cocina, de la cocina al comedor, del comedor a la sala, de la sala al baño, luego stop en el baño y la inmersión al ritual íntimo y vertical de la asepsia bajo el chorro de agua; finalmente, del baño a la recámara. Y otra vez. No hay más aventuras. Las islas más cercanas, las permitidas, son el supermercado y el descampado en que soltamos a los perros por poco más de una hora cada día. Nuestra anatomía silenciosa, suave, adormilada durante muchas horas, se traslada únicamente por las habitaciones de nuestra morada. ¿Dónde están las expediciones ahora? ¿No es el mutismo del cuerpo un recorrido hacia el interior?

No me gusta concebirme desde la separación alma/cuerpo, razón/cuerpo. Creo que muchas de las cosas que vivimos y los significados que construimos se dan a través de los procesos sensoriales. No obstante, reconozco que uno de los efectos que el encierro ha causado en mí es la creciente necesidad de contacto físico. Quiero sentir. Quiero sentir todo el tiempo. He sorprendido a la punta de mis dedos haciéndome cosquillas en la rodilla o en el abdomen mientras leo o vemos una serie. Este contacto mínimo significa para mí casi lo mismo que el libro que sostengo. Lo que la yema de mi dedo hace cuando traza figuras aleatorias sobre la piel es equivalente a empujar una ventana o abrir una trampilla. Se despliega para mí una serie de posibilidades insospechadas dentro de casa (y cuando digo casa en realidad quiero decir cuerpo): me zambullo entonces en los viajes introspectivos y en las reflexiones que surgen a partir de la memoria corporal.

La dimensión que han tomado algunos eventos cotidianos, e incluso de labor doméstica, es novedosa. Qué significa para mí andar descalza, escaldarme la lengua, besar a Imanol recién rasurado, besar a Imanol sin rasurar, escuchar el primer chorro de orina en la mañana, oler el patio quemado por el sol a mediodía, sentir el estremecimiento del tímpano cuando estallan los ladridos de la manada. Nuestro receptáculo, nuestra frontera con el todo, ahora atrincherada por los muros de la casa, me ha dado más de lo que le he agradecido.

En su ensayo “Sobrevuelo”, Tania Tagle observa el pendular de su hijo, arrojado en ese viaje iniciático, hipnótico y místico del columpio. Ese pequeño Ulises, trapecista suspendido en la infinitud del aire, en la ausencia de contornos, asombrado por la travesía de su gravedad, me hace añorar la plenitud del espacio. Ítaca es el cuerpo. Pero el cuerpo también es la nave. Ahora reflexiono sobre los viajes actuales, los imaginarios, los virtuales, los incorpóreos; sin embargo, inflamado por la levadura de la espera, mi cuerpo sigue aguardando por el crujido de la movilidad recuperada, por la expedición a través de las venas del mundo, por el lanzamiento al cielo abierto, desdoblado en todas sus alturas. Espero por la libertad del cuerpo.

Divagando sobre esto, me resulta imposible no recordar esa escena de la entrañable Jojo Rabbit a la que ya varias personas han hecho referencia en el contexto que ahora habitamos: “¿Qué vas a hacer cuando seas libre?”.

Quiero correr. Quiero subirme a un columpio. Quiero sentirlo todo.

 


LA AUTORA

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Adriana Rodríguez Ruiz. Aguascalientes, 1990. Es herbívora, púrpura y vive con muchos peludos, uno humano y los demás caninos. Le gusta más leer que escribir.

Mi madre no es…

Gemma Leyva Machiche

Catalina es el nombre de mi madre, heredó el nombre de mi abuela. Siempre he pensado que con él, heredó también las responsabilidades. Y a pesar de que su nombre no le agrada, a mí me parece bellísimo. El santoral que le correspondía por su fecha de nacimiento era Perfecta, que bien podría ser un sinónimo del significado de su nombre: mujer inmaculada.

No me sobrevive el primer recuerdo que tuve de ella. Lo que sé es que siempre ha estado presente. Mi familia ha atravesado algunas mudanzas, derivadas del trabajo de mi padre: dejamos Hermosillo cuando yo tenía tres años, vivimos dos años en Acapulco, cinco años más en Cuernavaca y finalmente nos establecimos en Querétaro desde hace 17 años. Cuando eres pequeña jamás terminas de comprender las mudanzas (tal vez siendo adulta tampoco), sólo sabes que vas a empezar de nuevo, hacer nuevas amistades, entrar a una nueva escuela, vivir en una nueva casa. Pero todas estas nuevas casas siempre se han sentido como un hogar y todo se lo debo a mi madre.

Cuando mis hermanos y yo cursamos primaria y secundaria, lo primero que hacíamos al iniciar las vacaciones de verano, era huir a Hermosillo, dos meses enteros. Mi mamá dejaba preparadas las listas de útiles, uniformes y libros para el siguiente curso para poder regresar un día antes de que iniciara el ciclo escolar. Siendo niña jamás cuestioné esta situación, pero al crecer comprendí que esos dos meses eran los únicos en el año en los que mi mamá tenía a su familia cerca. Los únicos en los que podía abrazar a su madre, a su padre, a sus hermanos y hermanas, y a todas aquellas personas que alguna vez tuvo en su vida diaria. Pensar en la valentía que tuvo al dejarlo todo por seguir a mi padre y buscarnos una mejor vida me llena los ojos de lágrimas. No sé si algún día lograré encontrar la forma de pagarle por todo lo que ha hecho.

Su profesión es la enfermería, pero su dedicación ha sido el hogar y su familia. Toda persona que la conoce sabe que con ella no le hará falta ni una cura, ni un plato de comida caliente, ni un chiste, ni un abrazo. Al ser su única hija, las expectativas siempre han existido: tienes que estar a la altura de tu madre. Cocinar, limpiar, cuidar, curar como ella. Hasta hace algunos años me daba pavor pensar que tenía que ser así. Hasta que me puse a reflexionar sobre mi nombre. Cuando yo nací, contrario a las tradiciones y a la opinión de su madre, decidió no heredarme su nombre. A veces pienso que en ese momento se deshizo de las cargas impuestas por la sociedad. Tal vez fue su forma de liberarme. Tal vez fue su forma de decirme que yo podía hacer las cosas de forma diferente. Y sí, la maternidad y el matrimonio no son mi camino, sin embargo, los momentos más felices a su lado han sido en la cocina: aprendiendo una nueva receta, decorando pasteles, recibiendo un regaño por no hacer las cosas a su manera y las largas sobremesas llenas de risas. Sus enseñanzas sobre hogar y cuidados me acompañarán una eternidad. Tampoco sé cómo pagarle por esto. Pero este  texto puede ser el comienzo.

Mi madre no es su aclamada cochinita pibil, ni sus recomendaciones para desmanchar ropa blanca, ni sus remedios para el dolor de estómago. Mi madre es la mujer que más admiro por su fortaleza, determinación, gentileza y cariño. Y no, aunque su nombre lo indique, no es perfecta. Pero si aspirara a la perfección, mi aspiración sería ella.

 


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GEMMA LEYVA MACHICHE            Sonorense que perdió su acento entre mudanzas. Arquitecta apasionada. Curiosa por las diversas formas de expresión artística. Escribe para conversar consigo misma.

Sé cómo usar una escoba

Brenda Gutiérrez

Pensar lo doméstico me hace recordar mi pasado, cuando hace algunos años me vi atrapada en los prejuicios que rodean a una mujer casada. Era muy joven y había dejado mi país para viajar a otro en el que nunca antes había estado. No conocía en persona al hombre con el cual me iba a encontrar por primera vez.

Mis padres antes de partir, me decían que emprender ese viaje era muy peligroso y que algo malo me podía suceder. Intentaron detenerme, sin éxito, contándome historias reales de mujeres que fueron asesinadas al aventurarse en una relación por internet. A pesar de todo, decidí emprender el viaje sin escuchar a nadie.

Dejar mi vida atrás por ir hacia lo desconocido me producía un poco de miedo. Sabía que me estaba arriesgando demasiado, pero no me importaba. Como el loco del tarot, ansiaba la aventura aceptando el riesgo que implicaba. Me subí al avión dispuesta a afrontar cualquier consecuencia.

Cuando llegué al aeropuerto de Lima, él estaba esperándome. Lo miré y no sentí la mágica atracción que imaginaba, eso me produjo una gran desilusión. Posteriormente, creí que con la convivencia y el trato diario la desarrollaría. Traté de disimular, lo saludé y abracé. Me presentó a las personas que lo acompañaban: eran su mamá y su padrastro, quien me ayudó a llevar mis maletas a un taxi.

Antes de subir al taxi, mi novio virtual hecho realidad miraba a su alrededor con cara de asustado. Comencé a sentirme nerviosa y temí que las historias que me habían contado mis papas se volvieran ciertas. Me senté en el asiento trasero con él a mi lado. Su mamá y su padrastro iban adelante. Recuerdo que intenté abrazarlo y besarlo, pero se incomodó y me dio a entender que su mamá se pondría celosa. Supe que eso no pintaba nada bien.

Después de un viaje de alrededor de cuarenta minutos, llegamos a la que sería nuestra casa. Suspiré aliviada, pues tal como me había dicho por Messenger, vivía en una iglesia cristiana de la cual era pastor. Bajamos mis maletas del taxi y entramos a la iglesia. En la parte de atrás había un cuarto en el que viviríamos a partir de ese momento.

En el patio había una cocina construida con paredes de madera y piso de tierra. Había también una pequeña estufa de gas, una mesa con ollas y otros utensilios de cocina. Era muy temprano y su mamá nos envió a la tienda para comprar pan y otros productos para preparar el desayuno.

Caminamos hacia la tienda en donde mi novio hizo sus compras mientras yo usaba un teléfono público que se encontraba afuera de la tienda. Llamé a mi mamá para decirle que había llegado bien. Ella respondió el teléfono, la saludé y me dijo: “No te gustó”. No pude responder porque mi novio estaba a un lado mirándome y escuchando con atención. Solo le dije “no”, me despedí de ella y colgué el teléfono.

A pesar de todo (y me cuestiono por qué lo hice), le pregunté a mi novio que si nos íbamos a casar. Me respondió titubeante que sí. Ahora sé que no estaba convencido, al igual que yo. Es así como empezó la historia, que he tratado de resumir lo más que pude.

Nos casamos dos meses después de mi llegada, primero por el civil y después por la iglesia. Fue una boda cristiana muy sencilla pero muy divertida y extraña para mí. Su familia apresuró el casamiento porque su religión no le permitía que una pareja viviera junta sin estar casados, ya que eso se considera pecado según la Biblia.

Nunca me llevé bien con su familia, pues constantemente recibía indirectas y desaprobación por mi falta de experiencia con las actividades del hogar. Mi vida antes de casarme había sido muy distinta, tenía menos de dos años de haber terminado la preparatoria y no ingresé a la universidad, ya que comencé a trabajar con la intención de ahorrar dinero para mi boleto de avión.

Me encontraba sola, lejos de mi país y de mi familia, en un lugar que no conocía. Estaba rodeada de personas extrañas y que además tenían un sistema de creencias y de vida muy distinto a lo que estaba acostumbrada. Me hallaba en otro ambiente, por lo que traté de adaptarme a él para ser aceptada, aunque en el fondo persistía en mí ese espíritu rebelde que siempre tuve desde pequeña.

Me gustaría agregar un extracto de un ensayo que escribí recientemente sobre lo que considero que son las principales influencias para la construcción de los géneros tradicionales binarios:

Los valores occidentales se han construido desde la religión judeocristiana, pues aun cuando una persona no sea perteneciente a alguna de las religiones patriarcales dominantes, la mayoría de los valores bajo los cuales ha sido criada surge de estas religiones en las que culturalmente la mujer es vista como un subproducto del hombre. Su influencia es determinante en la construcción de las masculinidades y de lo femenino.

Fui acusada de ser mala mujer porque no sabía cocinar, porque me maquillaba, porque usaba pantalón y aretes. Según sus creencias, una mujer (y sobre todo una mujer cristiana, cuanto más una esposa de pastor), debía de comportarse con recato y aceptar los roles que tradicionalmente se han impuesto a las mujeres. Del mismo modo, los hombres también se veían obligados a cumplir con las expectativas que se le atribuyen a la masculinidad hegemónica.

Toleré tres años esa situación. Las constantes críticas hacia mi comportamiento, sumadas a los problemas económicos, me hicieron replantearme mi vida. Sabía que en ese lugar estaba destinada a hundirme en el hogar a pesar de todos los sueños que tenía. Su familia me decía que el lugar de la mujer estaba en la casa y que el hombre era el proveedor. Mi obligación y mi única función como mujer y esposa eran las actividades domésticas.

Una vez su madre me corrió de su casa y me gritó que yo no sabía hacer nada y que no sabía ni agarrar una escoba. Le dije que el uso que yo le daba a las escobas era distinto. Eso la enfureció más, hasta que perdió el control y tuve que salir corriendo de ahí. La relación duró tres años, regresé a mi país. Actualmente he terminado la licenciatura en Sociología. Estudié por el deseo de aprender y encontrar espacios públicos desde los cuales puedo contribuir para generar un cambio.

El hogar debe ser un lugar donde exista libertad, respeto y crecimiento equitativo entre quienes lo comparten. No debe ser un sitio de dominación, sino un espacio en el que las mujeres se sientan seguras y plenas. Hoy día, el hogar es un lugar en el que puedo decidir libremente y realizar actividades porque disfruto hacerlas, mas no por imposición. También puedo hacer lo que me apasiona (leer, escribir, estudiar) sin que se me cuestione por ello.

La escoba, para mí, ahora es un símbolo de poder femenino. Es la escoba que se asocia con la figura de la bruja y que utilizaba para volar. Esto me transmite la idea de libertad y de poder decidir, tanto en el espacio privado como en el espacio público, sin que se me imponga un rol o un estereotipo cultural.

 


LA AUTORA

Bren Linton

 

Brenda Gutiérrez. Alias Brenda Linton (en referencia a Cumbres Borrascosas). Socióloga recién egresada, amante de la poesía y la literatura. Le gusta aprender sobre nuevos temas, le gusta el tarot y todos los asuntos relacionados con la brujeada.

Atarme a la vida

Tania Enríquez

Me siento a intentar hacer esto, me cuesta encontrar la convocatoria y decidirme a escribir. Mis hijas están en su cuarto viendo una película, las llevé a ver el atardecer. Aquí cerca, me senté en el pasto mientras ellas corrían sin zapatos. Me costó dejar de sentir culpa por un día poco productivo y lleno de comida. 

Para empezar, no tengo dos hijas: tengo una y la otra es de mi hermana, tienen ocho y nueve, por lo que son prácticamente hermanas. Me cuesta pensarlas separadas y aunque podría parecer carga, en realidad que estén juntas me ayuda un poco a no sentirme abrumada por las demandas de mi hija. 

Mi mamá migró a Estados Unidos hace quince años, ahora tengo treinta. Quedarme sola fue triste, pero juro que nunca lo sentí más que cuando me di cuenta de que me tocaba lavar la ropa; esa montaña de ropa me situó en la realidad de ser la hermana casi mayor de cuatro, la mujer, la que debía hacerse cargo. 

A partir de ese momento fue más que obvio lo que me tocaba: lavar, planchar, hacer comida, limpiar, cuidar de mis hermanos. Con quince años idealicé lo que me estaba pasando y pensé que no solo era mi deber, sino que además me sentía orgullosa de poder demostrar que podía ser como mi madre, una mujer capaz de hacer de una casa un hogar. 

Colapsé antes de los veinte. Me sentía agotada, me alejé de mi por pensar en los demás. Se me acabaron los sueños, el futuro. Seguía cuidando con el pensamiento fijo de no rendirme, no hasta que ella volviera. Lo único que me hacía seguir era eso, pensar que le entregaría a sus hijos para después alcoholizarme hasta morir. Sin volver a pensar en nadie, sin tener que cuidar a nadie. 

En medio de esto, a los veintiuno, nació mi hija. No pude pensar en otra cosa menos injusta para mi vida, me merecía libertad y no que un error de cuentas no me permitiera suicidarme. Pero ya estaba en eso, no había escape, una vez más estaba a cargo de cuidar a alguien y para colmo era mía. Mantenerla viva era mi responsabilidad. 

De alguna forma, terminé la universidad, me casé y después de diez años dejé de esperar que mamá volviera y dejé que mis hermanos, ya adultos, se hicieran cargo de sí mismos. Suena fácil, pero ha sido de las cosas más difíciles que he hecho.

Llevó un año en terapia, he logrado sanar la aversión que tenia a la comida. El escuchar a alguien diciendo “tengo hambre” me ponía de malas en automático, yo misma podía pasar todo el día sin comer. Un refrigerador vacío, una casa que apenas se limpiaba porque decidí que no me importaba, que estaba cansada de eso. 

Elegí la cuarentena para divorciarme, buen tino el mío. Al quedarme sola con las niñas y haciendo home office, la vida me trajo de vuelta a esa adolescencia. Encerrada y limpiando, cuidándolas. Los primeros días fueron terribles: despertar tarde, luchar para salir de la cama, sin bañarme, trabajar, apenas darles de comer, sentir todo el día que no había rutina que pudiera atarme a la vida. 

Me aferré a terapia y me dejé ser. Sentí mi dolor, le di espacio a la culpa, me llené de ella y lloré. Puse todas las películas tontas del mundo, hasta que decidí lidiar con el mundo un día a la vez. Para poder cuidarlas tuve que cuidarme. Por primera vez en la vida me puse antes que los demás y eso me salvó.

 


LA AUTORA

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Tania Enríquez. Tengo treinta. Mamá, escritora incipiente, buscando mi voz.

¡A comer!

Vonne Lara

Todos los días hago de comer. Ya es para mí una rutina de las que simplemente se hacen sin la consabida lucha interna entre la pereza y la resistencia. Todos los días hago de comer y me gusta. Me gusta alimentar a mi gente, darles gusto, consentirlos. Aunque, debe decirse, sí hay veces que sufren un poco por el platillo del día. Tengo tres hijas y, como siempre pasa en las familias, tienen sus preferencias y sus aberraciones. A la mayor, por ejemplo, no le gustan los chícharos, a una de las gemelas le gustan las enchiladas, aunque a veces me dice que las hago muy seguido. La otra gemela casi nunca se queja de nada, pero bien que tiene sus platillos favoritos: las quesadillas de tortillas de harina y el espagueti encremado. Con mi esposo no tengo problemas, come de todo, es de esas personas a las que da gusto darle de comer porque jamás le pone pero a nada y, además, siempre está dispuesto a comerse los piquitos que nos quedan a las demás —una actitud que equiparo con cariño. 

Todos los días hago de comer y algunas veces lo hago en automático. Sé que esto suena poco maternal —ese adjetivo frecuentemente impropio para nombrar el deseo de cuidar del otro—, pero es que cocinar se ha convertido para mí en un deber ineludible pero muy placentero. Me gusta, por ejemplo, cuando llegan de la escuela y desde la puerta dicen: ¡Qué rico huele! ¿qué hiciste de comer? O, ahora que estamos en cuarentena, van a la cocina a ver qué se está preparando motivadas por un olor que las cautivó. Me gusta pensar que cuando sean grandes recordarán esa rutina de regresar de la escuela y encontrarse con un platillo calientito, justo cuando el hambre está arreciando. Me gusta pensar que se acordarán de mí con un delantal gris y una sonrisa de bienvenida. ¿Cómo te fue?, les digo. Espero que así me recuerden en sus momentos solitarios, en sus momentos de mayor añoranza, cuando tengan que cocinar para ellas y, si es que así lo deciden, para sus familias.

Cuando era niña y llegaba de la escuela junto con mis primos nos mandaban a las tortillas. Los días de calor eran los más difíciles, pero igual nos teníamos que ir por las bienamadas tortillas. A diario. Todos los días. Mi primo Esaú y yo ya ni nos quejábamos, sabíamos que a pesar de nuestras tímidas protestas terminaríamos formados junto a otro montón de niños en la tortillería del barrio. De regreso a casa teníamos que subir la empinada calle en la que vivíamos y regularmente hacíamos una parada en una sombra, en una banqueta que tenía un árbol y unas piedras a modo de banca. Muchas veces perdíamos la noción del tiempo y tenía que salir mi tía a gritarnos que nos diéramos prisa, pues todos estaban esperando las tortillas. Esaú y yo salíamos disparados a llevar el encargo y, por fin, comer.

De niña fui muy mala para comer. Ese mal terrible que las madres catalogamos como maldición. Hubo regaños, gritos y nalgadas pero igual me era imposible comer algunos potajes de mi madre, tías y de mi abuela; como el caldo de res, el espagueti encremado y las tortitas de verduras en caldillo. Pero sobre todo odiaba el licuado de plátano, peor cuando mi mamá le ponía chocomilk. No sé por qué me parecía —y me sigue pareciendo— intragable. Los grumos, el olor, la consistencia en sí me producen arcadas. Es curioso porque amo los licuados, tanto o más que los plátanos; pero juntos me parecen terribles. Licuado de plátano, te odio.

Con el paso del tiempo no solo me hice buena para comer, sino también para cocinar. Provengo de una familia que se las da de buenos cocineros y, por supuesto, también creo que lo soy. Es una arrogancia que me permito porque es de lo poco que me gusta aceptar como legado familiar. He podido comprobar que los platillos familiares sí son una herencia atesorable a diferencia de muchas otras cosas que supuestamente nos caracterizan. Las herencias familiares se deben tamizar, escoger y solo se debe ofrecer lo mejor de ellas a nuestras propias familias. Es otra forma de alimentar.

Todos los días hago de comer y me gusta. Me gusta pensar por las mañanas lo que voy a cocinar, si tengo todo lo necesario, si debo salir por algún ingrediente. Me han sugerido hacer de comer un solo día y tener las comidas listas para toda la semana, pero siento que de esa forma se sacrifican los gustos, los antojos, los chiqueos y los vaivenes de ánimo de la semana por un puñado de productividad que, además, es innecesaria. Pues comer no es solo comer. Sentarse a la mesa es un acto de amor decisivo y valioso que nos enseña a relacionarnos no solo con la comida, sino con los demás y con ese cuidado un tanto desdeñado de alimentarnos a diario, bien y bonito. La hora de la comida es una hora mágica en la que se une un impulso instintivo meramente primitivo, esencial, con la oportunidad de las charlas más entrañables e inolvidables de la vida o de momentos de reflexión críticos. La hora de comer es una especie de música que en cada familia es diferente. Me gusta pensar que con mi cucharón como batuta de alguna forma presido esta orquesta improvisada y loca a la que pertenezco.

 


LA AUTORA

vonne lara

 

Vonne Lara. Mujer y mamá cósmica. Diseño libros e intento escribir otros. Amo la música, la cultura, la ciencia y la tecnología. Escribo en Hipertextual, la columna Reflexiones Apátridas para Notas Sin Pauta, ensayos en vonnelara.com y edito el folletín Soflama, gabinete de ensayos.

Como una cactácea

Lorena Rojas

Cuando era pequeña me cuidaron y también cuidé. “No corras”, “mastica con la boca cerrada”, “ponte suéter” son frases tramposas porque siempre van vestidas de regaño, aun cuando se profieren para cuidar de alguien. Mi hermano las escuchó de mi boca como yo las oí antes de mi madre. Quizá él me odiaba por eso, porque cuidar a veces es hacerse odiar aunque una no quiera. Y saberse odiada y no darle tanta importancia o tener que aprender a no darle importancia, y entender que los cuidados no siempre son bienvenidos pero casi siempre son necesarios.

Luego tal vez una se cansa de “cuidar” o agota la poca capacidad que tenía para ello en unos años, si es que había tal cosa. Así, al crecer me di cuenta que en realidad de cuidadora no tenía casi nada. Mucho de lo que me rodeaba comenzó a morirse frente a mis ojos y mi falta de cuidados: las plantas, las mascotas, los abuelos. A mi abuelo lo cuidé algunas veces, con su bata de hospital, sus historias y sus carcajadas aún con una sonda saliéndole del cuerpo. Mi abuelo que me cuidó muchos años y que de niña me enseñó boleros me tomaba la mano mientras yo me sentaba en una silla junto a su cama. Sus manos suaves y llenas de pecas color marrón que me parecían tan tiernas. Sus ojos que veían más profundo que nunca, y sus palabras que a veces eran tan dulces y otras tan duras porque así es cuidar y ser cuidado: un vaivén.

Un tiempo me aferré con las plantas, pero enseguida me rendí. Se hacían amarillas sus hojas, se marchitaban; luego algunas se pudrían, se ahogaban con mi intento de cuidados porque no eran precisos y en exceso también cansan. Un día, después de que unas cuantas guerreras sobrevivieran, conociéndolas yo a ellas y ellas a mí, me mudé de ciudad y no pude cargarlas. Las abandoné, a sabiendas de que el camino podría maltratarlas, junto a las plantas, frescas y siempre vivas de una vecina. Supongo que a veces cuidar es soltar.

Ya en un nuevo hogar, me encontré con las cactáceas: nopales, biznagas, sábilas y sus parientes cercanas, las suculentas. Todas ellas, aunque independientes y resistentes, también son plantas, con fama  de no necesitar gran cosa para sobrevivir. No siempre es así y yo lo sabía de antes, pues lastimé algunas, pero el clima semidesértico que ahora habito, resulta ser perfecto para ellas. Las vi, a unas cuantas que la antigua inquilina de la casa había tenido que abandonar —igual que yo hice antes—, hermosas y perfectas bajo un sol que azota la terraza cada tarde. Aquí estamos bien, tal vez es cosa de encontrar un sitio, que cuidarse es también moverse, tomar sol, cubrirse de espinas y almacenar agua para los momentos de sequía.

 


LORENA ROJAS

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(Cerritos, SLP, 1992) Estudió Lengua y Literatura en la UASLP. Se ha dedicado a corregir, editar y redactar textos para distintas revistas y medios digitales, así como a leer y difundir autoras más por gusto que por trabajo. Es feminista de las que se pelean y escribe cuentos y monólogos teatrales. Espera a que pase el confinamiento para abrir —junto a su esposo— su Cafebrería Ítaca en un pueblo mágico de Tamaulipas. No es buena cuidadora pero le está echando ganas.

La prisa de volver a casa

Melissa Amezcua

No he desarrollado aún la habilidad para cocinar rico y en la Ciudad de México existe una fonda llamada “La Fama” que siempre será uno de los recuerdos de mi vida donde sólo existo yo.

Parece que casi al final de la cuarentena descubrí que ese lugar al que he ido por años ¡está abierto!, con servicio sólo para llevar. Cuando tengo ganas, de a de veras, de cuidarme, cruzo la manzana, saludo a la señora Lupita y le pido comida para varios días.

Venía de regreso a mi casa el otro día con mis enchiladas potosinas, mi litro de sopa de verduras, mis frijoles, mi arroz, mis tortillas, mi salsa verde y mi agua de horchata, con ambas manos ocupadas, un tapabocas y el pelo amarrado en una enorme pañoleta azul para quitarme el calor de las dos de la tarde, cuando me pregunté si mi casa era un hogar.

Lo pensé porque en el camino me encontré a un vecino, apodado “El Chino” y muy querido en la colonia, que me preguntó si acaso me había cortado el afro, por aquello de traerlo metido en un trapo de tela; platicamos sobre lo bonito de tener el pelo rizado, él quería platicar más pero yo ya me tenía que ir porque se me enfriaba la comida. Eso me hizo reflexionar si de verdad mi urgencia era mantener calientes las enchiladas o más bien seguir la “nueva” automatización de hacer todo a prisa para volver al encierro, volver a la casa cuanto antes porque no debería salir para nada, debería saber cocinar y no atreverme a comer en la fonda.

Hice algo en contra de lo que en realidad quería. Como muchas de mis decisiones, pensé. En ese momento quería quedarme a platicar con “El Chino”, y por eso me pregunté si mi casa era el lugar al que más me gusta volver. No estoy segura. Mis argumentos siempre han sido que si vivo en un departamento muy chiquito, que no corre el aire nunca, que el sol entra veinte minutos y hay que pegarse mucho a la ventana para sentirlo, que puedo oler cada que mis vecinos queman un huevo o escuchar cada que pelean. Es una típica lista de motivos clasemedieros para estar insatisfecha por las condiciones en las que me tocó vivir, porque me quiero autoconvencer de que la falta de espacio no es un problema de muchos.

Recordé que prácticamente todos mis recuerdos negativos tienen que ver con una casa. Pleitos, llanto, amenazas, calor, mosquitos, alcoholismo, machismo, violencia y hasta balazos; todo se gestó en las casas que habité con mi familia y después con parejas. No voy a justificar que era por falta de espacio, pero al menos en la fonda me preguntan si estoy de acuerdo en compartir una mesa, no como en esos recuerdos.

Así fue que me acostumbré a normalizar que lo mejor viene cuando sales a la calle: ahí los gritos, aunque molestos, se diluyen en un puesto de discos o con el pasar de los automovilistas. En la calle también hace calor pero te lo quitas caminando, como otras angustias que se quitan caminando. Escapas.

He hecho de todo para que mi casa se vuelva un hogar. Una psicóloga me recomendó atreverme a perforar las paredes para colgar cuadros, alguien más me habló de plantas, un libro aseguraba que poniendo porta retratos de gente amada, decorándolo a mi gusto. Han funcionado como curitas porque es lo que hay por ahora, y aunque lo acepto no significa que esté conforme.

Hace poco le conté a alguien que una de mis aficiones es voltear hacia los edificios mientras ando por la ciudad, me gusta ver los departamentos con balcón y anhelar uno para poder sentarme en una silla, ver la calle y no sentir que vivo encerrada. Pero qué mujer tiene dos millones de pesos para comprar ese privilegio.

 


LA AUTORA

Melissa A.

 

 

Melissa Amezcua. Crecí en la playa pero me hice reportera y feminista en la Ciudad de México, donde descubrí que la mejor forma de estar contenta es andar en bicicleta y salir a bailar.