Lavar la ropa

Mayra Daniel

 

La tarea doméstica que más me gusta es lavar la ropa; posiblemente ya no esté para nada cercana de la manera en que nació este mandato doméstico: no tengo que recorrer kilómetros para conseguir el agua, ni me reúno con las mujeres del pueblo en lavaderos comunitarios.

Ya ni siquiera, como cuando niña, paso horas tallando calcetines con el jabón de barra, sucios de tanto andar sin zapatos. No, ahora lavar la ropa es una tarea que casi toca lo científico, con tazas de medición, gramajes, selección de temperaturas y toda una serie de artificios que están lejos de los saberes de nuestras abuelas.

Pero a ellas también se les sacan sorpresas, como aquella tarde en que, jugando a ser la interesante, armé una cita con vino y se derramó en la mesa del mantel de crochet blanco de mi madre. Fue un consejo de abuela el que me llevó al lavadero con bicarbonato y vinagre para sacar, ¡uf, apenas a tiempo! la mancha delatora.

La lavada de ropa semanal tiene más de ritual que de emergencia. Se trata de pasos simples y medidos que se amoldan bien a la rutina de la taza de café y la lectura intermedia entre cada ciclo de lavado. Me gusta el olor del suavizante, la textura de la ropa mojada, la metamorfosis de todos los tejidos.

Requieren, eso sí, cuidado y conciencia, porque si no podría uno terminar con un suéter de cachemir para poddle, o con una sábana que parece filtro de pelusa, cosa que ya me ha pasado alguna vez, también.

Los pasos para lavar ropa en la modernidad van más o menos así: se requiere separar la ropa delicada de la ropa que tiene más resistencia. Aquí hay toda una discusión sobre los tipos de telas delicados, pero para evitar confrontaciones espinosas, vale la pena fiarse de las etiquetas.

Tampoco vaya a usted a confundir la ropa de la tintorería con la ropa de la lavadora; eso sería un error de novato que podría arruinarle una chamarra de cuero o unos guantes de gamuza. Cada cosa tiene su lugar.

Una vez separada la ropa por su grado de delicadeza (la de remojo, la del lavado fino, la del lavado regular) se tiene que separar también por colores, pues en conocido programa de caricaturas un hombre sufre de discriminación por llevar una camisa rosa (esperemos que eso ya no pase, pues el rosa queda muy bien en muchas situaciones).

Ya separada la ropa negra, de la de color y de la ropa roja o la que despinte, se elige en la lavadora el programa de lavado que se va a emplear. La mía es simple y parece tener pocas opciones: tamaño de la carga, elegir entre frío y caliente. Y el tiempo.

El factor del tiempo siempre es relativo y más cuando lavas la ropa. En algunas ocasiones se me pasa volando y otras veces parece que paso toda la mañana llevando cargas y cargas.

Tender es lo más pesado del proceso de lavado: requiere concentración y habilidad con cuerdas y pinzas. Un cálculo matemático te lleva a estimar la fuerza y precisión que requiere cada prenda: que si una, que si dos, que si ninguna pinza.

También está el tema de los ganchos: hay ganchos que maltratan la ropa y otros que son hechos solo para los roperos, pero que nada tienen que hacer en un tendedero. Todo tiene su ciencia.

En casa de mi abuela los tendederos eran bajos, tendía uno muy a gusto y luego se elevaban con unos palos que terminaban en una Y para elevar las prendas y que se secaran más cerquita del sol. En esta residencia urbana el sistema de poleas es lo que impide que mis prendas caigan al vacío. Se mecen de manera totalmente intrépida y pocas, pero algunas veces, han emprendido la caída libre por una pinza mal puesta.

Yo, por obsesiva, tiendo por gamas cromáticas, primero los blancos, luego los amarillos, paso por los naranjas, los lilas, los morados, los azules y al final dejo la ropa de color negro. Al terminar mi tendedero es un arcoíris variopinto.

Pero hay días en que noto un balance mayor de blancos, o negros o azules o rosas. Luego eso me lleva a pensar: ¿estuve triste, contenta, por qué tanta ropa de verano, es que fui a reuniones de trabajo y por eso tantos sacos?

Estos días he lavado docenas de pijamas, por ejemplo.

Una vez tendida la ropa uno pensaría que allí termina el ajedrez mental, pero yo siempre aprovecho para echar un ojo al tendedero vecino: descifrar, entre cuerdas, algunas de sus manías y cabildeos. Es también una mirada a los que usan sábanas de Superman o calcetines de conejito, que todos hemos estado alguna vez enamorados de la prenda que, por desgracia, no está dentro de nuestro ropero.

Quizá porque la ropa se ve más limpia en el tendedero de enfrente.

D.

 


LA AUTORA
Balthus-final

Mayra Daniel es periodista, ha publicado en medios nacionales como La Jornada, El Universal y La Revista del Consumidor, entre otros. Actualmente es editora en Jefe de Revista Neo. Da clases en la Universidad del Claustro de Sor Juana y ama a los gatos. 

Mediación y cuidados

Alma Itzel Franco Reyna

 

Realicé mi servicio social en el programa ENLACE en el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, MUAC. El programa, a grandes rasgos, consiste en estar en las salas de exhibición y hablar sobre arte con lxs visitantes, resolver dudas, dar mediaciones y recorridos, además de apoyar en otras áreas como montaje, talleres, encuestas y prácticamente lo que sea que se necesite. Creo que no fue hasta que estuve en el museo que escuché hablar de la palabra mediación y me pregunté por qué existe la mediación en el MUAC. La primera, y única, definición que he leído de mediación es la de Maria Lind en el texto Ten Fundamental Questions of Curating, cuando responde la cuarta pregunta “Why Mediate Art?”. Su definición es la siguiente:

It is essentially about creating contact surfaces between works of art, curated projects, and people, about various forms and intensities of communicating about and around art. As a term, mediation seems to be open enough to allow for a wider variety of modes of approaching exchanges among art, institutions, and the outside world.

En esta definición, Lind establece que la raíz de la mediación está en crear relaciones entre arte, público, el museo como institución y el mundo fuera del museo; sin embargo, al estar en las salas del museo, platicando con personas y escuchando sus inquietudes respecto al arte, considero que esta relación puede también convertirse en una relación de cuidado como la que describe Nel Noddings en su libro Starting at Home.

Noddings explica las relaciones como formas de encuentro: dos personas se encuentran y ambas tienen necesidades que pueden ser obvias o no y que pueden ser dichas o no. Dentro de estas necesidades, Noddings también ubica el cuidado, que puede tomar distintas formas. En los encuentros de cuidado hay una persona que es cuidada y la persona que cuida, y entre ellas hay un intercambio de atención. La atención en el encuentro de cuidado es receptiva y no de proyección, ya que en éste se busca “recibir a la otra persona y sentir lo que está sintiendo incluso si intelectualmente sé que yo en esa situación no me sentiría de esa manera” (15). En este sentido, Noddings agrega que la simpatía se acerca más a capturar lo que ella intenta describir: “sentir con”. Cuando se proyecta hacia otra persona, el proceso es de control de la persona que proyecta hacia las demás; sin embargo, cuando se recibe a la otra persona en el cuidado, la persona que cuida da su atención a la persona que es cuidada y se vacía para poder recibirla. Noddings describe el proceso como una dualidad, ya que la persona que cuida, al recibir a la persona cuidada, adquiere dos pares de ojos y oídos pero también “siente el dolor del otro adicional al suyo” (15).

Que la atención sea receptiva más que proyectiva me pareció el punto en común que tiene la definición de Lind con la forma en la que Noddings describe las relaciones de cuidado. En las mediaciones de arte te vuelves un vínculo (un enlace) entre la pieza y lxs visitantes, lxs artistas y lxs visitantes, incluso el museo y lxs visitantes. Al ser este vínculo, te vacías para transmitir las ideas de la pieza, artista o museo, pero también para recibir las reacciones de lxs visitantes. No quiero decir que lxs enlaces no demos nuestras opiniones o no pongamos nuestro sentir en las mediaciones, sino que nos vaciamos para prestar toda nuestra atención a la persona y recibirla, adquiriendo sus oídos y ojos —en la dualidad que describe Noddings—, intentando entender la forma en la que esa persona comprende las piezas. Debo aclarar que no todas las mediaciones se vuelven una relación de cuidado, y esto es algo de lo que también advierte Noddings cuando escribe que no todo lo que recibimos de otras personas nos provoca “una vibración armoniosa de simpatía” (15), sino que a veces nos provocan repulsión y en ocasiones es imposible convertir estos encuentros en uno de cuidado (15).

La mediación no consiste únicamente en recibir a la persona sino también en leer a esa persona y saber cómo responder de alguna forma a sus necesidades, sean de cuidado o no; y creo que es aquí donde yace lo fundamental de la relación de cuidado con la mediación. En mi estancia en el museo aprendí a identificar cuando una persona quiere resolver una duda muy particular, cuando quiere más información precisa como fechas y materiales de la obra, pero también si la persona quiere entender la pieza desde otro punto de vista o quiere hablar más sobre el artista; y las ocasiones más relevantes, cuando quiere conectar lo que ve en el museo con su vida cotidiana. Hubo mediaciones en las que sólo prestaba mis oídos a personas que se maravillaban tanto con lo que veían que no podían contener su admiración, pero también su desagrado, su confusión, incluso su dolor.

Tal vez la mediación que más recuerdo es en la exposición Restablecer memorias, de Ai Wei Wei: después de hablar de la pieza de retratos en legos de los 43 estudiantes de Ayotzinapa, una señora se acercó a darme las gracias por mi explicación y a decirme, con lágrimas en los ojos, que “eso también pasa en su país”. En ese momento, la pieza de arte fue el pretexto, cuando esa persona quería que alguien escuchara lo que tenía que decir. Prestarle mis oídos y recibir su dolor fue lo que ella necesitaba. Uno de mis compañeros enlaces me contó la vez que le dio una mediación a dos hermanxs de 16 y 9 años. En ese momento, se sintió responsable tanto de que recibieran la información importante sobre la exposición como de que llegaran bien a casa, ya que era un poco tarde. Le pidió a otro enlace que lxs acompañara al metro y avisara cuando hubieran llegado. Aquí, cubrir el cuidado incluso fue más allá del museo.

La atención en las mediaciones no va únicamente del mediador al espectador, también va en la dirección opuesta. Muchas veces sentía cómo la gente se vaciaba de su confusión o de su desagrado para prestarme toda su atención e intentar entender lo que yo les decía, lo que yo sentía. Lxs visitantes también recibían mi admiración, desagrado, confusión y dolor. Es en el momento en el que recibes al otrx en el que deja de serlo. La pregunta de Lynd me parece una de las más relevantes que he encontrado durante mi servicio social: ¿por qué mediar arte? En algún punto, una de las curadoras del museo nos dijo que en realidad las exhibiciones no necesitan mediadores porque es su trabajo (de lxs curadores) que las exposiciones se entiendan solas. ¿Están haciendo un mal trabajo lxs curadores que se necesitan personas que expliquen las exposiciones? No lo creo. Pero, tal vez el punto del arte no es únicamente que se entienda. Tal vez es algo que va más allá, algo que podemos encontrar en las superficies de las que habla Lind, al pensar que nosotrxs mismxs somos superficies y el arte nos lo recuerda cada vez que entra en contacto con nosotrxs y provoca todo tipo de emociones e ideas.

Como superficies constantemente expuestas, la mediación permite generar un espacio de encuentro en el que dos personas sin relación alguna generan consideración por el/la otrx. La mediación de cuidado en la que se recibe a una persona nos recuerda lo que considero más importante que enuncia Noddings: “we all want to be cared for” (12).

 

Fuentes consultadas

Noddings, Nel. “Caring”. Starting at Home. University of California Press, 2002.

Lind, Maria. “Why Mediate Art”. Ten Fundamental Questions of Curating. Contrapunto

S.RL., 2012


LA AUTORA

IMG_4995 Alma Itzel Franco Reyna. Nació hace 22 años en la ciudad de México, un 26 de junio. Desde muy pequeña le gustaba leer y que le contaran historias, por eso estudió letras; inglesas, porque desde entonces le fascinaban Wuthering Heights y Edgar Allan Poe. Descubrió los cuidados y su ética en un seminario de la carrera que dio una de sus maestras favoritas, quien ahora es su asesora de tesina. Su primer trabajo fue como asistente de maestra de inglés y después ha tenido otros ya como maestra. También le interesan mucho la fotografía, la danza y el arte contemporáneos. Por ello realizó su servicio social en el MUAC como enlace. Actualmente escribe su tesina, o más bien rescribe y vuelve a rescribir.

Filántropos, donantes y buenas gentes*

Andrea Ávila

*artículo publicado originalmente en Ruta Krítica: https://rutakritica.org/filantropos-donantes-y-buenas-gentes/

 

Septiembre 2019. “No sé qué haría sin mi Rosita. Se fue de vacaciones y la casa se derrumba sin ella. Mis hijos no paran de preguntarme cuándo regresa. La extrañan. La quieren tanto.”

Octubre 2019. En medio del paro nacional. “¿Saben si hay cómo llegar desde Calderón hasta Tumbaco? Mi empleada (la Rosita) hace cuatro días que no viene. Me dice que no hay buses, pero yo veo llegar a todas las empleadas de la urbanización. Ya no sé qué creer.” Respuestas: “El que quiere trabajar, llega. Mi empleada viene a Puembo desde Machachi. Se abusan cuando una es buena gente. Podrías despedirla por abandono del puesto de trabajo o descontarle de las vacaciones.” Quienes dan esas respuestas son las mismas personas que, en su momento, suelen afirmar que sus Rositas son como parte de la familia. Disfrazan las relaciones laborales como personales, sin reparar en la enorme desigualdad que se cuela en ellas. Y en la falsedad que encierra la afirmación.

En medio de la cuarentena, la relación con las Rositas -nuevamente- ha sido materia narrativa. Están ellas que -angustiadas por un hogar en el que trabajan pero no es el suyo- piden que nos les paguen el sueldo, que no quieren que su empleadora salga a la calle y -a causa de ello (o sea, por su culpa)- se enfermen. Pululan, entonces, los comentarios que alaban la nobleza de la Rosita y recuerdan las muchas veces que ellas -en tiempos duros para sus patronos- se han quedado por casa y comida, por gratitud, por lo bien que han sido tratadas. Ese es el retrato del buenismo colonial y contemporáneo (de la clase media y sus conexas), sin beneficio de inventario.

La empleadora no es igual en materia de condiciones de vida a una empleada doméstica. Y eso marca una diferencia enorme, que no puede dejar de observarse. No queremos mirar con detenimiento la desigualdad en las relaciones laborales domésticas, de la misma manera en la que negamos los micromachismos. Son estructuras tan arraigadas que se hace imposible dudar de su veracidad. Estamos rodeados de Cleos y Sofías, las protagonistas de Roma, la película de Alfonso Cuarón, que viven bajo el mismo techo, con historias tan iguales como diferentes. Ambas deben, por ejemplo, afrontar la pérdida y el abandono de la pareja. Y hasta ahí las similitudes. Cleo, la empleada de la casa, además, lleva en silencio el dolor por la muerte de un hijo no deseado, mientras trabaja y entrega cariño a los niños que cría. Ella debe mantenerse en pie en lo práctico y en lo emocional. Sofía puede derrumbarse (incluso encargar los hijos) porque ahí está Cleo para mantener el orden de la casa y los canales de afecto de la familia. Pero el movimiento contrario no se produce. ¿Quién cuida de Cleo? A ella se le paga un salario y se le permite –a lo mucho- ver la tele (de lejos y siempre dispuesta a atender – de inmediato- cualquier demanda).

Las empleadas del hogar se ocupan no solo de las tareas domésticas sino también de sostener la estructura emocional de la familia. Muchas de ellas han sido las figuras de apego, la imagen maternal de cuidado y complicidad de los niños de los hogares en los que han trabajado, o el paño de lágrimas de las señoras. Ellas atesoran los dramas familiares, los secretos, las vergüenzas, las miserias, lo que nadie debe saber. Es fácil, por eso, decirles que son “como de la familia” porque actúan en el reino de lo privado. La suya es una relación laboral que está atravesada de muchas subjetividades (fácilmente llamadas afectos), pero se trata de conveniencia: atienden los asuntos domésticos, siempre menoscabados, realizan las tareas que nadie quiere hacer, y soportan un peso emocional que no les corresponde (es común oír: “Rosita, llévese a este niño que no sé qué quiere”). Y, luego, deben repetir la jornada en sus propias casas, porque muchas son cabezas de familia, crían solas, y se dejan en último lugar en materia de cuidado y estima. Acá, en la región más desigual del mundo (no, no es África) nos estamos quejando de que durante la cuarentena nos la pasamos limpiando y lavando platos, cuando en otras latitudes ocuparse de esas actividades es moneda corriente (de las mujeres, principalmente, claro). Pagar por esos servicios es mucho más caro de lo que imaginamos. No en vano, muchas familias ecuatorianas ofrecen trabajo como empleadas en el primer mundo, a cambio de un salario muchísimo menor y violando las leyes de los países en los que van a residir. Las Rositas con las que quieren viajar deben tener visa, saber conducir y bases de un segundo idioma. Es difícil prescindir de la ayuda doméstica al estilo latinoamericano.

En el trabajo -sin duda- se pueden establecer relaciones de compañerismo y solidaridad. Para los asuntos más personales, para velar por la integridad de los empleados, existen los departamentos de recursos humanos. Hay jefes que se preocupan por saber las condiciones personales de quienes tienen a su cargo para actuar con empatía (y a veces, también, para usar a su favor cierta información). Las relaciones laborales en ese tipo de ambientes están bastante establecidas: se realiza un trabajo, se recibe una paga. Aunque la teoría del liderazgo establezca también estrategias de motivación, fidelización y búsqueda del compromiso para garantizar un mejor rendimiento del personal.

Hay ocasiones en que las personas establecen mejores relaciones en los trabajos que en los ambientes privados. La historia de los obreros y las empleadas domésticas, por ejemplo, está plagada de situaciones de maltrato, abuso y abandono sistemático, incluso desde la concepción. Es fácil, entonces, confundir el respeto y la consideración con el afecto. Si a esto se añade que las empleadas pueden ver que la riqueza material no es una garantía para ahuyentar a la desdicha (la similitud entre Sofía y Cleo), aflora de inmediato la empatía. Pero no, no es (solo) cuestión de afectos (que pueden existir, por supuesto), son relaciones laborales. Por tanto, estamos hablando de derechos. Sin olvidar, además, de que hemos oído tantas historias (familiares) de atropello a los empleados que nos hacen creer que el buen trato y el respeto a los derechos humanos y laborales, el pago de haberes y el cumplimiento de responsabilidades, es algo extraordinario cuando -simplemente- es algo normal, y asumirlos no nos hace buenos ni justos, solo estamos haciendo lo que se debe hacer: cumplir con la Ley.

Toda la retórica camuflada en el buenismo se erosiona en tiempos de pandemia. Sobre todo cuando comienzan a surgir preguntas sobre cómo bajarles el sueldo a las empleadas, disminuir su carga horaria, diferir el pago de décimos o descontar este tiempo de ausencia de sus vacaciones. Muchas han tenido que seguir trabajando y romper el confinamiento. A los patronos solo les ha preocupado que no vayan a llevar el virus, porque como ellas vienen en bus, pueden resultar contagiados. ¡¿No que eran como de la familia?!

Las Rositas y las Cleos son las que ven a sus vecinos morir por la enfermedad o el hambre. A las que, en estos momentos, les llegan las donaciones. Y ahí están nuevamente los filántropos vanagloriándose de su bondad. (¡Cuánto se ha celebrado la donación de una máquina para detectar el virus a Galápagos! No a Guayaquil, que es la ciudad que más lo necesita. ¿Hace falta decir que quien lo hace tiene negocios turísticos en las islas? El buenismo también se hace propaganda).

Es cierto que, en un Estado que ha acabado con la salud pública y reducido el presupuesto para lo social, que ha privilegiado el pago de la deuda externa en lugar de atender la emergencia sanitaria, no queda más alternativa que la ayuda humanitaria. Pero esta esconde problemas estructurales que no se resuelven con la caridad. No se trata solo de paliar el hambre, es importante responsabilizar al Estado de la protección a los ciudadanos y a sus derechos. ¿O acaso no queremos que a la Rosita -que es como de la familia- le vaya igual de bien que a nosotros? ¿Estamos dispuestos a transformar los privilegios en justicia y equidad? ¿O solo nos interesa limpiar nuestra consciencia a golpe de caridad?

Lynne Twist es una filántropa que creó The Pachamama Alliance. Ha trabajado en varios países para luchar contra el hambre, la desigualdad y la sostenibilidad ambiental. Su labor incluye la implementación de proyectos con la comunidad achuar, en Ecuador. Lynne no acepta donaciones de cualquiera: para ella está claro que el dinero tiene la energía de quien lo produce. Ha devuelto cheques de sumas importantes cuando quien los firma solo quiere limpiar su imagen o incluir el gesto en su campaña de relaciones públicas. No acepta donativos de empresarios que no cumplen con sus obligaciones o cuyas empresas tienen maquilas explotadoras o plantaciones que  acaban con el medio ambiente (imposible que Lynne reciba, por ejemplo, canastas de alimentos con aceite de palma). Ella sabe, como los políticos, que al recibir el financiamiento de ciertos grupos empresariales se establecen ataduras difíciles de cortar. Lynne, que lucha contra el hambre, no entrega donativos, multiplica el dinero que recibe: crea sistemas de trabajo, financia proyectos. No da el pescado, enseña a pescar. Y su fundación brinda también apoyo legal para proteger los derechos ambientales, sociales, laborales de poblaciones vulnerables.

La ayuda humanitaria en tiempos de crisis está bien, pero es mucho mejor preguntarse por el mañana: por la creación de fuentes de empleo, el diseño de políticas públicas, la definición de medidas económicas y tributarias que no beneficien exclusivamente a quienes más tienen. Y aquí entran también los pequeños negocios, los trabajadores independientes de todos los sectores, los que están preocupados por flotar económicamente después de la crisis. Todos piensan en soluciones individuales en lugar de una organización colectiva que presione al Estado en la creación de beneficios para los más afectados. Lo que vivimos, más allá de lo azaroso, es una consecuencia de la acción política y su destrucción de los servicios públicos.

Hay que tener coherencia y saber identificar la verdadera causa de la realidad en la que vivimos. Y actuar en consecuencia. Si no, vamos a defender la entrega de ataúdes de cartón como si fuese una salida digna en un momento de tanto dolor. Son las Rositas y sus verdaderos familiares los que han tenido que abandonar los cuerpos de sus seres queridos en las esquinas, desesperarse por ayuda que no llega, resignarse a la posibilidad de una fosa común o aceptar una caja de cartón para enterrar a sus afectos. Hay quien dijo que si fuese su propio cadáver, no le iba a importar ser enterrado en un ataúd de cartón, que le quería quitar ese peso a su familia. Seguro muchos podemos decir lo mismo. Pero cuando la ecuación es al revés, todo cambia: ¿Te gustaría buscar el cuerpo de tu hijo entre cientos de fundas sin nombre? ¿Cómo quisieras enterrar al que amas? ¿Puedes vivir sin saber dónde está enterrado tu padre? ¿O con quién, si su cuerpo fue depositado en una fosa común? Argentinos, chilenos o guatemaltecos pueden sentir el absoluto desgarro con solo oír que esa sea una opción posible, una alternativa que revive el horror de las dictaduras sangrientas de la región. ¡Nos falta memoria!

Las Rositas de la ayuda humanitaria, de los ataúdes de cartón, de la ausencia de políticas públicas no son de la familia (ni siquiera retóricamente) cuando defendemos que sigan siendo relegadas, maltratadas, humilladas, cuando dejamos que reciban del Estado y la sociedad la misma indiferencia en su vida como en su muerte.


 

LA AUTORA

mama

Andrea Ávila. Nació en Quito, un 11 de noviembre de hace muchos años. La llegada de su hijo la puso, frente a frente, al gran poder transformador de la maternidad: sus alegrías, miedos, contradicciones y desafíos. Escribe para ordenar(se), para encontrar respuestas, para compartir descubrimientos. Antes de ser mamá fue, principalmente, profesora universitaria y trabajó en proyectos relacionados con educación, cultura y derechos humanos. Estudió Comunicación en la Universidad Central del Ecuador, y un máster en Filología Hispánica, en el CSIC de Madrid. Ahora, además, trabaja con grupos de madres en temas de crianza, guiada por dos herramientas: el Kundalini Yoga y el método Montessori. Para ella, lo doméstico es un espacio íntimo y poderoso, que sostiene y fortalece, porque si lo público erosiona, en lo privado, el alma se vuelve a armar. Escribe en: https://palabrademama.com/

La mujer que no temió a la olla exprés

Tituba Asowasi

Pertenezco a la tercera generación de una línea genealógica femenina urbana. Mi abuela Marina fue sin duda una mujer influenciada por el boom de los electrodomésticos y las promesas de todos aquellos productos le facilitaban el trabajo de limpieza. ¡Vaya anhelo y tarea titánica! Qué duro es ser pobre y desear que todo en casa brille y huela bien.

Marina nació en 1940. Creció, trabajó, festejó sus XV años en grande, se enamoró. Trabajó, se casó, fumaba, trabajó, parió cuatro veces, trabajó, bailó danzón, leía revistas. Trabajó, migró de colonia, envejeció, enviudó y olvidó, olvidó, olvidó casi todo. Aun así, con su mente confusa nos decía que deseaba tener fuerza para poder trabajar, allá en el lugar testigo de su transitar en la vida: el barrio de Tepito.

Desde muy joven mi abuela comenzó a pulir oro en las joyerías del zócalo de la ciudad. Contaba, con gran orgullo, que ella fue la primera en poder comprar un televisor y en mandar hacer un baño interno en su cuarto de vecindad ubicado en la calle de Peñón. Desde ese entonces nunca, pero nunca, dejó de trabajar, con el objetivo siempre de tener un poco más de lo necesario y lograr que sus hijas e hijos pudieran salir de aquel barrio con sus calles atravesadas de contradicciones.

En aquellas décadas de los 60, 70, 80, y 90, ningún producto de “novedad” existía en la ciudad si no se vendía en Tepito, el barrio de la fayuca. Lavadoras, tocadiscos, tostadores, juegos de vajillas, flores de plástico, extractores, licuadoras, batidoras, refrigeradores, radios, televisores y, ¡claro!, ollas exprés.

Desde que tengo memoria conozco ese silbido, ese sonido matutino en casa de la abuelita Marina:

ssss ssss ssss

…silbido de  tranquilidad, arrullo, calidez, silbido de matriarcado:

¡ssss! ¡ssss! ¡ssss!

Al poco tiempo de iniciada la danza de la válvula, el aroma de aquello que se cocinaba perfumaba todo el apartamento, dando permiso a que mi nariz presagiara qué había en su interior: frijoles, lentejas, verduras, pollo, res.

Para mí, cada olla exprés desprende un olor distinto. Por más que intente ser un artilugio de rapidez y homogeneidad, estoy segura que no puede evadir el factor humano. Una olla de esas es capaz de atrapar la esencia mágica de quien la cierra. Algunos le llaman sazón.

Todo el conocimiento que poseo sobre las ollas exprés lo debo a que mi abuela lo enseñó a mi madre, mi madre me lo enseñó a mí y yo sé lo compartiré a mi hijo, o a quien se deje. Sé que la válvula y el tubo de escape no deben acumular cochambre para que no se atrofie su baile, eso sería una catástrofe. ¡Y sí!, podría provocarse una explosión cuya menor consecuencia sería ocupar el resto de día limpiando paredes y techo de la cocina, hasta romper ventas, azulejos y cabezas. Hay que limpiar la válvula de seguridad, incluso con un alfiler, de vez en vez; también hay que poner mucha atención en el empaque, que debe encontrase en buenas condiciones de sellado y en caso contrario, ir a comprar un repuesto a la calle de artículo 123, en la colonia centro. ¡Y claro!, al llenar la olla hay que ponerle agua por debajo de la mitad. Una vez que comienza a sonar, es importante conectar la sensibilidad con el tiempo. Si se está en compañía y se siente que ya es la hora, gritar con decisión:

¡Apaga la olla!

Cada olla exprés, después de usarse comenzará a tener marcas, esas manchas que ni lavando con lija saldrán. Son como sus huellas del trabajo, que darán constancia del avance en el arte culinario de quien la usa. Es verdad, todas las exprés deben tratarse con mucho cuidado y atención, como cualquier ente que contenga la capacidad de estallar.

Imagino que si hoy pudiera preguntar a mi abuela Marina:

– Oye, Má, ¿no te da miedo la olla exprés?

Después de un chasquido, me contestaría:

– ¡Qué chingados voy a tenerle miedo a la olla! ¡Tas pendeja, mija! ¡Miedo a no tener que comer! ¡Miedo a la pobreza!

¿Cuánto tiempo y gas pudo ahorrar mi abuela cocinando todo en la olla exprés, para dejar guisos deliciosos todos los días a más de cinco personas antes de las nueve de la mañana? Tiempo de vida para salir a trabajar con resistencia, dignidad y creatividad las duras calles llenas de lonas, rejas, diablos de carga, gritos de esperanza del comercio ambulante.

Ahora entiendo y me respondo: ¿Qué miedo le puedes tener una pinche olla exprés, si naciste, viviste y trabajaste en el barrio bravo de Tepito?

 


 

LA AUTORA

ashanti

Tituba Asowasi. Nació el 30 de enero de 1986 como Ashanti Daadiath Ríos Gomez. De familia tepiteña y norteña de la Ciudad de Mexico. Actualmente ejerce como mamá de un bebé llamado Amílcar de 12 meses, a quien intenta educar bajo las consignas de la crianza feminista, apoyada en el poder coercitivo de las chichis. Estudió Estudios Latinoamericanos en la Universidad Nacional Autónoma de México. Lee, baila, costura, cocina, canta, usa copa menstrual y escribe para no perder la cordura. Vindica la cotidianidad como el elemento sustancial de lo maravilloso e increíble de la vida.

Pedagogías

Fernanda Monsalvo

Mi madre, como muchas otras madres, tenía una olla exprés. Aquella olla exprés era la guardiana de la cocina, su Cerbero o su Heimdal. Mi hermana y yo aprendimos desde pequeñas, gracias a una especie de pedagogías del terror a la olla exprés, que cuando se encontraba sobre la estufa la cocina se convertía en un lugar más allá de los límites permitidos por la prudencia. Pero como la infancia es más curiosa que prudente una tarde me asomé a ver el pollo que había dentro, la siguiente vez la toqué y la última de aquellas primeras y fascinantes veces me aventuré a cargarla.

Así descubrí que la olla exprés pesaba más de lo que mi madre hubiera querido admitir y mucho más de lo que mi padre se pudiese enterar.

 

LA AUTORA

Fernanda

 

Fernanda Monsalvo. Pensadora de la Casa de Piscis. Es docente, escritora y traductora en formación. Se entusiasma con las autopistas, la poesía, los viajes y algunos cuadros. Quiere ser nómada, pero le siguen brotando flores y raíces.

Me niego

Adriana Rosas

La olla exprés es de los pocos instrumentos de cocina (si no es que el único) que me niego a utilizar. A pesar de la baja probabilidad de que suceda, es común escuchar anécdotas que se desarrollan en la cocina que incluyen la explosión de alguno de estos artefactos, precavida desde siempre y con un recuerdo personal de la explosión de una olla que, por suerte, lo único que causó fue suciedad, prefiero seguir sin aprovechar sus bondades.

LA AUTORA

Adriana Erre

 

Adriana Rosas. Pensadora de la Casa de Acuario. Del mar y la ciudad en igual medida, casi politóloga y apasionada de la cocina, custodia esmerada y afecta de gatos, sobrinos y otros seres queridos, con ganas e intención de narrar muchas cosas.

Desencanto

Brenda Isabel Pérez

Seguramente comí muchos guisados preparados en una olla exprés, pero siempre recordaré los frijoles negros de mi abuela que con tanta devoción intentaba replicar madre. Ese recuerdo va a acompañado de regaños hacia madre por no llegar a cocinar “como debería”.

Madre dice que me daba mucho miedo la olla y la pensaba muchas veces para bajarle a la lumbre de la estufa. El miedo que le tengo a la olla exprés es de los pocos gestos de niña que ella ha descrito tan segura (no recuerda muy bien otras cosas sobre mis preferencias o fobias infantiles).

“Supongo que te daba mucho miedo porque cuando tenías como 7 años te dije que tuvieras mucho cuidado y te conté del día en el que a tu tía Chucha y a mí nos explotó la olla con frijoles y se incendió toda la estufa. Te quedaste muy callada y abriste los ojos. Desde ahí, noté que te daba miedo siempre que te decía que te fueras a asomar a la cocina”.

Madre no me lo dice, pero también recuerdo que el miedo de la olla le persiguió a tal grado, que a veces evitaba ciertos guisados para no ocupar la olla. Me parece recordar que muchas veces que la usaba, era cuando estaba acompañada de mi abuelita (no la abuela Irene, otra, la mamá de madre). Ambas tuvimos desencanto con esa olla, aunque  el mío fue más por herencia, supongo.

 

LA AUTORA

Isabel

 

Brenda Isabel Pérez. Pensadora de la Casa de Capricornio. Concluyó arquitectura con el pretexto de poder describir, ordenar, dibujar desordenar, coordinar y almacenar espacios. No realiza todo al mismo tiempo, pero intenta.