Mi nombre

Ana Laura Contreras

Mi nombre

Lo escribí muchas veces

en la banca de madera,

en el papel rayado.

Sin embargo, en estos años

me he llamado mamá;

Mamá, tengo hambre 

mamá, te quiero

madre soltera

              mamá

 

Soy muchas,

        nadie,

         todas.

Mamá, qué palabra tan grande y tan sencilla.

Mamá cansada,

           sola,

           asustada.

Mamá que recorre los laberintos del metro,

que se pinta los labios.

Mamá que cuenta las monedas,

duerme sola.

Mamá llora, 

            mamá.

Soy mi madre,

soy mi abuela 

y me pierdo.

Somos hormigas sobre la tierra,

todas

          anónimas.

 

Jornada 

Me pregunto quién soy mientras camino sudando de vuelta al mercado. Se me tuerce un tobillo mientras avanzo, un defecto que no falta una vez al día.

Cumplí 34 años. Tengo algunas canas y suaves arrugas que dan cuenta de seis años de fatal matrimonio.

Cuando salgo de bañarme mi cuerpo refulge, recupera su juventud, porque salí de un lago, por eso me baño con agua fría, para recordarlo.  

Ese es mi momento, después de bañarme. Mirarme al espejo, untarme perfume, pintarme los labios.

Más tarde el hechizo se deshace, me pongo vieja y cansada, los ojos se me hacen chicos, las arrugas de la frente se marcan.

Me voy a la cama, no sin lavarme la cara, para intentar borrar el tiempo que pasa. 

 


LA AUTORA

Amanda y yo

 

Ana Laura Contreras. Artista visual y mamá de Amanda. Escribo para reflexionar sobre lo que acontece mientras recorro los laberintos del cuidado, la soledad, el anhelo, el tiempo. 

 

Eso que sientes de alguna forma tiene que salir

Ana Cervantes

Pienso en las emociones como acompañantes en nuestras actividades cotidianas. Me viene a la mente mi mamá, que cuando está enojada suele guardar los sartenes de manera brusca y llega hasta mí el sonido que hacen al chocar con las ollas; o yo, cuando estoy trapeando y me siento feliz cantando alguna canción. Me acuerdo de esa parte del poema “Autorretrato”, de Rosario Castellanos, en donde dice: “lloro cuando se quema el arroz” y lo traslado a un escenario similar, cuando la cebolla nos hace llorar al rebanarla: empezar a sentir el picor en los ojos y después, si esas lágrimas despiertan o remueven alguna tristeza que teníamos guardada, seguir llorando. Una amiga de mi mamá le ha dicho que ella aprovecha para llorar cuando pica cebolla porque así nadie en su casa le pregunta qué le pasa.

Como no queriendo, he puesto a prueba lo que ella decía y, efectivamente, funciona: quien te llegue a ver llorar da por hecho que la razón es que estas picando cebolla. Entonces pienso en esa tendencia casi inconsciente de vivir nuestras emociones, dejarlas fluir mientras hacemos alguna actividad del hogar. Incluso se pueden convertir en una especie de refugio en el que nos permitimos sentir sin dar explicaciones.

Considero que esa es una vía para dejar que nuestras emociones fluyan, además de que es importante contar con espacios en los que nos sintamos a salvo, que nos ofrezcan calorcito y nos reconforten, ya sean nuestros hogares, un parque, un jardín. Refugiarnos en ellos puede ser funcional cuando estamos tratando de ordenar lo que se siente o ponerle nombre, pero también creo que como personas a veces nos escondemos con todo y nuestras emociones detrás de una actividad, como si fuera malo solo expresarte libremente y enojarte o reírte, ponerte a llorar, sentir miedo o asco. Así, sin más.

Pienso que un ideal sería el poder expresar nuestras emociones sin temor a ser juzgadas, contar con espacios seguros y poder recurrir a actividades que nos den paz y también tener redes de apoyo, para que en conjunto se vaya perdiendo poco a poco el miedo a vivir nuestras emociones, conocernos a nosotras mismas a través de ellas, cuidar de nuestra salud mental, pedir ayuda, recibir atención de algún profesional si lo sentimos necesario. Si bien cuando la amiga de mi mamá o yo lloramos cuando estamos picando cebolla resulta liberador, no debería ser nuestra única opción para expresar dolor.

 


LA AUTORA

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Ana Cervantes. Egresada de Trabajo Social. Lectora, silenciosa y caminante.


Cuatro formas de ternura

Sara Martínez

1.

Emma me cuenta sobre su nueva gata. Yo le tengo miedo, le tengo miedo a todo. A tocar el piano y que nada salga. A escribir y que nada salga. A hablar y que salgan cosas por los bordes. Emma se sienta sobre el piano y me dice cómo tocar: esta parte es más staccato, mira, mientras levanta los brazos de abajo para arriba con las yemas de los dedos como los ejes del movimiento, roza las notas en golpeteos cortos. El staccato, pensé, es como tocar y de inmediato arrepentirse de haber tocado. Para los que nos da miedo todo siempre hay una forma expresiva que nos refleje. Su gata salta sobre el piano y pienso en el staccato felino, también una reacción de sobresalto, un salto súbito cuya fuerza de jale no viene desde las patas sino del centro del cuerpo: hilos invisibles que se retractan. 

Pensaba que me gustaba el estudio de Emma porque estaba en una casa enorme, en donde me podía imaginar viviendo. Tenía ese tipo de iluminación que hace que todo se sienta bien, luces con gradación y cálida. Ese tipo de iluminación que viene de todos lados, del techo, del suelo, de un hundimiento en la pared en donde la luz hace eco. Me sentía en un hotel de lujo, el tipo de hoteles en donde todo está bien, todo está limpio, no hay forma de que entre ningún tipo de suciedad o de tentación o de desviación o de mundo y lo aceptas, aceptas el mundo sanitizado porque te recuerda a cuando te cuidaban del mundo ahora que tú te tienes que cuidar de él. Pero Emma se divorció y se mudó con su hija a una casa mucho más pequeña y se consiguió a la gatita que me atemorizaba. La gatita era suave, elegante, una siamesa expresiva y recelosa. El estudio, donde estaban dos pianos, me daba la misma sensación de llegar a un lugar de descanso. Es cierto: la mayor parte del tiempo había silencio, menos cuando tocábamos el piano. En ese entonces le daba clases a alumnos a los que ella ya no podía atender por falta de tiempo, y recuerdo estar sentada mientras esperaba a que llegaran. 

Cosas que hizo Emma:

  • Organizar conciertos en donde tocaban principiantes y expertos, donde aprendimos a sentirnos importantes, parte de la conversación.
  • Organizar eventos culturales de Hungría, de donde ella viene y, creo, donde está en este momento.
  • Hacer una despedida a Mario, uno de sus alumnos que se iba a Francia a estudiar el corno francés, con pastel, velitas, alberca en una tarde lluviosa.
  • Organizar conciertos educativos para escuelas públicas en Cancún, en donde hablábamos sobre Bela Bartok (su favorito) y Beethoven, el músico pero también un peluche de conejo que llevaba a los conciertos para hacer reír a la audiencia —ja, creían que hablaba de Beethoven, el músico sordo que nos imaginamos en un constante estado de caos por su peinado, pero en realidad era este conejo, en realidad era esto: un peluche, esto: una suavidad, lo que algunas personas saben ofrecer, esto: un chiste inocente, cadencia: el momento en el que un chiste rompe la tensión y la risa relaja al cuerpo o la frase musical que termina y llega, finalmente, al lugar de descanso. 

2.

Hace unos años, Show, Andrea y yo nos encontramos en un parque que parecía de otro mundo. Todo fue por casualidad, lo cual remarcó la idea de que habíamos encontrado un portal para entrar en otro mundo: uno un poco más suave y dulce (así: las partículas seguro se movían de manera más suave porque el roce del aire era como un masaje, o tal vez se movían en micro vibraciones que hacían que el aire se sintiera efervescente, una especie de vida ligera). Habíamos entrado por una puerta de madera blanca descolocada unos centímetros del marco, después de subir una colina de casas totalmente diferentes la una a la otra: recuerdo una con enanitos de Blanca Nieves justo antes de entrar al parque. No había promesas de nada, nos tomábamos fotos y nos quejábamos del dolor de piernas. 

Abrimos la puerta de madera y nos encontramos con un golpe de belleza: un staccato de la experiencia. De repente todo es hermoso y después te das cuenta de que eres capaz de reconocerlo, de estar ahí, de vivirla. Claro que nos tomamos más fotos, y bailamos, y Show tocó su ukelele. Pasamos la tarde ahí con un atardecer dorado, en donde pasó primero el aire húmedo y caluroso y después el viento que mecía plantas y nos llenaba de frío. Vivimos un instante en otro mundo. 

(Pensaba hilar esta experiencia con otra sobre mi abuelo, porque me confundí y pensé que la ternura era exclusiva de los seres físicos. Pero pienso que esto fue un momento de ternura del mundo.)

3.

Me he dado cuenta de que cuando pienso en mi mamá, pienso en una imagen estática de ella. Ahora que lo escribo, me doy cuenta de que así pienso a muchos que quiero: mi papá con los ojos brincando de un lado a otro y la cabeza sobre las manos, mi abuela con sus lentes y una media sonrisa en los labios pintados de rojo que se completa en la expresión de sus ojos. Mi mamá aparece de inmediato en mi mente sentada en el inmenso jardín de la casa de Andrómeda, con el cabello café y brillante llegándole a los hombros, los ojos entrecerrados por el sol y una mano sobre ellos, un vestido verde oscuro de flores. Alrededor de ella, miles de maripositas blancas la rodean. Huele a pasto y a ciruela madura. Después, más imágenes se convocan, se aglomeran alrededor de la memoria como muégano (una palabra que a ella le gusta usar para describir cómo le gustaba estar con nosotros: como muégano). Últimamente, una imagen que llega inmediatamente después es ella, como de 15 años, bailando con mi tío. El cabello ahora ondulado y no hay rastro en su rostro de la seguridad que tiene la mujer que está en el jardín. Los ojitos entrecerrados, también, de una cara que reconozco en ella como una tristeza empapada del momento feliz —está siendo atendida, le están tomando fotos, bailando con ella. Pocas veces se siente así. 

Claro que mi madre ha tenido millones de actos de ternura, de amor, de cuidado, de cariño, como todas las madres que aman. Claro que podría hablar de ellos. Pero de lo que hablo es de cuando puedo escapar del rol en donde soy hija y la puedo ver como una persona que no necesariamente es mi madre, pero que es una madre que acoge a todas las criaturas que encuentra y que vive con el corazón reventado. Porque una vez recogió a un gatito y le dio medicina y resulta que probablemente le dio de más y el gatito amaneció muerto. Porque una vez recogimos a otro y lo llevamos al veterinario y resulta que el chiquito estaba lastimado y que no podría ver nunca y probablemente se complicaría y probablemente no sobreviviría y que sería mejor atender la situación en ese momento. Porque no entiende la crueldad, como concepto ni como realidad y cuando le hablo de mi gatita dice: qué tiernos son los animales, o dice: me entiendo mejor con los animales y pienso en ella rodeada de mariposas y tampoco entiendo la crueldad, como concepto ni como realidad: enfrentarme a la mirada triste de alguien a quien le falta estar como muégano. Síncopa: prolongar lo incompleto de una frase musical o esperarse a llegar al punto de gravedad o descanso. 

4.

Mi tía me dijo que soñó que íbamos a un parque acuático. Me dijo: siempre sueño con delfines. Su hija, mi prima, me dijo que mandó una foto mía al grupo de Whatsapp de los tíos diciendo que yo era una chulada. Mi papá escribió Por mi Gran Culpa, un libro que habla sobre cómo la doctrina de la culpa católica orilla a los más devotos al silencio. Con los más devotos, en este contexto, me refiero a su padre, mi abuelo. Y cuando digo al silencio, me refiero a que cuando mi papá era chico un sacerdote lo encerró en un salón y le dio un beso y cuando mi papá le contó a sus padres, mis abuelos, prefirieron callar o una versión más suave de callar: mi abuela decidió no entender y mi abuelo decidió entender, pero al sacerdote, como una persona que no se entendía a sí mismo y por eso lastimaba a los más indefensos. La doctrina de la culpa es la doctrina del silencio. Mi tía cuando sueña con delfines creo que sueña con estar en el mar y que las olas la acurruquen. Es la primera persona que vi llorar mientras leía un libro, yo estaba en una hamaca en la casa de mis abuelos, sus padres, y ella leía un libro que la llevó al llanto. Le pregunté por qué lloraba, ella sentada en un sillón debajo de una pintura de María Magdalena que mi abuelo conserva en la terraza de su casa. Mi abuela se llamaba María. Mi tía también. Por qué lloras, pregunté y me dijo que era un libro muy triste. Yo había llorado con libros, seguramente, es algo que probablemente haría yo. Lloro a la menor provocación. Gracias a mi tía no me importa llorar a la menor provocación. 

Cuando mi abuela estaba a punto de morir, pero todavía no moría, todos fuimos a comer a un restaurante de mariscos y yo todavía no entendía que estábamos ahí porque ya iba a morir. Siempre cuento esta historia, y no sé si es porque quiero habitar otra vez ese espacio, en donde todavía estaba viva, o porque no hay forma de entender la muerte de alguien que amas y por eso estás destinado a repetir por siempre el momento en el que entendiste que iba a morir. En una convocatoria para una revista literaria leí: por favor no mandes algo que hable de la muerte de tu abuela. Me imagino que es porque la gente cree que hablar de la muerte es automáticamente profundo y lo profundo es literario y entonces te van a publicar y por eso hablan de la muerte de su abuela. Yo no sé si quiero hablar de la muerte de mi abuela, pero siempre acabo hablando de eso. Mi tía, la que sueña con delfines, fue la que se quedó al final a cuidarla. Es la que le lleva comida a mi abuelo en la pandemia. Avergüenza a mis primas chiquitas cuando baila porque es escandalosa. Cuando pienso en ella, pienso en su risa. También cuando hace una mueca triste, pequeñita, que desaparece al instante. Se muerde tantito el labio y el gesto hace eco en los ojos, que muestran un poquito de tristeza, de nostalgia, de ver hacia la ventana y pensar, de qué otra manera hubiera sido. Cuando mi papá escribió el libro ya me había dicho lo que el sacerdote le había hecho a él. Esa vez que nos robaron las mochilas en Aguascalientes nos quedamos congelados después de correr tras unos vatos que estaban corriendo de la policía, aparentemente no tenía relación con lo que nos robaron. Qué les robaron, qué traían, preguntó mi papá. Traíamos computadora cada uno, ropa, unos zapatos nuevos, maquillaje, todos mis calzones. ¿Trajiste todos tus calzones, todos los que tenías a tu posesión?, preguntó mi prima, aguantándose la risa. Un consejo que siempre me da mi mamá es que lleve calzones de más. Decidí tomar su consejo y agregarle un poco de mi propio ingenio: si me llevo todos, me preocupo todavía menos. Esa noche, después de que entendimos que se habían robado todo eso, nos quedamos congelados frente a la patrulla. Mi tía agarró las llaves de su coche, gritó y las aventó contra la calle. Aguascalientes ya no es seguro, pensó. Me acordé de cuando me senté enfrente de su casa, viendo el atardecer, las flores del campo en el parque en el que una vez nos caímos todos, primo tras primo hasta derribar a María, la madre de mi tía, mi abuela. Mi abuela una vez me contó que sus lagrimales se bloquearon de tanto que se aguantaba el llanto. Dice que fue a pedirle a María, la virgen, que le regresara el llanto. El llanto como milagro, me lo hizo entender, dentro de la doctrina de la culpa que se vuelve en la doctrina del silencio. A veces pienso, de manera muy romántica, que mi tía es las flores que veo en el campo y me lo permito, como si estuviera leyendo un libro pero no muy triste, sino un libro que me abraza y me dice: está bien, aquí podemos llorar.


LA AUTORA

Sara Mtz

Sara Martínez. Nunca sabe como nombrarse, pero le parece que es escritora, porque la compulsión de escribir es más fuerte que cualquier otra. Por ahora. Está escribiendo una serie de ensayos sobre tecnología(s) y explorando el mismo tema en diferentes medios (performance, net art). 

Sal

Tanya F. Aguirre

Sara Elena brincotea por todo el hospital. A sus dos años, ella tampoco quiere sentarse a esperar y quedarse quietecita mientras su turno llega. Se conoce poderosa y segura, y ello es lo que hace que la pared no sea tan dura, ni el suelo tan resbaloso, ni los filos de los muebles tan peligrosos, ni el humor de las gentes tan volátil. El mundo es su campo de juego, y no hay nada que pueda cambiar esa idea.

Trato de desconectarme un poco y enfocarme en verla correr. Sus piecitos no se cansan y ella jura que los unicornios que lleva puestos la hacen volar un poquito más.

Desde que nació, cuando alguien externo cae en cuenta, y se asombra de que sea hija mía (porque no soy el tipo de mujer que luce como una mamá), llega la obligada pregunta:

¿Y la quieres mucho?

Es muy simpática, tiene buen corazón y estar con ella es divertidísimorespondo siempre.

Y es aquí en donde a muchas personas les cuesta entender que hable así de ella… “porque es mi hija y tengo la obligación de quererla, porque me costó trabajo parirla (y por esa simple razón tenemos programado el amor ilimitado de la una por la otra). Porque mi papel de madre implica que sea ciega, y base todo su desarrollo en mi amor incondicional y sus mágicos efectos”.

Y no. Me niego a ver a Sara Elena como una extensión de mi persona. Decir que la quiero sólo porque físicamente se formó en mis entrañas sería quitarle todo el mérito: es un mundo por sí sola y, a su edad tan corta, me ha enseñado más que muchos adultos que se jactan de ser eruditos. Aprendo, a través de sus peticiones, sobre habilidades desconocidas que mi cuerpo alberga; me lleva al límite de mis capacidades, hace los días más fáciles y su voz es tan fuerte que derrumba los silencios a los que a veces temo tanto. Tiene un corazón tan bonito como caprichoso, pero ni el más difícil de sus berrinches la hace olvidar toda la bondad que lleva a cuestas.

Una noche leíamos un cuento a la espera del sueño. La historia consistía en un rey que disfrutaba dos cosas por sobre todo lo demás: la comida, y el que sus tres hijas le dijesen cuánto lo querían.

Hija, ¿cuánto me quieres?preguntó a la mayor.

Te quiero más que al sol, la luna y todas las estrellas juntas.

El Rey quedó complacido y se dirigió a su hija de en medio:

¿Y tú, cuánto me quieres?

Te quiero más que a todo el oro, la plata y las piedras preciosas que existen sobre la tierra.

El Rey no terminaba de sonreír satisfactoriamente cuando la vocecita de su hija menor lo interrumpió:

Papá, ¡yo te quiero más que a la sal!

El Rey se sintió ofendido y decidió no volver a ver a su hija, ya que el amor que le profesaba no era lo suficientemente valioso.

El cocinero del palacio había estado atento a toda la conversación, así que decidió dar una lección al rey y, desde ese instante, dejó de poner sal a todo lo que preparaba.

Así pasó un largo tiempo, hasta que el rey, cansado de lo insípido de sus alimentos gritó: ¡Por favor, que alguien me traiga la sal! ¿Cómo es posible que dejen de lado algo tan importante?

No había terminado de decir la última palabra del cuento cuando las manitas de Sara Elena bajaron el libro y se me quedó viendo; se notaba que le costaba trabajo mantenerse despierta. Me sonrió y cayó en el sueño profundo. Duré aproximadamente dos horas contemplándola, cosa que se volvió común desde aquella primera semana (en la que no dormí nada) después de salir del hospital con ella en brazos. 

Es en esos instantes de calma en donde hago un recuento de todo lo que hemos atravesado juntas y, por más memoria que haga, no hay muchos recuerdos importantes en los que ella no esté. Y es así porque yo elegí ponerla como astro principal de este universo que me voy construyendo, no porque exista un contrato imaginario que me haya obligado, o una norma social que garantice que así debe llevarse a cabo la correcta ejecución del rol maternal. Yo elegí a Sara Elena como centro, pilar y compañera. La pongo cada día en la cúspide de mis prioridades, siempre junto a la gastronomía, la música y los libros. Yo elegí que ella fuese mi hija.

Y sí, la quiero más que a la sal.

 


LA AUTORA

Tanya

 

Tanya F. Aguirre. (Guanajuato, 1987) Vivo en Cuévano. Mis días se viven entre la gastronomía, la docencia, los abrazos de mi pequeña Kraken y lo que se nos vaya ocurriendo…

Las plantas del desierto no se mueren más

Laura Sánchez Ley

De pronto me eché a llorar. Allí parada en un parque en la ciudad de México, las lágrimas comenzaron a hacer que me ardieran las mejillas: la combinación de lisozima, lactoferrina, lipocalina y sodio me hinchó la cara y aparecieron unos ronchones. Y es que por si fuera poco, según la ciencia, soy esa que, por cada 230 millones de personas, es alérgica a sus propias lágrimas.

Colgué la llamada telefónica y empecé a sentir un regusto metálico en la boca, puntos blancos titilaron frente a mí. Las voces, los ladridos de los perros se escuchaban como si estuviera abajo del agua y los demás, afuera. Algo tiraba de mí hacía abajo, se me puso caliente el cuello.

—Chingado, me voy a desmayar enfrente de todos, qué pena—alcancé a pensar acompañada de una vergüenza adolescente.

Ese día volvió a pasarme por tercera ocasión lo que yo pronunciaba como si hablara con faltas de ortografía y conocía como “disasociar”.

—¿Te digo algo y no te enojas? Se dice di-so-ciar— me había corregido alguien, unos días antes.

Por primera vez sentí esa necesidad de correr a mi casa, mía, mía: una que no había considerado casa.

Hacía más de tres años que había llegado a vivir a ciudad de México y para mí, “casa” era aquella de dos plantas con patio, luces, cactus y un asador que estaba en Tijuana. Hasta ese día renegaba con quien quisiera escucharme sobre el departamento 8 en Jaime Torres Bodet 1949. Ese que con el paso de los años (según yo) no era más que laminado cochambroso, mosaico verde enmohecido, ventanas oxidadas; un lugar donde entraba tan poco aire y sol que las plantas siempre se morían; hasta las del desierto, que dicen que aguantan todo. Mentira.

Subí las escaleras a tropezones, era la primera semana de la cuarentena. Los primeros días caminaba pensando que el de enfrente o el de atrás me iban a contagiar, así que no sé si fue la impresión de lo que hablamos en la llamada telefónica o la hora que duré hablando en el parque, expuesta, lo que me provocó un ataque de pánico.

En lugar de echarme en el sillón—plan que ideé cuando corría del parque a mi casa, según yo para desmayarme antes de caer en el piso, evitar entonces golpear mi cabeza y así no morir de un derrame cerebral, sola— corrí a la cocina y tomé unas cajas de cartón que compartían color: blancas con verde.

Habían estado apiladas en la barrita que dividía dos secciones del departamento de 50 metros cuadrados y estaban repletas de pastillas que apenas si había tomado intermitentemente. Empecé a leerlas con atención por primera vez letra por letra.

Val-pro-a-to de sodio que-tia-pi-na pregaba-lina clonazepam flu-o-xetina, du-lo-xe-ti-na.

Una pastilla con circunferencia de moneda de diez centavos fue la primera de muchas: rosa, tenía unas líneas que hacían una cruz y permitían cortarla en cuatro. No sé por qué la partí si ni leí la receta y de cualquier manera me eché el pedacero sin un sorbo de agua en la boca. Recordaba que era para la ansiedad, el pánico o algo así.

Soy pésima con las metáforas pero imaginen un monitor cardiaco, ese donde triángulos suben y caen. Así es la vida: pico, alto, cae, lloras, pico, emoción, caes. Ira, deseo, un almacén de extremismos. Me anunció la enfermedad sin tacto unos días antes de entrar a la cuarentena.

Por primera vez tuve que vivir encerrada en ese departamento que no consideraba casa y me tuve que apropiar de él totalmente, por fuerza y no por gusto.

Unos meses antes había tenido una operación donde me extirparon un tumor en el seno y en cuatro días ya estaba trabajando. Ni en ese momento me permití sentirla casa.

—Me quiero ir a Tijuana— pensaba obsesivamente.

Ahora estaba ahí, me apena decirlo, haciendo cosas tan nuevas: hornear un pastel, dormir siestas con mis perros, pintarme las uñas, hacer rutina de ocho pasos de skincare, remendar mi ropa mientras veía novelas viejas de Televisa. Que buena era Rubí, la de Bárbara Mori.

—Ay, debería ser como ella— pensaba y me reía en voz alta.

Entendí que la nueva forma de cuidarme era un ritual lento en un departamento que sí era mi casa.

Desde entonces me siento en la mesa con un plato viejo de plástico decorado con florecillas verdes. Tomo el cuchillo más grande, El Hampton, que me regaló mi mejor amiga cuando me casé. Coloco 10 cajas frente a mí, todas comparten detalles en su exterior de cartón: rayas sin chiste y el color verde farmacia.

Compré en Amazon un pastillero que me hizo sentir como mi abuela Carmela. Aquí se separan las dosis en breakfast, dinner, lunch, bedtime. Empieza el domingo y termina el sábado. Tengo que colocar 63 dosis de pastillas.

Empiezo con el clonazepam que se parte con la mano. Es un fármaco perteneciente al grupo de las benzodiazepinas que actúa sobre el sistema nervioso central, con propiedades ansiolíticas (Wikipedia).

Trato de sacar las cuentas torpemente en mi cabeza, dividir 63 dosis entre siete días. Nunca fui buena con las matemáticas pero al menos hoy tengo una justificación. Son las pastillas.

Tengo miedo de que se parta una de mis uñas que en esta cuarentena he cuidado tanto y presumo con mi mamá por videoconferencia. Siempre se quebraban.

—¿Por qué los días en el pastillero vienen en inglés?—  a veces pienso que es personal y es para complicar más el ritual.

Lleno tres secciones del pastillero, menos el dinner que se queda ahí suspendido. No hay dosis. Encuentro en el saturday pasado un cuarto de clonazepam, trato de recordar por qué me salté esa dosis. Me odio instantáneamente.

Sigue la fluoxetina. Está indicada para tratar, tanto en adultos como en niños, los trastornos depresivos, el trastorno obsesivo-compulsivo (Wikipedia). Me doy cuenta de que solo quedan nueve pastillas para la semana: solo tres días. Ay, no, voy a tener que salir, no quiero. ¿Y si me contagio?

Sigue la quetiapina, a la que tengo más respeto. Es un fármaco neuroléptico perteneciente al grupo de los denominados antipsicóticos atípicos (medineplus).

Incluso sacar las pastillas de la caja duele en la yema de los dedos, es muy dura. Pero por un momento me relaja el sonido del aluminio tronando, me recuerda esos protectores de burbujas que envuelven cosas delicadas. Es tan dura que es el momento de utilizar el cuchillo Hampton.

Siguen dos viejas conocidas. Pregabalina, fármaco antiepiléptico y analgésico usado en el dolor neuropático periférica; yduloxetina, antidepresivo inhibidor de la recaptación de serotonina y noradrenalina ​​ utilizado para el tratamiento de la depresión.

Parece que en Jaime Torres Bodet las plantas del desierto dejaron de morirse. Creo que necesitaban riego constante.

Qué milagro, de verdad, que estén vivas.


LA AUTORA

IMG_7370Laura Sánchez Ley. Soy reportera y comencé mi carrera como reportera en Tijuana, Baja California. He colaborado con revistas y periódicos en México y Estados Unidos, entre ellos El Universal, la Revista Domingo, Univisión y L.A. Times. Escribí el libro Aburto: Testimonios desde Almoloya el Infierno de Hielo (2017). Tengo que confesar que me sale bien escribir temas sobre impunidad, transparencia y seguridad pública pero esta es la primera vez que escribo algo sobre mí y me apena bastante. Incluso esta semblanza me cuesta muchísimo trabajo.
 

Manual de mudanza

Abia Castillo

Sea por necesidad o decisión propia, debido a una llegada o a una partida, toda mudanza implica una estricta clasificación: lo valioso y lo insignificante, lo que se rompe y lo que se dobla, lo que sirve y lo que no.

Desde esta perspectiva podría parecer una labor eterna y, para evitarlo, procedes bajo el supuesto de que el orden lo es todo. Comienzas habitación por habitación, de la recámara al estudio, de la sala a la cocina, etcétera. Primero clasificas lo pequeño: los papeles, la ropa del clóset, los trastes apilados en el horno de la estufa. Entonces cualquier objeto ofrece un recuento de tu historia en cuyos fragmentos es fácil perderse sólo para decidir si vale la pena llevarte una cacerola o conservar tal o cual libro.

Cuando creías que al fin cargabas con lo esencial, durante la tarea te sigues topando con viejos fantasmas: una alhaja rota, pilas de discos compactos, los trabajos de tus ex compañeros de escuela, fotos que no deseas ver. Tirar cosas a la basura es un acto de cuidado y amor hacia ti. Con cada pérdida (descubres) algo se cura, se fortalece. Lo mismo pasa al conservar aquello que te hace bien y te funciona: la funda de la laptop, un buen abrigo y la caja de herramientas son amor puro. Es muy útil hacer bloques respecto a lo que se queda (en la basura) y lo que se va (en la mudanza), y almacenarlos en su lugar correspondiente para no ahogarte en ese cúmulo de decisiones respecto al destino de las cosas.

Considera que la regla general de toda mudanza es precisamente mantener la ligereza y por ello se aconseja deshacerse del peso muerto, aunque también salvar aquello que realmente sirve. Entonces las cajas se convierten en prioridad: las de huevo son bastante funcionales (las compras en la tienda por cinco pesos), pero es posible utilizar alguna mochila, una maleta de viajero, las bolsas del súper.

Una vez vacíos los cajones, repisas y alacenas, procedes a clasificar lo grande. Alguna vez pensaste que la televisión empotrada en la pared y las persianas que fueron a instalarte estarían siempre en el mismo lugar y, curiosamente, apenas caes en cuenta de que todo está destinado a la mutación perpetua, inclusive tú. Entonces te dispones a desmontar, desarmar, descolgar, descongelar e incluso desenterrar lo “inamovible”.

Otra vez recuerdas, pues ya te lo habías dicho en otro momento tan fugaz como liberador, que todo parece indispensable hasta comprobar que nada lo es. Esta simple idea hará tu mudanza mucho más compacta y a ti, mucho más segura a la hora de clasificar. Se siente raro ver las ventanas desnudas y los hoyos del taladro sobre las paredes vacías pero la extrañeza dura poco. Es hora de hacer llamadas. Pedir ayuda tal vez no sea lo tuyo pero éste también es un acto de cuidado hacia ti misma. De ser posible, amigos y/o familiares pueden encargarse del traslado del perro y de todo lo delicado, pues el camión de la mudanza se llevará consigo lo grande según la clasificación previamente hecha.

Antes de abandonar la casa que ocupaste por ¿meses, años? probablemente te replantees el ciclo de tu existencia: eso de moverse de un lado a otro era algo que tal vez ya no harías más, quizás llegaste a pensar que sería ésta la coordenada definitiva, que aquí echarías raíces y te harías vieja (qué gracioso es, saber que serás vieja). Si este fuera el caso, lo más aconsejable es sacudir el polvo, limpiar y barrer, asegurarte de que no olvidas nada en el piso. Por el contrario, estos últimos momentos pueden ser provechosos para definir en dónde pasearás al perro de hoy en adelante y cuáles son las rutas del transporte público más cercanas a tu nuevo vecindario.

Mientras estás enfrascada en estos pendientes, el olor a pino y a cloro te infunde una tranquilidad imprevista. Aunque lo habías olvidado en el proceso, suele pasar: la experiencia te dice que en medio de cada vaivén tú conservas un hogar intacto, ese que llevas contigo y te abriga dondequiera que estés. Lo demás son circunstancias, son territorios, podrías repetirte en voz alta.

Como otras veces, ya puedes cerrar la puerta de esta casa y trasladar tu hogar a otro lado. No olvides entregar las llaves.


LA AUTORA

Foto-Abia Castillo

Abia Castillo. Hija de Abi, nieta de Celia y Elizabeth. Escritora de guiones y ahora de una novela de ficción con tintes históricos. Entusiasta de las libretas, las amigas, las cafeterías y todo lo dulce. Tiene un pitbull, se llama Tomás.

Helado

Karla Montalvo

A veces un helado es algo más que un helado.

Hace unas semanas, María estaba de malas, desobediente, berrinchuda. En la noche, luego de que llorara durante el baño con esa intensidad solo posible a los cuatro años, la cubrí con la toalla y la abracé.

—¿Qué pasa? —le pregunté. —¿Extrañas salir?

Ella, todavía con los residuos de la emoción, con los ojos rojos y los labios en forma de beso triste, asintió. Y luego la emoción volvió a crecer y lloró más fuerte. Su pequeño cuerpo vibraba entre mis brazos. Ya no podía más, estaba harta. Había tocado fondo.

—¿Y si mañana te llevo dar una vuelta a la cuadra?

Con timidez, con ese halo de derrota, de malestar, de tristeza, me dijo, suave, quedito:

—Helado…

La palabra me desconcertó. En la casa había nieve de limón —que le encanta— y un helado de esos que tienen harta azúcar y grasa vegetal y colorante. Pero ella no deseaba darle la vuelta a la manzana ni pasear con su patín del diablo ni jugar con una pelota: quería un helado. Y el que quería no estaba en el congelador.

Pensé que en la palabra helado cabían su tía, su abuelita, Bety —sus cuidadoras algunas tardes— y caminar con ellas a la heladería, cabían nuestro fines de semana de antes, cabía asomarse a la vitrina y probar con los ojos todas aquellas opciones coloridas.

Al día siguiente por la tarde, nos pusimos los cubrebocas, guardamos la botella de gel y comenzamos la aventura.

Cuando llegamos a nuestro destino, pidió de inmediato el de chocolate que ni siquiera es su favorito. Hacía calor, así que le quité el cubrebocas: era cosa de minutos para que la gran bola de helado se derritiera sobre el cono. Entre ruidos de gusto decía:

—Extañaba el aide, extañaba los ádboles, extañaba el piso de la calle.

¡El piso! Extrañaba el piso de la calle. ¿Sus ramitas, el polvo, el calor que rebota en él? ¿Las hormigas? Por más que se esmeraba en chupar su helado, no lograba contener los ríos de chocolate que recorrían el cono, su mano y la servilleta hasta caer al suelo.

Para cuando llegamos al parque tenía chocolate en la nariz, en los cachetes, en el pelo, en la playera, en el pantalón y en los zapatos. Nos sentamos en una banca. Los ruidos de placer no cesaban y en algunos momentos se convertían en gruñidos. Me hizo recordar a la pequeña de Mi villano favorito cuando abraza y aprieta al unicornio peludo y pachoncito: le gusta tanto que va a explotar. Logré rescatar la servilleta que aunque tenía unas líneas de helado también conservaba partes blancas. Pero fue insuficiente. Ni la servilleta ni yo estábamos preparadas para la cantidad de helado que escurría por todas partes ni para presenciar semejante alegría y disfrute. Tal vez en otra época de mi vida le hubiera dicho “vámonos a la casa para limpiarte”. Pero pensé que parte del helado que quería, ese que no había en casa, implicaba embarrarse como lo estaba haciendo.

Al disfrute en la boca se sumó el de la vista. Vio gatos y perros. Vio ardillas que iban de un árbol a otro y se metían entre las ramas. Vio pájaros negros agruparse. Vio un tronco que tenía un hoyo en el centro. Extañé los animales que sólo viven en la calle. Veía maravillada las cosas. No como si fuera la primera vez. No. La emoción descansaba en el hecho de que ya las había visto, de que ya había caminado ese suelo, de que ya había sentido el sol y el aide fesco mientras comía un helado. El placer provenía de reconocer la experiencia, de reencontrarse con ella luego de tantos días de privación.

Yo no comí helado —qué quieren, prefiero las paletas y las chamoyadas…—; además, estaba asustada y culpígena por haber sacado a María en plena fase tres. Pero al mismo tiempo, me fascinaba su fascinación; me fascinaban su alegría, su entusiasmo. Luego de fracasar estrepitosamente en limpiar el desastre pegajoso que se desarrollaba sobre ella, me concentré en admirar sus ojos abiertos y su expresión ante los estímulos, en oír las cosas que decía. Porque María cuando se pone feliz, cuando está de veras muy feliz, agarra vuelo y no deja de hablar. Ni un segundo. El mundo se divide en mamás y bebés, cuando eras pequeña eras solo una pequeñita, el pimedo en llegar a un ádbol invisible va hacia un helado —decía mientras mordía el cono o chupaba al helado.— Los pájados están discutiendo; hay que averiguar ese pájado quién es. Yo quisieda tener alas. Ellos son mis amigos, los pájados. Éramos buenos amigos pero tú –o sea yo– rompiste las deglas cuando eras pequeña…

—¿Rompí las reglas de los pájaros?

—Sí, tú las dompiste…

Supongo que acabé con su amistad y por eso me hacía esa cara de muy enojada.

Para ese momento, el cono ya estaba muy disminuido.

—¡Mida, mamá, budbujas de helado!

Y fue así como me salvé del castigo por haber roto una amistad tan sólida. Porque el de la casa podrá tener incluso m&ms pero no tiene burbujas, eso seguro. Y tampoco te permite ver ardillas cuando te lo estás comiendo ni escuchar a los pájaros discutir.

El helado también es esa otra experiencia de cubrirse de él, de sentir el sol en contraste con su frialdad mientras caminas por ese suelo que claramente es distinto al de la casa. Ahí es cuando una se queda pensando que, por más maravillosas que sean las palabras, tienen límites. ¿Helado es el mismo fenómeno cuando una se lo come frente a la tele que cuando se disfruta en la calle? ¿Es el mismo cuando una se lo come con abuelita que cuando se disfruta en mitad de una pandemia en fase tres, tras dos meses de no salir?

Nos regresamos tomadas de la mano. La mía también estaba pegajosa debido a mis intentos fallidos de limpieza. Entonces surgió esa sensación caliente entre las manos, de azúcar hecha sudor, pero por alguna causa no fue del todo desagradable. Helado nombra también el exceso, el sumirse por completo en la experiencia, el dar forma con la lengua a aquella masa fría a la que le da por mutar y deshacerse y adherirse a la piel. Y dejamos que el helado suceda y nos cubra como si chapoteáramos, porque de todas formas en estos tiempos, al regresar de la calle, viene bien meterse a bañar. Como cuando jugamos en la lluvia y terminamos hechas una sopa; o como cuando salimos del mar todas llenas de arena. Mejor bañarse para quitarse el helado —como si nos quitáramos el frío de la lluvia o la arena del mar— que para desprender de nuestro cuerpo el covid.

Aunque también nos lo quitemos.

 


LA AUTORA

14713684_10155343522048858_4074742474319176639_nKarla Montalvo. Escribe ensayo, cuento y novela. Sus textos han aparecido en revistas como Signos literarios (UAM), Destiempos, Monociclo y Tierra Adentro. En el 2005 publicó el libro de ensayos Los personajes que soy (Tierra Adentro) y ha sido incluida en antologías como Historias para animales escondidos (El lugar común, 2020), 16 Historias (in)Trascendentes (El lugar común, 2019), Veinte años de ensayo en el FONCA (Conaculta, 2011) y Dos escritores secretos. Ensayos sobre Efrén Hernández y Francisco Tario (Tierra Adentro, 2006). Es licenciada en literatura latinoamericana y maestra en letras modernas por la Universidad Iberoamericana. En 2001 y 2005 obtuvo la beca de jóvenes creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en las áreas de ensayo y novela, respectivamente. En el 2014, gracias al programa de Residencias artísticas del FONCA, hizo una estancia en el Banff Centre en Alberta, Canadá. Desde el 2007 es profesora e investigadora de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México en la licenciatura de Creación literaria.

Las hermanas mayores no somos madres

Tamara Mares

Cuando iba en la secundaria, salía a las 3:15 de la tarde, casi una hora después que mi hermana cinco años menor. Como nuestros papás trabajaban hasta noche, yo era la encargada de recogerla de su primaria para irnos caminando juntas a la casa y no me quedaba más que despedirme de mis compañeros y amigas, mientras ellos se quedaban platicando.

Al llegar, dejaba mis cosas en el cuarto y me adentraba en la cocina, donde me tocaba freír o calentar la comida que nuestra mamá había preparado el día anterior; o bien, preparar los alimentos desde cero. Llamaba a mi hermana cuando estuviera lista. Cuando los trastes también estaban limpios, podía comenzar a hacer mis tareas de la escuela.

Al ser la hermana mayor, se me asignó desde pequeña ser cuidadora de mi hermana menor. En ese momento creía que la responsable de esta tarea, que yo no quería, era mi mamá. Adentrarme en el feminismo me ha hecho más empática ante la realidad de las mujeres en sus diferentes roles y, con ello, entendí que la culpable nunca fue ella.

Sin un Estado que ofrezca una infraestructura para las mujeres que quieran ejercer la maternidad y lo puedan realizar sin por ello dejar de lado su individualidad, las tareas se van relegando a otra figura femenina del hogar: las hermanas. “Recoge a tu hermana menor de la escuela y haz la comida, por favor” o “¿Me puedes ayudar a cuidar a tu hermano mientras salgo a la tienda?” se vuelven expresiones comunes a las que nos acostumbramos como primogénitas.

Desde nuestros hogares, aprendemos a temprana edad a vivir por otra persona, atendiendo a sus necesidades a la medida que las propias se quedan rezagadas. También al momento de pedir apoyo para desarrollar tareas del hogar a los y las hermanas menores, la clásica frase es:  “Tú no eres mi mamá”.

El trabajo de maternidad desempeñado por las hermanas mayores -que consiste en alimentar, cocinar, asear, cuidar, auxiliar en las tareas académicas, entre otras- se convierte en algo demandado por las circunstancias e invisibilizado por estereotipos de género que refuerzan la idea de que la mujer debe desempeñar trabajos de crianza sin importar la edad.

Varios años después, he pasado de ser la regañona a ser la cómplice, la confidente y la compañera. He podido desprenderme de un papel de crianza para entrar en una piel más cómoda y más a mi medida, desde donde puedo compartir experiencias con mi hermanita, pero sé que esto sólo ha sido gracias al desarrollo de la autonomía que viene con nuestra edad.

Aunque sé que mi realidad ha cambiado, es común ver este intercambio de papeles en los hogares. Las niñas nos turnamos entre ser alguien que está desarrollándose ella misma y una pequeña madre que se encarga de sus hermanos o hermanas menores cuando nuestras mamás no cuentan con los recursos para atender a todos sus hijos e hijas. ¿Y si nos preguntan a las mayores? Nosotras no quisimos ser madres, queríamos tener hermanas.


LA AUTORA

Tamara Mares

Tamara Mares es periodista de aquí y allá. Es somnolienta sin café, apasionada de la mar, soñadora infinita en el metro y bailarina profesional bajo lluvias.

De niña conocí a una gata calicó

Karina Solórzano

De niña tuvimos durante un tiempo a una gata calicó en casa. No recuerdo muy bien cómo nos encontró (o cómo la encontramos): tengo vagas imágenes de ella siguiéndonos a mamá y a mí desde mi kínder, se confunden con mis sueños. Tampoco recuerdo cuánto tiempo vivió en casa, pero sí recuerdo que un día desapareció y nos llegaron rumores de que vivía con un gato en la casa deshabitada del al lado; en una ocasión me asomé por la ventana y vi pelitos negros en la alfombra, pensé entonces que tenía una vida independiente de nosotros y al principio me sentí triste pero después me sentí feliz.  

Los gatos, dicen, eran bestiecillas salvajes que en algún momento domesticamos, pero cuando observo a los tres gatos con los que ahora convivo me pregunto cuáles son esas características que los hacen domésticos. Una cosa tengo clara: no me parecen animales que se han adaptado a una forma de vida diferente a la que tenían sus ancestros, no me parece que lo “doméstico” sea una oposición a lo “salvaje” pero hice un largo recorrido para llegar a esa conclusión. 

Nuestra casa también tuvo una alfombra en la sala durante varios años, cuando mis padres se mudaron de la ciudad de México a León compraron esa casa; cuando la habitamos por primera vez, (me contaron ellos) yo gateé en esa alfombra. Las casas de León se parecen mucho entre ellas, si atraviesas la puerta principal encontrarás una sala y una cocina; en Guanajuato capital son diferentes, la entrada principal a veces puede estar en la azotea. Cuando vivía en Guanajuato tenía pesadillas con la casa de León, el orden de los espacios me causaba asfixia y sentía que de alguna manera me predestinaban a ocuparlos: casarme, tener un par de hijos que durmieran en el segundo cuarto, barrer la sala, estar en la cocina, regar el pasto. Domesticarme. 

Observo a los tres gatos que viven conmigo en esta nueva casa. Entre ellos hay una calicó que todos los días se asoma al balcón a ver los atardeceres. No pienso que está domesticada: para mí, ella habita los espacios cómodamente, se apropia del patio, de las camas, de los sillones. Me gustaría habitar los espacios de la casa de esa forma, quisiera reclamarlos desde la calma la cocina, hacerla un espacio de amor y no ese espacio melancólico en el que a veces mi tía come de pie después de cocinar y servirnos a todos; porque las mujeres de mi familia (como muchas en el mundo) siempre se han encargado de la cocina. Cuando mi abuela tuvo a sus siete hijos, el trabajo más inmediato que pudo desempeñar fue el de cocinera, después vendió comida durante muchos años. Las mujeres y sus cocinas. 

Cuando yo cocino con mi mejor amiga siento que compartimos un cariño mutuo, como si participáramos de un ritual; el día que vi a mi novio cortar en julianas los tomates sentí el mismo cariño, una libertad muy parecida a la que asocio con mi gata calicó cuando la veo ver los atardeceres en su balcón. Después pienso en mi abuela que ahora, a su edad, ya casi no cocina nada, pero el otro día cocinó una sopa de ajo y fue como un día de fiesta, una alegría compartida. De hecho, cuando de pequeña íbamos a visitar a mi familia a la ciudad de México, lo que más me gustaba era la alegría que invadía el comedor que está en la cocina, los tíos y los primos reunidos alrededor de la mesa. Cocinar con mi tía y con mi abuela ha sido parte de ese recorrido en el que dejé de pensar que los gatos algún día se vuelven domésticos en el sentido de que pierden su libertad. Me da por pensar que tal vez los tres gatos a los que ahora cuidamos decidieron hacer familia con nosotros y que aquella gata calicó de mi infancia creó la suya. Hizo su propia comunidad.

 


LA AUTORA

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Karina Solórzano. Le gustan los canales de cocina. Es licenciada en Letras españolas por la Universidad de Guanajuato y escribe sobre cine para medios en Latinoamérica y España. Tiene un blog sobre sexo llamado Dime Cat.

Intentos

Viridiana Martínez 

Hoy desperté con el corazón más sentido y la mente abrumada, hecha pedacitos. Sé que esto no está mal y entonces me levanto lentamente de la cama con una náusea tremenda pero con el fuego interno atizado, por esos rinconcitos que me animan. Me decido y planto los pies en el suelo para iniciar con los andares del día, inmersa en una realidad que parece irreal.

Comienzo con un ritualito que me recuerda a vivencias presentes y pasadas: me estiro, respiro y miro a mi alrededor para ir ubicando los símbolos, risas, aromas y memorias del hogar, espacio pequeño, cálido y desajustado que en estos meses he vuelto a habitar junto con mi madre y hermanas, mis acompañantes en medio de las mareas inestables de mi vida. También contamos con la presencia de Kenai, amigo perruno que de repente me sorprende porque le urge salir a dar el rol y hacer sus necesidades. Me decido a cambiarme y medio despabilarme, con los cabellos enredados que reflejan el vaivén de los sueños de la noche anterior.

Mientras salimos a dar la vuelta siento el rocío de la mañana. Paro un poco y me siento en una banca, mirando los pasillos vacíos pero no ausentes, pues ese ambiente se mantiene vivo y habitado por el canto de las aves; este bello y raro ambiente me traslada a recordar lo acontecido en los últimos meses y entonces pienso que nunca es demasiado tiempo cuando éste se encuentra lleno de turbulencias e incertidumbres que están recorriendo cada geografía, corazón y organización social.

Estos tiempos se encuentran airados por otros lenguajes. Se construyen desde las ausencias, palabras, besos, deseos, caricias y abrazos petrificados que aguardan en alguna invención del no despido y esto se va traduciendo en dolores colectivos, que como grietas nos recuerdan lo frágiles que somos, no tanto por el virus sino por el negocio de la acumulación del capital, el racismo, colonialismo y patriarcado. Me pregunto si en algún momento de este tiempo frágil se activará nuestra memoria histórica y dará cuenta de que desde tiempo atrás, se ha estado decidiendo qué vidas merecen ser vividas.

De pronto, Kenai me mira con sus ojos profundos para recordarme que tenemos que volver al hogar y ahora pienso: ¿cómo iremos cuidando y procurando los hogares-cuerpos habitados por aquello que nos duele y conmueve? Eso que recorre de pies a cabeza este cuerpo que tiene necesidad de hablar e incomodar, representar y dar cuenta de las pérdidas de esas vidas que están quedando en el camino; y no necesariamente por dejar este plano terrenal, sino por todos aquellos que quedaremos al margen de una “nueva construcción social” que seguramente se traducirá a través del olvido, la precariedad, silencios, hambres y agonía.

Vuelvo a mí, me escucho, miro al cielo y tengo un momento de nostalgia, de extrañeza, de recuerdo por volver a mirarnos, olernos, abrazarnos. Iniciamos el camino, ahora distinto, para ir buscando algo que nos recuerde las intenciones. Para seguir imaginando. Para hacer de los ritos, despedidas y espiritualidad actos políticos que nos permitan  recordar que aquellos detalles más inmediatos y sutiles nos hacen más sensibles a apreciar lo que implica vivir. Sé que no bastarán sólo como prácticas para la sanación, pero al mismo tiempo nos permiten la comprensión de aquellas energías personales y colectivas intencionadas para habitar vidas vivibles y dignas. Entonces, vuelvo a cerrar los ojos para iniciar nuevamente desde las extrañezas.


LA AUTORA

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Viridiana Martínez. Descendiente de muchas mujeres que hasta ahora son fuego que acompaña su andar, es una mujer apasionada, habitada por contradicciones,  magias y placeres que animan  la construcción de otras redes de afectos y solidaridades.